lunes, 21 de octubre de 2019

Queipo de Llano y cardenal Segura versus Franco


Tras la exhumación del cadáver de Franco, ocurrido ayer jueves, vendrá en el Valle de los Caídos la de José Antonio Primo de Rivera, y en Sevilla voces se oyen de remover a Queipo de Llano de la Basílica Macarena.
Quisiera recoger aquí las figuras de Queipo de Llano y cardenal Segura versus Franco. Queipo y Segura se conocieron por primera vez en el funeral del cardenal Ilundáin, arzobispo de Sevilla, presidido por Segura en agosto de 1937. Estamos en plena guerra. Segura, desterrado en Roma, pasa ese verano en Olaz de Loyola con su hermana Elena. Y acude, enviado por Roma, al funeral del cardenal Ilundáin, pasando por la Ruta de la Plata, ya liberada por los nacionales. Curiosamente, venía con su capellán y escoltado por dos requetés. Gonzalo Queipo de Llano era el jefe del Ejército del Sur.


Queipo de Llano y cardenal Segura

Volvieron a verse, dos meses más tarde, 12 de octubre, cuando Segura tomó posesión de la diócesis de Sevilla. Desembarcó en Cádiz y, a las tres y media de la tarde, entró en la ciudad por la Avenida de la Palmera, siendo esperado en la parroquia del Corpus Christi por las autoridades, Queipo de Llano al frente. A partir de este momento, formarán un dúo curioso en los próximos años.
Al año siguiente, 29 de junio de 1938, Segura preside en el barrio de El Tardón la bendición y primera piedra de la iglesia de San Gonzalo, primera parroquia que surge bajo su pontificado, y se le pone el nombre del general Queipo, con el que comparte sintonía y amistad. Actuó de madrina, su esposa Genoveva Martí Tovar, que también gozará de otra parroquia con su nombre, la iglesia de Santa Genoveva, en el barrio del Tiro de Línea, bendecido solemnemente el 10 de enero de 1944.
Coincidiendo con la terminación de la batalla del Ebro con la derrota del ejército republicano, un decreto de la Jefatura del Estado proclamaba «día de luto nacional» el 20 de noviembre, en memoria del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, y establecía, «previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas», que «en los muros de cada parroquia figurará una inscripción que contenga los nombres de los Caídos, ya en la presente Cruzada, ya víctimas de la revolución marxista». Y se produjo la colocación en las iglesias de placas e inscripciones conmemorativas de los «caídos por Dios y por la Patria», encabezadas por el nombre de José Antonio Primo de Rivera.
En Sevilla no hubo en la catedral ni cruz ni placa con los nombres de los caídos. No lo toleró Segura. Prohibió que «los muros de la catedral fueran utilizados para propaganda política y anunció que si contra su voluntad se efectuaba la inscripción serían excomulgados los que intervinieran en la operación». El gobernador civil, Gamero del Castillo, en su calidad de jefe provincial de FET y de las JONS, pidió al cardenal Segura que designara la persona que en su representación debía de llevar a término esa resolución. Pero en su pulso con el cardenal, el joven gobernador hubo de resignar su cargo. Porque Segura es mucho Segura, y Queipo de Llano, con el que el gobernador ha tenido también no pocas diferencias, es mucho Queipo de Llano.
Si a Franco le ha salido un grano en Sevilla con el cardenal Segura, otro no menor padece con el general Queipo. Si al primero tratará de expulsarlo de España en 1940, cuando en una de sus célebres sabatinas dijo que «caudillo es sinónimo de demonio», a Queipo de Llano se lo quitará de encima enviándolo en misión diplomática fuera de España.
Queipo y Segura son dos figuras que en cierto modo han congeniado. Queipo es ascendido a teniente general el 15 de mayo de 1939 y el 5 de julio siguiente nombrado jefe de la II Región Militar, que abarcaba toda Andalucía. Con este motivo, las diputaciones y alcaldes de Andalucía y Badajoz le rindieron un homenaje el 18 de julio, que se celebró en el Ayuntamiento de Sevilla. En su discurso, Queipo pidió públicamente la laureada para la ciudad de Sevilla, al igual que Franco se la había concedido a Valladolid el día anterior, cuando Sevilla tenía iguales o mayores méritos para que también se la hubiese distinguido.
Y disparó las iras de Franco. Le convocó a Burgos dos días después, 20 de julio, y le comunicó su cese e inmediata salida del territorio nacional. Como dijo Ricardo de la Cierva, fue «el mandato más breve de la historia militar española», quince días. Franco le propuso: Argentina como embajador o Italia como jefe de misión militar. Queipo eligió Roma, donde pasará tres años como agregado militar de la embajada, aunque en realidad resultó vacío de cualquier servicio. Vivirá en el Hotel Excelsior con su hija Maruja, ya que su esposa prefirió quedarse en Sevilla con sus otros hijos. En Roma se dedicará a escribir sus memorias. Cuando vuelva de Roma, ya en la reserva como militar, se recluirá en su finca de Gambogaz, cerca de Sevilla, y llevará una vida recluida hasta su muerte en 1951.
En febrero de 1943, un decreto de la Jefatura del Estado nombra a los cincuenta procuradores en Cortes de libre asignación del Caudillo. Entre ellos, se hallaba Segura. Si Franco buscaba una entente con el cardenal rebelde, en un intento de tenerlo dentro del redil, de nada le sirvió. Días después, Segura escribió una carta a Franco declinando el cargo de procurador en Cortes. Pero se verá pronto con él.
Franco vuelve a Sevilla porque el Ayuntamiento le ha concedido la Medalla de Oro de la ciudad. El 6 de mayo, en el trayecto de la Puerta de Jerez a la plaza de San Francisco, toda la Avenida estaba engalanada de banderas por donde discurrirá un desfile de las legiones del Partido y centurias agrícolas con sus instrumentos de labranza. Franco aprovechó su discurso para pedir que esa misma medalla fuera concedida al general Queipo de Llano, que se hallaba retirado en su finca de Gambogaz. Buscaba así la reconciliación con el viejo general. Al día siguiente, 7 de mayo, se vieron en el Alcázar y por la tarde, Franco y señora fueron recibidos por la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Macarena, presidida por Queipo de Llano, como Hermano mayor honorario, que lo fuera desde el 22 de septiembre de 1936. Queipo le ofreció su vara y con un abrazo ante la Virgen Macarena quedaron zanjadas las viejas disputas. El 12 de octubre, Queipo recibió la Medalla de Oro de la ciudad de Sevilla y un año más tarde, Franco le concedió la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que se la impuso en un acto oficial en la Plaza de España de Sevilla.
El 8 de mayo es el encuentro con Segura. Franco acude a la catedral para asistir, como despedida de la ciudad, a una Salve ante la Virgen de los Reyes, y nuevamente es llevado bajo palio por cuatro beneficiados desde la puerta de los Príncipes hasta la Capilla Real, donde fue recibido por el cardenal Segura revestido de pontifical. Aquí el encuentro será más bien protocolario.
El 9 de marzo de 1951 muere Queipo de Llano de una afección cardíaca en su finca de Gambogaz. Segura, al enterarse, acudió a la casa mortuoria, y delante del cadáver, de rodillas, rezó un responso. Ya lo había visitado a lo largo de los últimos meses en varias ocasiones. Se sentían amigos. Amortajado con la túnica de la Hermandad de la Macarena, en su Basílica será enterrado al día siguiente, después de estar expuesto en el salón de sesiones del Ayuntamiento de Sevilla. Segura ordenará que todas las campanas de Sevilla doblen por el general amigo.
Una figura polémica, como la de Segura. Dirá el diario «ABC»:
–Vivió el general Queipo de Llano en constante inquietud espiritual que al fin hubo de serenarse y glorificarse en la santa rebeldía, que motivara nuestra guerra de Cruzada. La agitación de su vida contrasta con la cristiana tranquilidad de su muerte ejemplar. Una ciudad orante clama a Dios misericordioso que conceda eterno descanso al alma del general Queipo de Llano.
Segura murió en Madrid el 8 de abril de 1957. «Il Corriere della Sera», diario de más difusión en Italia, tituló así la noticia: «E morto il cardinale Segura che piegò la fronte solo al Papa», bajó su frente solo ante el Papa. Y en la crónica señalaba que «el hombre negro de la República se convirtió en el hombre negro de la Falange».

sábado, 19 de octubre de 2019

Una justicia española mejorable


¡Ea, ya está! El Doctor Plagio –«doctor de cachondeo académico», como lo ha retratado Ussía– ha logrado con la anuencia del «Tribunal Supermemo, digo, Supremo» –como lo ha rotulado una revista satírica–, remover, al parecer el lunes, los huesos de Franco del Valle de los Caídos. Tan obsesionado está en ello, que no le pregunten ustedes qué ocurre en Cataluña. Ahora está con Franco. No le molesten, que no es capaz de pensar dos cosas a la vez. Y Marlaska, el de las hamburguesas, ministro del Interior, dice que «se puede visitar Barcelona con total normalidad».
Lo del Tribunal Supremo me lleva a una reflexión, que probablemente no compartan muchos de ustedes. Creo que la justicia española adolece de bastante arbitrariedad, aplicando las leyes según las circunstancias. Mirad qué ocurre en Andalucía con los EREs: millones y millones robados por el PSOE y por ahí andan esos políticos en un proceso que es el cuento de nunca acabar. O en Cataluña, con el chorizo mayor del Reino, un tal Jordi Pujol y su camada.


 Hay casos menores, pero más hirientes. Recuerdo solo dos, que he tuiteado recientemente.
Uno. El caso de Victoria, anciana de 94 años, que visita a su hermana durante unos días y cuando vuelve a su casa en Portugalete (Vizcaya) ha comprobado cómo unos okupas, cerca de diez, han dado una patada en la puerta, se han metido en su casa y han tirado las pertenencias de Victoria al patio e incluso han vendido algunos de sus enseres, de gran valor sentimental, en un mercadillo cercano. Ella, cuando vuelve, se ve en la calle. –Decenas de vecinos, amigos y familiares –leo en la prensa– se han concentrado a las puertas de la casa de Victoria para protestar por la situación. Durante la manifestación se han producido momentos de tensión con los agentes de las Ertzaintza que custodiaban el domicilio, ya que han impedido que hubiese cualquier tipo de enfrentamiento con los okupas.
O sea, que la Ertzaintza, policía vasca, en vez de desalojar a los okupas, se ha dedicado a defenderlos de unos vecinos airados. Como decía aquella pintada de hace unos años: «¡Franco, hijo de p., vuelve!».
Por fin, este viernes, bajo presión de los vecinos, los okupas han abandonado la casa. Los vecinos se quejan, además, de que, desde el verano, ha habido tres ocupaciones parecidas en la zona y las viviendas siguen ocupadas.
El juicio se celebrará el 20 de noviembre, dentro de un mes, y yo me digo, ¿para qué? Si esta anciana ha podido recuperar su casa –que vete a saber cómo la han dejado–, no ha sido gracias a la justicia ni a la policía, sino a la presión popular. De pena.
Dos. El expolicía Casimiro Villegas, de la Policía Local de Sevilla, ha sido condenado a dos años y medio de cárcel por lesiones a los asaltantes de su casa. Leo en ABC: «Villegas, que se enfrentaba a un total de 16 años de cárcel pedidos por la Fiscalía, ha sido condenado como autor de un delito de lesiones del artículo 150 del Código Penal y de dos delitos de lesiones del artículo 148.1 a las penas de un año y seis meses de prisión por el primero de los delitos, y a la pena de seis meses por cada uno de los otros dos. El tribunal estima la eximente incompleta de miedo insuperable y la atenuante muy cualificada de dilaciones indebida, esto último tanto para Villegas como para los cuatros asaltantes».
Item más: Villegas deberá indemnizar a tres de los asaltantes, que también han sido condenados, en una cantidad total de 52.924 euros. Por su parte, los asaltantes, condenados, dos a tres años, otro a dos años y medio y otro a dos años, tendrán que indemnizar a Villegas con 4.835 euros. ¡Caray con su señoría! 52.924-4.835=48.089, que son los euros que Villegas tiene que agraciar a los ladrones.
Todo ocurrió en la vivienda de Villegas, en el extrarradio de Dos Hermanas, cercana a Sevilla, en la madrugada del 29 de marzo de 2011. Estos individuos entraron en la parcela, rompieron el candado de entrada, y, mientras uno vigilaba, los otros tres entraron en la vivienda mientras los dueños dormían. Villegas se despertó, forcejeó con ellos y tomó su pistola. Estos huyeron en una furgoneta y Villegas disparó once tiros contra el vehículo, hiriendo a tres de ellos. Esta absurda condena, que yo sepa, no ocurre en Estados Unidos, en España sí.
Y otros muchos casos… Por ejemplo: «El acusado de entrar 20 veces en casa de sus vecinos de Los Corrales (Sevilla) acepta una condena de 15 meses de cárcel». O sea, que ni entra en la cárcel. O mi bloque de pisos. Una vecina no paga desde hace años la comunidad. La llevamos a los tribunales y la jueza, por un fallo de procedimiento, la absuelve. Nuevo proceso incoado hace ya cuatro años, lo menos, que tal vez se sentencie cuando ya estemos todos calvos. Es decir, que en esta querida España nuestra los chorizos campan alegremente. ¡Y viva la Pepa!

martes, 15 de octubre de 2019

Teresa de Jesús: Una velada histórica


Hoy, 15 de octubre, es la festividad de Santa Teresa de Jesús. Recojo aquí un pasaje de su vida. En el otoño de 1560, se celebró en la celda de Teresa de Ahumada en el monasterio de la Encarnación una tertulia memorable. Lo forma un grupo de unas seis personas, entre monjas y doncellas de piso o escolares, así llamadas por las constituciones de la Encarnación. Entre éstas, María de Ocampo, aquella sobrinita de cinco o seis años que Teresa encontró en Puebla de Montalbán cuando venía de la peregrinación de Guadalupe. Ahora se halla en situación de doncella de piso con su tía Teresa y, ya de monja, se llamará María Bautista, priora de Valladolid durante muchos años. Su hermana Isabel también se hará monja con el nombre de María de San Pablo.


De las monjas de la Encarnación sabemos que asisten Ana de los Ángeles, que será la primera supriora de San José de Ávila, María de San Pablo, más tarde en las descalzas de Segovia, y Juana Suárez, la monja amiga de Teresa antes de su ingreso en la Encarnación.
Una tertulia animada de temas espirituales. En su celda, Teresa de anfitriona, no se habla de otra cosa.
Ese día, la tertulia fue especial.
Y con el tiempo se dirá que fue una velada histórica.
Vino a centrarse la conversación en las soledades de los santos anacoretas del desierto, tan lejos del barullo del monasterio de la Encarnación, que en esos momentos sobrepasaba las 130 monjas.
–Comenzaron a hablar en burlas que era vida penada la que en aquella casa se pasaba, por haber tanta gente– cuenta el biógrafo Ribera.
Y la charla discurrió en el modo de imitarlos. Ya que no podían ir al yermo, concluyeron, que se haga un monasterio pequeño donde se junten pocas monjas para hacer penitencia.
Fue María de Ocampo, la sobrina de Teresa, la que dijo espontáneamente desde la candidez de sus diecisiete años:
–Pues vayamos las que estamos aquí a otra forma de vida más solitaria a manera de ermitañas.
Y la discusión recayó en lo práctico: cómo sería un monasterio con pocas monjas que obren como los anacoretas del desierto y cuánto podría costar.
Teresa se siente alborozada por esta conversación. Le parece maravillosa. Y más aún cuando su sobrina María de Ocampo lanzó esta afirmación:
–Daría para ello mil ducados de mi legítima.
Surgieron risas burlonas. María protestó que lo tomasen a broma. Lo está diciendo muy en serio.
Y en serio lo tomó su tía Teresa, que «holgóse mucho de ello –cuenta Ribera– y guardólo en su corazón».
Y más viniendo de su sobrina, sin pizca de vocación en esos momentos, aficionada a los libros de caballerías y a las galas de toda joven. A Teresa no le importaba el comportamiento de su sobrina y mantenía la esperanza de que quien lee libros de caballerías terminará por leer libros buenos. Y lo dice por experiencia.
Apareció en la tertulia doña Guiomar de Ulloa –amiga de Teresa y futura promotora de la reforma teresiana–, y Teresa, con cierto desenfado, le dijo:
–Estas doncellas están tratando de que hagamos un pequeño monasterio a manera de las descalzas de San Francisco. Qué le parece.
Y doña Guiomar contestó:
–Yo también ayudaré con lo que pudiere a esa obra santa.
Y la semilla cayó en tierra buena.
Embelesada en este momento de su vida por grandes gracias espirituales, Teresa tiene la sensación de sentirse al mismo tiempo atada en sus ansias infinitas de hacer algo nuevo por la Iglesia. Hay en ella una fuerza interior que no puede soterrarse en la plácida vida del monasterio. Por un lado, ansias de encerramiento y de soledad. Por otro, ansias de echar una mano a este mundo sumido en la herejía y las guerras de religión.
Bueno, ya está en marcha la idea de un monasterio donde se practique la regla primitiva del Carmen. Todavía es un embrión, una criatura incipiente en su mente. A Teresa le vienen sus temores. Los desasosiegos y trabajos que le habían de costar. Lo feliz y contenta que se halla en su celda… ¿Y qué decir de sus enfermedades? ¿La edad tal vez? Tiene 45 años. No es consciente de ello, pero Teresa no cabe en su celda, el mundo que quiere salvar la llama.
Surgen así su nueva fundación de Carmelitas Descalzas y Teresa se convierte en una monja andariega.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Los pajarillos de Pío XII


Hoy, 9 de octubre, se cumple 61 años de la muerte de Pío XII. Hay una foto entrañable de este Papa, tan hierático él, con un pajarillo posado en su mano. Yo la he utilizado para ilustrar la portada de mi libro “Pío XII versus Hitler y Mussolini”. Cuenta su médico Riccardo Galeazzi-Lisi que se decía en el Vaticano que, si León XIII comía como una hormiga, Pío XII comía como uno de sus pájaros. Y es que tenía en sus departamentos y en su despacho algunas jaulas con pajarillos que algunos soltaba de vez en cuando revoloteando por la estancia y posándose sobre su mesa. El pájaro que figura en la fotografía, se llamaba Peter, según cuenta su médico, pero tal vez sea Gretchen, que cuenta Sor Pascalina.


 Dice su médico:
–Pío XII quería tenerlos cerca por las mañanas, mientras se afeitaba…
En aquel entonces, la máquina de afeitar era un objeto extraño en nuestros lares, pero Pío XII ya la tenía, regalo que le hizo el cardenal Spellman, arzobispo de Nueva York.
Cuando murió Pío XII el 9 de octubre de 1958 en Castelgandolfo y días después enterrado en la Basílica de San Pedro, el cardenal Tisserant, como Decano del Colegio Cardenalicio, ordenó a Sor Pascalina, que había servido a Pío XII durante 40 años desde los tiempos de nunciatura en Munich, que abandonara ese mismo día su estancia en el Vaticano. Y la que fue llamada “Virgo potens”, odiada por no pocos curiales, salió del Vaticano con una maleta en una mano y una jaula con los pajarillos del Papa en la otra. Ella, que había podido viajar en limusina tantas veces, se vio en la necesidad de atravesar la Plaza de San Pedro en soledad, tomar un taxi y refugiarse en una casa religiosa de Roma. En la jaula iban Peter, que Sor Pascalina regaló al médico Galeazzi-Lisi, y otros dos llamados Greta y Lucía. Pero el preferido del Papa era Peter, un picamadero de la Selva Negra, que también recibía el nombre de Dompfaff, es decir, el cantor de la catedral, regalo de un monseñor alemán. Según cuenta Galeazzi-Lisi, “era un hermoso pájaro de plumaje abundante y brillante, de negro ébano en la espalda y blanco de nieve en el vientre”.
Dirá su médico:
–Veré siempre a Pío XII deteniéndose ante la jaula, distraído con ellos, dándoles migas de pan o pequeños granos. Sacándoles a veces fuera de la jaula y dejándoles saborear un poco de libertad dentro de las estancias del apartamento papal.
Pío XII no tuvo solamente estos pájaros a lo largo de sus años en el Vaticano, primero como Secretario de Estado y después como Papa. Llegó a tener tres jaulas en el comedor y siendo Secretario de Estado, el cardenal O’Connel, arzobispo de Boston, le obsequió con una jaula y dos canarios cuando Pacelli visitó los Estados Unidos.
Cuenta Sor Pascalina en sus memorias:
–Los que vivíamos en torno a Pío XII y veíamos que nunca se permitía nada, procuramos hacerle lo más agradable posible los momentos de respiro que pasaba con los pajarillos. Sentía predilección por Gretchen, canario blanquísimo, que en un principio no quería desarrollarse en el nido y le prestamos atenciones especiales. Esto no fue fácil en los primeros días, porque había que alimentarle cuidadosamente cada dos horas. Poco a poco tomó confianza. Cuando el Santo Padre llegaba a la mesa, allí estaba el pequeño nido con Gretchen junto a su plato, y a veces él mismo lo alimentaba. Luego seguía echado en el nido y piaba cuando el Santo Padre se marchaba. Poco a poco emprendió los vuelos de ensayo, y pronto comenzó a salir a su encuentro. Se le posaba en las manos, cabeza y hombros, aleteaba sobre el plato y, naturalmente, también alguna vez en la sopa caliente, a pesar de todas las precauciones. Por fortuna, nunca ocurrió nada grave. ¡Qué alegrías le deparó este pajarillo al Santo Padre! Conocía su paso, volaba a su encuentro a la hora del desayuno o de la comida. Le picoteaba los cabellos, o las orejas, cuando, absorto en sus ideas, no le prestaba atención. Se posaba en su mano y desgranaba sus trinos lo mejor que podía. Cuando tenía sed, se ponía sobre el vaso de vino o de agua. Revoloteaba sobre cada plato que se llevaba a la mesa, o que estaba ya puesto en ella, para ver si había algo que le gustara. Cuando el Santo Padre le regañaba con el índice amenazador –“Gretchen, esto no es para ti”–, se retiraba y volaba a la mano por si encontraba algo. Después del paseo lo dejábamos revolotear en el despacho. De ordinario, el Santo Padre se sentaba en un sillón, cerca de la ventana, ocupado en el trabajo que regularmente le traían de la Secretaría de Estado después de la comida. Entonces, Gretchen volaba directamente a los hombros del Santo Padre y de los hombros a la hoja que tenía entre manos, como si quisiera leerla. Una vez se le cayó una hoja a Pío XII y se deslizó hasta la puerta, que estaba enfrente. Veloz como el rayo, la siguió Gretchen, la cogió con el pico y la arrastró con todas sus energías a los pies del Papa. De buen grado hubiera levantado la hoja hasta sus rodillas, pero no tenía fuerzas para eso. Entonces, el Santo Padre levantó a Gretchen y la hoja, y el pajarillo coleaba y cabeceaba de contento por los piropos que le decía.
Esta era la distracción del hierático Pío XII, sus pajarillos.

viernes, 4 de octubre de 2019

Francisco de Asís, el amigo de Dios


Hoy, 4 de octubre, es la festividad de san Francisco de Asís, el gran amigo de Dios. Ya decía Renan, que no fue precisamente un santo, que «se puede decir que, después de Jesús, Francisco de Asís es el único perfecto cristiano». Relatemos los últimos momentos de su vida.
El cardenal Hugolino pide a Francisco que atenúe la rigidez de la estricta pobreza de la Segunda Regla. Francisco se retira con fray Elías a Fonte Colombo, donde redacta la Regla definitiva, la tercera, que será aprobada por el Papa a finales de 1223. Esa Navidad, festeja plásticamente el nacimiento de Cristo en la gruta de Greccio, cercano a Rieti. Pobres campesinos y pastores de las tierras de alrededor acudieron, algunos con sus rebaños, a dar colorido a esta representación del nacimiento de Cristo. Fue el primer belén o nacimiento, bellísima tradición que perdura hasta hoy.


 Minado por la fatiga y las enfermedades, Francisco se retira al monte Alvenia. Comienza allí «la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del arcángel San Miguel». Y el 14 de septiembre de 1224, fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, recibió la visión de Cristo crucificado y la impresión en su cuerpo de los estigmas de la pasión, que llevó hasta su muerte. La primera vez en la historia de la Iglesia que se verificó el milagro de los estigmas.
Enfermo de los ojos –enfermedad que había adquirido en Oriente–, atacado de dolores de estómago y de hígado, Francisco, a la grupa de un asnillo, recorre la Umbría y la Marca, en su última predicación misionera. El verano de 1225, enfermo, casi ciego, señalado por los estigmas, lo pasó en el jardín de San Damián, donde compuso con Santa Clara el célebre Cántico de las Criaturas o Cántico al Sol, el himno más elevado de acción de gracias y de alabanza. Por consejo del cardenal Hugolino, acude a Rieti, donde se halla la corte pontificia, y es acogido en el palacio del obispo. Los médicos pontificios le someten a una operación en los ojos, con resultados negativos.
En la primavera de 1226 es llevado a Siena para recibir otros cuidados médicos. En el viaje de vuelta, en Cortona, redactó su célebre Testamento. Y como empeoraba, conducido a Asís, fue acogido en el palacio del obispo. A fines de septiembre, cuando vio que se acercaba el fin, hizo ser llevado por sus hermanos a la Porciúncula, porque quería morir en la sede de la Fraternidad. Al llegar a la planicie, bendijo a la ciudad de Asís. Y cuando se sintió morir, pidió que lo pusieran en el suelo, desnudo sobre la desnuda tierra de la Porciúncula de Santa María la Mayor. Y así, privado de toda cosa terrena, murió en la tarde noche del 3 de octubre de 1226, a los 44 años, cantando el salmo 142: «A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor». Se cuenta que una bandada de alondras revoloteó el tejado de su cabaña y le ofrecieron el más bello recital de despedida.
En marzo de 1227, el cardenal Hugolino, que hasta entonces había sido protector de Francisco y de la Fraternidad, fue elegido Papa con el nombre de Gregorio IX. Al año siguiente, emitió la bula Recolentes, en la que animaba a la cristiandad a recoger ofrendas para la construcción de una gran basílica en honor de Francisco de Asís. Dos meses más tarde, llegó a Asís y el 19 de julio de 1228 canonizó a Francisco. Poco después comisionaba a Tomás de Celano escribir una biografía del santo.
El 25 de marzo de 1230, los restos de San Francisco fueron trasladados a la cripta de la nueva basílica. Y el 28 de septiembre emitió la bula Quo elongati, por la que negaba la obligatoriedad, a los componentes de la orden franciscana, del Testamento de San Francisco, e interpretaba más moderadamente el paso de la Regla definitiva de 1223, en la que se prescribía para la Orden la pobreza absoluta.
Su primer biógrafo, Tomás de Celano, ante la personalidad misteriosa de Francisco de Asís, dejó la pluma para decir: «Es mejor que calle», porque ninguna palabra logrará repetir «el misterio original y genial encerrado en San Francisco».
En 1939, Pío XII le tributó un reconocimiento oficial al «más italiano de los santos y al más santo de los italianos», proclamándolo patrono principal de Italia. Y en 1979, Juan Pablo II lo proclamó patrono celestial de los ecologistas.  

martes, 1 de octubre de 2019

Teresa de Lisieux: una lluvia de rosas


Esta es la promesa esencial de Teresa, que comunicó a su hermana Inés de Jesús poco antes de morir:
–Presiento que voy a entrar en el descanso. Pero presiento, sobre todo, que mi misión va a empezar: mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo, de dar a las almas mi caminito. Si Dios escucha mis deseos, pasaré mi cielo en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra... no quiero descansar mientras haya almas que salvar.


 Y a su hermana sor Genoveva:
Después de mi muerte, haré descender una lluvia de rosas... cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Se lo pido a Dios y estoy segura de que me escuchará. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin cesar nunca de contemplar el rostro divino, de abismarse en el océano sin orillas del Amor? ¿Por qué no ha de permitirme Jesús imitarles? Ya ves que, si abandono el campo de batalla, no es con el deseo egoísta de descansar.
Teresa ha enseñado que no importa ser frágil, sentirse pequeño en este mundo, para acercarse al corazón de Dios. Dijo ella:
–Hay que saberle ganar por el corazón; ese es su lado débil.
Y en una carta a su hermana Leonia:
–He llegado a entender que no hay sino ganar a Jesús por el corazón.
Inés de Jesús pedía a su hermana explicaciones sobre el camino que decía que quería enseñar a las almas después de su muerte.
–Madre, es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y del total abandono. Quiero enseñarles los medios tan sencillos que a mí me han dado tan buen resultado, decirles que aquí en la tierra sólo hay que hacer una cosa: arrojarle a Jesús las flores de los pequeños sacrificios, ganarle a base de caricias. Así le he ganado yo, y por eso seré tan bien recibida.
Como dice Von Balthasar, así el cielo se convierte en un cielo robado.
–Mis protectores y mis predilectos en el cielo son los que lo robaron, como los santos Inocentes y el Buen Ladrón. Los grandes santos lo ganaron por sus obras; yo quiero imitar a los ladrones, lo quiero alcanzar por maña, una maña de amor que me abrirá su entrada, a mí y a los pobres pecadores.
Así es Teresa del Niño Jesús, convertida en uno de los santos más conocidos del mundo entero. No muy lejos de Alençon, ciudad natal de Teresa, se halla la ciudad de Nantes, donde nació Julio Verne. En 1873, el mismo año del nacimiento de Teresa, Julio Verne publicó La vuelta al mundo en ochenta días.
Muchas vueltas al mundo ha dado Teresa de Lisieux, esa sencilla carmelita, que es venerada por gente de todas las razas y que ha fascinado a los humildes y sencillos de corazón como ella.
Sobre su tumba se colocó una cruz de madera con esta inscripción: «Sor Teresa del Niño Jesús, 1873-1897». Y escritas estas palabras que pintó la madre Inés de Jesús, su hermana:

Que quiero, Dios mío,
llevar lejos tu fuego;
acuérdate.

Pero la pintura se hallaba aún fresca y el texto se borró. Entonces la madre Inés inscribió un texto nuevo que me parece más en consonancia con el mensaje de Teresa:

Quiero pasar mi cielo
haciendo bien en la tierra.

La madre María de Gonzaga, priora del Carmelo de Lisieux en vida y muerte de Teresa, escribió al margen del Acta de Profesión de Teresa, aunque tiempo después de sentir el eco que estaba provocando por doquier la Historia de un alma, un auténtico best-seller, traducido a más de 60 lenguas:
–Esta Flor, más del cielo que de la tierra, ha sido cortada por el divino jardinero, a la edad de 24 años y 9 meses, el 30 de septiembre de 1897. Los nueve años y medio pasados en medio de nosotras, dejan nuestras almas embalsamadas con las virtudes más bellas de que una vida de carmelita puede estar llena. Modelo cumplido de humildad, de obediencia, de caridad, de prudencia, de desprendimiento y de regularidad, cumplió el difícil cargo de Maestra de Novicias, con una sagacidad y una perfección que sólo tenía igual en su amor a Dios. Nos remitimos al querido manuscrito que edificará al mundo entero, dejándonos a todas los ejemplos más perfectos. Este Ángel de la tierra tuvo la dicha de volar a su Amado en un acto de amor. ¡Oh, amadísima, velad sobre vuestro Carmelo!

jueves, 26 de septiembre de 2019

La Cabeza del Rey Don Pedro


¿Qué sevillano, si cruza
de la noche en el silencio
las mezquinas callejuelas,
llenos de calma y misterio,
de la antigua judería,
o del barrio macareno,
o si al Alcázar se acerca,
o a calle del Candilejo,
no mira vagar la sombra
del rey don Pedro el primero?
...
Y calles, jardines, plazas,
iglesias y monasterios,
todo en Sevilla repite
el nombre del rey don Pedro.
Dejó aquí tantas memorias,
tan indelebles recuerdos,
que él estará entre nosotros
más vivo cuanto más muerto.
  


Este romance de Cano y Cueto refleja el afecto que la Sevilla romántica del XIX tributó a don Pedro I el Cruel. Para Sevilla no es el Cruel, sino el Justiciero, como le bautizara Felipe II.
¿Cómo era el rey don Pedro?
En descripción de López de Ayala, siendo Pedro I noble entre los nobles, no podía ser menos que «blanco e rubio». Lástima que «ceceaba un poco en la fabla» y le sonaban las canillas. Pero era parco en el dormir, parco en el comer, y amante de mujeres.
Dos características predominaban en Pedro I: su cruel­dad y su lascivia. De ambas cosas dio sobradas muestras, a pesar de que los románticos sevillanos nos quieran presentar la imagen de un Pedro I tan severamente justiciero como caballeroso con las damas.
No nos hallamos ante un rey normal. «Ser rey y ser rey en la Edad Media –cuenta el doctor Gonzalo Moya, que en 1968 realizó un estudio médico de los restos de rey don Pedro, que se hayan en la cripta de la Capilla Real de la Catedral de Sevilla– constituía una pé­sima condición para que un paralítico cerebral fuera ‘domesticado’, como dice con extraordinaria perspicacia Saa­vedra Fajardo. Esta mezcla inextricable de impulsividad, inestabilidad emocional, violencia, indiferencia y abulia no es propia de un individuo normal. Por ello, creemos que ha­bría que llamar a Pedro I el loco y no el cruel; merece el primer epíteto con más justicia todavía que el segundo y desde luego con más razón que la pobre doña Juana, la hija de los Reyes Católicos».
Definitivamente, no fue un rey normal... su desequilibrio mental, causa de la crueldad que manifestó a lo largo de su reinado, le su­puso el calificativo de Cruel, con el que ha pasado a la historia.
Pero Sevilla lo quiere, amorosamente, enfermizamente. Y lo recuerda con sus leyendas impresas en las piedras del Alcázar y calles de la ciudad. Una de las más populares, recordada con una hornacina y una calle en el nomenclátor de Sevilla, es ésta.
Érase una vez... Hay que comenzar así, que de leyenda se trata. Érase una vez allá por los años de mediados del siglo XIV, cuando el rey don Pedro, embozado en su capa, salió ya anochecido del Alcázar a corretear por Sevilla... Que lo cuente la Crónica de don Juan de Castro, obispo de Jaén, que esta leyenda tiene hondas raíces de verdad histórica. Salió el rey una noche del Alcázar de Sevilla y mató a un hombre en los Cinco Can­tillos. Al ruido de las cuchilladas, una vieja sacó un candil y vio la riña. Al día siguiente, Domingo Cerón, alcalde del rey, fue a averiguar la muerte y halló que el rey había hecho el homicidio por la información de la vieja, que dijo había conocido al rey porque le crujían las rodillas como nueces, y este ruido hacía el rey cuando andaba, y era conocido por ello. Domingo Cerón volvió al Alcázar, se sentó en la silla del juicio que estaba a la puerta, y esperó con la vara en la mano a que el rey saliese a misa a Santa María (la Catedral), y al salir hizo reverencia al rey y humilló la vara. El rey le dijo:
–¿Cómo estáis despacio, aviendome dicho los malos fechos y muerte que avido esta noche? Domingo Ceron dijo: ya está todo averiguado, y el matador no a fuido, que está presente. Preguntó el Rey: –Quien es que yo le faré quitar la cabeza y ponella en el lugar de la muerte. Domingo Ceron se echó a sus pies y le dijo: Vtra. Sª. a dado la sentencia, mas yo porné una cabeza de mi fijo Martin Ceron por la de Vtra. Señoría. El Rey dio por bien averiguada la causa y mandó poner su cabeza en lugar que llaman Candilejo y Domingo Ceron colgó la vara a la puerta de las Capillas reales por aver tenido al Rey en su juiçio.»
En el lugar del suceso, una estatua de medio cuerpo recuerda todavía, junto al nombre de la calle, el curioso lance que sostuvo don Pedro el Cruel en noche sevillana con otro caballero y el descubrimiento por la vieja del candil al oírle sonar las canillas al rey. Aparece el monarca de medio cuerpo, coronado, con armadura y manto real, su diestra empuña un cetro que se apoya sobre su pecho y la izquierda descansa sobre su espada. Fue colocada por el Ayuntamiento de la ciudad el 26 de septiembre de 1608, sustituyendo a una cabeza de barro, que el duque de Alcalá adquirió al dueño de aquella casa, que la tenía arrumbada en un rincón de la casa. El duque la tuvo «por verdadera efigie del rey don Pedro o muy parecida». «Y repitiendo las señas de la cabeza dezia que juzgaba era de barro cocida y pintada con el pelo corto, que solo le cubria el cuello, cortado alrededor y cercenado por la frente como entonces se usaba, sin bigotes ni barbas, el rostro algo abultado, y en la cabeza un bonete redondo, trage de aquel tiempo», según se lee en un manuscrito antiguo de la Biblioteca Colombina, transcrito por Gestoso. Esta cabeza, la primitiva, la originaria, se custodia en la Casa de Pilatos.