viernes, 22 de septiembre de 2017

Cristóbal Colón por los suelos

–EE.UU. borra a Cristóbal Colón –leo en ABC del 11 de septiembre–. Gobernantes demócratas retiran los homenajes al descubridor de América por «genocida», mientras los radicales de izquierdas derriban sus estatuas.
Y cuenta cómo el 30 de agosto, en el neoyorquino parque de Yonkers, aparece decapitada la estatua de color de bronce de Colón, de dos pies de altura. Porque la estatua original de bronce que estaba en ese parque fue robada hace 12 años y sustituida posteriormente por una réplica de yeso, que ahora ha sido decapitada. Y en el barrio de Queens, pintadas donde podía leerse: «Abajo el genocida», en otra estatua de Colón.

  
Decapitado el busto de Cristóbal Colón en el parque neoyorkino de Yonkers.

En Buffalo, Boston y Houston, entre otras muchas ciudades, las estatuas de Cristóbal Colón han aparecido cubiertas de pintura. En Baltimore, un activista dañó considerablemente con un martillo un obelisco considerado el monumento más antiguo dedicado a Colón en el país y narró su acto vandálico por Internet.
Más recientemente, el 15 de septiembre, en la ciudad californiana de Santa Bárbara veo, también en ABC, decapitada la estatua de fray Junípero Serra, franciscano mallorquín, que fundó nueve misiones españolas en la Alta California y presidió otras quince. Un fray Junípero, que enseño a los indios a cultivar la tierra además de llevarles a Cristo, fue canonizado por el papa Francisco el 23 de septiembre de 2015.
Hace unos años, en 1992, celebramos el quinto centenario de esa hermosa aventura hacia lo desconocido que se inició en el puerto de Palos (Huelva). Tres cascarones de madera se dieron a la mar océano, adentrándose en las tenebrosas aguas más allá del Finisterre, al socaire de la loca idea de un marino genovés. La empresa estaba financiada por la reina de Castilla, Isabel la Católica. Y la tripulación, gente bragada de Andalucía.
Pues resultó, para los historiadores revisionistas norteamericanos, que Colón fue un invasor, genocida y esclavista. (¡Y lo dicen ellos, precisamente ellos que aniquilaron a millones de indios, cuando eran colonia inglesa y después cuando ya era Estados Unidos!). Lo de Colón no fue una «proeza», fue una «barbaridad» y la celebración del Quinto Centenario una «farsa». ¿Dónde queda el Columbus Day o Día de Colón? Mitch O'Farrell, activista del lobby LGTBI y concejal en Los Ángeles, ha conseguido que la ciudad deje de celebrar el tradicional Columbus Day, que en Estados Unidos se conmemora el segundo lunes de octubre. En su lugar, se celebrará el Día de los Pueblos Indígenas, sustitución que ya han hecho otras ciudades norteamericanas. 
Colón dio inicio al colonialismo moderno, según Ricardo Levins, y se convierte en un monstruo que arruinó el paraíso perdido, según el historiador Kirpatrick Sale, que escribió La conquista del paraíso, aprovechando la coyuntura del tema con un contenido escandaloso que le ha proporcionado sus buenos dólares. Él parte de una interpretación «ecológica» de la Historia. Ahora que la interpretación «marxista» se encuentra en el cubo de la basura, nos viene este nuevo enfoque ecológico que desea interpretar con mentalidad de hoy los sucesos acaecidos hace quinientos años. «América —nos dice— estaría hoy mucho mejor sin la intervención europea. Con Colón no sólo se destruyó el mundo y la naturaleza de los indios sino también la relación cuidadosa y respetuosa que existía entre ellos y su entorno». El Consejo Nacional de Iglesias de los Estados Unidos se unió a esta orquesta y calificó la llegada de Colón como una «invasión». A esta nota no se unieron los obispos católicos norteamericanos, que redactaron un documento más sensato.
¡Pobre Colón, la de tortas que le han venido encima! ¿No les parece que la historia de este hombre es más sencilla? Tuvo una genial idea y logró un sponsor (ahora se dice así) en la reina Isabel la Católica y un pueblo que lo realizó. Barbaridades hubo, claro que sí, y ahí están, entre otras, las denuncias de ese sevillano que se llamó Bartolomé de las Casas. Pero no echen las culpas a Colón, que fue sencillamente un navegante avezado, y le inculpen aviesamente de invasor, como si hubiera programado sádicamente esta incursión continental desde la Casa Blanca de hace quinientos años.
Francia, cómo no, se unió también a esta orquesta. Y por ahí apareció el diario Le Figaro con un amplio dossier, donde la malevolencia se unió a la ignorancia. Franceses y norteamericanos se podrían mirar su propio ombligo, que debe andar bastante lleno de pelusas históricas. Y aplicarse la interpretación «ecológica» a ellos mismos. El corazón de Europa no latía en 1492 en Italia, Francia o Inglaterra, sino en España, dicen estos franceses. Por ello no se sienten responsables de esta «tragedia»...
Ni falta que hace. Porque no fue una tragedia. Fue una gran hazaña histórica. Sería apasionante colarse en el túnel del tiempo y recoger las primeras emociones de un Colón que ha vuelto de su primer viaje. Cuando llegó a Palos, de donde partiera, el 23 de marzo de 1493. O cuando unos días después, el 31 de marzo, domingo de Ramos, entró en Sevilla «donde le fue fecho buen recibimiento», según cuenta el Cura de los Palacios, testigo presencial de este momento. «Trujo diez indios, de los quales dejó en Sevilla quatro y llevó a Barcelona a enseñar a la Reyna y al Rey seis, donde fue muy bien recibido, y el Rey y la Reyna le dieron gran crédito y le mandaron aderezar otra armada mayor y volver con ella, y le dieron título de Almirante mayor de la mar Océano, de las Indias, y le mandaron llamar Don Cristóbal Colón, por honra de su dignidad...».
Ese domingo de Ramos en Sevilla se supo que existía un mundo desconocido, al fondo mismo de ese océano impenetrable. La historia cambia de página en ese momento y comienza una nueva era. Sevilla lo sabe antes que nadie. Pero no hay perspectiva histórica para calibrar entonces la trascendencia de ese retorno de Colón y de esa exótica muestra de indios que pasean por las calles de Sevilla.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Pablo VI, dos cartas de renuncia al papado

Pronto, en octubre, se van a cumplir 50 años de mi primera estancia en Roma. A la llegada de los alumnos españoles a la Estación Termini nos recogió el bus del Colegio Español y camino del Colegio se pasó por la Plaza de San Pedro, para que tuviéramos una vista del Vaticano. Era de noche y la fachada de San Pedro estaba iluminada. Fue emocionante para el joven clérigo que yo era entonces. Sin embargo, al papa reinante, Pablo VI, no pude verlo hasta ya entrado diciembre porque poco después, en noviembre, sería sometido a una operación de próstata. Un papa que ha pasado a la historia reciente como el hombre sufriente. Lo dijo él cuando ya no se pudo sustraer en el cónclave a la voluntad de los cardenales:
–Tal vez el Señor me ha llamado a este servicio, no porque tenga cierta aptitud, sino porque sufra algo por la Iglesia.


Durante todo el cónclave no dejaba de repetir a los cardenales:
–¡No tiene necesidad de mí la Iglesia!
Pablo VI era un tímido. Un hamletiano. «Hamlet-Montini», le llamaban en el Vaticano cuando él dirigía una de las dos secretarías de Estado con Pío XII. Y, sin embargo, se dijo de él que «en este siglo (el XX) era el hombre más adaptado para convertirse en papa».
Juan XXIII decía de él:
–Nuestro Eminentísimo Hamlet.
Y el cardenal Spellman, arzobispo de Nueva York:
–Un enigma viviente.
«Papa de la duda», lo fue menos por la irresolución con que se le acusaba, cuanto por la complejidad de los nuevos problemas surgidos en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. La duda entre ser «Pedro», con la tarea de conservar el pasado, y ser «Pablo», para encontrar caminos nuevos que forjar la tradición del mañana.
En su alabanza, su amigo Jean Guitton dirá de él:
–Es un alma especialmente receptiva y sensible; conviene aplicarle el epíteto que damos a ciertas flores cuyos pétalos parecen órganos de los sentidos: sensitiva es su conciencia, su manera de escuchar, de comprender, de percibir, de callarse… Una calma que se mueve de manera magnética.
Después de su operación de próstata, entramos en el año 1968. Parece físicamente cambiado. Una mirada demacrada. Una marcha más lenta. Apenas come y duerme menos. Y sin embargo sigue con su actividad.
Pero entre los periodistas ha corrido un rumor. El papa ha pensado en dimitir. Hoy sabemos de una renuncia al papado por el caso Benedicto XVI, papa emérito. Pero en aquel entonces se hablaba de que en la historia de la Iglesia tan solo había habido un caso, el del piadoso ermitaño Pierre de Morrone, que subió al trono pontificio con el nombre de Celestino V, elegido en 1294, después de dos años de votaciones, porque los Orsini no querían que un Colonna fuera papa y los Colonna pensaban lo mismo de los Orsini… Eligieron a un ermitaño que entró en Roma a lomos de un burro y reinó cinco meses antes de declararse impropio para dirigir los destinos de la Iglesia. Se retiró cerca de Agnani donde murió en olor de santidad en 1296, a los 81 años.
Lo que entonces se rumoreaba –la renuncia al papado de Pablo VI– y que no lo realizó tal vez por su timidez o más bien disuadido por sus colaboradores inmediatos, se ha confirmado en estos días. El cardenal Re, prefecto emérito de la Congregación de los Obispos, ha dado a conocer hace unos días en una revista de Bérgamo, recogida por el cotidiano Avvenire, que Pablo VI tenía preparadas dos cartas de renuncia.
–Me las mostró san Juan Pablo II –ha revelado el purpurado.
Pablo VI tenía en un cajón de su mesa de despacho dos cartas listas con su renuncia, en caso de que quedara inconsciente por alguna enfermedad o por algún evento inesperado. El Código de derecho canónico, vigente en esa época, contemplaba que el Papa no podía renunciar sin la aceptación del Colegio Cardenalicio. La segunda carta invitaba al secretario de Estado de la Santa Sede para que convenciera a los cardenales a aceptar su dimisión.
El cardenal Re, cuyo sueño era «ser párroco» aunque llegó a cardenal, hace un repaso a sus «seis papas».
–Para abrir el Concilio fue necesario Juan XXIII, quien tenía gran confianza en Dios y en los hombres. Pablo VI fue el papa que simplificó la curia y quería simplificación e internacionalización de los cargos. El papa Luciani me dijo que el papado era un peso demasiado grande para sus espaldas. Juan Pablo II, un gran hombre y un gran santo. Benedicto XVI, un gran teólogo, una persona suave, con la fama de ser duro pero no es así. Es bueno y bondadoso, tiene una inteligencia extraordinaria. Y Francisco, el papa justo en el momento justo.
Ya no estoy en situación de viajes, por mi salud. Pero siempre que he acudido a Roma, al llegar a la Ciudad Eterna, he visitado la basílica de San Pedro y en ella una especial oración ante la tumba de san Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y ante la sencilla lápida sin monumento alguno que oculta bajo ella los restos de Pablo VI. Un papa sufriente al que tengo especial afecto. Pienso que, si su vida hubiera transcurrido por otros derroteros, hubiera sido un gran escritor en lengua italiana. Tan elegante era su estilo.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Juan Pablo I, el «Papa de la Sonrisa»

El cardenal Parolin, secretario de Estado del Vaticano, ha invitado estos días pasados a rezar por la beatificación de Juan Pablo I, el «Papa de la Sonrisa». Así lo hizo saber el 29 de agosto en la edición en italiano de L'Osservatore Romano.
–Una vez que el decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes cristianas sea aprobado, si hay un milagro, creo que no faltará demasiado para concluir la causa –ha manifestado el cardenal Parolin.


 Albino Luciani, patriarca de Venecia, fue elegido papa en un cónclave ultrabreve, después de cuatro escrutinios, el 26 de agosto de 1978. Yo me hallaba esa tarde en la Plaza de San Pedro aguardando la fumata, que resultó ser ni negra ni blanca. Ante el desconcierto general, la opinión común se inclinaba porque era fumata nera y habría que volver al día siguiente. En los medios periodísticos en que me movía, se decía:
–Es pronto para la elección del papa.
Marché de la Plaza de San Pedro a enseñar la Piazza Navona a un viejo cura sevillano que me encontré y era la primera vez que venía a Roma. Y estando allí, oímos el repique de campanas del Vaticano y una señora que nos anunció que ya había papa. Corrimos hacia San Pedro, pero ya solo pude atisbar desde lejos el cierre de la balconada principal.
Marché a la Sala Stampa. Allí encontré a José María Javierre, que escribía para el diario «Ya», y a José Luis Martín Descalzo y Joaquín Navarro-Valls, para el «ABC». El problema era que Albino Luciani no era una figura muy conocida. No había entrado en el cónclave como papabile. ¿Qué decir de él? Yo sabía que tenía escrito un librito titulado «Ilustrísimos señores», en aquel entonces solo en italiano, que lo tenía un sacerdote del Colegio Español. Acudí al Colegio, rescaté el libro, volví a la Sala Stampa y mientras Javierre escribía su crónica, yo traducía ciertos pasajes del libro del nuevo papa, que salieron al día siguiente en el diario «Ya», con envidia de Martín Descalzo, que se quejaba de que tenía poco espacio en el «ABC» y no podía gozar de los únicos textos originales en ese momento del nuevo papa Luciani.
Al día siguiente, domingo, pude conocer al «Papa de la Sonrisa» en el Angelus del mediodía.
Era el primer cónclave postconciliar. El Colegio Cardenalicio, formado por ciento once electores, se decidió por Luciani, elegido por cardenales europeos y del tercer mundo, frente al núcleo duro curial, que hubiera preferido al conservador cardenal Siri, arzobispo de Génova.
Luciani no tenía experiencia curial como su antecesor, Pablo VI. Se sentía como «un novicio en el Vaticano». Y declaró:
–No sé nada del engranaje de esta especie de reloj. La primera cosa que haré será hojear el Anuario Pontificio para saber el «Who’s who» de cada uno y ver cómo funciona la máquina.
En el Vaticano se dieron cuenta enseguida que el papa sabía bien poco de diplomacia y que se había puesto a aprender el inglés. Fue un papa original en el escaso tiempo que vivió. El 20 de septiembre, lanzó esta curiosa advertencia:
–Es falso afirmar que la liberación política, económica y social, coincida con la salvación en Jesucristo; es falso afirmar que el reino de Dios se identifica con el reino del hombre, que «Ubi Lénine, ibi Jérusalem» (Donde está Lenin, allí está Jerusalén).
Luciani no tenía buena salud. En los días previos a su muerte, había tenido trastornos circulatorios. Al cardenal Villot, secretario de Estado, que lo encontró fatigado, le habló de sus piernas y pies hinchados.  Pero le dijo tranquilamente:
–Cuando un papa muere, ponen a otro.
El médico le había prescrito largos paseos por los jardines vaticanos. Y así, la primera audiencia diaria, que era con el cardenal Villot, la hacía paseando por los jardines.
Pero el 29 de septiembre, treinta y dos días después de su elección, el secretario particular del papa, monseñor John Magee, lo encontró al amanecer muerto en su cama. Tenía la luz encendida. El médico diagnosticó un infarto e indicó la hora aproximada de la muerte: sobre las 23 horas de la noche anterior.
Pronto circularon siniestros rumores, que serán recogidos por David Yallop en su panfleto In God’s Name. El papa habría sido envenenado con la complicidad tácita del secretario de Estado Villot y el presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), monseñor Paul Marcinkus. Un morbo que vende libros, pero no estábamos en la Edad Media.
Estos rumores podían desviar lo que realmente sucede: que el papado es una losa muy pesada para un solo hombre, sobre todo si llega enfermo. El arzobispo de Viena, cardenal Koening, conocido como el «cardenal rojo»,  declarará a este respecto:
–Es necesario reducir, aunque no se ha hecho hasta el presente, la sobrecarga física y psíquica a la que está sometido el papa, el peso que la función implica, delegando ciertas funciones pontificias en otros, de modo que no sobrepase los límites de la fatiga que puede tolerar un ser humano.
«Albino el Breve», el «Papa de la Sonrisa», concluyó la fase diocesana de su causa de beatificación en mayo de 2009 en la diócesis de Altamura Gravina-Acquaviva. Tras un breve tiempo de pausa, la causa ha sido retomada en julio de 2016, siendo su postulador el prefecto de la Congregación para el Clero, el cardenal Beniamino Stella. El actual secretario de Estado, cardenal Parolin pide que se rece para que la causa tenga un final feliz.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Conversiones en templos abiertos

En la edición de septiembre del Vídeo del Papa, Francisco ha pedido que los templos católicos sean «casas donde la puerta esté siempre abierta». Se trata de dejar que Jesús salga afuera con toda la alegría de su mensaje, «en contacto con los hogares, con la vida de la gente, con la vida del pueblo».
A pesar de esta petición del papa Francisco, comprendo que es difícil mantener un templo abierto sin vigilancia ante la inseguridad por robo o, lo que es peor, por violencia sacrílega. No están los tiempos seguros. Hay templos que logran sostenerse abiertos buena parte del día por la presencia de un feligrés jubilado que hace labor de vigilancia. Pero yo me voy a referir aquí a dos casos concretos, en tiempos pasados, de dos mujeres convertidas en las que su entrada a un templo católico por primera vez fue algo impactante que no olvidarán y repercutirá en su conversión. Y las dos llegaron a la santidad.


Una es Isabel Ana Seton, primera santa nacida en los Estados Unidos, fundadora de la primera escuela católica del país y de la primera congregación estadounidense de religiosas, las Hermanas americanas de la Caridad de San José. Nacida en Nueva York en 1774, dentro de una familia episcopaliana, casó, tuvo cinco hijos, viajó a Italia con su marido enfermo de tuberculosis, que le llevaría al desembarcar a su muerte. Ya viuda y acogida en una familia muy católica visitó Florencia y entró por primera vez en la iglesia de la Santissima Anunziata, la más italiana y la menos florentina de la ciudad. Y cuenta ella:
–Después de haber superado la puerta, vi un centenar de personas de rodillas, pero la oscuridad del lugar, iluminado apenas con velas de cera del altar y de una ventana… no me dejaba distinguir el interior de la iglesia, mientras una música dulce y lejana, que levantaba la mente a preguntar las dulzuras divinas, evocaba instantáneamente mi espíritu a tantos pensamientos y sentimientos los más suaves e íntimos. Entonces… caí de rodillas en el primer lugar que encontré libre y derramé un río de lágrimas en recuerdo del largo tiempo en que había estado lejos de la casa de mi Dios y del dolor que me había afligido mientras estuve separada… Cuando el órgano cayó y la misa terminó, visitamos la iglesia. La elegancia de los artesonados de oro tallado, los altares cargados de oro, plata y otros preciosos ornamentos, los cuadros que reproducen escenas sagradas y la cúpula con una representación continua de varios pasos escriturísticos, todo esto no se puede describir; como tampoco se puede describir mi alegría al ver hombres y mujeres, viejos y jóvenes y personas de toda condición juntos en torno al altar, rezando sin preocuparse de nosotros ni de los otros turistas.
Isabel Ana se ha sentido atraída por el fasto de la arquitectura religiosa. Y sorprendida de que las iglesias en Italia estuviesen abiertas a todas horas y todos los días. Pero, sobre todo, descubrió la presencia de Cristo en la Eucaristía.
Volverá a Nueva York y un año después, en 1805, pedirá el bautismo e ingreso en la Iglesia católica.
La otra es la filósofa judía Edith Stein, que del judaísmo familiar pasó durante sus estudios universitarios al ateísmo para convertirse después al catolicismo, ingresar en un Carmelo y morir en el campo de exterminio de Auschwitz. Hoy es santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Inquieta siempre por la búsqueda de la verdad, un día visitó con un amigo la catedral de Frankfurt. Describe así la impresión que se llevó:
—Mientras estábamos allí en respetuoso silencio, entró una señora con su cesto del mercado y se arrodilló en un banco para hacer una breve oración. Esto fue para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes, a las que había ido, se iba solamente para los oficios religiosos. Pero allí llegaba cualquiera en medio de los trabajos diarios a la iglesia vacía como para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar.
Hay quien apunta que Edith acababa de descubrir, sin saberlo todavía plenamente, el misterio de la «Presencia real». Como le ocurrió igualmente a Isabel Ana Seton.
Y se me ocurre otro caso añadido. El converso, en esta ocasión, no ha llegado a los altares, pero nos ha dejado unos escritos maravillosos. En la noche de Navidad de 1886 un joven de dieciocho años, por nombre Paul Claudel, forjado por una educación racionalista, experimentó en la catedral de Notre-Dame de París algo inexplicable. Él mismo lo cuenta:
–Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco, y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable…
 Mi iglesia no es de piedra, es de papel, Mi Parroquia de Papel. No cantan en ella los niños de coro… pero está virtualmente abierta las 24 horas del día. Y pienso:
–¡Ay, si a través de ella se produjera el milagro de alguna conversión…!

jueves, 24 de agosto de 2017

No tinc por: ¿No tengo miedo?

Este grito –No tinc por (en catalán). No tengo miedo– ha resonado en Barcelona en la manifestación multitudinaria a raíz del terrible atentado yihadista del pasado jueves 17 de agosto en Las Ramblas y posteriormente en el pueblo tarraconense de Cambrils.
Pues no sé que decir. Porque yo sí tengo un poco de miedo. Recuerdo que el año pasado, 8 de octubre de 2016, escribí en este mismo lugar de Mi Parroquia de Papel un artículo que titulé: «El islam y quién nos quita el miedo».
Trataré de no repetirme. Pero cuanto allí dije sigue siendo vigente para mí. Y hace un año no estaba presente ningún atentado en nuestra tierra, aunque sí en Europa.


 Hay que partir de un principio. El islam no es solo una religión como el cristianismo. Es religión, estado, política, economía, todo, como bien dice Samir Khalil, islamólogo natural de Egipto, profesor durante muchos años en Líbano, sacerdote jesuita, profesor del Pontificio Instituto Oriental y del Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islamistas, ambos en Roma.
Sin llegar al terror del ISIS/Daesh, que practica el islamismo más bárbaro e inhumano, para el islam existe la exclusión de quien no es musulmán. Samir Khalil y su familia cristiana lo sufrieron en Egipto, su pueblo natal. Y lo explica:
–¿Cómo se sabe que una persona es cristiana? En el carnet de identidad, en Egipto y otros países, se escribe la religión. En todos los países árabes. Así que, las discriminaciones existirán siempre, porque el sistema musulmán no consigue concebir una laicidad positiva, que es lo que nosotros pedimos. No el laicismo anti-religioso, que existe en algunos países occidentales, sino una laicidad positiva, como la llama también el papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Medio Oriente. Es decir, un laicismo en el cual no se haga distinción entre creyente y no creyente, cristiano, musulmán o hebreo.
El P. Samir sigue, como el otro jesuita y ahora papa Francisco, ese buenismo evangélico de acogida, y piensa que en Europa se puede vivir juntos en paz y tolerancia. Y dice:
–Es esto lo que tenemos que recrear hoy en día: ayudar a los musulmanes a vivir juntos como hermanos… A nosotros nos toca dar otro modelo de coexistencia, de fraternidad, y decir de dónde lo hemos aprendido: del Evangelio y de Jesús. Si quieres ser perfecto, ve y sigue a Jesús. Vive según el modelo del Evangelio. Esta es nuestra misión.
Y añade:
–Se podrían cambiar muchas cosas si se dijese: Bien, Dios ha enviado a los musulmanes a Europa. Son ahora tal vez quince millones, casi. ¿Qué hacemos para hacerles conocer el Evangelio? Es decir, una superación del Islam y del ser humano ordinario. El Evangelio es el máximo. ¿Por qué no lo transmitimos? Antes, nuestros padres atravesaron los mares, afrontaron el martirio, fueron matados, etcétera… para ganar a un musulmán para el Evangelio. Hoy no tengo necesidad de atravesar el mar. Ellos vienen. Entonces, intentar marginarles… esto es un crimen. No es permisible. Se trata de acogerlos, y decirles: ‘Te doy la cosa más hermosa que tengo, el Evangelio’… Y si alguien descubre que el Evangelio es de veras la cosa más hermosa, le invito a ser cristiano. Pero es una invitación, nada más. 
 Como creyente y como sacerdote he de creer en ello. Aunque la razón y la historia me inclinen a pensar en otra cosa. Sería como aquello que dice el Evangelio del rico, que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el cielo. Pues lo mismo del musulmán. ¡Qué difícil es la conversión de un musulmán! Y no ya conversión al cristianismo y a los valores cristianos de Occidente, ni siquiera a los valores democráticos.
Musulmán significa aquel que se somete. Nace como súbdito, así se siente, no sabe lo que es ser ciudadano libre. El islam es Mahoma y no ha cambiado nunca ni cambiará. Un mundo islámico que no ha aportado a la humanidad ni un solo invento o descubrimiento científico en toda su historia. Recojo estos datos:
–Cada año se traducen más libros al español que el total de libros que se han traducido al árabe en los últimos mil años. De las 1.800 universidades del mundo islámico, tan solo una sexta parte cuenta con un miembro del claustro que haya publicado algo.
Y quieren dominar un mundo dividido por Mahoma en Dar al islam, que es la tierra del islam, y Dar al Harb, la tierra de la guerra, compuesta por el resto del planeta, al que hay que imponer la Ley Sharía, el cuerpo de derecho islámico, un código detallado de conducta, en el que se incluyen las normas relativas a los modos del culto, los criterios de la moral y de la vida, las cosas permitidas o prohibidas, las reglas separadoras entre el bien y el mal. Cuando la Sharía impere en todo el globo terráqueo, llegará el fin del mundo.
Dicho todo esto, y con perdón, digo como Albert Boadella, director teatral catalán exiliado en Madrid, que «el lema ‘no tenemos miedo’ es falso; sí lo tenemos y mucho».
Miedo, y no tanto por mí, con una vida ya vivida, sino por esta débil Europa que ha renegado de su esencia cristiana.

domingo, 20 de agosto de 2017

Cardenal Bueno Monreal, 30 años de su muerte

Los curas mayores de la diócesis de Sevilla, que al parecer estamos ya bien amortizados, guardamos un grato recuerdo y sentimos la añoranza del cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla en nuestros años jóvenes. Hoy, 20 de agosto, se cumplen 30 años de su muerte. Y quisiera honrar una vez más la memoria de quien hizo honor a su apellido Bueno. Verdaderamente fue un hombre bueno. Con sus zapatos de pastor, con sus medias color púrpura, y su báculo, Bueno Monreal descansa en la capilla de San José de la catedral de Sevilla bajo una sencilla lápida de bronce, el que ha sido el obispo más querido de sus curas en el siglo XX después del beato Spínola.


Bueno Monreal, que pasaba las vacaciones de verano en Ciordia, a 55 kilómetros de Pamplona, murió en la Clínica Universitaria de Pamplona de un paro cardíaco el 20 de agosto de 1987. Iba a cumplir el próximo 11 de septiembre 83 años. Sesenta años de sacerdocio, veintinueve de cardenalato y treinta y tres en la archidiócesis de Sevilla. Su pontificado sólo fue superado en años por san Isidoro, en el siglo VII.
Arzobispo emérito desde 1982, padeció el 3 de febrero de ese año, en la visita ad limina a Roma, una trombosis cerebral que le afectó el habla y la movilidad de medio cuerpo. Un habla extraña, más cercana a la de una tribu africana que a otra cosa, cuando repetía siempre:
–Biongo, biongo, tsé, tsé, tsé...
Una enfermedad que encadenó su lengua, como escribió Martín Descalzo, pero no su corazón.
Giancarlo Zizola, especialista en historia moderna de la Iglesia y experto vaticanista, en su libro La otra cara de Wojtyla, dice lo siguiente:
–Una mañana de 1980, en el Sínodo sobre la familia, (el papa) había perdido la paciencia mientras hablaba con los cardenales alemanes: «Demasiados hablan de replantearse la ley del celibato eclesiástico. ¡Hay que hacerles callar de una vez!». En la misma época el cardenal español José María Bueno Monreal había osado decir al papa durante una audiencia: «Santidad, mi conciencia de obispo me impone hacerle presente que existen problemas como los del celibato, la escasez de clero y la cantidad de sacerdotes que siguen esperando la dispensa de Roma». «Y mi conciencia de papa me impone echar a su eminencia de mi despacho», habría sido la respuesta de Wojtyla. En los días siguientes el cardenal sufrió un infarto. Poco después se le aceptó su dimisión.
Tengo referencias de que el encontronazo, más que encuentro, de Bueno Monreal con Juan Pablo II existió con motivo de las secularizaciones sacerdotales, pero hay que distanciarlo en el tiempo y situarlo en un momento anterior a este último encuentro con motivo de la visita ad limina, que ha sido cuando le dio la embolia cerebral.
Como también esa salida del cardenal, muy propia de él. Tenían que llegar unos documentos de Roma que se demoraban. Y surgió el enfado del cardenal:
–¡A ver si el papa deja de viajar tanto y se sienta en su despacho!
El cardenal Tarancón afirmó de Bueno Monreal tras su muerte:
–Fue siempre un consejero formidable, porque era un hombre que jamás perdía la calma ni la sonrisa. Era un colaborador tan leal que, en los momentos difíciles, podías contar siempre con él... Era un hombre conciliador. En la Conferencia Episcopal siempre impresionaba la claridad de sus intervenciones y tenía una gran ascendencia en los demás obispos.
Y José María Cirarda, que fue su obispo auxiliar:
–Pocos hombres más inteligentes que él, pocos hombres más buenos que él y al mismo tiempo tan amantes de la pobreza como él.
Era un hombre del régimen, jamás lo negó. En cierta ocasión, Franco, afectado por algún incidente con la Iglesia, le dijo:
–La Iglesia está en contra mía.
Y Bueno Monreal le contestó:
–No, Excelencia, la Iglesia no está contra usted. La Iglesia está a favor de la verdad y la justicia.
Le tentaron con la sede primada de Toledo. Antonio María Oriol, ministro de Justicia, le ofreció Toledo.
–Pero, señor ministro, si yo soy cardenal de Sevilla...
–Eminencia, Toledo es la Sede Primada de España.
–Mire, el primo sería yo si estando tan a gusto como estoy en Sevilla, la dejara para irme a Toledo.
Bueno Monreal fue un converso del Concilio Vaticano II, lo mismo que Tarancón, y como tenía un carácter «bueno», se adaptó y de qué manera a los tiempos nuevos. Casimiro Morcillo, que fuera obispo de Bilbao y Madrid, muy del régimen, le dijo un día:
—Pepe, me han dicho que te has cambiado de camisa.
Y Bueno Monreal le contestó:
—Lógico, no cambiársela es de guarros.
Si había algo en Bueno Monreal que lo distinguiera era su enorme humanidad. Y la mejor prueba de ello es de qué forma más humana, es decir, cristiana, supo llevar la crisis de los sacerdotes que se secularizaban. Cuento una anécdota que no deja de ser leyenda urbana, puesto que no he podido poner nombre y seña al sujeto. Acudió un sacerdote ya maduro de edad al cardenal y le dijo que se había enamorado y pensaba dejar el sacerdocio. ¿Reacción del cardenal? Lo miró con cara de bondad y le dijo:
–¡A nuestra edad, tú y yo, adónde vamos a ir que estemos mejor!
Y la respuesta del sacerdote:
–¡Pues tiene razón, señor cardenal!
Y se quedó de sacerdote.
Pero hubo tantos otros, todos, a los que el cardenal recibía con cariño de padre. No conozco ningún cura secularizado que no hable bien del cardenal Bueno Monreal.
Mi sentido agradecimiento al obispo que me ordenó de presbítero en la catedral de Sevilla. Treinta años de su muerte y su recuerdo perdura con nostalgia, en mí y en tantos curas mayores, que ya somos menos.

viernes, 18 de agosto de 2017

El Dios justiciero del cardenal Segura

En la noche del lunes 18 de agosto de 1947 –hoy hace de ello setenta años–, a las 9,45 de la noche, ocurrió una terrible explosión en Cádiz con numerosas víctimas y heridos. Unas 150 personas perdieron la vida en la tragedia. Un fuego, iniciado en el Departamento de Química de los Astilleros de Echevarrieta, se corrió a un depósito de defensa submarina causando la terrible explosión que destruyó la barriada de San Severiano.
La explosión del polvorín de la Armada fue una terrible tragedia en aquel Cádiz de la postguerra. Pero mi recuerdo de este trágico suceso, a la distancia de los años, y mirado desde Sevilla, se centra más bien en la interpretación que de ello dio la máxima autoridad eclesiástica de la diócesis hispalense, es decir, el cardenal Segura.


En el siguiente Boletín Oficial del Arzobispado del mes de septiembre publicó una Admonición pastoral que tituló: «El castigo de Dios». Escribe el cardenal Segura:
–Aún estamos bajo la impresión que produjo, en toda España, la horrible catástrofe de Cádiz, en la noche del 18 de agosto próximo pasado, que bien puede decirse ha constituido una desgracia verdaderamente nacional, que ha llevado el pánico a los corazones más esforzados… Esa catástrofe de terribles proporciones es, y así debemos considerarla, una lección de la justicia de Dios, que hemos de aprender con docilidad, y a este fin se encamina exclusivamente, amadísimos Hijos, esta nuestra Admonición pastoral… Publicaba la prensa que el dignísimo Prelado de la Diócesis venía insistentemente llamando la atención en este año, sobre el incremento de la inmoralidad en la playa de Cádiz, sin que su voz fuera debidamente atendida. Tampoco hemos de describir, son sobradamente conocidos, los abusos morales que por desgracia se perpetran a plena luz del día, con falsos pretextos, en los centros de diversión y esparcimientos veraniegos…
Hay aquí, en sus palabras, dos puntos a reflexionar. El concepto de un Dios justiciero y vengador, más propio de una teología jansenista o viejotestamentaria, y esa manía, entre otras muchas del viejo cardenal Segura, de ver en todo fómite de pecado, fustigando los bailes todos los años con admoniciones pastorales cuando llegaba la Feria de Abril y los baños en el mar cuando llegaba el verano.
Era el talante de un cardenal enfermo del hígado –con perdón, para los que padecen este mal–, que percibía con pesar una resistencia pertinaz en sus huestes diocesanas a sus orientaciones admonitorias. Pero más que enfermo de hígado, Domenico Tardini, prosecretario de Estado con Pío XII, creía que Segura era un «enfermo mental», según se lo confesó a José María Castiella, embajador de España ante la Santa Sede. Un cardenal agreste, silvestre, montaraz. O «cardenal selvático», que así le llamara el político sevillano Martínez Barrio, y yo titulé en mi libro sobre Segura.
Teresa de Lisieux –santa Teresita del Niño Jesús– va a hacer su Primera Comunión en una Francia jansenista, que predica como Segura un Dios castigador. En los días previos de preparación, el abate Domin lanzaba a las siete niñas que iban a hacer su Primera Comunión unos sermones cavernarios que hacían temblar a Teresita. A unas niñas de diez y once años, solo se le ocurre a este capellán ceporro hablarles de la muerte, del infierno y de la comunión sacrílega. Es lógico que Teresita escribiera:
–Nos ha dicho cosas que me han dado mucho miedo.
Teresita descubrirá con el tiempo que Dios es lo contrario de lo predicado por este sádico. Pero pasará un calvario hasta despojarse de esta educación jansenista que imperaba en Francia. Ya en el convento, descubrirá el camino de la infancia espiritual, tan bien descrito en su «Historia de un alma». Para Teresa de Lisieux Dios no es más que Amor y Misericordia. Y su misión: Amar a Jesús y hacerlo amar.
También dijo poco antes de morir:
Después de mi muerte, haré descender una lluvia de rosas... cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Se lo pido a Dios y estoy segura de que me escuchará.
¡Y pensar que el cardenal Segura estuvo viviendo un tiempo en Lisieux, cuando fue desterrado de España en 1931, conoció a las hermanas carmelitas de santa Teresita y llegó incluso a escribir un folleto sobre la santa! Pero se ve que no comprendió absolutamente nada. Su Dios castigador era una caricatura del Dios cristiano de Jesús: Dios Padre, Dios de Misericordia, Dios de Amor.