miércoles, 22 de mayo de 2019

Rita de Casia, la Santa de las rosas


Santa Rita de Casia, patrona de los casos imposibles, es conocida también como la santa de las rosas. Hoy, 22 de mayo, se celebra su festividad. Me gustaría destacar en la figura de Santa Rita no tanto la fama de los prodigios que el pueblo atribuye a su intercesión ante Dios, cuanto, como ha recalcado el papa Juan Pablo II, la “normalidad de su trayectoria como esposa y madre primero, después como viuda y, finalmente, como monja agustina”. Porque por todas esas etapas discurrió la vida de santa Rita: fue esposa paciente, madre amorosa de sus hijos y viuda resignada, antes de enclaustrarse en un monasterio.


 Santa Rita, incorrupta, en su urna tras el altar mayor del Santuario de Casia

La “normalidad” que apunta el Papa debe referirse, creo yo, a una mujer que cubre los estadios naturales del común denominador de los creyentes. Es decir, que fue joven, casó, sufrió con paciencia a un marido tal vez desconsiderado con ella, tuvo hijos, y ya —esto es menos frecuente— en la soledad de una viudez joven, ingresó de monja en las agustinas. Y “normalidad” también porque su vida no fue fácil, como no lo es para nadie. Pesada como una cruz, supo llevarla con humildad y paciencia a imitación de Cristo crucificado. De ahí su fama tras de su muerte, porque Rita, “dulce y doliente”, expresión de Juan Pablo II, supo ser un espejo en el que puede mirarse cualquier criatura sufriente de este mundo. 
Mientras más grande es la devoción popular por un santo más difícil es distinguir los confines entre la historia y la leyenda. Los documentos históricos no dilucidan con claridad ni la fecha de su nacimiento ni la de su muerte. De ahí que unos historiadores se inclinen por acotar el periodo de su vida de 1371 a 1447 y otros lo retrasen diez años: de 1381 a 1457. El primer documento histórico que ofrece referencias de Santa Rita no es ningún papel sino una caja mortuoria, la Caja Solemne, la primera que acogió su cuerpo, que ofrece, junto a imágenes pictóricas de la Santa, un breve epitafio en verso escrito en la lengua vulgar italiana del siglo XV, interesante desde el punto de visto histórico, lingüístico y religioso, de no fácil interpretación. Y el Codex miraculorum, escrito por un notario, Domenico Angeli, que registra once milagros sucedidos entre el 25 de marzo y el 18 de junio de 1457, ante la tumba de Santa Rita. Fue mucho más tarde, en 1610, siglo y medio después de su muerte, cuando aparece la primera biografía, más bien hagiografía, obra del agustino Cavalluci de Foligno, que recoge la tradición oral de Casia y sirve de base para el proceso de beatificación que se inició entonces y culminó en 1628. Estas fuentes alternan los datos históricos con noticias legendarias, para trazar el perfil de una Santa que fue venerada en vida y canonizada por el pueblo antes que lo hiciera la misma Iglesia.
Nació en Roccaporena, pueblecito cercano a Casia, en la Umbría italiana. Sus padres, Antonio Lotti y Amada Ferri, eran, según la tradición, de edad madura cuando tuvieron a esta niña. Se cuenta que su madre tuvo la visión de un ángel que le manifestó que tendría el gozo de una hija a la que debía poner por nombre Rita (o Margarita, su nombre completo). Margarita deriva del griego Margarites, de origen oriental, “perla”, en relación a la belleza y a la luminosidad. Sólo en el tardío medievo italiano, margarita asumió el significado de planta y flor.
Muy piadosa, ya despuntaba en ella desde la más tierna infancia indicios de su vocación religiosa. Con frecuencia acudía al monasterio de Santa María Magdalena, en la vecina Casia, donde se hallaba una monja pariente suya, o a la iglesia de San Agustín, donde se veneraban las imágenes de tres santos a los que escogió como protectores: San Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino. Se cuenta que estos protectores se le aparecieron un día en una visión y le aseguraron que llegaría a ser monja.
Cuando Rita llegó a la edad de quince años, sus padres la casaron con un joven del pueblo, Pablo Fernando Mancini, a quien el biógrafo Cavalluci lo describe como “un hombre muy feroz que espantaba a su pobre esposa con solo hablar”. Con él engendró dos hijos, Juan Santiago y Pablo María, tal vez gemelos. Pero en 1401, el marido fue encontrado muerto al pie de la torre de Collegiacone, víctima de una venganza o de una lucha de güelfos y gibelinos, no se sabe bien.
Fue entonces cuando reverdeció en Rita su antigua vocación religiosa y pidió su ingreso en el monasterio de agustinas de Santa María Magdalena de Casia. El Codex miraculorum refiere que Rita “vivió cuarenta años en el convento de Santa Magdalena en el amor y servicio de Dios, el ayuno y la oración”.
Rita pasó los cuatro últimos años de su vida enferma y en cama. El último invierno le visitó una parienta suya, vecina de Roccaporena. Rita le pide un imposible. En el viejo huerto de su casa han florecido una rosa y unos higos. ¿Se los puede traer? La parienta, escéptica, piensa que Rita delira. Pero cuando vuelve a Roccaporena, ve con asombro que el rosal ha florecido y que la higuera ha dado unos higos.
¿Un guiño simpático de la santa? ¿Una mera leyenda? Lo cierto es que desde entonces a Rita se la conoce como “la Santa de las rosas” y también “la Santa de lo imposible”, que hizo florecer en el frío invierno un rosal y una higuera. 
Inmediatamente después de su muerte, Santa Rita comenzó a gozar del culto tributado por el pueblo. Documentos de 1485 hablan ya de su culto conocido y propagado en toda la diócesis de Espoleto a la que pertenecía Casia. El reconocimiento de la Iglesia llegó más tarde. En 16 de junio de 1628 fue beatificada por Urbano VIII. Finalmente, el 24 de mayo de 1900 fue canonizada en San Pedro por León XIII, que la llamó “la perla preciosa de la Umbría” y la propuso como modelo de vida cristiana. Fue la primera mujer santificada en el Gran Jubileo del comienzo del siglo XX. Su culto, con profunda raigambre en toda Italia, se ha extendido por España y Portugal, de donde ha pasado a Hispanoamérica y Filipinas. También a los Estados Unidos. Un pequeño boletín en italiano titulado “Dalle api alle rose” (De las abejas a las rosas), traducido al francés, inglés, alemán y español, difunde desde el santuario de Casia, con una tirada que supera los cuatrocientos mil ejemplares, el espíritu de Santa Rita.

miércoles, 15 de mayo de 2019

San Isidro Labrador se salvó de la quema


La tradición señala la fecha de la invención del cuerpo incorrupto de san Isidro Labrador el 1 de abril de 1212, segundo domingo de Pascua. Año también de la célebre batalla de Las Navas de Tolosa.
Depositado el cuerpo en una caja y situado en lugar preferente en la iglesia de San Andrés de Madrid para la veneración de los fieles, pronto fue cubierta esta simple caja de madera por una hermosa arca, que la tradición remonta al mismo Alfonso VIII, como donación por el triunfo de las Navas de Tolosa. Al menos, si no es propiamente del monarca castellano, se trata de un arcón del siglo trece. De madera de pino, 2,39 metros de largo, 1,08 de alto y 0,85 de ancho, revestido de pergamino, este arcón, que ha recibido el nombre de arca mo­saica o de Alfonso VIII, es una pieza de indudable valor his­tórico y religioso que actualmente se encuentra en el palacio arzobispal de Madrid. Cumplió su función funeraria hasta el año 1620, cuando, tras la beatificación de Isidro Labrador, fue sustituida por un arca de plata donada por los plateros madrileños.


 El año 1885 en que Madrid se estrenó como nueva diócesis, dependiendo de la metropolitana de Toledo, la Colegial de San Isidro se convirtió en catedral hasta la cons­trucción de la nueva de Santa María de la Almudena.
Más de un siglo de iglesia catedral de Madrid la Cole­gial de San Isidro, que acoge el cuerpo santo de su patrono.
En 1936, con el triunfo del Frente Popular, las cosas se han puesto revueltas en Madrid y en España. Y se prevé lo peor. La quema de iglesias y conventos de mayo de 1931, tras la proclamación de la Segunda República, es un triste antece­dente que puede repetirse. Y así, previendo lo peor, el 23 de marzo de ese año 1936, se procedió a ocultar el cuerpo de san Isidro y los restos de su esposa santa María de la Cabeza. En el acta de ocultación se dice: «Esta caja, que contiene el Cuerpo de San Isidro Labra­dor, ha sido trasladada en el día de hoy, juntamente con la que guarda el cráneo y los huesos de su esposa Santa María de la Cabeza, del Altar Mayor de la S. I. Catedral a este túnel, situado a la derecha de la escalera de bajada al salón de ac­tos, para ponerlas a salvo de algún posible incendio, dados los que en estos días anteriores ha habido en las iglesias de S. Luis y PP. Trinitarios de Madrid y otros frustrados en la misma Capital, pero realizados en otras poblaciones de Es­paña».
Externamente, nada había cambiado en el templo catedra­licio de San Isidro. En el altar mayor aparecía el arca de los plateros y los fieles, ajenos a la ocultación, seguían rezando al santo de su devoción... que se hallaba oculto en una bóveda tapiada en la antesacristía del templo, en la urna que donara la reina Mariana de Neoburgo.
Y llegó el 18 de julio. Y la guerra civil estalló en Es­paña. La catedral de San Isidro ardió en incendios sucesivos los días 19, 20 y 21 de julio. El arca de los plateros se perdió y el cuerpo de San Isidro se dio por calcinado. La iglesia de San Andrés y la capilla de San Isidro sufrieron también graves daños.
Pero llegó el año 1939. Terminó la guerra. El 13 de mayo, el doctor Eijo Garay, patriarca de las Indias y obispo de Madrid-Alcalá, para sorpresa de todos, procedió al descu­brimiento del cuerpo oculto de san Isidro y de los restos mortales de su esposa Santa María de la Cabeza, en presencia del alcalde don Alberto Alcocer y de otras auto­ridades eclesiásticas y civiles.
Tomó el obispo una piqueta y dio unos golpes sobre el tabique. Le siguió el alcalde y terminaron la faena los obre­ros que allí se encontraban. Aparecieron las urnas, que no habían sufrido deterioro, y a la de san Isidro le pusieron una tapa de cristal para que en los días siguientes la sa­grada reliquia pudiera ser venerada por los fieles. Estuvo expuesto el cuerpo del santo del 14 al 27 de mayo, ante el asombro de los madrileños.
Y ahí sigue. En San Isidro de Madrid. Para veneración de tantos devotos como tiene. El 16 de diciembre de 1960, Juan XXIII, ese papa bueno de manos encallecidas de la­briego, declaró a Isidro Labrador patrono de los agricultores y campesinos de España.

viernes, 10 de mayo de 2019

San Juan de Ávila y Teresa de Jesús


Hoy, 10 de mayo, festividad de San Juan de Ávila, patrono del clero español, quisiera fijarme en la relación del Maestro Ávila y Teresa de Jesús. Aunque no se conocieron personalmente, tuvieron una relación lejana cuando ella le envío la redacción segunda del Libro de la Vida.
Pasó por Ávila el inquisidor Francisco de Soto y Salazar y Teresa le dio cuenta de su alma. El inquisidor no es ajeno a Teresa. Relacionado con su familia, casó en Alba (1553) a su hermana Juana de Ahumada con Juan de Ovalle. Inquisidor en Toledo y Sevilla, llegará a ser obispo de Salamanca, donde Teresa encontrará la oposición del prelado a sus intentos de fundación. Pero en estos momentos le debe la segunda redacción del Libro de la Vida, lo que es un gran mérito.
Señora, esto no es cosa que toque a mi oficio de inquisidor –dijo Soto a Teresa, cuando ella trataba de comunicarle sus experiencias místicas–. Vuestra merced escriba al maestro Ávila, que es hombre que entiende mucho de oración, y con lo que le conteste sosiéguese.



 Teresa terminará la segunda redacción del Libro de la Vida a principios de 1566 y no tendrá ocasión de enviar su escrito a san Juan de Ávila sino dos años después (1568).
Acompañan a Teresa la hermana Antonia del Espíritu Santo y el cura de Malagón, licenciado Juan Bautista. Llegaron a Toledo montadas en mulos y se hospedaron en el palacio de doña Luisa.
Doña Luisa de la Cerda, señora de Malagón y amiga de Teresa, marcha a Andalucía con su hijo mayor Juan de Tavera para tomar las aguas termales de Fuentepiedra, cerca de Antequera. Lleva un recado importante de Teresa. Hacer llegar al santo Juan de Ávila, que reside en Montilla, su Libro de la Vida.
Ante la parsimonia que doña Luisa parece tomarse en hacer llegar el libro al maestro Ávila, con más prisa la apremia Teresa de Jesús.
–No puedo entender por qué dejó vuestra señoría de enviar luego mi recaudo al maestro Ávila– le escribe Teresa, aún desde Malagón.
No hay más de una jornada desde Antequera a Montilla, le dicen a Teresa. Por eso recalca:
–Mire que importa más de lo que piensa.
Ya en Toledo, Teresa recibe carta de doña Luisa. Teresa le contesta el 27 de mayo de 1568. Ha llegado enferma de Malagón, hará siete días.
–El dolor que tenía cuando vuestra señoría estaba en Malagón me creció de suerte que, cuando llegué a Toledo, me hubieron de sangrar dos veces, que no me podía menear en la cama según tenía el dolor de espaldas hasta el cerebro.
Teresa piensa marchar al día siguiente para Ávila. Y le comenta:
–Parto bien enflaquecida, porque me sacaron mucha sangre.
Y del Libro de la Vida, ¿ha hecho algo doña Luisa? ¿Lo ha enviado al maestro Juan de Ávila?
Teresa aún no tiene constancia de ello.
–Pienso que el demonio estorba que ese mi negocio no vea el maestro Ávila. No querría que se muriese primero, que sería harto desmán. Suplico a vuestra señoría, pues está tan cerca, se lo envíe con mensajero propio, sellado, y le escriba vuestra señoría encargándosele mucho, que él tiene gana de verle y lo leerá en pudiendo.
El Libro de la Vida llegó al fin a manos de san Juan de Ávila. El 12 de septiembre, el Maestro Ávila devolvía el manuscrito unido a una carta de aprobación con ciertas precisiones.
–El libro no está para salir a manos de muchos, porque ha menester limar las palabras de él en algunas partes; en otras, declararlas; y otras cosas hay que al espíritu de vuestra merced pueden ser provechosas, y no lo serán a quien las siguiese; porque las cosas particulares por donde Dios lleva a uno, no son para otros...
Y añade:
–La doctrina de la oración está buena por la mayor parte, y muy bien puede vuestra merced fiarse de ella y seguirla; y en los raptos hallo señas que tienen los que son verdaderos.
El Maestro Ávila se excusa de que a causa de sus achaques ha leído el libro «no con el reposo que era menester». Pero se muestra agradecido y edificado de haberlo podido leer.
–Heme consolado, y podría sacar edificación, si por mí no queda.
Teresa se sentirá gozosa con la carta del santo Ávila. El 2 de noviembre, desde Valladolid, escribe a doña Luisa:
–Lo del libro trae vuestra señoría tan bien negociado que no puede ser mejor, y así olvido cuántas rabias me ha hecho. El maestro Ávila me escribe largo y le contenta todo; sólo dice que es menester declarar más unas cosas y mudar los vocablos de otras, que esto es fácil. Buena obra ha hecho vuestra señoría; el Señor se lo pagará...
Esta magistral carta de vida espiritual de san Juan de Ávila ha consolado a Teresa y borrado sus dudas.

sábado, 4 de mayo de 2019

Vázquez de Leca, borrado del callejero sevillano


El arcediano Vázquez de Leca, figura capital en la defensa del dogma inmaculado en la Sevilla mariana del siglo XVII, ha sido borrado del callejero sevillano para ser sustituido por el de «Párroco Don Eugenio», referido a quien lo ha sido de la parroquia de Santa Ana, en Triana. Con todos mis respetos a mi compañero en el sacerdocio, tan familiarmente tratado en el nomenclátor, bien se merece una calle, si lo cree el Ayuntamiento, pero respetando la calle de quien ha sido parte importante en la defensa del dogma inmaculado. Solamente desde la ignorancia se puede cometer semejante atropello.


Bernardo de Toro, predicador del púlpito de la Granada en el Patio de los Naranjos, reunió en su casa a un grupo de amigos, entre ellos Vázquez de Leca y Miguel Cid, para celebrar la pascua de navidad de 1614 ante un nacimiento, donde cantaban villancicos y coplas al Niño Dios. ¿Por qué no hacer unas coplas a la Virgen en su misterio de la limpia concepción?, se dijeron. Y sin «saber cómo» surgieron esas coplas, que comenzaron a enseñarlas a los niños de las escuelas. Y estos a cantarlas por las calles. Y los frailes dominicos a enfadarse con los niños.
Este es el arranque del conflicto inmaculista que prendió fuerte en la ciudad de Sevilla en 1615 y se propagó por todo el arzobispado. Nunca unos versos en noche inspirada darán tanta gloria y renombre a sus autores: letra de Miguel Cid y música de Bernardo de Toro. El estribillo es muy conocido: «Todo el mundo el general / a voces, Reina escogida, / diga que sois concebida / sin pecado original». Mateo Vázquez de Leca, el canónigo rico del grupo, lo dio a la imprenta para que se imprimieran unas cuatro mil hojillas que se repartieron por las escuelas de Sevilla, e incluso se enviaron a otros puntos de España.
Había sucedido antes, 8 de septiembre de 1613, el sermón de un dominico en el convento de Regina, que cuestionaba la Inmaculada Concepción de la Virgen y el escándalo que ello produjo en la ciudad. Esta copla corría por la ciudad: «Aunque se empeñe Molina / y los frailes de Regina / con su padre provincial, / María fue concebida / sin pecado original».
Vázquez de Leca y Bernardo de Toro marcharán a la corte de Felipe III, que se hallaba en Valladolid, y de allí a Roma, comisionados para lograr del pontífice la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción.
En Roma lograron al menos un decreto de Paulo V, dado en 1617, que prohibía públicamente, en las aulas o en los púlpitos, se predicase la opinión rigurosa acerca de la Inmaculada Concepción, es decir, que María fuese concebida en pecado original y santificada después en el seno materno. Ese decreto produjo una conmoción enorme en Sevilla, por el celo que esta ciudad mostraba en la defensa inmaculista y con dos peones enviados a Roma, como eran Mateo Vázquez de Leca y Bernardo de Toro, para este cometido concreto. El 8 de diciembre de 1617, Sevilla hizo voto solemne en la catedral  en defensa de este misterio.
El arcediano Mateo Vázquez de Leca, bautizado en Santa Ana de Triana el 22 de noviembre de 1573, era hijo de Andrea Barrasi y María Vázquez de Leca. De él ofrece el analista Zúñiga este perfil: «De mozo alentado, galán y lucido lo volvió Dios varón virtuoso, ejemplar y limosnero». Palabras que sugieren la conversión que sufrió hacia el año 1602, a la vuelta de siglo, cuando contaba veintinueve años.
Vázquez de Leca había pasado su juventud halagado con todos los regalos que podía proporcionar la diosa for­tuna. Su tío, de igual nombre y apellidos, había sido se­cretario particular de Felipe II y ostentaba una canonjía y el arcedianato de Carmona en la catedral hispalense. El sobrino se crio en el palacio arzobispal de Sevilla, a la sombra del célebre car­denal Rodrigo de Castro. A los 14 años ya era canónigo de la Colegial del Salvador, y a los 18, muerto su tío en Madrid, he­redó su canonjía y arcedianato de Carmona, aunque no te­nía la edad exigida.
Mateo Vázquez de Leca lo tenía todo: juventud, fortuna familiar y cargo prestigioso. Ordenado tan sólo de epístola (o de subdiácono), paseaba por Sevilla su porte señoritil. Aranda cuenta que «como la edad era poca y la renta mucha, no fueron sus pasos tan ajustados a las obligaciones en que el estado de Eclesiástico le po­nía».
Pero sucedió, hacia 1602, su singular conversión. Tras la procesión del Cor­pus de aquel año. Paseaba por las naves de la catedral, ya atardecido, cuando sintió la llamada de una mujer tapada que le hizo señas para que la acompañase. Vázquez de Leca la siguió, rumiando en su mente cierta curiosidad morbosa. Ya en la capilla de la Virgen de los Reyes le pidió que se descubriera. Ante el silencio de la señora, lo hizo él. Separó el manto que le cubría el ros­tro y... se halló con la tétrica imagen de un esqueleto.
El arcediano salió de la capilla gritando:
–¡Eternidad, eternidad, eternidad!
Se dirigió a su casa, una de las principales de la collación de San Nicolás, se cambió de vestimenta tomando la de un criado y, entrada ya la noche, acudió al padre Fernando de Mata, «sacerdote el más ejemplar que reconocía por aquel tiempo Sevilla». Se acogió a su dirección espiritual y la vida del arcediano cambió radicalmente.
Ordenado de sacerdote, encargó a Martínez Montañés la factura de un Cristo con mirada compasiva hacia el penitente orante. Es el Cristo de la Clemencia, que se halla en la catedral de Sevilla. ¡Cuántas oraciones no derramaría ante esta maravillosa imagen el converso arcediano de Carmona! En septiembre de 1614, meses antes de la navidad coplera, donó el Cristo de la Clemencia al monasterio de la Cartuja.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Fábulas ascéticas


Dice Jesús en el Evangelio de San Mateo: «El que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado” (Mt 23, 12). Y el profesor trata de explicar a su alumno esta enseñanza evangélica con esta fábula:

Graves Autores contaron
Que en el país de los Ceros
El Uno y el Dos entraron;
Y desde luego trataron
De medrar y hacer dineros.
Pronto el Uno hizo cosecha;
Pues a los Ceros honraba
Con amistad muy estrecha,
Y, dándoles la derecha,
Así el valor aumentaba.
Pero el Dos tiene otra cuerda:
¡Todo es orgullo maldito!
Y con táctica tan lerda,
Los Ceros pone a la izquierda,
Y así no medraba un pito.
En suma, el humilde Uno
Llegó a hacerse millonario;
Mientras el Dos importuno,
Por su orgullo cual ninguno,
No pasó de un perdulario.
Luego ved con maravilla
En esta fábula ascética:
Que el que se baja más brilla,
Y el que se exalta, se humilla
Hasta en la misma Aritmética.

Tengo en mi biblioteca tres ediciones antiguas de un librito titulado «Fábulas ascéticas», preciosas joyas entre mis muchos libros. Cada fábula, y son muchas, responde a un versículo de la Biblia. El autor es el filipense padre Cayetano Fernández, que las escribió para su alumno el príncipe de Asturias, futuro Alfonso XII.


Es la fábula, como diría aquel, «la verdadera filosofía de los niños». Y de hecho, Platón exhortó a las nodrizas, en el libro segundo de «República», que instruyeran a los niños con ingeniosos cuentecillos. Son conocidas las fábulas morales, las fábulas políticas, las fábulas literarias, pero ¿las fábulas ascéticas…?
Tal escribió Cayetano Fernández, gloria literaria del clero sevillano, aunque me temo que ni un uno por ciento del clero hispalense sepa quién ha sido y qué ha escrito.
Pues escribió, además de sus Fábulas ascéticas, dedicada a su discípulo Alfonso XII, Don Fabián de Miranda, Deán de Sevilla, estudio biográfico de este singular personaje que durante muchos años fue deán de la catedral, teniendo que huir a Cádiz durante la ocupación francesa de la ciudad en 1810; Biografía de Sor Cecilia de la Cruz; El Oratorio de San Felipe Neri de Sevilla; La Cruz y el Telescopio, estudio del supuesto conflicto entre la Fe y la Astronomía, que escribió para el primer Congreso Católico de Sevilla; El Gran Castaña, novela. Y varios sermones publicados, entre los que destaca la Oración fúnebre de don José Torres Padilla, cofundador de la Compañía de las Hermanas de la Cruz.
Gaditano de origen, nacido el 31 de agosto de 1820, estudió Filosofía (1836-39) y nociones de Teología en el Seminario gaditano de San Bartolomé. Salió del Seminario y en la Universidad de Sevilla estudió Jurisprudencia (1841-47), licenciándose el 11 de junio de 1848 «a título gratuito» por su pobreza. Se ayudaba a los estudios con clases en el derruido monasterio de San Jerónimo, donde se educaban hijos de familias principales de la ciudad. Explicaba Retórica y Poética y daba lecciones de Música. Casó y tuvo una hija, pero tanto su mujer como su hija murieron enseguida. Tan sensibles pérdidas renovaron sus deseos de ordenarse de sacerdote. Recibidas las órdenes sagradas, incluso el presbiterado, el 20 de diciembre de 1852, entró en el Oratorio de San Felipe Neri de Sevilla junto con el padre Francisco García Tejero, fundador de dos congregaciones religiosas femeninas, las Filipenses (1859) y las Misioneras de la Doctrina Cristiana (1878). En enero de 1865 se encargó de la educación religiosa, moral y literaria del príncipe de Asturias, futuro Alfonso XII, que duró hasta la revolución de 1868 que destronó a Isabel II. En septiembre de 1867, obtuvo la dignidad de chantre de la catedral hispalense, con dispensa de asistencia al coro por hallarse en la corte. Fue consultor en el Concilio Vaticano I y participó en el Primer Congreso Católico, celebrado en Sevilla, y en la fundación de la Academia Hispalense de Santo Tomás de Aquino (1880), con el arzobispo Lluch y Garriga. Fue su vicedirector, redactó sus estatutos y creó el emblema de la Academia. Fue también académico permanente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en la que ingresó el 1 de junio de 1862, y director de la misma el 5 de mayo de 1893; aunque no llegó a tomar posesión de su cargo. En 1871 fue elegido académico numerario de la Real Academia Española de la Lengua, ocupando el sillón que dejara Ventura de la Vega. Y durante años fue bibliotecario de la Colombina, donde realizó catalogación y mejoras notables. Se distinguió también como un buen orador, de voz armoniosa y elevada y buena figura. Murió en Sevilla el 5 de noviembre de 1901.
Tienen tanta actualidad sus Fábulas ascéticas, que sería estupendo una edición moderna de las mismas. Yo me comprometería a ello, pero ha de surgir un mecenas que ayude a los gastos y a su distribución. Merecería la pena.

jueves, 25 de abril de 2019

Julio César y Sevilla


Julio César avistó por primera vez la ciudad de Sevilla –llamada en la época romana Híspalis– en el año 68 a.C., cuando vino a la península como cuestor del pretor Antistio Tuberon. Tenía 32 años y unas ambiciones ya en ciernes de poder. Cuenta Suetorio, en Vida de los Doce Césares, que, al visitar en Cádiz el templo de Hércules y contemplar la estatua de Alejandro Magno, se lamentó:
–A la edad en que Alejandro conquistó el mundo, yo sigo siendo un desconocido.
Pasarán unos años y este oscuro cuestor que por primera vez ha pisado suelo hispano llegará a sentar las bases de la hegemonía de Roma sobre el mundo. En Sevilla dejó también la impronta de su genio político y militar.
En la Alameda de Hércules, sobre dos columnas romanas que el conde de Barajas hizo trasladar en 1578 desde su emplazamiento de la calle Mármoles, se halla su estatua junto a la de Hércules, obras de Diego de Pesquera. Hércules como fundador de la ciudad, según viejas leyendas, y Julio César como restaurador de Híspalis, que la convirtió en su capital, conventus juridicus, o ciudad tribunalicia, dándole el título de Julia Romula, derivando Julia de su nombre propio y Rómula, o sea Roma la Chica, por el de Roma.


Hércules y Julio César, en la Alameda de Hércules, Sevilla

Ambos personajes, uno mitológico, otro histórico, se hallan grabados en la historia primigenia de Sevilla. En la antigua puerta de Jerez, en un mármol blanco se podía leer:

Hércules me edificó.
Julio César me cercó
de muros y torres altas.
Y el Rey Santo me ganó
con Garci Pérez de Vargas.

Esas dos columnas de la Alameda –sigamos la leyenda– formaban parte de aquellas seis columnas plantadas por Hércules sobre las que sobrepuso un mármol con este vaticinio:
«Aquí será poblada la gran ciudad».
San Isidoro, que conoció la Sevilla romana, prescindió de Hércules en sus Etimologías y dio toda la gloria a Julio César, cuando en el capítulo XVI trata del origen de algunas ciudades famosas y de sus fundadores. «Julio César fue el fundador de Híspalis, a la que dio el nombre de Julia Rómula haciéndolo derivar del suyo y del de Roma. Debe su denominación de Híspalis al lugar en que fue emplazada, porque se levantó sobre un suelo palustre, sostenida por maderos fijos en el fondo de las aguas, para que no se hundiera en aquel terreno resbaladizo e inestable».
Los autores modernos no están de acuerdo en ratificar la opinión de san Isidoro de que Híspalis (his palis = con estos maderos) se haya formado la etimología de Sevilla. Y mucho menos que fuera fundación de Julio César, cuando tiene existencia anterior.
Esta idea fundacional de César pasó a los escritores árabes y a las crónicas medievales cristianas. Por ejemplo, Ibn Galib no hace otra cosa que glosar el texto de san Isidoro: «Dícese que la construyó Julio César y le dio su propio nombre y el de Roma llamándola Rómula Julia. La etimología de Sevilla es: ‘fundada sobre un terreno pantanoso’. Y desecó [César] un lugar en el río Guadalquivir y fundó en él la ciudad. La rodeó de murallas de piedra dura y construyó en medio de ella dos pilares de sólida y maravillosa construcción que fueron llamados los Dos Hermanos».
De hecho, cuando Julio César avistó Sevilla por última vez, en el año 45 a.C., después de la célebre batalla de Munda, que tuvo lugar el 17 de marzo de ese año, donde acabó la guerra civil sostenida con los hijos de Pompeyo, se encontró con una ciudad amurallada (oppidum en latín).
La batalla de Munda, lugar de imprecisa localización, Montilla o cercanías de Osuna tal vez, fue descrita por un soldado de César, autor de la historia anónima Bellum Hispaniense. La victoria se inclinó de parte de César. De allí marchó a Córdoba, de la que se apoderó tras una cruel carnicería. Y puso rumbo a Sevilla, episodio que es descrito así por el autor de La Guerra Hispaniense:
–Cuando César se dirigía a Sevilla, vinieron a él legados para suplicar perdón. Y tan pronto llegó junto a la ciudadela, hizo entrar al legado Caninio con una guarnición, mientras que él instala su campa­mento en las proximidades de la ciudad. Había dentro un nutrido número de partidarios pom­peyanos que estaba indignado por haberse acep­tado la guarnición a escondidas de un cierto Fi­lón, aquel que había sido acérrimo defensor del partido de Pompeyo. Era en toda Lusitania muy conocido. Este, burlando los puestos de guardia, marcha a Lusitania y se encuentra en Lenio con Cecilio Nigro, un hombre bárbaro, que disponía de una considerable tropa de lusitanos. Se in­troduce de nuevo en la ciudad hispalense, de no­che y por la muralla: a la guarnición y a los cen­tinelas degüellan, cierran las puertas y comenza­ron la defensa como al principio... Los lusitanos en ningún momen­to dejaban de resistir en Sevilla. De lo cual César se dio cuenta y temió que, si se empeñaba en to­mar la ciudad, aquellos hombres, desesperados, la incendiarían y demolerían sus fortificaciones. Y así, tomado consejo, permite que los lusitanos realizaran de noche una salida, lo que no juzga­ban que fuera hecho a propósito. De este modo irrumpen sobre las naves que había en el río Be­tis y les prenden fuego. Y mientras los nuestros se ocupan del incendio, aquéllos huyen pero son muertos por la caballería. Hecho lo cual y recu­perada la ciudad, comienza el camino hacia As­ta.
Y de ahí hacia Carteya, en persecución de Cneo Pompeyo. Cneo, herido en un hombro y con una torcedura en su pierna izquierda, fue cazado por los soldados de César en una cueva. Allí mismo le mataron y su cabeza fue llevada a Sevilla para ser expuesta (12 de abril).
César, tras este resonante triunfo sobre los hijos de Pompeyo, tiene la vía expedita hacia Roma, convertido en dueño y señor del Imperio Romano. Pero una conjuración, al frente de la cual se hallaba Marco Junio Bruto y Cayo Cassio Longino, acabó con su vida en el mismo Senado, un año después de Munda, 15 de marzo del año 44, atravesado por 23 puñaladas. Su cuerpo cayó bajo la estatua de su rival Pompeyo.

viernes, 5 de abril de 2019

El terremoto de 1504 en Sevilla


El Viernes Santo, 5 de abril de 1504, una tempestad huracanada seguida de un fuerte terremoto zarandeó Sevilla. Todos los analistas describen este aciago día con tintes espantables y fantasías populares. Surgió en años posteriores la leyenda de que la Giralda, sostenida y abrazada por las santas patronas Justa y Rufina, se salvó de caer desplomada. De ahí, se dice, el representar iconográficamente a las santas con la torre en medio. Pero el bibliotecario de la Colombina, Diego Alejandro Gálvez, se encargó en su tiempo de resolver la falsedad de esta curiosa tradición sevillana en su Disertación sobre si se pueda sostener de que Santa Justa y Rufina defendieron la torre de la Santa Iglesia de Sevilla para que no cayese en el gran terremoto de 5 de Abril de 1504, discurso leído el 21 de mayo de 1721 en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla.


Santas Justa y Rufina, óleo de Murillo 1666.
Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Esta leyenda es recogida por Peraza en su Historia de Sevilla cuando dice: «¡O sacratísimas y bienaventuradas Vírgenes Justa y Rufina, que a esta hora fuisteis vistas (según por testimonios de muchos se mostró) tener ambas, una de una parte, y otra de otra, abrazadas la torre para que no pudiera caer! Y hecha muy grande súplica, cesó aquella tempestad, habiendo la torre tres veces amenazado caída».
Diego Alejandro Gálvez se ratifica en la falsedad de esta leyenda. Las actas capitulares de aquellos días, que hablan de procesiones y rogativas, nada dicen de un suceso tan singular. Además, la representación iconográfica de las santas patronas con la Giralda en medio ya se conocía en la catedral de Sevilla con anterioridad.
El analista Zúñiga, posterior a Peraza, trata de salvar la leyenda aplicándola al terremoto de 1396. Cuenta cómo las santas Justa y Rufina son titulares de la Iglesia de Sevilla y «especiales abogadas del templo Catedral y de su torre: causa por que las pintan con ella entre las dos imágenes; refiriéndose por tradición, que en una borrasca grande, que entiendo fue la del año 1396, se oyeron voces en el ayre (articuladas de demonios) que decían: derríbala, derríbala; y que respondían otros; no, no podemos, que la guardan estas Justinilla y Rufinilla».
Bueno, así está el asunto. La leyenda, de todos modos, es bonita y por qué quitarle su encanto. La leyenda dice que las santas Justa y Rufina, patronas de la ciudad, se abrazaron a la torre de la Giralda –aún no tenía el cuerpo airoso de campanas– y la protegieron del terremoto.
Pero la realidad de aquel Viernes Santo debió ser más prosaico. El Cura de los Palacios, testigo de estos sucesos, lo cuenta en su Crónica de los Reyes Católicos. «El que esto escribió lo vio así en la iglesia de los Palacios, y vido estremecer primeramente el campanario y caer tierra de las paredes, y levanteme de confesar y asoméme a la puerta del Perdón, que no estaba sino dos pasos de ella o tres, la qual está debajo del campanario, y entonces vi como todo se estremecía, y comenzó de sonar un muy gran ruido por el aire, y la techumbre de la iglesia hacia el Monumento que estaba en el Altar mayor e vi como la iglesia se acostó mucho toda a un cabo, e volvióse a enderezar, y la tierra se bulló mucho y se estremeció...».
En Sevilla, cuenta el analista Zúñiga, el día amaneció fresco, pero «a las nueve del día se levantó temporal tan asombroso, que parecía quererse acabar el mundo: tal fue la fuerza de lluvias, truenos, relámpagos, y desaforados vientos, que arrancaban los árboles, y arrebataban como débiles fragmentos grandes pedazos de edificios. Tembló la tierra con tal estremecimiento, que pareció no podía quedar edificio enhiesto, porque a todos se miraba dar tales vayvenes, que a cada uno se rezelaba total ruina; por lo que atónita la gente, y poseída de mortal turbación, clamaba al Cielo, implorando el favor divino, y multiplicando votos y promesas; y hasta los animales con temblorosos aullidos aumentaban la confusión y el asombro. El río Guadalquivir semejaba las furias del Océano, chocando unas con otras a pesar de las áncoras y amarras las embarcaciones, y amenazaba inundar la Ciudad, con el repentino caso no prevenida de sus reparos: tempestad, huracán y terremoto juntos, y por largo espacio, quando cada uno en menos tiempo suele hacer grandes estragos, a lo qual las memorias añaden voces de demonios en el ayre, y visiones en él horribles, que los mismos soplos del viento, y apariencia horrible de las nubes suelen hacer creer: omítolo porque basta lo imponderable de la borrasca y el terremoto, en que cinco veces por sí mismas, al impulso del estremecimiento se tañeron todas las campanas de la Ciudad toda, bastante ponderación de lo que balanceaba su terreno: la torre de la Santa Iglesia pareció que se desplomaba, cayeron otras, arruinóse multitud de casas, flaqueó la fortaleza de muchos templos, hundióse la techumbre del de San Francisco, en el de San Pablo la mayor parte, y hasta el fortísimo edificio de la Santa Iglesia se abrió por no pocas partes. Quedó la Ciudad tan poseída de temor, que los Predicadores tomaron motivo para remediar culpas, y se hicieron muchas rogativas y procesiones». Y concluye: «Siguiéronse aunque menores otros terremotos en el verano, que continuaron el temor, y se añadió peste y hambre, porque además fue el año muy estéril, y de malignos ayres».