miércoles, 19 de junio de 2019

Corpus Christi


Los orígenes de la fiesta del Corpus arañan los inicios del siglo XIII, cuando una niña belga tuvo una revelación particular para que se estableciera una fiesta en honor del Santísimo Sacramento. Esta niña ingresó en el monasterio de agustinas de Monte Cornillón, cercano a Lieja. Hoy es recordada como beata Juliana de Lieja o de Monte Cornillón. Elegida superiora, tuvo un entusiasta colaborador en el arcipreste de la catedral Jacques Pantaleón de Troyes. La fiesta del Corpus fue introducida en Lieja en 1247. Poco después, Pantaleón fue nombrado obispo de Verdún y patriarca de Jerusalén. Finalmente fue elegido Papa con el nombre de Urbano IV. Y es así como, en el recuerdo de su amiga monja, instituyó la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia por la bula Transiturus (1264). Santo Tomás de Aquino recibió el encargo de componer el oficio de esta fiesta con una serie de himnos latinos. Pero la muerte del Papa retrasó la efectiva instauración litúrgica del Corpus que no será operante hasta el Concilio de Vienne de 1311.


La fiesta del Corpus entró en España por el reino de Aragón y en Sevilla ya se tienen noticias documentales en el siglo XV. Pero será en los siglos XVI y XVII cuando adquiera todo su esplendor, entreverados en un todo lo popular con lo religioso.
«Era costumbre por aquella época [siglo XVI] –cuenta Sánchez Arjona– poner el Santísimo Sacramento en medio de la capilla mayor; y después, cuando el Ayuntamiento y Cabildo Catedral ocupaban los tablados, colocados al efecto entre los dos coros, comenzaba la representación de los autos, terminados los cuales tenían lugar los divinos oficios. Concluidos la misa y el sermón, se representaban las danzas en el mismo sitio en que se habían representado los autos, y allí permanecían bailando delante del Santísimo Sacramento hasta por la tarde que salía la procesión, de la que formaban parte. Entre tanto los Diputados, nombrados por la ciudad para el mejor orden de la fiesta, señalaban a su antojo los sitios en donde se habían de hacer las representaciones; y una vez señalados, colocaban en ellos las armas de Sevilla para que, terminada la representación que dentro de la Catedral y delante de los dos Cabildos se hacía, fuesen los comediantes en los carros a ejecutar los autos en todos aquellos lugares señalados de antemano».
Según un manuscrito conservado en la Biblioteca Colombina, este fue el orden observado en la festividad del Corpus del año 1682: primero, la Tarasca y los Gigantes; después, las cofradías. A continuación, las Religiones: capuchinos, mer­cedarios calzados, agustinos descalzos, mínimos de San Francisco de Paula, la Merced, el Carmen, San Agustín, San Francisco y Santo Domingo. Siguen las cruces de las iglesias parroquiales, la cruz de la iglesia metropolitana, el subdiácono, el juez de la Iglesia con los ministros de su tribunal, y desde aquí comienzan las danzas. Sigue la clerecía parroquial, el provisor y vicario general con los ministros de su tribunal, el diputado de las reliquias, las santas reliquias entre los capellanes del coro de la iglesia catedral, los beneficiados de la iglesia catedral, la Universidad de Beneficiados Propios de Sevilla, los canónigos de la Colegial del Salvador, el Cabildo de la iglesia metropolitana. Y, seguidamente, la custodia con el Santísimo, el arzobispo, los capellanes de la familia del arzobispo, el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición y la ciudad de Sevilla.
El Corpus, en el paso del siglo XVI al XVII, perdió progresivamente su genuino carácter religioso y se convirtió cada vez más en profano. La gente corría tras la tarasca, las mojarrillas y gigantes... de modo que el Santísimo Sacramento, que venía detrás, perdía interés y devoción.
La crisis estalló con la venida a Sevilla del arzobispo Palafox. En 1689 envió Palafox a Roma 31 dubios sobre irreverencias y abusos en cuestiones litúrgicas y de rito. Especialmente significativo era el dubio 5, por la resonancia que tuvo: «Si puede y debe el arzobispo prohibir que en la festividad y octava del Corpus Christi se celebren bailes o danzas en la catedral por mujeres y hombres enmascarados y con los sombreros puestos en presencia del Santísimo Sacramento, a pesar de hacerse por costumbre antigua». La respuesta de Roma fue: Posse et debere. Esta respuesta afirmativa quedó después un tanto paliada al encomendar Roma que esta cuestión la dilucidara el monarca español al estar implicado el cabildo secular. Pero a Palafox le sirvió para prohibir, en las próximas fiestas del Corpus a celebrar el 1 de junio de 1690, las danzas que abrían la marcha de la procesión y que incluso se introducían en la iglesia catedral bailando durante la consagración.
El cabildo secular recurrió a la Audiencia ante esta prohibición y al mismo tiempo envió diputación al Asistente, indicándole que los danzantes llevarían guirnaldas en la cabeza en vez de sombreros y los coros de hombres y mujeres irían separados. Aquel día la procesión no salió de la catedral hasta la una y media de la tarde, cuando ya casi todas las corporaciones religiosas se habían retirado a sus parroquias y conventos, ante las penas canónicas lanzadas por el arzobispo. En las calles se oían estas voces: «¡Viva la fe de Cristo! ¡Mueran los molinistas!», refiriéndose al arzobispo y los suyos. Las denuncias llegadas a Roma acusaban al arzobispo de «perturbador del orden público». Le sacaron toda clase de libelos, le recordaron sus flirteos con la doctrina de Molinos e incluso lo relacionaron maliciosamente con una tal Ana Ragusa, alias la Pavesa, extraña mujer de Palermo confesada del arzobispo durante algún tiempo y que confundía sus ataques de nervios con revelaciones místicas. La pobre Pavesa acabó sus días en un auto de fe público celebrado el 18 de mayo de 1692. Y no quedó ahí la cosa: la noche del 3 de octubre de 1692 apareció bajo el confesonario del arzobispo, a los pies de la iglesia del Sagrario, un barril de pólvora que comunicaba con la puerta de la calle con una larga cuerda untada de alquitrán. Los «cien pleitos» del arzobispo, número redondo para indicar los muchos que sostuvo, aunque no fueron tantos, no llegaron a solucionarse prácticamente ninguno y en ellos, por su carácter inflexible, malgastó Palafox no poco de su fama y salud.
Las danzas desaparecieron definitivamente un siglo después, en el reinado de Carlos III, por real decreto de 21 de junio de 1780. Dispuso el monarca que «en ninguna Iglesia de estos mis Reinos, sea Catedral, Parroquial o Regular, haya en adelante tales Danzas, ni Gigantones, sino que cese del todo esta práctica en las procesiones, y demás funciones eclesiásticas, como poco conveniente a la gravedad y decoro que en ellas se requiere».
A partir de entonces, el Corpus se parece más a lo que se vive hoy que al espectáculo popular que se vivía en el XVI y XVII.

viernes, 14 de junio de 2019

Los Fantasmas del Palacio Arzobispal de Sevilla


Lo que en principio había concebido como una trilogía, he aquí que, por artes mágicas, o más bien, por artes fantasmales, se ha convertido en una tetralogía. Comencé hace unos años con Los Fantasmas de la Catedral de Sevilla. Seguí con Los Fantasmas del Alcázar de Sevilla. Y cerré la trilogía con Los Fantasmas de las Catedrales de España. Ahora aparece Los Fantasmas del Palacio Arzobispal de Sevilla.
Para los Fantasmas de las Catedrales, tanto la de Sevilla, como las de España, hubo un introductor que en vida de los mortales se llamaba Diego Alfonso de Sevilla, un ilustre canónigo de la Santa Iglesia Catedral hispalense, que logró su canonjía por sus artes nigrománticas. Murió el 3 de agosto de 1502, en plena canícula del verano, y fue enterrado en la capilla de San Laureano del propio templo catedralicio. Al final del segundo milenio, lo sorprendí peregrino por las Catedrales de España y saludando las ánimas benditas allí enterradas.


Pero en los Fantasmas del Alcázar sevillano, donde no hay tumbas como en las Catedrales, sí pude apreciar a través del juglar Paja del rey Fernando III el Santo que por aquellos salones y jardines menudeaban las auras fantasmales de cuantos a través de los siglos han vivido en ese palacio, un tiempo moro, luego cristiano. Y pude lanzarme a escribir los relatos que me dictaba el juglar de los personajes que por allí han habitado.
Y lo que son las cosas, cuando presumía que con esta trilogía se cerraba el círculo, me llega de nuevo el canónigo nigromante Diego Alfonso de Sevilla y me relata sustanciosas curiosidades de cuantos en el Palacio Arzobispal de Sevilla han vivido. Y no he podido negarme a relatar cuanto me narra de los arzobispos y no arzobispos que han morado en esa casona. Todos ellos han dejado en esos muros sus auras fantasmales. Solo hace falta tener el poder nigromántico de mi ya viejo amigo Diego Alfonso de Sevilla para saber las cosas de los moradores de esa casa, en un tiempo casona y desde el siglo XVII Palacio Arzobispal como hoy se conoce. Alejandro Guichot cuenta que «se empezó a construir el actual palacio hacia el año 1665». Pero el lugar de este inmueble como sede arzobispal lo es desde la Reconquista de la ciudad por Fernando III el Santo.
El 6 de enero de 1251, el Rey Santo otorgó a don Remondo, entonces obispo de Segovia, unas casas en Sevilla, en la plazuela de Santa María, con su bodega, cocina, establo y huerta. Con los siglos se le fueron adicionando fincas colindantes hasta conformar el perímetro del Palacio Arzobispal actual.
De sus moradores y de cosas curiosas ocurridas en sus pontificados tratará este libro.
Hay una máxima latina que dice: De mortuus nihil nissi bonum (de los muertos no decir sino lo que les favorezca). Pero no sé si mi canónigo nigromante se atendrá a ello. Más bien creo lo contrario. Es decir, que dirá al pan, pan, y al vino, vino, cosas buenas y cosas no tan buenas.
Alguno se preguntará con Calderón de la Barca, en Los hijos de la Fortuna:
–¿Aún no es muerto y ya es fantasma?
Y le diré que no. Los fantasmas, muertos son. Los que aún vivan, moradores de esa casona, Palacio Arzobispal de Sevilla, no son fantasmas. Todavía. Diego Alfonso de Sevilla, el canónigo nigromante, que me dicta los siguientes relatos, me explica que solo persigue contar las historias de los verdaderos fantasmas y, por tanto, moradores de ultratumba.
Pues adelante, que soy todo oídos. Y como diría Federico García Lorca en la Muerte de Antoñito el Camborio:

Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir…

[En librerías de Sevilla. Si no lo tiene su librero, que lo pida al distribuidor Sr. Rivero]

miércoles, 12 de junio de 2019

San Juan de Ribera, Patriarca de Valencia


El 12 de junio de 1960, Juan XXIII, el buen Papa Roncalli, canonizó a un sevillano, san Juan de Ribera, que murió como arzobispo de Valencia. A la historia ha pasado con el título de «Patriarca de Valencia».
Hijo natural de don Pedro Enríquez y Afán de Ribera y Portocarrero, primer duque de Alcalá de los Gazules, nació en 1532, al decir de todas las crónicas, en la Casa de los Pinelos, calle Abades. De ser así, tenía que ser bautizado en el Sagrario de la Catedral, pero faltan los libros bautismales de esa época. Es curioso que en las biografías al uso –y tengo delante una bastante extensa de Ramón Robres Lluch– soslayan pudorosamente señalar cómo san Juan de Ribera nació de muliere soluta, es decir, de soltera, lo que le supuso a la hora de su incorporación al estado clerical una dispensa especial de Roma.


 Joaquín González Moreno, en su libro Aportación a la Historia de Sevilla, apunta el nombre de la madre y otro lugar de nacimiento en la geografía urbana de Sevilla, pero no ofrece las fuentes de los datos que aporta. De todos modos, son significativos y dignos de reseñarse. «Es falso –afirma– que naciera en esta casa San Juan de Ribera. Al ser hijo natural de la sobrina del canónigo Pinelo se veía mal por aquella sociedad que naciera en la vivienda de su tío. Además, Teresa Pinelo y Caballería moraba en la collación de Santa Lucía, y ello motivó que se bautizase el santo en aquella parroquia».
Juan de Ribera estudió en Salamanca y a los 30 años, en 1562, ya era obispo de Badajoz. Siete años más tarde, pasó de arzobispo de Valencia. Juan dejó todos sus bienes a los pobres pacenses y entró en su nueva diócesis valenciana el 20 de marzo de 1569. Felipe II le nombró también virrey (1602-1604) para la represión de la corrupción y el bandidaje.
Gran amante de la Eucaristía, el pontífice Pío V lo llamó «luz de toda España». Y se esforzó por reformar la Universidad al ver cómo la enseñanza de la teología estaba en manos de «hombres que en su vida supieron qué cosa es leer u oír». Aplicó la reforma tridentina al clero y creó el Real Colegio Seminario de Corpus Christi, conocido popularmente como el «Patriarca», cita turística obligada del que visita Valencia. En su capilla recibió sepultura el patriarca Juan de Ribera a su muerte acaecida el 6 de enero de 1611.
La santidad de Ribera, que lo fue, no empece esa sombra que rodea su figura en torno a la expulsión de los moriscos. Sensible a las inquietudes sociales y con un enorme corazón, Ribera era también hijo de su tiempo. A los moriscos –moros conversos, que más vivían como moros que como cristianos–, el patriarca se desvivió por encontrarles una solución pacífica y cristiana. Les predicó personalmente, discutió con ellos de las cuestiones religiosas, les proporcionó predicadores conocedores del Islam y editó catecismos para alfaquíes. Todo acabó en el más completo fracaso. Vistos los escasos resultados y la inutilidad de sus esfuerzos, apoyó decididamente el decreto de expulsión de los moriscos dado por Felipe III.
Cuando murió san Juan de Ribera, llevaba 42 años al servicio de la diócesis valenciana. Falleció a los 79 años de edad.

viernes, 7 de junio de 2019

Cien años de la coronación canónica de la Virgen del Rocío

El acto de la coronación canónica de la Virgen del Rocío tuvo lugar hace un siglo, el 8 de junio de 1919, y es el timbre principal del canónigo Juan Francisco Muñoz y Pabón en su logro.
La corona de la Virgen fue hecha por los plateros de la Catedral, tomando como modelo la de la Concepción grande de la Seo hispalense, y la del Niño, costeada exclusivamente por doña Juana Soldán, viuda de Cepeda, es una magnífica reunión de perlas y brillantes, hechas por la Casa Reyes. La Corona de Virgen es de oro macizo, pesa 88 onzas, que equivalen a más de dos kilos y medio de oro. Y tiene montados 40 brillantes de diverso tamaño, 14 esmeraldas, 38 rubíes, 3 topacios, 5 perlas grandes y un gran número de diamantes y perlas pequeñas. Todo ello fruto de la cuestación popular que se venía haciendo desde un año antes.


–¡Van en ella –cuenta Muñoz y Pabón– tantos donativos de «a perra gorda» y hasta de «perra chica»! ¡Van jornales de siega!... ¡Va el huevo ofrecido por una infeliz!... ¡Va... hasta la limosna de alguno que vive de ella!... ¡¡la limosna de un mendigo!! Por eso esa corona vale más que si fuera de precio fabuloso y costeada sólo por potentados. Lleva gotas de sudor..., bostezos de hambre, ¡privaciones de pobrecitos desheredados de la fortuna, que le han dado a la Virgen hasta lo que no podían! ¡Exprimida esa corona, como se exprime una esponja..., ¡ah!, ¡cuántos chorros de sudor, convertidos en perlas; cuántas y cuántas lágrimas, trocadas en brillantes..., cuántas gotitas de sangre, cristalizadas en rubíes, rodarían por el rostro de la celestial Destinataria, que, como su Hijo santísimo, ante los «despilfarros» de María Magdalena, ha tenido que decirnos: «obra buena habéis obrado en mí»!!
El 6 de junio de 1919, a las dos de la tarde, partió Muñoz y Pabón hacia el Rocío en automóvil, acompañando al cardenal Almaraz, arzobispo de Sevilla.
Antes, ha dejado la siembra de unas coplas y seguidillas a la Virgen de las marismas, que se cantaron aquellos días y se seguirán cantando con el tiempo. Coplas como estas:

Desde Sevilla a Huelva,
Madre y Patrona,
a traerte venimos,
una corona.
¿Que un sol parece?
¡Pues, aunque más no cabe,
más te mereces!

El 7 de junio, sábado, a las 6 de la tarde, comenzó el desfile de las Hermandades, primer acto de la romería, asistiendo el cardenal. Las hermandades fueron recibidas como de costumbre en el atrio del templo. En total: 514 carretas, 120 coches y un sinnúmero de jinetes y romeros a pie. Hermandades que concurrieron: Triana, con 14 carretas. Se le agregaron algunas de Bormujos, Camas, Gines y otros pueblos. Rociana, 22 carretas. Villamanrique: 27 carretas. Benacazón: 7 carretas. Umbrete: 38 carretas. Coria del Río: 20. Pilas: 25. La Palma: sin concretar el número de carretas. San Juan del Puerto: 4 carretas y 6 carros. Sanlúcar de Barrameda: no utiliza carretas sino caballerías, 102 caballos. Huelva: 31 carretas y 3 coches. Moguer: 12 carretas, 3 coches y 150 jinetes. Y Almonte: la que llegó con el mayor número de romeros.
A las doce y media de la noche salió la procesión del Santo Rosario que recorrió los alrededores de la ermita. Y al día siguiente, 8 de junio, Domingo de Pentecostés fue el acto de la coronación. La función solemne tuvo lugar al aire libre, sacada la imagen muy de mañana de la ermita. Cuenta Muñoz y Pabón:
–El cardenal Almaraz leyó la autorización pontificia y bendijo las coronas y tomó juramento de que habían de custodiarla fielmente a los señores que actuaron: de notario, D. José Moreno Soldán, hermano mayor de La Palma; y de testigos: D. Manuel Márquez Gómez, cura párroco de Almonte; D. Juan Acevedo Medina, alcalde; D. José Villa Báñez, presidente de la Hermandad Matriz, y D. Ignacio de Cepeda y Sódan. A continuación, la misa que ofició don Miguel Castillo Rosales. Al finalizar, el cardenal pronunció unas palabras felicitando a las Hermandades por la coronación de su titular… y bendijo a los presentes. Subió al paso de la Virgen y colocó sobre su cabeza y la del Niño sendas coronas.
–Fue un momento –cuenta Muñoz y Pabón– en que, como diría el vate, «Sólo se oía un trémulo sollozo», pero un sollozo, que dejó de serlo, para trocarse en un ¡viva! ensordecedor..., imponente..., ¡infinito!; un «viva» de treinta mil gargantas, entre los aplausos frenéticos de sesenta mil manos, que movía el entusiasmo y las lágrimas copiosas de sesenta mil ojos, que preñaba de ellas la emoción; sollozo, grito, alarido, ¡jaculatoria enorme!, ¡formidable!, que no tuvo más remedio que llegar al cielo y repercutir en las entrañas de la Virgen, como repercuten en las entrañas de las madres los besos de los hijos; porque aquello, más que sollozo y más que viva, más que alarido y más que jaculatoria, fue un beso: un beso ardiente, prolongado, ¡inacabable!, y, por añadidura, mojado en lágrimas, con que «vio» la Paloma de las marismas cuánto y cuán honda y despropositadamente se la quiere, ¡se la idolatra!, por estas apasionadas tierras andaluzas.

martes, 4 de junio de 2019

El Cristo del Amor


Juan de Mesa, discípulo aventajado de Martínez Montañés, ha dejado en Sevilla la huella de su genio plasmada en tres Cristos maravillosos: el Señor del Gran Poder, el Cristo del Amor y el Cristo de la Misericordia. Hasta los primeros años del siglo XX se había creído que los tres pertenecían a la gubia de Martínez Montañés. Documentos fehacientes encontrados por Celestino López Martínez en el Archivo de Protocolos demostraron que el Cristo del Amor, el Gran Poder, y el Cristo de la Misericordia del convento de Santa Isabel, habían sido esculpidos por Juan de Mesa. El del Cristo del Amor decía:
«Juan de Mesa, escultor, vecino de esta ciudad de Sevilla en la collación de San Martín, otorgo y conozco que he recibido de Juan Francisco Alvarado, de la casa de la Contratación de esta ciudad y vecino de ella, mil reales...». Es una carta de pago, fechada el 6 de junio de 1620, por la que el escultor Juan de Mesa recibe sus honorarios por la hechura del Cristo del Amor.


En 1930, Sevilla rindió a Juan de Mesa un homenaje de desagravio y colocó una placa en la iglesia de San Martín, donde yacen sus restos. El humor sevillano asomó en las páginas de «El Noticiero Sevillano» en la pluma poética de José García Rufino, bajo el seudónimo de «Don Cecilio de Triana». «¿De quién es El Cacho­rro?» se titula, y espigamos estos versos:

Primero le tocó el turno
al Señor del Gran Poder,
que se dijo no era obra
de Martínez Montañés;
luego, el Cristo del Amor
dicen no es suyo también,
y ahora salen con que el Cristo
que está en Santa Isabel,
tampoco lo hizo Martínez;
y a ese paso saldrá que
el escultor que creíamos
de más fama y de más prez,
lo que hacía no eran imágenes
pues se ocupaba en hacer
en la Alcaicería muñecos
para el Portal de Belén ...

El cambio de titularidad del Cristo del Amor –Juan de Mesa por Martínez Montañés– apagó una bonita leyenda que se había fraguado en Sevilla: El porqué de su nombre. Os lo contaré.
En la iglesia de los Terceros un grupo de cofrades aguardaba impaciente la llegada de Martínez Montañés con la imagen del Cristo encargado. El altar estaba preparado, la cruz huérfana de la imagen también, y un pequeño tablado para alzar el crucificado.
Llegó el escultor con varios discípulos. Traían envuelta la imagen tallada. Comenzaron a colocarla. Uno de los discípulos, el más callado pero también el más increyente, se subió a la tarima para recibir de Martínez Montañés la imagen. La tomó en sus brazos y, tras un movimiento vacilante que la pudo hacer caer, se aferró fuertemente al Cristo, estrechando la cabeza del nazareno contra su pecho.
Martínez Montañés, que estaba debajo, lanzó un improperio:
–¡Imbécil!
Pero no ocurrió nada. El Cristo fue colocado sobre la cruz y, cuando el discípulo bajó, una mancha de sangre teñía su camisa a la altura del pecho.
–¿Qué es eso? ¿Sangre? –le preguntó Montañés Montañés.
–-Sí –le respondió el discípulo.
–¿Es tuya esa sangre?
–Sí –respondió de nuevo.
Una espina de la corona del Cristo, en aquel abrazo, se había clavado en su pecho apuntando al corazón.
–¡Estoy herido de amor! –exclamó el muchacho.
Y los hermanos cofrades, que allí se encontraban, exclamaron:
–¡Santo Cristo del Amor!
Y así vino a llamarse ese maravilloso Cristo que hoy se venera en la iglesia del Divino Salvador.
El joven discípulo de Martínez Montañés –culmina así la leyenda–, trocó su incredulidad por el Amor de Cristo e ingresó de fraile en el convento de los Terceros.

jueves, 30 de mayo de 2019

San Fernando, enfermo del corazón


Conocí a don Gabriel Sanchez de la Cuesta, médico farmacólogo, cuando en 1979 ofrecí el estudio clínico de doña María Coronel a la Real Academia de Medicina de Sevilla, que él presidía. Yo preparaba entonces la biografía de esa gran heroína sevillana que, según la leyenda, se quemó el rostro con aceite hirviendo para huir de la lascivia del rey don Pedro el Cruel. Y era el momento, con los permisos correspondientes, de interrogar al propio cuerpo incorrupto qué era en verdad esa mancha inquietante en su rostro dormido.
Hablando de cadáveres incorruptos, que son tres a la veneración de los sevillanos: San Fernando, doña María Coronel, y Santa Ángela de la Cruz, me sacó a relucir don Gabriel, vestido todo de negro y con esa su larga barba blanca que aparentaba un personaje bíblico, su estudio médico sobre San Fernando y su hijo Alfonso X el Sabio. Lo había titulado: «Dos reyes enfermos del corazón: Los conquistadores del Sevilla» (1948), y un subtítulo: «Un ensayo de telediagnóstico sobre la cardiopatía gotosa del Rey Santo y la cardio-esclerosis del Rey Sabio».


De este estudio, del que se sentía orgulloso como historiador de la Medicina, había un algo que le hubiera gustado tener en su entorchado de títulos académicos: la excomunión del temido cardenal Segura, que en 1948 se hallaba en todo su apogeo al frente de la sede hispalense. A Segura le había sentado fatal que don Gabriel hubiera calificado a San Fernando de «momia». Calificativo que apunta ya en la introducción del libro:
–Todos los años, se expone a la visión del pueblo sevillano la momia encristalada y siete siglos yacente del rey Fernando III.
La excomunión no se concretó y me dio la impresión de que el viejo profesor lo sintió. Le hubiera gustado añadir un título más a su historial: excomulgado por el cardenal Segura. Al que no le temblaba el pulso a la hora de suspender a divinis a clérigos importantes en la diócesis, pero don Gabriel no tuvo la fortuna de la admonición del prelado al que yo he calificado en mi biografía como un «cardenal selvático». No sé si el cuerpo del santo rey está realmente momificado o embalsamado, que en ello habría que hacer una dis­tinción. Considero momificado el cuerpo que se ha conservado de forma na­tural, sin intervención médica, como es el caso de doña María Coronel, y cuerpo embalsamado el sometido a procesos químicos y manipulación, que bien pudo sufrir el de San Fernando —práctica habitual de la época— por los médicos judíos que tenía en su entorno.
De todos modos, momificado o embalsamado, todo cuerpo, lo mismo que toda vida, tiene un período limitado de tiempo. Para su conservación, cuando comienza el deterioro en picado, es necesaria una urgente interven­ción. Esto hicieron con la momia de Ramsés II, faraón egipcio, en 1976. Llevado a París, fue recibido con honores de jefe de Estado y paseado al­rededor del obelisco que, durante su reinado, hace unos 3200 años, fue erigido ante el templo de Luxor por orden suya y desde los tiempos de Na­poleón adorna la Place de la Concorde de París. Después lo llevaron al Musée de l’Homme, donde la momia fue tratada por los mejores especialistas del momento. Ocho meses más tarde, ya restaurado, voló de nuevo a Egipto, junto a las aguas sagradas del Nilo.
Pues en Sevilla teníamos dos cuerpos venerados por la ciudad —el uno aupado a los altares por la gracia y deseos de esta ciudad, y el otro, protagonista de una de las leyendas más sonoras— en trance evidente de de­saparecer. Si no se le ponía remedio.
Eso me pregunté yo un día de San Fernando cuando preparaba mi biografía sobre el Santo Rey. Acudí a verlo a la Capilla Real y me dio tan mala impresión su aspecto que escribí un artículo en ABC que titulaba: «San Fernando se nos muere de nuevo».
Y ello era una preocupación compartida por el Cabildo de capellanes reales y la Asociación de la Virgen de los Reyes: el deterioro que se observaba en el cuerpo momificado de unos cinco años a esta parte. Más claro: Que San Fernando se nos va, se nos deshace, se nos pierde.
Algo parecido venía observando en el cuerpo de doña María Coronel. En 1979, la Real Academia de Medicina, como digo, tuvo ocasión de realizar un estudio exhaustivo en el que no faltó la inyección de insecticidas para la extirpación de polillas. Pero doña María Coronel se encontraba aparentemente en un deterioro progresivo. ¿La humedad? ¿Las bacterias? Estas parecen ser las dos causas principales de la muerte de una momia. Y perdonad que hable con un poco de propiedad científica y no emplee el piadoso término de cuerpo incorrupto. Además, el cardenal Segura murió hace ya muchos años.
Yo terminaba mi artículo de ABC diciendo:
–Fernando III el Santo murió una vez en Sevilla, el 30 de mayo de 1252. Que no se nos muera por segunda y definitiva vez.
San Fernando, según los estudios de don Gabriel, había muerto enfermo del corazón: de cardiopatía gotosa. Podría morir de nuevo atacado por la polilla. Pero, llamados por el Cabildo, vinieron unos especialistas de Roma en marzo de 1993 y trataron los cuerpos de San Fernando y doña María Coronel. Por ahora perduran, libres de polillas. Unos especialistas que, con anterioridad, ya habían tratado el cuerpo de Santa Ángela de la Cruz. Que yo sepa, el cuerpo mejor conservado es el de doña María Coronel, seguido por el de Santa Ángela de la Cruz, siendo el peor de los tres el de San Fernando. 

miércoles, 22 de mayo de 2019

Rita de Casia, la Santa de las rosas


Santa Rita de Casia, patrona de los casos imposibles, es conocida también como la santa de las rosas. Hoy, 22 de mayo, se celebra su festividad. Me gustaría destacar en la figura de Santa Rita no tanto la fama de los prodigios que el pueblo atribuye a su intercesión ante Dios, cuanto, como ha recalcado el papa Juan Pablo II, la “normalidad de su trayectoria como esposa y madre primero, después como viuda y, finalmente, como monja agustina”. Porque por todas esas etapas discurrió la vida de santa Rita: fue esposa paciente, madre amorosa de sus hijos y viuda resignada, antes de enclaustrarse en un monasterio.


 Santa Rita, incorrupta, en su urna tras el altar mayor del Santuario de Casia

La “normalidad” que apunta el Papa debe referirse, creo yo, a una mujer que cubre los estadios naturales del común denominador de los creyentes. Es decir, que fue joven, casó, sufrió con paciencia a un marido tal vez desconsiderado con ella, tuvo hijos, y ya —esto es menos frecuente— en la soledad de una viudez joven, ingresó de monja en las agustinas. Y “normalidad” también porque su vida no fue fácil, como no lo es para nadie. Pesada como una cruz, supo llevarla con humildad y paciencia a imitación de Cristo crucificado. De ahí su fama tras de su muerte, porque Rita, “dulce y doliente”, expresión de Juan Pablo II, supo ser un espejo en el que puede mirarse cualquier criatura sufriente de este mundo. 
Mientras más grande es la devoción popular por un santo más difícil es distinguir los confines entre la historia y la leyenda. Los documentos históricos no dilucidan con claridad ni la fecha de su nacimiento ni la de su muerte. De ahí que unos historiadores se inclinen por acotar el periodo de su vida de 1371 a 1447 y otros lo retrasen diez años: de 1381 a 1457. El primer documento histórico que ofrece referencias de Santa Rita no es ningún papel sino una caja mortuoria, la Caja Solemne, la primera que acogió su cuerpo, que ofrece, junto a imágenes pictóricas de la Santa, un breve epitafio en verso escrito en la lengua vulgar italiana del siglo XV, interesante desde el punto de visto histórico, lingüístico y religioso, de no fácil interpretación. Y el Codex miraculorum, escrito por un notario, Domenico Angeli, que registra once milagros sucedidos entre el 25 de marzo y el 18 de junio de 1457, ante la tumba de Santa Rita. Fue mucho más tarde, en 1610, siglo y medio después de su muerte, cuando aparece la primera biografía, más bien hagiografía, obra del agustino Cavalluci de Foligno, que recoge la tradición oral de Casia y sirve de base para el proceso de beatificación que se inició entonces y culminó en 1628. Estas fuentes alternan los datos históricos con noticias legendarias, para trazar el perfil de una Santa que fue venerada en vida y canonizada por el pueblo antes que lo hiciera la misma Iglesia.
Nació en Roccaporena, pueblecito cercano a Casia, en la Umbría italiana. Sus padres, Antonio Lotti y Amada Ferri, eran, según la tradición, de edad madura cuando tuvieron a esta niña. Se cuenta que su madre tuvo la visión de un ángel que le manifestó que tendría el gozo de una hija a la que debía poner por nombre Rita (o Margarita, su nombre completo). Margarita deriva del griego Margarites, de origen oriental, “perla”, en relación a la belleza y a la luminosidad. Sólo en el tardío medievo italiano, margarita asumió el significado de planta y flor.
Muy piadosa, ya despuntaba en ella desde la más tierna infancia indicios de su vocación religiosa. Con frecuencia acudía al monasterio de Santa María Magdalena, en la vecina Casia, donde se hallaba una monja pariente suya, o a la iglesia de San Agustín, donde se veneraban las imágenes de tres santos a los que escogió como protectores: San Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino. Se cuenta que estos protectores se le aparecieron un día en una visión y le aseguraron que llegaría a ser monja.
Cuando Rita llegó a la edad de quince años, sus padres la casaron con un joven del pueblo, Pablo Fernando Mancini, a quien el biógrafo Cavalluci lo describe como “un hombre muy feroz que espantaba a su pobre esposa con solo hablar”. Con él engendró dos hijos, Juan Santiago y Pablo María, tal vez gemelos. Pero en 1401, el marido fue encontrado muerto al pie de la torre de Collegiacone, víctima de una venganza o de una lucha de güelfos y gibelinos, no se sabe bien.
Fue entonces cuando reverdeció en Rita su antigua vocación religiosa y pidió su ingreso en el monasterio de agustinas de Santa María Magdalena de Casia. El Codex miraculorum refiere que Rita “vivió cuarenta años en el convento de Santa Magdalena en el amor y servicio de Dios, el ayuno y la oración”.
Rita pasó los cuatro últimos años de su vida enferma y en cama. El último invierno le visitó una parienta suya, vecina de Roccaporena. Rita le pide un imposible. En el viejo huerto de su casa han florecido una rosa y unos higos. ¿Se los puede traer? La parienta, escéptica, piensa que Rita delira. Pero cuando vuelve a Roccaporena, ve con asombro que el rosal ha florecido y que la higuera ha dado unos higos.
¿Un guiño simpático de la santa? ¿Una mera leyenda? Lo cierto es que desde entonces a Rita se la conoce como “la Santa de las rosas” y también “la Santa de lo imposible”, que hizo florecer en el frío invierno un rosal y una higuera. 
Inmediatamente después de su muerte, Santa Rita comenzó a gozar del culto tributado por el pueblo. Documentos de 1485 hablan ya de su culto conocido y propagado en toda la diócesis de Espoleto a la que pertenecía Casia. El reconocimiento de la Iglesia llegó más tarde. En 16 de junio de 1628 fue beatificada por Urbano VIII. Finalmente, el 24 de mayo de 1900 fue canonizada en San Pedro por León XIII, que la llamó “la perla preciosa de la Umbría” y la propuso como modelo de vida cristiana. Fue la primera mujer santificada en el Gran Jubileo del comienzo del siglo XX. Su culto, con profunda raigambre en toda Italia, se ha extendido por España y Portugal, de donde ha pasado a Hispanoamérica y Filipinas. También a los Estados Unidos. Un pequeño boletín en italiano titulado “Dalle api alle rose” (De las abejas a las rosas), traducido al francés, inglés, alemán y español, difunde desde el santuario de Casia, con una tirada que supera los cuatrocientos mil ejemplares, el espíritu de Santa Rita.