miércoles, 1 de mayo de 2019

Fábulas ascéticas


Dice Jesús en el Evangelio de San Mateo: «El que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado” (Mt 23, 12). Y el profesor trata de explicar a su alumno esta enseñanza evangélica con esta fábula:

Graves Autores contaron
Que en el país de los Ceros
El Uno y el Dos entraron;
Y desde luego trataron
De medrar y hacer dineros.
Pronto el Uno hizo cosecha;
Pues a los Ceros honraba
Con amistad muy estrecha,
Y, dándoles la derecha,
Así el valor aumentaba.
Pero el Dos tiene otra cuerda:
¡Todo es orgullo maldito!
Y con táctica tan lerda,
Los Ceros pone a la izquierda,
Y así no medraba un pito.
En suma, el humilde Uno
Llegó a hacerse millonario;
Mientras el Dos importuno,
Por su orgullo cual ninguno,
No pasó de un perdulario.
Luego ved con maravilla
En esta fábula ascética:
Que el que se baja más brilla,
Y el que se exalta, se humilla
Hasta en la misma Aritmética.

Tengo en mi biblioteca tres ediciones antiguas de un librito titulado «Fábulas ascéticas», preciosas joyas entre mis muchos libros. Cada fábula, y son muchas, responde a un versículo de la Biblia. El autor es el filipense padre Cayetano Fernández, que las escribió para su alumno el príncipe de Asturias, futuro Alfonso XII.


Es la fábula, como diría aquel, «la verdadera filosofía de los niños». Y de hecho, Platón exhortó a las nodrizas, en el libro segundo de «República», que instruyeran a los niños con ingeniosos cuentecillos. Son conocidas las fábulas morales, las fábulas políticas, las fábulas literarias, pero ¿las fábulas ascéticas…?
Tal escribió Cayetano Fernández, gloria literaria del clero sevillano, aunque me temo que ni un uno por ciento del clero hispalense sepa quién ha sido y qué ha escrito.
Pues escribió, además de sus Fábulas ascéticas, dedicada a su discípulo Alfonso XII, Don Fabián de Miranda, Deán de Sevilla, estudio biográfico de este singular personaje que durante muchos años fue deán de la catedral, teniendo que huir a Cádiz durante la ocupación francesa de la ciudad en 1810; Biografía de Sor Cecilia de la Cruz; El Oratorio de San Felipe Neri de Sevilla; La Cruz y el Telescopio, estudio del supuesto conflicto entre la Fe y la Astronomía, que escribió para el primer Congreso Católico de Sevilla; El Gran Castaña, novela. Y varios sermones publicados, entre los que destaca la Oración fúnebre de don José Torres Padilla, cofundador de la Compañía de las Hermanas de la Cruz.
Gaditano de origen, nacido el 31 de agosto de 1820, estudió Filosofía (1836-39) y nociones de Teología en el Seminario gaditano de San Bartolomé. Salió del Seminario y en la Universidad de Sevilla estudió Jurisprudencia (1841-47), licenciándose el 11 de junio de 1848 «a título gratuito» por su pobreza. Se ayudaba a los estudios con clases en el derruido monasterio de San Jerónimo, donde se educaban hijos de familias principales de la ciudad. Explicaba Retórica y Poética y daba lecciones de Música. Casó y tuvo una hija, pero tanto su mujer como su hija murieron enseguida. Tan sensibles pérdidas renovaron sus deseos de ordenarse de sacerdote. Recibidas las órdenes sagradas, incluso el presbiterado, el 20 de diciembre de 1852, entró en el Oratorio de San Felipe Neri de Sevilla junto con el padre Francisco García Tejero, fundador de dos congregaciones religiosas femeninas, las Filipenses (1859) y las Misioneras de la Doctrina Cristiana (1878). En enero de 1865 se encargó de la educación religiosa, moral y literaria del príncipe de Asturias, futuro Alfonso XII, que duró hasta la revolución de 1868 que destronó a Isabel II. En septiembre de 1867, obtuvo la dignidad de chantre de la catedral hispalense, con dispensa de asistencia al coro por hallarse en la corte. Fue consultor en el Concilio Vaticano I y participó en el Primer Congreso Católico, celebrado en Sevilla, y en la fundación de la Academia Hispalense de Santo Tomás de Aquino (1880), con el arzobispo Lluch y Garriga. Fue su vicedirector, redactó sus estatutos y creó el emblema de la Academia. Fue también académico permanente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en la que ingresó el 1 de junio de 1862, y director de la misma el 5 de mayo de 1893; aunque no llegó a tomar posesión de su cargo. En 1871 fue elegido académico numerario de la Real Academia Española de la Lengua, ocupando el sillón que dejara Ventura de la Vega. Y durante años fue bibliotecario de la Colombina, donde realizó catalogación y mejoras notables. Se distinguió también como un buen orador, de voz armoniosa y elevada y buena figura. Murió en Sevilla el 5 de noviembre de 1901.
Tienen tanta actualidad sus Fábulas ascéticas, que sería estupendo una edición moderna de las mismas. Yo me comprometería a ello, pero ha de surgir un mecenas que ayude a los gastos y a su distribución. Merecería la pena.

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