miércoles, 18 de julio de 2018

Cristo de San Agustín


El 18 de julio de 1936 comenzó la guerra civil, pero es un tema que quiero deliberadamente marginar. Ni deseo hablar de los templos incendiados en Sevilla esa tarde y noche, a saber: Omnium Sanctorum, San Juan de la Palma, San Roque, Santa Ana, La O, La Concepción, Santa Marina, San Gil, San Marcos, San Román y Montesión, y los conventos de Mercedarias y Salesas. En ese día aciago en que ocurrieron todas estas barbaridades y muchas más, me limitaré a discurrir sobre la historia del Cristo de San Agustín, que pereció en las llamas en esa fecha. Un Cristo veneradísimo en Sevilla desde siglos atrás, que perteneció al convento de San Agustín, extramuros de la ciudad, junto a la puerta de Carmona, y, desde la exclaustración de 1835, depositado en la parroquia de San Roque.


Acerca del Cristo de San Agustín refiere un manuscrito de la Biblioteca del Palacio arzobispal: «Este año de 1314 fue hallado el Santísimo Cristo de San Agustín por un pobre hombre en una cueva que había en una huerta en el Prado de Santa Justa, desclavada la mano izquierda y con ella tapaba la llaga de su costado, a esta maravilla acudieron los religiosos del convento de San Agustín, y queriendo llevarse a el mismo tiempo su majestad Santísima quitó la mano de la llaga y la extendió a la Cruz al lugar del clavo y se quedó del modo que hoy se admira. Desde este tiempo hasta los presentes ha experimentado esta Ciudad de este Santísimo Crucifijo grandes y extraordinarios favores en sus mayores conflictos y necesidades, como son pestes y secas».
La devoción de Sevilla por este Cristo lo certifica Morgado, que escribía en 1587: «A cuya devoción ocurre luego Sevilla en cualquiera grandes trabajos de males temporales, o enfermedades, y, sacándole en procesión general por sus calles, se han visto milagrosas mercedes del Señor. Las quales me fueron ocasión de querer saber su primero principio, mas ninguna razón de escriptura se halla, sino algunas tradiciones tan confusas como esto, que el Santo Crucifixo fue traydo de Indias, y que los Religiosos Augustinos lo uvieron para este su Convento, y que pretendiéndole también el Cabildo de la Sancta Iglesia, se uvieron de meter en ello los Padres del Sancto Oficio prestando su beneplácito, para que con toda decencia fuesse puesto en una Litera de dos Cavallos a la disposición del Cielo, y que los Cavallos se vinieron derechos a este Sancto Convento».
Pero no está muy convencido Morgado de que lo que ha contado sea verdad, porque el Cristo es más antiguo que el descubrimiento de Indias, sino una leyenda mal hilvanada más de las muchas que se cuentan en Sevilla. Porque a continuación dice: «Otra tradición antigua, que el Sancto Crucifixo fue revelado a un Pastor en una Acequia entre este Convento y el de la Sanctissima Trinidad, que son con­vezinos, y que tenía el brazo derecho doblado sobre la llaga del Costado, que si esto así pasó, dixéramos aver quedado de tiempo de Godos, pero todo esto es hablar a tiento, sin otra comprobación de más verdad».
Zúñiga, en sus Anales, se hace eco de la leyenda del brazo extendido y al relatar el suceso de la invención en la cueva, afirma que «se cuenta en una fidedigna noticia que cuando fue hallado tenía desclavado el brazo izquierdo, caído sobre la llaga del costado y que a vista de muchos lo extendió, milagrosamente, como ahora está».
De la devoción que le tenía Sevilla habla claramente el Abad Gordillo en sus Religiosas Estaciones: «Ha sido muy grande la devoción que el pueblo ha tenido a Cristo Nuestro Señor en su santa imagen, de manera que en sus tribulaciones acude a su Señor y especialmente en las esterilidades y faltas de agua; de lo que se han visto milagros notables, como sacarle con tiempo sereno de su capilla y no poderlo restituir a ella por la abundancia de la lluvia, que Dios ha enviado, especialmente guiando la procesión al humilladero o Cruz del Campo que parece va de buena o mejor voluntad allí, como lugar que recuerda la memoria de su triunfo, donde lució su misericordia con la copiosa redención que allí obró. Y allí se refiere que en el año de 1525 habiendo habido en Sevilla una gran sequía y falta de agua, sacando con tiempo claro la imagen del Santo Cristo en procesión y llevándolo al humilladero de la Cruz, fue tanta el agua que llegando allí cayó del cielo, que no pudo volver la procesión, y se quedó aquella noche y otro día el Santo Cristo en la ermita que allí junto está edificada; y se refiere que al paso de la procesión iba un muchacho por encima de los caños de Carmona dando gritos, y diciendo ‘Misericordia, Señor nuestro’, con que creció y se aumentó la reverencia y devoción que después en muchas ocasiones se ha continuado en esta estación y valerse en diversas necesidades con manifiesta y evidente demostración de la misericordia de Dios. Al clamor del muchacho levantó al pueblo el clamor mismo y así que comenzó a llover, nunca más el muchacho apareció, siendo así que del lugar donde estaba mirando y clamando, era imposible que pudiese brevemente mudarse por la mucha distancia que había del principio y fin de la cañería del agua por donde se sube y él iba».
Era el Cristo de San Agustín una escultura tallada en madera de cedro, de tamaño natural, la cabeza inclinada hacia la derecha y sobre la cabellera, tallada en la madera, tenía superpuesta dos más, una de pasta y otra de cabello natural. Representaba a un Cristo muerto, clavado a la cruz con tres clavos, y la lanzada en el costado. Sus brazos eran desiguales: mientras el izquierdo medía ochenta centímetros, el derecho sólo alcanzaba setenta. El sudario largo, hasta las rodillas.
El 2 de julio de 1649, en pleno fragor de la peste que asoló Sevilla, hubo un acuerdo capitular de hacer voto al Cristo de San Agustín, con misa y sermón, por el fin de la peste. Este voto lo cumplió año tras año en este día el Ayuntamiento sevillano en el convento de San Agustín y desde 1835 en la iglesia de San Roque. Fue suspendido en 1931, tras la proclamación de la República. Y pocos años después, en 1936, como hemos contado, pereció el Cristo de San Agustín en el incendio de la iglesia de San Roque. Aunque el Ayuntamiento costeó una nueva imagen en 1950, obra del escultor Agustín Sánchez Cid, no se ha reanudado la función hasta 1991. Por acuerdo capitular de 11 de marzo de ese año se continúa la tradición interrumpida celebrándose solemne función el 2 de julio con asistencia del alcalde y representantes de los grupos políticos.

jueves, 12 de julio de 2018

Hernando Colón, hijo natural de Cristóbal Colón


Hernando Colón murió en Sevilla el 12 de julio de 1539, se cumplen hoy 479 años. Dispuso en su testamento que lo enterraran «en el cuerpo de la iglesia [catedral de Sevilla], en el espacio que [hay] desde las espaldas del coro hasta la puerta del perdón, con que sea lo más en medio que ser pudiera, así de luego como de través; y si esto no se pudiere obtener, en tal caso yo elijo por enterramiento el monasterio de las Cuevas de Sevilla, para que mi cuerpo sea allí enterrado en el coro de los legos, a un lado y al otro, como non impida el paso de los que entraren. Lo cual yo elijo por la mucha devoción que mis señores padre y hermano, Almirantes que fueron de las Indias, e yo siempre tuvimos a aquella casa; e porque sus cuerpos han estado mucho tiempo allí depositados».


 Definitivamente, fue enterrado en el trascoro de la catedral, en el lugar mismo donde en tiempos más solemnes los canónigos levantaban el soberbio monumento del Jueves Santo.
Hijo na­tural de Cristóbal Colón, nació en Córdoba el 15 de agosto de 1488 de Beatriz Enríquez de Arana, mujer que aparece en­vuelta en nebulosa en la vida de los Colón. Cuando Hernando escribió la Historia del Almirante, no hace referencia a la calidad de su familia cordobesa, que debía ser de extracción humilde. Subido al carro de la gloria de su padre, descubri­dor del Nuevo Mundo, deja en la penumbra sus orígenes ilegí­timos. Y con ello, a su propia madre.
Cristóbal tuvo sólo dos hijos: Diego y Hernando. Diego Colón nació en 1479 en Portugal, donde su padre casó con Fe­lipa Moniz de Perestrello, mientras trataba de vender su idea oceánica a la corte lusitana. La madre murió pronto y Cristóbal, ya viudo, vino a España en 1485 con su hijo pe­queño, que dejó en La Rábida con los frailes franciscos, o tal vez en Huelva, al cuidado de unos tíos, parientes de su madre. La aventurilla de Colón en Córdoba se debió a su es­tancia en esta ciudad, porque ahí se encontraba la corte de los Reyes Católicos, en su afán por lograr la toma de Gra­nada.    
Cuando Cristóbal Colón volvió de su primer viaje y pudo mostrar la gloria de su descubrimiento, Hernando fue legiti­mado, a la edad de cinco años, y nombrado paje del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos. Muerto el príncipe en 1497, pasó de paje de la reina Isabel con su hermano Diego. Él tenía unos once o doce años y su hermano Diego cerca de los veinte, cuando sintió las hablillas de la corte, la en­vidia cobarde de los celosos. Hernando cuenta en su libro una escena significativa ocurrida en Granada, al paso de la comitiva de los reyes. Los descontentos gritaban:
–Mirad los hijos del Almirante de los mosquitos, de aquel que ha descubierto tierras de vanidad y engaño para sepulcro y miseria de los hidalgos castellanos.
Hijo de nuevo rico, había que borrar todo vestigio ple­beyo en una sociedad donde se miraba hasta la nimiedad la última gota de la nobleza de sangre. Los blasones del escudo de los Colón están relucientes por lo nuevo; les falta la pátina añeja de los años, la vejez de las casas nobiliarias de siglos atrás.
Fue una torpeza de Hernando Colón: tratar du­rante toda su vida de borrar su humilde ascendencia cordo­besa. Aunque comprendo que fuera difícil sobrellevarlo en medio de las pullas cortesanas.
Porque Hernando fue hombre inteligente, el hijo que me­jor defendió el honor de su padre y gastó su fortuna en los llamados Pleitos Colombinos.
En 1502, cuando contaba tan sólo catorce años, Cristó­bal Colón se lo llevó a América en su cuarto viaje. A la vuelta, en 1504, la reina Isabel, gran valedora de Colón, ha muerto, y poco después, en 1506, el mismo Cristóbal Colón muere en Valladolid. Los famosos Pleitos Colombinos salen a la palestra. Los hijos de Colón exigen se cumpla lo acordado en las capitulaciones de Santa Fe. Pero el rey Fernando, muerta Isabel la Católica, cree excesivas las pretensiones colombinas. Las alegres gracias que en un principio se pro­metieron a Cristóbal Colón parecen, al paso del tiempo, ex­cesivas y desproporcionadas. Porque se suscribieron cuando no se tenía una idea precisa de lo descubierto por Colón. Las capitulaciones de Santa Fe hablaban fundamentalmente de conceder no sólo a Colón sino a sus herederos, en las tie­rras descubiertas, los títulos de Almirante, Virrey y Gober­nador y el diezmo de las riquezas producidas, entre otros honores, títulos y privilegios.
Pero no vamos a entrar en esto. Deseo resaltar su obra científica y el mecenazgo cultural que se proyecta hasta nuestros días con su magnífica biblioteca, que reposa bajo los muros de la catedral. Experto en cosmografía, viajó por Eu­ropa, con un cierto desprecio de sentirse castellano y un afán por recalcar su ascendencia genovesa. En el extranjero le gustaba pasar por italiano. Habrá que regañarle también esta estúpida pretensión, porque la gloria de su familia, a pesar de los Pleitos Colombinos, le viene de los reyes de Castilla y por sus venas corre sangre andaluza de la mejor calidad, la que viene del pueblo, de su madre Beatriz, a la que él nombra en muy contadas ocasiones. Pero hay que valo­rar al erudito y bibliófilo.
En 1509 realizó un segundo viaje a las Indias, acompa­ñando a su hermano Diego, que había sido nombrado gobernador de La Española, pero vuelve enseguida y escribe un Memorial por el Almirante (finales 1509) y un poco después un Tra­tado sobre la forma de descubrir y poblar en Indias. En 1511 es­cribe el Proyecto de Hernando Colón en nombre y represen­tación del Almirante, su hermano, para dar la vuelta al mundo, con lo que se adelanta en unos años a lo realizado por Magallanes y Elcano.
En 1517 puso en marcha una obra de envergadura que él denominó Descripción y Cosmografía de España, en la que tra­taba de recoger por orden alfabético todos los datos geográ­ficos y topográficos de España. No pudo completarlo, por una prohibición que le vino en 1523, y aparecieron los libros de anticipación que llamó Itinerario y Vocabulario. En ellos se adelantó a Las Relaciones topográficas, publicadas en tiem­pos de Felipe II.
En los últimos años de su vida, creó su casa solariega en los aledaños del barrio de los Humeros, después de haber vivido por otras collaciones de la ciudad. Y coleccionó la mejor y más completa biblioteca que un particular pudo tener hasta entonces. Se calcula en unos 25.000 volúmenes, que él fue coleccionando a lo largo de toda su vida.
Hernando Colón no se casó ni tuvo descen­dencia. Al morir el 12 de agosto de 1539 dejó la casa y la fabulosa biblioteca, en calidad de depósito, a su sobrino el almirante don Luis, mayorazgo de la casa de Colón, con la condición de gastar «cada año en aumento y conservación de la biblioteca perpetuamente cien mil maravedíes». Si no cum­plía estas condiciones, la biblioteca pasaría a la iglesia catedral de Sevilla y en su defecto a los dominicos del con­vento de San Pablo. Pero el sobrino, ni se preocupó de la biblioteca ni de la casa. El cabildo, con buen criterio, exigió el depósito de los libros, pero la madre y tutora de don Luis lo entregó a los dominicos. El pleito entablado por el cabildo catedral duró hasta 1552 en que la Chancillería de Granada pronunció sentencia favorable. Desde entonces, aunque mermada, la Biblioteca Colombina, con sus impresos e incunables de incalculable valor, forma parte del patrimo­nio de la catedral de Sevilla.

sábado, 7 de julio de 2018

La eutanasia de Hitler


Menos conocido que el holocausto de los judíos fue el asesinato de miles de alemanes, de toda condición, víctimas del «Programa eutanasia». Un holocausto en menor escala, pero igualmente inhumano y terrible.
Fue un proceso gradual que transitó de una ley de esterilización a la eutanasia. La eutanasia era un eufemismo nazi para definir el asesinato de los discapacitados, seres humanos «cuya vida no merecía ser vivida».
Ya el 14 de julio de 1933, cuatro meses después de la subida al poder de Hitler, su gobierno dictó una ley para la prevención de la prole que afectaba a las enfermedades hereditarias e imponía la esterilización forzosa de los discapacitados. Se calcula que al inicio de la guerra habían sido esterilizados de trescientos a cuatrocientos mil alemanes. Esquizofrénicos, maníacos depresivos, epilépticos, alcohólicos, ciegos, sordos y otras personas con deformaciones físicas… Eran considerados «existencias gravosas», «envoltorios humanos vacíos», «personas defectuosas»…


Los obispos alemanes condenaron la esterilización. El cardenal Bertram preguntó en 1933 al secretario de Estado, cardenal Pacelli, cómo proceder. Y el futuro Pío XII le dijo que debían regularse por la encíclica Casti connubii de Pío XI, que condenaba la esterilización.
Pero iniciada la guerra, la careta nazi se cayó. Y lo que era esterilización se convirtió en eutanasia, es decir, en muerte de los discapacitados físicos y psíquicos. Para tal función, Hitler nombró a su médico personal, Karl Brandt, y al jefe de la cancillería del Führer, Viktor Brack. Los dos dispusieron de un equipo de médicos para planificar la operación y ciertos hospitales para la eliminación de los discapacitados, especialmente de los niños recién nacidos. Se le llamó Operación T4 (por la sede de la organización central que se encontraba en la Tiergartenstrasse 4 de Berlín). Tras el registro civil con una supuesta muerte, se incineraba el cadáver. Las reiteradas sospechas de los familiares llegaron al conocimiento del pueblo alemán de lo que se estaba perpetrando. Y vinieron las voces de condena. La voz más significativa fue la del obispo de Münster, Clemens August von Galen, con tres famosas homilías pronunciadas en el verano de 1941, en tres domingos consecutivos, la tercera con denuncia expresa de los crímenes que se estaban cometiendo.
La tercera prédica, la que tuvo más resonancia, la ofreció el domingo 3 de agosto, dedicada al quinto mandamiento, en la iglesia de San Lamberto.
–Desde hace algunos meses vemos que, por disposición de Berlín, son cogidas forzadamente de las casas de cura y manicomios personas enfermas desde hace tiempo y que podrían parecer incurables. Regularmente, los familiares al poco tiempo son informados que los restos mortales han sido incinerados y que las cenizas de sus difuntos pueden serles enviadas. Generalmente se tiene la sospecha, casi la certeza, de que estos numerosos casos de inesperados fallecimientos de enfermos mentales no se producen espontáneamente, sino que son causados intencionalmente, que se sigue en estos casos la doctrina que afirma que se pueden destruir las llamadas «vidas inútiles», es decir, matar seres inocentes, si se juzga que su vida no posee valor alguno para el pueblo ni para el Estado. Doctrina horrible que quiere justificar el asesinato de inocentes y permite, por principio, la muerte violenta de inválidos para el trabajo, de mutilados, de enfermos incurables, de personas decrépitas. Por fuentes atendibles sé que ahora en las casas de cura y en los manicomios de la provincia de Westfalia se redactan listas de esos enfermos, que los llamados «compatriotas improductivos» en breve plazo deben ser cogidos y eliminados. Durante esta semana ha partido el primer transporte desde la casa de cura de Marienthal cerca de Münster.
La denuncia de von Galen no puede ser más clara y directa.
–Se me ha asegurado que en el ministerio del Interior y en las oficinas del jefe de los médicos del Reich, doctor Conti, no se hace ningún misterio del hecho de que, en realidad, se ha matado ya premeditadamente un gran número de enfermos mentales en Alemania y que lo mismo sucederá en el futuro.
Alemania está en guerra y el terror impera en la gente. Hitler está en el apogeo de su poder. Sus ejércitos se pasean victoriosos a Este y Oeste de Europa. Y, sin embargo, un obispo sube al púlpito y clama de esta manera. Las tres homilías fueron copiadas y recopiadas, pasando de mano en mano. Llegó incluso a los soldados alemanes, que luchaban en el frente, con gran impacto mediático. El caso «von Galen» llegó también al ministerio de Propaganda y a la cancillería del Reich. Bormann, secretario particular de Hitler, pidió el ahorcamiento del obispo. Pero Goebels abrió el expediente titulado Graf Galen y convenció a Hitler de no «hacer mártires» durante la guerra y ajustarle las cuentas después de la victoria. Unas cuentas que saldaría, según Hitler, «hasta el último céntimo».
A la voz del obispo se unieron las reacciones de protesta de la opinión pública y obligó a la interrupción oficial de la operación eutanasia. Si hasta entonces se habían eliminado a unos 70.000 discapacitados, a partir de este momento –finales de verano de 1941– se llegaría de forma más subrepticia a eliminar hasta el final de la guerra a otros 50.000.

viernes, 6 de julio de 2018

Virgen de los Reyes y Fernando III el Santo


Fernando III así lo ha dispuesto aquel 22 de diciembre de 1248. Más que una marcha triunfal guerrera, aquella entrada en la ciudad de la Sevilla moruna, de estrechas y tortuosas calles, parecía una devota procesión presidida por la sagrada imagen de la Virgen de los Reyes, procesionada en un magnífico carro triunfal.
  


 Se dirigen a la mezquita mayor, que previamente ha sido purificada para el culto cristiano por don Gutierre, obispo de Córdoba y electo de Toledo. El agua bendita ha rociado cada rincón de aquella suntuosa aljama, la cruz asoma en su esbelta torre y unas campanas han sido izadas para el repicar alegre de aquella jornada memorable, que causó estupor en el oriente musulmán y júbilo en el occidente cristiano…
Fernando III, monarca que plantó las raíces de la Sevilla de hoy, yace incorrupto en la Capilla Real de la Catedral en sepulcro labrado en plata bajo el altar que preside la imagen que legó al pueblo de Sevilla, Nuestra Señora de los Reyes, patrona de la archidiócesis hispalense. Un rey hon­rado con los honores de héroe y de santo y una Virgen de los Reyes, venerada cual ninguna otra imagen mariana por Sevilla toda.
De ello trata el libro Virgen de los Reyes y Fernando III el Santo, que ya aparece por las librerías de Sevilla al precio de 15 euros.

sábado, 30 de junio de 2018

La conversión de Paul Claudel


En la noche víspera del 1 de mayo de 1980 fue profanada la tumba del poeta y dramaturgo Paul Claudel por unos desconocidos, que llegaron a abrir el féretro y aparecieron los restos del poeta incorruptos después de veinticinco años de su muerte. La tumba de Claudel se halla en la capilla del castillo de Brangues, en el Delfinado (sureste de Francia), propiedad que el escritor compró para su retiro en 1927, poco después de haber sido nombrado embajador de Francia en Estados Unidos. Los profanadores tuvieron que levantar con palancas la losa de su tumba, que pesa cuatro toneladas y también violentar la caja metálica del interior del féretro. No hubo robo alguno ni se logró averiguar quiénes fueron los profanadores del gran poeta católico en la Francia del siglo XX.


Paul Claudel, antiguo alumno de las Hermanas de la Doctrina Cristiana, pero también de Renan y Burdeau, tras seis años de incredulidad, tuvo una conversión tan «milagrosa» como esa incorruptibilidad de su cuerpo. Lo cuenta, veintisiete años después, en su libro Mi conversión y en otros escritos suyos:
–Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces, empezaba a escribir y me parecía que, en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía con un placer mediocre a la misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a Vísperas. Los niños del coro, vestidos de blanco… estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces, se produjo el acontecimiento clave: en un instante, mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certeza que no dejaba lugar a ninguna clase de duda. De modo que todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida no han podido sacudir mi fe ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios. Era una verdadera revelación interior. Fue como un destello: «¡Dios existe y está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama!» Las lágrimas y sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción.
Pero su lucha y resistencia interior aún duraría cuatro años.
–Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar una tras otra las armas que de nada me servían. Ésta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: «El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres».
Y dirá ya en la madurez de su fe:
–Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar, si volvía a la verdad, me retraían de todo. Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado, en cierta ocasión, a mi hermana Camille. Por primera vez, escuché el acento de esa voz tan dulce y, a la vez, tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba, incluso, que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea desmentía con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata, y me abrían los ojos… Unas horas me fueron suficientes para mostrarme que el Infierno está por todas partes donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de que este ser nuevo y prodigioso se me acababa de revelar?
Y confiesa sus dudas:
–Era el hombre nuevo que hablaba así en mí, pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería abandonar nada ante esta vida que se abría ante él. ¿Lo confesaría? En el fondo, el sentimiento más fuerte que me impedía declarar mis convicciones era el respeto humano. El pensamiento de anunciar a todos mi conversión, de decir a mis padres que quería comer de vigilia los viernes, de proclamarme uno de esos católicos tan burlados, me daba sudores fríos, y por momentos la violencia que esto me hacía me causaba una verdadera indignación. Pero yo sentía sobre mí una mano firme. No conocía a ningún sacerdote. No había tenido un amigo católico.
Decide confesarse:
–Me cubrí de coraje y entré una tarde al confesonario de Saint-Médard, mi parroquia. Los minutos que esperé al sacerdote fueron los más amargos de mi vida. Me encontré con un viejo hombre que me pareció muy poco emocionado de una historia que a mí me parecía interesante. Me habló de los «recuerdos de mi primera comunión» y me ordenó antes de absolverme que declarase mi conversión a mi familia… Salí humillado y enfurecido, y no volví sino al año siguiente, cuando fui decididamente forzado, reducido y empujado hasta el final. Allí, en esta misma iglesia de Saint-Médard, encontré a un joven sacerdote misericordioso y fraterno, el P. Ménard, que me reconcilió, y más tarde al santo y venerable eclesiástico, P: Villaume, que fue mi director y mi padre bien amado, y de quien, desde el cielo, donde está ahora, no ceso de sentir su protección. Yo hice mi segunda comunión el mismo día de Navidad, 25 de diciembre de 1890, en Notra-Dame.
Extraordinario poeta y profundo escritor, autor de La Anunciación a María (1909), libro que me emocionó en mis tiempos de estudiante de Teología, murió en París el 23 de febrero de 1955. Al sentir que moría, pronunció sus últimas palabras, en la mano un crucifijo que le había regalado un misionero:
–Dejadme morir tranquilamente. No tengo miedo.

sábado, 23 de junio de 2018

La cárcel, una pobreza absoluta


Estos días pasados, entre otras noticias, sobresale la entrada en la prisión de Brieva (Ávila) de Iñaki Urdangarin, esposo de la infanta Cristina, hermana mayor del rey Felipe VI. Ahí cumplirá la pena de cinco años interpuesta por el Tribunal Supremo. Este Iñaki se creía el Rey del Mambo y sólo era un deportista de élite de balonmano. El rey era su suegro, no él. Y ahora cumple condena por su mala cabeza.
–Esta gente también necesita misericordia.
Lo dice sor Carmen Blázquez, religiosa adoratriz que lleva 22 años visitando esta cárcel de mujeres de Brieva, donde hay un módulo para hombres, en el que estuvo hace unos años el que fuera director general de la Guardia Civil, Luis Roldán.
Precisamente, Luis Roldán le ha dado diez consejos a Urdangarin. El quinto es:
–Leer la Biblia. Hay que tener vida interior, te ayuda en los momentos difíciles.
Parece que al entrar ya ha preguntado Urdangarin por los horarios de misas y lleva consigo un rosario. Todo ello le será necesario para mantener vida interior en la soledad en la que se va a encontrar.


Sor Carmen Blázquez y Padre Leonardo Castillo.

La religiosa Carmen Blázquez, por su parte, cuyo carisma principal de su Instituto es la acogida de mujeres maltratadas y procedentes de la cárcel, ha aprendido en su larga trayectoria con reclusas de que «no hay que juzgar a nadie». Y confiesa:
–Visitar a los presos te adentra en el misterio de la vida de Dios. Eso lo tengo yo muy claro.
En su soledad, puesto que en su módulo de hombres está él solo, Urdangarin podrá encontrar en esta monja el consuelo espiritual que todo penado necesita.
Este caso me ha traído a la memoria la figura de un cura sevillano, biografiado por mí, Padre Leonardo Castillo, que, entre otras muchas de sus actividades –Delegado diocesano de Cáritas Diocesana e inspirador de los «Costaleros para un Cristo Vivo»– fue también Capellán de la Cárcel de Sevilla. Tan grata era su presencia, que, a su muerte en 2005, se rotuló el paseo de entrada a la cárcel con el nombre de «Avenida del Padre Leonardo Castillo».
Lo mismo da que se trate del aristócrata y poderoso o del indigente, del maletilla que comienza o del que es ya figura, del extraño y del conocido. Hay que ayudar y Leonardo, no sólo «echa una mano»», sino que se mete él mismo en la piel de quien lo necesita.
Es el propio Leonardo quien confiesa sus experiencias:
Personalmente, raro ha sido el día, y han sido muchos en mi vida, que no haya aprendido algo en mi trato con los presos. Decía que una de las características que siempre me impresionó en la cárcel fue la Bondad que se percibe. Siempre se ha dicho que los extremos se tocan y estos extremos no sólo se ven, sino que se palpan en la cárcel. He conocido reclusos con nombre y apellidos que han cometido delitos abyectos o acciones antihumanas y esa misma persona ha sido capaz de lo más sublime. Entre muchísimos casos, he conocido a una persona que cometió un delito abominable. Esta persona, que fue capaz de algo tan perverso, en sus primeras semanas de cárcel se presentó en la enfermería y se convirtió en «madre» de un recluso en fase terminal de sida, abandonado de su familia. Lo lavaba, estaba pendiente de las medicinas que debía tomar y pidió ser trasladado a la habitación del enfermo. Una acción plenamente cristiana y heroica. La cárcel me ha llevado a muchas consideraciones. Una de ellas es el convencimiento de que la Cárcel y la Enfermedad son dos pobrezas absolutas. Hay muchas clases de pobrezas que son relativas. No tienes comida y puedes comer hierba. No tienes ropa y puedes taparte las partes pudendas con hojas secas o cartón. No tienes casa y puedes dormir bajo un puente. Pero estar enfermo y que te tengan que hacer todo, sin poderte valer por ti mismo, o privado de libertad, uno de los mayores dones del hombre, éstas sí que son pobrezas absolutas.
Y también:
–Después de charlar con los reclusos, me vino a la mente la frase de Pío XII: «Muchas personas son malas porque no han sido amadas suficientemente». El mal es esa falta de amor de la que murió, por ejemplo, el duque de Feria. Mire, el ochenta por ciento de los presos que están en la cárcel es por falta de amor.
El Padre Leonardo tenía una atención especial a personas que, como Urdangarin, pertenecían a la alta sociedad y se hallaban en la cárcel. Caso del duque de Feria, Rafael Medina, que ingresó en 1993 en prisión por corrupción de menores y tráfico de drogas. O el caso de Manuel Prado y Colón de Carvajal, descendiente directo de Cristóbal Colón y administrador privado del Rey Juan Carlos I durante más de 20 años.
Personas estas, me decía, más necesitadas de consuelo que los presos comunes. Me contó una anécdota curiosa. Manuel Prado era manco del brazo izquierdo, a consecuencia de un accidente de circulación que tuvo a los 18 años, y los presos, porque en Sevilla hay gracia de sobra, le decían:
–Don Manuel, ¡hay que ver lo que ha robado usted, y eso que sólo tiene usted una mano!
La labor en el Centro Penitenciario Sevilla I no se ha interrumpido y el aura del Padre Leonardo flota en el ambiente y en la obra de los voluntarios costaleros que allá acuden. También, la magia de la Navidad llega a la cárcel con la presencia de los Magos el día de Reyes, que acuden para alegrar la existencia de los reclusos. El día de Reyes de de 2017, el rey Melchor estuvo representado por el cantante José Manuel Soto, el rey Gaspar por el torero Francisco Rivera «Paquirri» y el rey Baltasar por José Ángel Velázquez, delegado general de Empresa de la Caixa.

sábado, 16 de junio de 2018

Blanco-White o la disidencia


«La disidencia es la gran característica de la libertad». Quizás esta frase, espigada de su larga producción literaria, pueda resumir la vida turbulenta e inquieta de Blanco White, genio contradictorio y atormentado. El drama de su vivencia religiosa, educado en una familia profundamente católica, será en él como una pasión incontrolada que le llevará a lo largo de su vida del catolicismo de su juventud, donde fue sacerdote y capellán real de la catedral de Sevilla, a la apostasía, la conversión al anglicanismo, para finalizar en el unitarismo, que niega la Trinidad de Dios y por tanto la divinidad de Jesús, y tal vez en el más puro deísmo.


Su drama espiritual, incubado bajo una piel inconstante y voluble, con un odio particular hacia la Iglesia de Roma, no enturbia la figura literaria de Blanco, considerado en la lengua inglesa como un clásico. «Es el único español del siglo XIX que, habiendo salido de las vías católicas, ha alcanzado notoriedad y fama fuera de su tierra», confiesa Menéndez y Pelayo.
José María Blanco Crespo –White lo añadió al marchar a Inglaterra en 1810– nació en Sevilla el 11 de julio de 1775. De ascendencia irlandesa por la rama paterna, su padre Guillermo Blanco (White traducido al castellano), también sevillano, nacido en 1745, se dedicaba a la exportación. Su madre, de ascendencia valenciana y andaluza, María Gertrudis Crespo Neve, pertenecía a una familia de distinguidos militares. Un tío suyo, Felipe Neve, fue fundador de la ciudad de Los Ángeles y gobernador de la Alta California.
Blanco tuvo una educación esmerada, pero severa. Y profundamente religiosa, como describe en su Autobiografía. El influjo de su madre, a la que él apreció siempre, predominó sobre la intención del padre de dedicarlo al comercio. Aprendió latín y se preparó para el sacerdocio. Dice de su madre en Cartas de España: «Sus talentos naturales eran de la especie más singular. Era viva, animada y graciosísima: un exquisito grado de sensibilidad animaba sus palabras y sus acciones, de tal suerte que hubiera logrado aplauso aun en los círculos más elegantes y refinados». Fue su madre la que le impulsó a una vocación que Blanco no sentía y la que lloró en el silencio de su alcoba la deserción de su hijo.
Blanco estudió Filosofía en el Colegio de Santo Tomás, de los dominicos, y después pasó al Colegio de Santa María de Jesús, donde cursó Teología. Dado a la poesía, sus amigos de la famosa Academia de Letras Humanas fueron Arjona, Lista, Reinoso, Mármol..., todos ellos clérigos ilustrados, nombres que cuentan también en la historia de la ciudad. Blanco se ordenó de sacerdote en el año 1800, y un año más tarde, por oposición, ganó la magistralía de la Capilla Real de San Fernando, en la catedral de Sevilla. Fueron los momentos más devotos de su vida, cuando pidió también el ingreso en la Escuela de Cristo y hacía ejercicios espirituales en el Oratorio de San Felipe Neri bajo la disciplina de su confesor, el célebre filipense Teodomiro Díaz de la Vega.
Pero... «al año de haber obtenido la magistralía, me ocurrieron las dudas más vehementes sobre la religión católica... Mi fe vino a tierra...; hasta el nombre de religión se me hizo odioso... Leía sin cesar cuantos libros ha producido Francia en defensa del deísmo y del ateísmo».
Marchó a Madrid, con licencia del rey, por un año, que se prolongaron. En la corte dejó de vivir como clérigo. «Me avergonzaba de ser clérigo y, por no entrar en ninguna iglesia, no vi las excelentes pinturas que hay en las de aquella corte. ¡Tan enconado me había puesto la tiranía!».
Con la llegada de los franceses en 1808, se vio obligado a salir de Madrid. «Volví maldiciendo mi suerte a Sevilla a ejercer mi odioso oficio de engañar a las gentes». Fue nombrado capellán de la Junta Central y colaboró como periodista en el Semanario Patriótico. Cuando los franceses entraron en Sevilla en febrero de 1810, Blanco marchó a Cádiz y meses después, con asombro de sus amigos, embarcó para Inglaterra.
La vida de Blanco –que a partir de ahora se denominará Blanco-White– toma un rumbo nuevo. Tras unos años de aprendizaje, en que perfeccionó su inglés, Blanco-White se convierte en figura destacada de la intelectualidad inglesa de la primera mitad del siglo XIX. Si hubiera quedado en España, no hubiera dejado de ser uno más «de muchos clérigos literatos de su tiempo, alegres y volterianos» (M. Pelayo).
Murió en Greenbarch, cerca de Liverpool, el 20 de mayo de 1841, a los sesenta y seis años de edad, encerrada su mente en el más puro deísmo. Hasta su muerte le siguió pesando el resquemor que sentía por su tierra natal y por la Iglesia de Roma. En carta al unitario Channing, confesó en 1840: «Es imposible que España produzca nunca ningún grande hombre... La Iglesia y la Inquisición han consolidado un sistema de disimulo que echa a perder los mejores caracteres nacionales. No espero que llegue jamás el día en que España y sus antiguas colonias lleguen a curarse de su presente desprecio de los principios morales, de su incredulidad en cuanto a la existencia de la virtud». Y dos meses antes de su muerte: «En el estado actual del mundo y de la cultura popular, no tenemos seguridad alguna de triunfo contra la Iglesia de Roma».
«Dijeron algunos –cuenta Menéndez Pelayo– que Blanco había muerto en la religión de sus padres, pero lo desmiente su amigo y biógrafo Thom, que le asistió hasta última hora, y que recogió con prolijidad inglesa y buena fe loable, los diarios y epístolas de Blanco».