sábado, 29 de julio de 2017

Santa Marta, la buena ama de casa

Tarascón tiene por patrona a santa Marta, cuya festividad se celebra hoy 29 de julio. Y cuenta como monumento más notable la iglesia de Santa Marta, uno de los santuarios más célebres de la Provenza francesa, donde dicen poseer los restos de la santa. La urna que contiene sus supuestos restos es una preciosa labor de joyería y en la cripta de la iglesia se muestra un antiguo sepulcro con una estatua yacente.
La leyenda cuenta que santa Marta evangelizó este país y lo libró de un horrible monstruo, llamado tarasca. Santiago de Vorágine, en su Leyenda dorada, lo describe con todo lujo de detalles: «Un dragón, cuyo cuerpo más grueso que el de un buey y más largo que el de un caballo, era una mezcla de animal terrestre y de pez; sus costados estaban provistos de corazas y su boca de dientes cortantes como espadas y afilados como cuernos».


 Marta acude en auxilio de aquella población aterrada por el dragón que, «si se sentía acosado, lanzaba sus propios excrementos contra sus perseguidores en tanta abundancia que podía dejar cubierta con sus heces una superficie de una yugada; y con tanta fuerza y velocidad como la que lleva la flecha al salir del arco; y tan calientes que quemaban como el fuego y reducían a cenizas cualquier cosa que fuera alcanzados por ellos». Pero llega Marta y encuentra a la bestia en el bosque devorando a un hombre; «acercóse la santa, la asperjó con agua bendita y le mostró una cruz. La terrible fiera, al ver la señal de la cruz y al sentir el contacto con el agua bendita, tornóse de repente mansa como una oveja. Entonces Marta se arrimó a ella, la amarró por el cuello con el cíngulo de su túnica y, usando el ceñidor a modo de ramal, sacóla de entre la espesura del bosque, la condujo a un lugar despejado, y allí los hombres de la comarca la alancearon y la mataron a pedradas».
Esto dio origen a una fiesta popular en Tarascón, la más célebre de la Provenza. Consiste en dos procesiones anuales, una el domingo segundo después de Pascua de Resurrección y otra en la festividad de santa Marta. En la primera, aparece la representación de la tarasca como un monstruo furioso que agita su enorme cola amenazando a los que se aproximan. En la segunda, la fiera se muestra tranquila, conducida por una niña. Esta fiesta fue instituida por el rey Renato, que la presidió en 1469. Y de ahí vinieron, me imagino, las célebres tarascas, que aparecían en las procesiones del Corpus en España, entre ellas la de Sevilla.
Aclaremos este embrollo francés de querer situarnos en Tarascón los restos de esta santa. En 1187 apareció una vida de santa Marta, que identificó sus restos entre unas reliquias traídas a Francia, hacia el siglo V o VI, pertenecientes a unas santas martirizadas en Persia en el año 347. Una se llamaba María, otra Marta, y una tercera, Sara. No importa que las reliquias de esta Marta fueran de una supuesta mártir persa. La leyenda medieval coloreó y dio vida a estos cuerpos, incluido el cambio de los personajes y la cronología. En Tarascón, la susodicha Marta adelantó su existencia al siglo primero y se transformó en la que aparece en los evangelios. Y así se formó la leyenda que cuenta que, después de la resurrección del Señor, con la dispersión de los discípulos, los hermanos Lázaro, María y Marta, con otros muchos, arribaron a Marsella, donde desembarcaron. A Marta tocó cristianizar la región de la Provenza. Y ahí la vemos, en un magnífico sarcófago en la basílica levantada en su honor en Tarascón, templo en su origen románico, consagrado en 1197.
Pero vayamos a los hechos históricos, contados en los evangelios de Lucas (10,38-42) y Juan (11,1-44 y 12,1-8). Marta tenía otros dos hermanos, María y Lázaro. Y vivían en la aldea de Betania, a tres kilómetros de Jerusalén. Los árabes la llaman hoy al-Azariye, tal vez deformación de Lazarium (Lázaro), nombre dado al lugar en el siglo IV por los cristianos, en recuerdo de la resurrección del hermano de Marta. Debía ser un lugar apacible y una casa amiga y acogedora, donde Jesús se retiraba a descansar cuando se hallaba en Jerusalén.
El pasaje de Lucas (10,38-42) refiere la primera visita de Jesús a casa de Marta y María. No aparece aquí Lázaro. Ni refiere el nombre de la aldea. Dice simplemente: «Por el camino entró Jesús en una aldea, y una mujer por nombre Marta lo recibió en su casa». En ella estaba María, que «se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras», mientras Marta «se distraía con el mucho trajín» de la cocina.          
En cierto momento, ya cansada de trajinar sola, le dijo a Jesús:
—Señor, ¿no te da nada de que mi hermana me deje trajinar sola? Dile que me eche una mano.
La cortesía hubiera indicado una respuesta positiva de Jesús. Es lo lógico: cualquiera de nosotros, un hombre común, habría encontrado justo esta lamentación de Marta y hubiera accedido a pedir a María que ayudase a su hermana a hacer la comida. Pero Jesús trasciende el momento, y su respuesta se convierte en doctrina.
—Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. Sí, María ha escogido la parte mejor, y esa no se le quitará.
Los padres de la Iglesia presentan a Marta y a su hermana María como modelos de vida mística: la primera de ellas activa, la segunda contemplativa. Sin embargo, en el santoral de la Iglesia sólo aparece el nombre de santa Marta. Curiosamente, María, considerada como modelo evangélico de la vida contemplativa por san Basilio y san Gregorio Magno, no consta en el santoral. Ni su hermano Lázaro. El nuevo Calendario de la Iglesia ha conservado como memoria obligatoria la celebración de santa Marta el 29 de julio.
Las dos referencias siguientes se hallan en el evangelio de Juan. En el capítulo 11,1-44, se narra la muerte de Lázaro y su resurrección. El capítulo 12,1-8 relata una cena en Betania, seis días antes de la Pascua judía. Marta sirve la cena, Lázaro está a la mesa con Jesús, y María, con «una libra de perfume de nardo puro», le ungió los pies, llenándose la casa de fragancia. Lo que ocasionó la reacción de Judas Iscariote.
—¿Por qué razón no se ha vendido ese perfume a buen precio y no se ha dado a los pobres?
Y esto lo dijo, puntualiza el evangelista, «no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón y, como tenía la bolsa, cogía de lo que le echaban».
Y aquí terminan las referencias evangélicas de santa Marta, la hermana activa, y de María, la hermana contemplativa. Todo lo demás, relatado anteriormente, es pura leyenda. Aunque hermosa leyenda.
Santa Marta es patrona de los hoteleros, lo que parece evidente, dada su solicitud en atender y hospedar a Jesús cuando se acercaba por Betania. Los primeros en dedicarle una celebración litúrgica fueron los franciscanos en 1262, el 29 de julio, ocho días después de la fiesta de Santa María Magdalena, que por aquel entonces se la identificaba impropiamente con la hermana de Marta. En Roma, más tarde, se le dedicó una iglesia, a petición de san Ignacio de Loyola. Y en Sevilla, el arcediano de Écija Ferrán Martínez fundó a finales del siglo XIV el Hospital de Santa Marta, en el lugar que ocupaba la antigua mezquita de los Osos, «para que estuviesen en él los pobres de Dios que fueran hombres buenos de buena vida y clérigos». Ahora, este lugar está ocupado por las agustinas del convento de la Encarnación, que vieron derribado su convento en 1811 por los franceses, cuando ocuparon la ciudad, para formar una plaza. 

sábado, 22 de julio de 2017

Santa María Magdalena, «apóstol de los apóstoles»

Hoy, 22 de julio, la Iglesia celebra la festividad de santa María Magdalena, una mujer sugestiva que ha cautivado la piedad de los fieles y ha llevado a los artistas a representarla de infinitas formas, siempre con sus cabellos largos de pecadora. Es precisamente esto, el tizne de pecadora con el que ha pasado a la historia lo que la ha hecho cercana a la gente.
Pero no parece claro hoy día que María Magdalena sea esa pecadora anónima, referida por Lucas (7,36-50), de la que se dice que «se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho», ni María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro.


Jesús y María Magdalena en el Sepulcro (Fray Angélico)

La confusión se produjo en la Iglesia latina al reunir en la liturgia la celebración de tres mujeres del Evangelio, con toda probabilidad distintas entre sí, en una sola. Gregorio Magno fue el primero en aunarlas y confundirlas y desde entonces todos los autores latinos le han seguido, creándose en una sola figura la amalgama de tres mujeres distintas en sus caracteres. La Iglesia griega, por su parte, siempre las distinguió. En la Iglesia latina comenzó a cuestionarse la unicidad de las tres a partir del siglo XVI para retornar a la unidad en el siglo XIX. Hoy día, la exégesis bíblica las distingue y la Iglesia, en el nuevo calendario litúrgico, que conserva la festividad de santa María Magdalena, atiende bajo esta advocación lo que los Evangelios dicen exclusivamente de ella.
Que es esto: Su nombre, María; nacida en Magdala, a orillas del lago Genesaret, a unos diez kilómetros al noroeste de Tiberíades; poseída del demonio y milagrosamente curada por Jesús, al que sigue con otras mujeres hasta el pie de la cruz y recibe el privilegio de ser la primera en verlo resucitado.
A María Magdalena se la ha confundido con la pecadora que lavó los pies del Señor con aromas. Lo cuenta Lucas en el capítulo 7, pero no desvela el nombre de esta mujer. Había sido invitado Jesús a comer por un fariseo y ya estaba reclinado sobre la mesa, cuando llegó una mujer, «conocida como pecadora en la ciudad», que se llegó con un frasco de perfumes, «se colocó detrás de él junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el pelo, los cubría de besos y se los ungía con perfumes». Jesús la despide perdonándole los pecados.
Inmediatamente después, Lucas cuenta que Jesús «fue caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea proclamando la buena noticia del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que había echado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana, y otras muchas que le ayudaban con sus bienes» (Lc 8,1-3).
Que Jesús hubiese liberado a María Magdalena de siete demonios no significa que fuese una pecadora. Aunque alguno ha querido ver en el número siete los pecados capitales o el pecado de la carne repetidamente realizado, es una conclusión no válida. María Magdalena se hallaba tal vez afligida por convulsiones malsanas o alguna enfermedad nerviosa. El Señor la curó milagrosamente y ella, por agradecimiento y simpatía, le siguió, formando parte del grupo de mujeres ricas que apoyaba financieramente la misión del Maestro. Mientras la anónima pecadora irrumpe de improviso en escena y perfuma los pies del Señor –gesto grandioso por otra parte–, María Magdalena se encuentra a su lado, discreta en el grupo de mujeres que le acompañan.
Su identificación con María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta, ha sido también descartada. Una era de Magdala, en Galilea; la otra de Betania, al lado de Jerusalén. Una, impulsiva, activa, caminante; la otra contemplativa, recluida en casa.
Supuesto que son diferentes, algo sin embargo las une en ese dicho popular de «llorar como una Magdalena». La pecadora anónima regó los pies de Jesús «con sus lágrimas». De María de Betania cuenta el Evangelio de Juan (11,33) cómo se echó a llorar y se postró a los pies del Señor cuando se hallaban ante la tumba de su hermano Lázaro. Actitud que provocó las lágrimas del propio Jesús. Y de María Magdalena, que estuvo al pie de la cruz y debió verter sus lágrimas ante el suplicio del amigo, dato no registrado en los evangelios, sí cuentan cómo lloró el domingo de resurrección.
Se halla María delante del sepulcro y oye una voz que le dice:
–¿Por qué lloras, mujer?
–Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
Miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no supo que era él.
Nuevamente le pregunta Jesús:
–¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?
Confundiéndolo con el hortelano, le dijo:
–Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto que yo lo recogeré.
Y Jesús le dijo:
–María.
Y lo reconoció. ¡Habría oído tantas veces María Magdalena pronunciar su nombre de labios de Jesús! Y vuelto hacia él exclamó:
–Rabboni (que significa Maestro).
Y María Magdalena fue premiada con el gozo no reservado a los Doce de ser el primer testigo de la resurrección del Señor.
–He visto al Señor y me ha dicho esto y esto, anunció a los discípulos.
Por eso recibe con justicia el título de «apóstol de los apóstoles», por ser ante ellos la primera testigo anunciadora de la resurrección.

martes, 11 de julio de 2017

Santa Olga, primera princesa cristiana de Rusia

Hoy, 11 de julio, celebra la Iglesia la fiesta de santa Olga, primera princesa cristiana que conoció Rusia. Santa Olga se halla entre los primeros santos rusos inscritos en el calendario católico, considerada como el anillo de enlace entre la época pagana y cristiana. Una tradición tardía la hace nacida hacia el año 890 en el pueblo de Vuibutskoi sobre el río Velika, a pocos kilómetros de Pskov, ciudad al noroeste de Rusia, al este de la frontera con Estonia. El nombre de Olga abunda en Pskov, ciudad que cuenta con un malecón que lleva su nombre, con un puente y una capilla. En Pskov se puede admirar también el monumento a la santa princesa Olga, erigido para conmemorar los once siglos de la primera mención de la ciudad en la Crónica de Néstor, atribuida a un monje de este nombre, o Primera crónica del Estado medieval del Rus de Kiev, recopilada aproximadamente en 1113, en la que se cuenta «de dónde salió la Tierra Rusa y quién empezó primero a gobernar en ella», y donde se ofrece los datos más precisos sobre nuestra santa.


 Tras la muerte de Igor, su esposa Olga gobernó Rusia como tutora de su hijo Svjatoslav (945-969). Había en Kiev algunos restos de la cristiandad rusa fundada en 870, en tiempos de Oskold y Dir. Esta cristiandad se reunía en una capilla llamada de San Elías. Olga quiso conocer a un sacerdote. Lo llamó y le dijo:
–¿De dónde vienes?
–De mi iglesia.
–¿Qué es lo que haces?
–Instruyo a mis fieles.
–¿No te gustaría mejor servir al ejército?
–Yo he escogido la viña del Señor y en ella deseo morir.
–¿Quiénes son tus fieles?
–Todos los que tienen necesidad de mí.
–¿Incluso los que te hubieran ofendido?
–Incluso esos.
–¿Pero si ellos queman tus casas, matan a los tuyos…?
–Yo debo perdonarlos y amarlos.
–¿Quién te enseña esto?
–La doctrina que yo profeso.
–¿Ella te aconseja esta abnegación?
–No es un consejo, es un precepto.
–Y si yo te ordenara sacrificar a Perún, ¿qué harías?
–No iría.
–¿Desprecias mi cólera?
–Temo menos la vuestra que la de mi Dios.
–¿Y si yo te hago morir?
–No se muere más que una vez.
–Pero antes de la muerte, puedo infligirte los más crueles sufrimientos.
–Eso me será tenido en cuenta.
–¿Así que tú afrontarás los suplicios, la muerte, antes que llevar una ofrenda a un dios que no es el tuyo?
–Mil veces.
–¿Qué ha hecho él para que tú le seas fiel?
–Él ha muerto por mí.
–¿Qué dices?
–Digo que mi Dios ha muerto para asegurarme la felicidad eterna, y esta seguridad me da la fuerza para sufrir todo en su nombre.
Así discurría esta larga conversación. Olga, envuelta en su orgullo, ¿podía soportar la audacia de este sacerdote que no se doblegaba ante su grandeza como princesa regente? Pero la irritación de la princesa se fue doblegando ante la firmeza y convicción del sacerdote. Y acabó por sofocar sus aires de princesa y consintió en verse de nuevo.
Los encuentros se sucedieron y el sacerdote le habló de la encarnación del Verbo, la vida y la muerte de Dios hecho carne. La princesa escuchaba y parecía que salía de un mundo de tinieblas para entrar en otro universo que aclaraba su corazón con la verdad del cristianismo. Pero la ley de Cristo es exigente. Es inflexible y no admite compromiso. Olga, naturalmente altiva, debía volverse accesible a todos; imperiosa, debía ser sumisa; violenta, tenía que ser dulce; orgullosa por encima de todo, estaba obligada a practicar la humildad. Olga está en vías de conversión… Tocada por la bondad del cristianismo, resolvió abrazarla. Y para estudiarla mejor, habiendo dejado las riendas del gobierno a su hijo, marchó a Constantinopla, acompañada de un sacerdote llamado Gregorio; tenía entonces más de sesenta años.
En el año 955, Olga visitó Bizancio y el emperador Constantino VII Porfirogéneta se prendó de ella, al ver que era hermosa de rostro y muy lista. Y la pidió en matrimonio, diciendo:
–Eres digna de gobernar con nosotros en esta capital.
Pero Olga le dijo al emperador:
–Yo soy pagana. Si quieres bautizarme, bautízame tú mismo; si no, no me bautizaré.
La bautizó el patriarca Teofilacto, que se hallaba en comunión con la Iglesia romana. Este la instruyó en la fe, diciéndole:
–Bendita tú eres entre las mujeres rusas, que amaste la luz y dejaste las tinieblas. Te bendecirán los hijos de los rusos hasta la última generación de tus nietos.
En el bautismo recibió el nombre cristiano de Helena en honor de la madre de Constantino el Grande y el emperador fue el padrino.
Después del bautizo, el emperador le dijo:
–Te quiero tomar por esposa.
Pero ella respondió:
–¿Cómo es que te quieres casar conmigo, si tú mismo me bautizaste y me llamaste hija? Entre los cristianos eso no está permitido, y tú lo sabes.
Y el emperador le dijo:
–Has sido más astuta que yo, Olga.
Le dio muchos regalos, oro y plata, y telas preciosas, y vasijas de distintos tipos y la despidió después de haberla llamado hija suya. Ella, disponiéndose a volver a casa, fue ante el patriarca a pedirle la bendición para el viaje a su país, y le dijo:
–Mi gente y mi hijo son paganos, que Dios me proteja de todo mal.
El patriarca la bendijo y Olga se dirigió en paz a Kiev, donde vivió con su hijo Svjatoslav, al que la madre trataba de persuadir para que se bautizara.
–¿Cómo –le dijo él– puedo recibir una fe extranjera? Mi droujina (sus guerreros) se reiría de mí.
Su propio ejército se opuso:
–No nos conviene esa religión a nosotros que no somos mujeres, sino guerreros y hombres.
Pero Olga trataba de convencer a su hijo:
–Si tú te bautizas, todos harán lo mismo.
Pero él no hacía caso a su madre, y seguía viviendo según sus costumbres paganas. Olga se decía:
–¡Que sea la voluntad del Señor! Si Dios quiere apiadarse de mi estirpe y del pueblo ruso, que les insufle en el corazón que se vuelvan hacia Dios, igual que a mí me lo regaló.
Hablando así, rezaba por su hijo y por su gente todos los días, criando a su hijo hasta que se hizo hombre y fue adulto. Olga fue regente de Kiev de 945 a 964, año en el que su hijo comenzó a reinar.
Olga murió, 11 de julio de 969, y lloraron por ella su hijo, sus nietos y todo el pueblo. Olga había ordenado que no se celebrara el rito funerario pagano en su honor, pues tenía a un sacerdote, y este le dio sepultura en Kiev. Unos cien años después de su muerte, Yakov Mnikh (+1072) escribió Memoria y elogio de Vladimiro, donde dice:
–Dios glorificó el cuerpo de su servidora Olga y su cuerpo permanece intacto hasta nuestros días.
No logró convertir a su hijo Sviatoslav I de Kiev, por lo que la tarea de hacer del cristianismo la religión de estado la cumpliría su nieto y pupilo san Vladimiro I de Kiev.

sábado, 1 de julio de 2017

Letanías a mis santos protectores

El papa Francisco, en una reciente audiencia de los miércoles, ha dicho:
Y puedo deciros que yo lo he sentido así. Cuando mi corazón comenzaba ya a darme la lata, me hallaba yo en sacar adelante la biografía de santa Teresa de Jesús. E hice este concierto con la santa de Ávila:
–Tú cuida de mi corazón que yo me cuidaré de escribir una preciosa biografía sobre ti.
Cuando comencé el libro sobre san Juan de la Cruz, concerté con él un nuevo contrato. Y lo mismo ocurrió con Teresa de Lisieux y con Edith Stein, etcétera.


Como últimamente he pasado por un momento más que especial con intervención quirúrgica en mi corazón y aún me encuentro en la convalecencia, se me ha ocurrido acudir a todos aquellos santos de los que he escrito en mi vida. Y me he hecho una letanía, ya bastante larga, con ellos. Que pienso recitar de continuo. Son mis santos protectores, mis santos de devoción, aquellos que, como dice el papa Francisco, «nos acompañan con su intercesión en los momentos claves de nuestra vida».
Esta es mi letanía de los santos:

Salve Madre Inmaculada... Ruega por mí.
–Santa Ángela de la Cruz, la zapatera de Dios… Ruega por mí.
–Santa Madre María de la Purísima, una sonrisa de cielo…
–San Fernando, el monarca que plantó las raíces cristianas en la Sevilla de hoy…
–San Isidoro de Sevilla, el obispo sabio…
–San Diego de Alcalá, el lego milagrero…
–San Juan de Dios, el «loco» de Granada…
–San Isidro labrador, jornalero del campo…
–San Ildefonso de Toledo, el capellán de la Virgen…
–Santa Teresa de Jesús, esa mujer…
–San Juan de la Cruz, celestial y divino…
–San Francisco de Borja, el duque jesuita…
–San Alonso Rodríguez, el humilde portero…
–San Valentín de Berriochoa, obispo mártir en Vietnam…
–Santa Gema Galgani, sufrir con Jesús…
–Santa Catalina de Siena, santa de Europa…
–Santa Teresa de Calcuta, madre de los pobres…
–San Pancracio, salud y trabajo…
–Santa Rita de Casia, la santa de lo imposible…
–Santos Cosme y Damián, «médicos de Cristo»…
–Santa Teresa de Lisieux, huracán de gloria…
–San Pedro Claver, el esclavo de los esclavos negros…
–Santa Bárbara, mártir y protectora…
–San Alfonso María de Ligorio, abogado de los pobres…
–San Eloy, patrono de los plateros…
–Santos Luis y Celia Martin, padres de Teresa de Lisieux…
–Santa Josefina Bakhita, la esclava negra…
–Santa Benedicta de la Cruz Edith Stein, mártir en Auschwitz…
–Santos Pablo Miki y compañeros, mártires del Japón…
–Santa Beatriz de Silva, adalid de la Inmaculada…
–San Luis Orione, apóstol de la misericordia…
–Santa Olga, la princesa de Rusia…
–Beato Leopoldo de Alpandeire, la humildad del Poverello de Asís…
–Venerable Fernando de Contreras, apóstol de Sevilla, redentor de cautivos…
–Venerable Dolores Márquez, fundadora de la Casa de Arrepentidas…
–Siervo de Dios, Miguel Mañara, Caballero de los pobres…
–Sierva de Dios Sor Bárbara de la Giralda, la hija del campanero…
–Sierva de Dios María Emilia Riquelme, misionera del Santísimo Sacramento y María Inmaculada…
Podría seguir, porque también tengo publicado un libro titulado «Santos del Pueblo», con una serie de santos de la devoción popular, que daría otra larga lista de santos para mis letanías. Y en imprenta se halla san Atilano, patrono de Zamora y Tarazona, y en preparación una santa norteamericana, santa Isabel Ana Bayley Seton, primera santa católica nacida en los Estados Unidos, fundadora de la primera escuela católica del país, y de la primera congregación estadounidense de religiosas, las Hermanas de la Caridad.
Cuán diversos son todos estos santos en sus caracteres, cuán diversas sus vidas, y cómo han sabido arrostrar el caminar diario a la luz de la fe. Al escribir de ellos y profundizar en sus vidas, ellos me estimulan a seguir adelante arrostrando mis dificultades con humor y fe, aunque sé cuán lejos estoy de la huella de santidad que ellos han dejado.
Ha dicho también el papa Francisco:
–Cuando necesitamos, Dios nos envía un ángel o a los santos que viven entre nosotros.
Yo me he ganado, como veis, la intercesión de un buen puñado de santos. Laus Deo.

sábado, 24 de junio de 2017

Vida y milagros del cura más viejo de Sevilla

Esta es la historia sorprendente de un sevillano, que a caballo del siglo XVI al XVII, vivió la friolera de 121 años. Se llamó Juan Bautista Ramírez de Bustamante Calderón de la Barca y Barrera: cinco veces casado, 42 hijos más 9 bastardos, infinidad de nietos y, en los postreros años de su vida, ordenado de sacerdote.
Nació en Sevilla el 24 de junio de 1557 de familia noble y rica. Realizó sus estudios en el Colegio de Santa María de Jesús, antecedente de la Universidad de Sevilla. A los veintidós años partió hacia América donde se enfrascó en el conocimiento del mundo indio, llegando a dominar hasta siete idiomas nativos.
Regresó a Sevilla en 1603, donde contrajo sucesivos matrimonios. Extractamos de su inquieta vida los datos que aparecen en su partida de defunción de la parroquia de San Lorenzo, «porque es digno de reparo y maravilla rara las cosas que en el discurso de su vida le sucedieron».
Gracias a esta partida de defunción, hemos podido saber de las andanzas de su vida.
Casado cinco veces, «el primero matrimonio fue con doña Lucrecia Ana de Aguilar, hija de Gaspar Rodrigo, y de doña Francisca de Figuerosa Laso de la Vega; de segundo matrimonio casó con doña Ana Bernabela de Zamora, viuda y doncella; de tercero matrimonio casó con doña María de Arana, viuda; de cuarto matrimonio casó con doña Violante de Estrada y Quixada; de quinto matrimonio casó con doña Beatriz de Obregón y Armenta viuda; tuvo de estos matrimonios muchos hijos, que dicen que fueron cuarenta y dos, y bastardos nueve; pudo poblar él solo, con sus hijos y nietos, una isla. Fue de venerable persona, y muy capaz, aun en esta edad que murió, pues en ella estaba componiendo un libro de alabanzas de nuestra Señora, en octavas rimas, sonetos y canciones; y de edad de cuarenta y seis años compuso otro libro en versos diferentes a diferentes asuntos. Fue Alguacil Mayor de este Arzobispado, en tiempo de el Sr. Don Luis Fernández de Córdoba, Arzobispo que fue de Sevilla; navegó muchos años, sabía siete lenguas de indios; fue Mayordomo de el Convento de mi Señora Santa Ana de esta ciudad; fue Escribano de Cámara de la Real Audiencia de esta ciudad, y escribano de Acuerdo de dicha Audiencia. Fue Secretario de la Contratación de esta ciudad; fue Notario Mayor de la Religión de San Juan, en Sevilla, Tocina y Alcolea, y Mayordomo de Santa Isabel de la misma Orden. Se ordenó de Sacerdote el año de mil seiscientos y cincuenta y seis [a los 99 años] y celebró hasta fin de sus días y murió de una caída que dio en las pasaderas de San Francisco de Paula, con tanta capacidad como siempre vivió. Juzgo está gozando de Dios, que era varón justo».
El 1 de octubre de 1678, los beneficiados de la parroquia de San Lorenzo enterraron a don Juan Ramírez de Bustamante en la bóveda reservada a los sacerdotes.
¡Hay por esos mundos quien haya producido más que este requeteviejo Juan Bautista Ramírez de Bustamante Calderón de la Barca y Barrera! Habría que cantarle aquello de:
–¡A la bin, a la ban, a la bin bon ban, Juan Bautista, Juan Bautista, y nadie más!

domingo, 18 de junio de 2017

¿Por qué, tú que crees, no me hablas de Dios?

Se lo he oído contar a un sacerdote hace algún tiempo. Subió a su coche un joven de unos veinte años, que hacía auto-stop. Se dio cuenta de que era sordomudo. Y el joven percibió que el conductor era sacerdote. Pasados algunos kilómetros, en silencio obligado, como es natural, pero ya distendido el clima en aquel pequeño vehículo rodante, el joven le pasó un papel al conductor con este curioso texto:
—No sé muy bien si Dios existe. Dígame lo que usted sepa.
Y el rubor asomó en el rostro del sacerdote. ¿Cómo explicarle la realidad de Dios a un sordomudo? ¿Y, además, conduciendo? Balbuceó algunas palabras que el joven sordomudo trató de leer en sus labios.

 

Fue una situación embarazosa, me dijo. Pero interesante. Este sacerdote sacó la firme convicción, gracias a aquel encuentro fortuito, de que los hombres de hoy esperan de la Iglesia y de los cristianos palabras consistentes sobre Dios.
¿Se las damos?
¿No ocurre más bien que nos embarga el respeto que nos inhibe hablar de Dios, manifestar nuestra fe, que sepan que soy cristiano y que ello se note en un comportamiento concorde con ese nombre?
Tal vez preferimos callar –¿por miedo? ¿por vergüenza?– en medio de un mundo dominado por las ciencias humanas, que olvida lo trascendente.
Sordos de la palabra de Dios hay muchos en el mundo. Y mudos para musitar siquiera un Padrenuestro que les acerque a Dios no son menos. Pero nos topamos de vez en cuando inquietos corazones sordomudos que nos pueden garabatear en un trozo de papel esa pregunta inquietante:
A los cristianos toca —mis buenos hermanos— organizar conciertos lo más afinadamente posible, con letra del Dios de Jesucristo, que puedan ser percibidos hasta por los sordomudos del mundo.

miércoles, 14 de junio de 2017

¡Muy simpático el sermón del Padre Festivales!

Mi último sermón, «Leonardo Castillo, el Padre Festivales», ignorado por un periódico de Sevilla al que se lo envié, tal vez por creerlo insustancial, ha tenido una gratísima acogida entre mis parroquianos de Sevilla y entre los lectores de mi blog, que en estos momentos llega a la cifra de 1.169 entradas.
Dicen por ejemplo mis parroquianos: «Creo que es tu mejor sermón o al menos el que más me ha gustado por lo humano del personaje». «¡Muy simpático el sermón..!». «Precioso sermón sobre mi inolvidable amigo, Leonardo Castillo. Tuve la gran suerte de tratarlo y estar cerca de él muchas veces. Lástima de ese periódico al no saber valorar lo realmente interesante. ¡Gracias y enhorabuena por tu escrito sobre este santo cura!». «Gracias, Carlos, por tu sermón dedicado al Padre Leonardo. Me has hecho llorar de alegría. Dios te bendiga, abrazo». «Precioso el artículo sobre Leonardo. Era un santo. Es un ejemplo de vida para los sacerdotes y para todos. Gracias, Carlos, por este testimonio». «El Padre Castillo se lo merece todo. Me honró siempre con su cariño. Y me pegaba el anual sablazo navideño para «sus» presos...».


 Aunque también ha habido alguna discrepancia: «Con Leonardo, sin quitar nada a su santidad, la experiencia marista no fue buena. Les ofreció la dirección de la escuela de Fp que fundó en Cazalla y hubo diversos problemas con él... pedía mucho y daba poco... aunque haber había, pero él administraba... Al final se tuvieron que ir».
El 17 de junio de 2004, jueves, a las ocho de la tarde, y en la sede de la Fundación Cruzcampo se presentó el libro «La faena de su vida. Conversaciones con el Padre Leonardo Castillo», escrito por mí. El acto estuvo presidido por el cardenal arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, y la obra fue presentada por el periodista Manuel Ramírez Fernández de Córdoba (q.e.p.d.). El título de la obra tiene claras connotaciones taurinas, subrayando la relación que el padre Leonardo Castillo ha tenido con el mundo de los toros, ya que fueron los ganaderos y los toreros, organizando muchos festivales taurinos, los primeros que les proporcionaron el apoyo económico necesario para hacer realidad proyectos como la creación de la Escuela de Formación Profesional Nuestra Señora del Monte en Cazalla de la Sierra o ayudar a las peregrinaciones a Lourdes con enfermos.
La crónica de la presentación del libro fue firmada en ABC por Fernando Carrasco (q.e.p.d), donde dice: «Lleno de no hay billetes» rezan los carteles taurinos. Lleno a rebosar, pero de no poder entrar en la sala, en la sede de la Fundación Cruzcampo. Un libro, «La faena de su vida. Conversaciones con el Padre Leonardo Castillo» el culpable. Pero no sólo el volumen excelentemente escrito por Carlos Ros –hay que tener valor para conversar horas y horas sin desfallecer con el padre Leonardo–, sino por la presencia del protagonista del libro. Faltan líneas, páginas, para describir el amor y el sentimiento que embargaron ayer la sede de la Fundación Cruzcampo. Eso y la gente que acudió. No en vano, Carlos Piñar, presidente de la Fundación, no tuvo reparo en reconocer que en los muchos años que llevaba al frente de esta institución era la primera vez que veía, asombrado, cómo la gente se quedaba fuera de la sala. Porque la figura del Padre Leonardo Castillo, «Padre Festivales» para los taurinos; capataz para los «Costaleros de un Cristo Vivo»; guía y norte para las gentes de Cazalla de la Sierra, de Umbrete, de Carrión de los Céspedes –que no, que no se pudo quedar allí para siempre por mucho que lo intentaron–, se agrandó en la presentación de un libro que recoge su vida, sus andanzas por y para los demás –necesitados, presos, drogadictos, marginados... ¿hay más colectivos?– y su amor, por encima de todo, a Dios, a Jesucristo y a María Santísima. Amor traducido en hacer el bien, en ver en cada uno de los más desgraciados, en todos los sentidos, el rostro de Dios. ¡Hay que ser muy grande, muy grande, para solo ver eso en cada uno de los que llaman a su puerta! Por eso, no es de extrañar que el primero en acudir a esta presentación fuese el cardenal arzobispo de Sevilla, monseñor Carlos Amigo Vallejo, quien no paró de recordar anécdotas. Y junto al prelado, la presentación de Manuel Ramírez Fernández de Córdoba, auténtico cirineo en esos veinte años de peregrinación a Lourdes con sus costaleros vivos de amor a Cristo y a su Madre –¿se puede adorar más a quien está con los que de verdad sufren, Manolo?–; Miguel Báez «Litri» padre, Patricia Rato, Fernando Cepeda, Gabriel Rojas, Ramón Vila, Alfonso Ordóñez, Andrés Luque Gago, Julio Pérez «Vito», Manolo Macías, Paco Gandía, Fermín Díaz, Paco Pablo Peralta, Miguel Criado, Gregorio Conejo, Marina Álamo, Rafael Ponce... imposible enumerarlos a todos. Y todos, absolutamente todos, porque Leonardo Castillo un buen día fue «destinado» a Cazalla de la Sierra. A partir de ahí, «sablazo» tras «sablazo» porque así Dios lo quiso. Para los demás. «La importancia de llamarse Ernesto», dijo el cardenal en su alocución. «La importancia de llamarse Leonardo», refrendó el prelado.
Yo solo quiero añadir una cosa que ha quedado en mi recuerdo. De todos mis libros, fue esta presentación la más multitudinaria. Siendo el salón de actos bien espacioso, muchas personas quedaron fuera. La tribuna estaba ocupada por siete u ocho personas. A mí, como autor, me asignaron un ala, el ala izquierda. Y tuve ocasión de poder hablar siquiera unos momentos. Al día siguiente, al recoger el evento el diario ABC apareció una serie de fotos del acto, donde se veía a muchos, de la tribuna y de los espectadores. Menos el autor, que no apareció por ningún lado.