martes, 19 de marzo de 2019

San José y Teresa de Jesús

Hecha un ovillo, describe Teresa de Jesús gráficamente el estado de su cuerpo. Permaneció así durante ocho meses, primero en casa de su padre, luego en la enfermería del monasterio de la Encarnación. Porque Teresa pidió insistentemente volver al convento y el pobre de don Alonso, que sacó a su hija para que recibiera una curación adecuada, no pudo oponerse y se vio en la necesidad de llevarla de nuevo a la Encarnación.
Cuenta ella:
–A la que esperaban muerta, recibieron con alma; mas el cuerpo peor que muerto, para dar pena verle. El extremo de flaqueza no se puede decir, que solos los huesos tenía ya.
Don Alonso iba a visitarla y tenían que sacar a su hija en peso hasta el locutorio. Pasados esos ocho meses, allá por el mes de abril de 1540, mejoró, aunque siguió tullida durante dos años más.
–Cuando comencé a andar a gatas alababa a Dios –cuenta Teresa de sí.
Y se dio a la oración. Con más fuerza, con más insistencia.
–Paréceme era toda mi ansia de sanar por estar a solas en oración como venía mostrada, porque en la enfermería no había aparejo.


 Es curioso. En el noviciado, al ver el ejemplo de algunas monjas que resistían pacientemente sus enfermedades, Teresa deseaba también enfermar para compartir los sufrimientos de Cristo. Ahora quiere sanar para darse mejor a la oración.
–¡Oh, válgame Dios, que deseaba yo la salud para más servirle…!
Tres años estuvo Teresa en este estado de postración, hasta agosto de 1542, tal vez. Tenía 27 años y medio.
–Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad y cuál me habían parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen; que todavía deseaba la salud, aunque con mucha alegría lo llevaba, y pensaba algunas veces que, si estando buena me había de condenar, que mejor estaba así; mas todavía pensaba que serviría mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro engaño, no nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que nos conviene.
Y se asió a la intercesión de san José en quien ella cifra su curación.
–Tomé por abogado y señor al glorioso san José y me encomendé mucho a él.
El patriarca formará de ahora en adelante parte importante en su vida espiritual y en su experiencia de años no recuerda «haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer».
–Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma.
La discreción con que los Evangelios canónicos tratan la figura del patriarca san José es mayor incluso que con respecto a la Virgen María. Mateo y Lucas concuerdan en presentarlo como descendiente de la tribu de David, pero difieren en la genealogía, atribuyéndole antepasados diferentes. El ángel se le apareció en sueños para anunciarle que María había concebido por obra del Espíritu Santo y que no la debía repudiar. Después recibió orden de partir hacia Egipto con el Niño y su madre a fin de salvar a Jesús de la cólera de Herodes. Y aparece una última vez, en Jerusalén, cuando el Niño, a los doce años, queda en el templo sin saberlo sus padres. Después, el silencio, a no ser una alusión, en la vida pública de Jesús, cuando vuelve a su aldea y la gente se pregunta: «¿De dónde le vienen su sabiduría y sus milagros? ¿No es el hijo de José, el carpintero?».
A partir de la Edad Media la figura del patriarca adquiere popularidad y devoción entre los fieles. Su fiesta comenzó a celebrarse en el siglo IX en Oriente y, a partir de las cruzadas, en Occidente. El primero que lo exalta es san Bernardo, y le siguen san Vicente Ferrer en España y san Bernardino de Siena en Italia. En 1416, en el concilio de Constanza, se pide una fiesta particular en el calendario litúrgico en honor del esposo de la Virgen María, para, por su intercesión, conseguir el fin del gran cisma de Occidente, que padecía la Iglesia. Pero será el papa franciscano Sixto IV (1471-1484) quien instituya la fiesta de san José en 1481 y, en 1621, Gregorio XV la declare obligatoria para toda la Iglesia.
En el siglo XVI será santa Teresa y con ella los carmelitas los que propaguen la devoción al santo patriarca.
–Querría yo persuadir a todos —confesará Teresa– fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios; no he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío.
Gracias a san José, cree Teresa, pudo levantarse y dejar de ser una tullida. 

viernes, 15 de marzo de 2019

Pío XII, el Papa del siglo XX más calumniado


Al celebrarse el 80 Aniversario de la subida al trono pontificio de Pío XII, que se cumplió el pasado 2 de marzo, el Papa Francisco ha tenido a bien sorprendernos con una buena noticia: abrir a la consulta de los investigadores la documentación de los archivos relativos al Pontificado de Pío XII, hasta su muerte en Castel Gandolfo el 9 de octubre de 1958, adelantándose así a su apertura prevista en 2028.


Francisco constata que el Papa Pacelli tuvo que afrontar “uno de los momentos más tristes y oscuros del siglo XX, agitado y en su mayor parte desgarrado por la Segunda Guerra Mundial” y la consiguiente posguerra. Este anuncio lo dio en un encuentro con los 75 funcionarios del Archivo Secreto Vaticano. El Papa Francisco terminó subrayando que “con la misma confianza que mis predecesores, abro y confío este patrimonio documental a los investigadores”, y subrayó que la Iglesia “no tiene miedo de la historia”, sino que por el contrario “la ama, y quiere amarla más y mejor, como Dios la ama”. Pensamiento idéntico al que pronunció Pío XII el 13 de junio de 1943: “La Iglesia no teme la luz de la verdad ni por el pasado, ni por el presente, ni por el futuro”.
En los múltiples comentarios que he oído o leído acerca de este hecho, que considero muy importante, en ninguno he observado que se afirmara que ya, hace años, bajo el pontificado de Pablo VI, fueron abiertos los archivos de la Secretaría de Estado del Vaticano del período 1939 a 1945 referentes a las relaciones de Pío XII con Alemania y la Segunda Guerra Mundial. Fruto de ello fueron 12 tomos, de 600 a 800 páginas cada uno, trabajo confiado a los jesuitas Angelo Martini, Pierre Blet, Burkhart Schneider y Robert Graham, y publicados por la Librería Editrice Vaticana entre 1965 y 1981. Luego parte y muy importante de los archivos vaticanos del período más conflictivo del pontificado de Pío XII están ya al servicio de los investigadores desde hace tiempo.
¿Y quién se compra y se lee esos tomos?, me diréis. No hace falta, están en internet, sin cortapisas, de libre acceso a cualquier investigador. Su título general: Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la période de la Seconde Guerre Mondiale (ADSS). Los estudios previos de cada tomo están escritos en francés; los documentos, en sus lenguas originales: latín, italiano y alemán preferentemente. Esos archivos me sirvieron para dar consistencia histórica a mi libro Pío XII versus Hitler y Mussolini” (2014) y tratar con rigor histórico al Papa del siglo XX más calumniado. Lo menos que se había dicho de él es que fue “el Papa del silencio”, por no denunciar los crímenes de Hitler, y quizás lo más, ese insulto del inglés John Cornwell, exseminarista, autor de “El Papa de Hitler” (¡menudo título!), cuando calificó a Pío XII como «el clérigo más peligroso de la Historia moderna». 
Todo comenzó en 1963, cinco años después de la muerte de Pío XII, con una obra de teatro titulada “El Vicario” de un tal Rolf Hochhuth, que fuera de las juventudes hitlerianas y que, para descargar toda la basura de mala conciencia de un pueblo alemán en connivencia con ese monstruo de Hitler, buscó un chivo expiatorio, fuera de Alemania, en la figura de Pío XII, como el artífice del mal. Si Pío XII hubiera hablado, Hitler no hubiera hecho lo que hizo. ¡Qué simpleza! 
Jean d’Hospital, corresponsal en Roma durante veinte años del periódico francés “Le Monde” y que siguió día a día las vivencias de Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, afirma que el papa Pacelli “ha sido reprendido, deformado, emponzoñado por gentes mal intencionadas y notablemente por un dramaturgo alemán, Hochhuth, que lo ha condimentado con repugnantes ultrajes”. 
–Presentar a Pío XII, cuando se le anuncia la deportación de los judíos de Roma, preocupado más bien por las acciones de bolsa, ¡qué ignominia! Según un cronista inglés, su silencio sería debido al miedo que tenía de ser arrestado por las tropas del Reich que operaban en Italia y deportado a Alemania. Insulto y mentira. La fuerza de carácter y la firmeza de alma de Pío XII no pueden ser puestas en discusión. 
A raíz de la polémica suscitada por esta obra de teatro, comenzaron a salir cientos de libros y miles de artículos sobre Pío XII, muchos de ellos infamantes. También han salido muchos otros libros en defensa de Pío XII. Referiré solo dos: el del rabino norteamericano David G. Dalin con el título: “El mito del papa de Hitler. Cómo Pío XII salvó a los judíos de los nazis”. Y el de Pinchas Lapide, judío canadiense y diplomático israelí: “Los tres últimos papas y los judíos”. Pinchas Lapide afirma que “Pío XII salvó más judíos que todos los políticos del mundo occidental juntos”.
Esta polémica fue la que impulsó a Pablo VI –colaborador inmediato de Pío XII y copartícipe de aquellos momentos críticos de la guerra– a abrir los archivos de la Secretaría de Estado del Vaticano del período 1939 a 1945 referentes a las relaciones con Alemania y la Segunda Guerra Mundial.
Acusan a Pío XII de silencio ante el Holocausto. Podría responder con Emile Poulat, uno de los mayores historiadores del siglo:  
–Este silencio que el Papa no habría roto, ¿quién lo ha roto? ¿Quiénes son los políticos «democráticos» que entonces protestaron? ¿Cuáles son las fronteras que fueron abiertas para acoger a los perseguidos? 

martes, 12 de marzo de 2019

Pío XII, 80 aniversario


El 2 de marzo de 1939, hace de ello 80 años, el cardenal Pacelli cumplía 63 años. Ese día comenzaron las votaciones en el Cónclave para la elección de nuevo Papa tras la muerte de Pío XI: dos por la mañana y dos por la tarde. De los secretos de un cónclave solo asoman rumores. Y esos rumores apuntaban que en la primera votación de la mañana Pacelli obtuvo 28 votos y que los otros fueron para Maglione y Dalla Costa. Se necesitaba una mayoría de dos tercios, es decir, 42 votos. En la segunda votación, los cardenales de Dalla Costa se inclinaron por Pacelli, que obtuvo 35 votos. Sobre las doce y media, un humo en principio de un blanco esperanzador se convirtió seguidamente en negro indudable y anunciador a los expectantes en la Plaza de San Pedro de que aún no había Papa. 


 A la hora del paseo, antes de la tercera votación de la tarde, lo realizó por el patio de San Dámaso. No se podía salir a los jardines vaticanos. En el trayecto hacia la Capilla Sixtina, Pacelli resbaló en la escalera de la Sala Ducal que comunicaba con la Capilla Sixtina y cayó. El cardenal Verdier de París exclamó:
–¡El vicario de Cristo por tierra!
Le tuvieron que vendar un brazo. 
Aquella tarde, en la tercera votación, Pacelli obtuvo 48 votos. Hubo por tanto 14 votos en contra: el del propio Pacelli, el del francés Tisserant, quien confesó que había votado siempre por el cardenal de Génova, el jesuita Boetto, y doce más, entre los que tal vez se encontrase el cardenal Segura, arzobispo de Sevilla. Circuló también otro rumor que afirmaba que Pacelli obtuvo en el tercer escrutinio el pleno: 61 votos, salvo el suyo propio. No es creíble tanta unanimidad. Así lo pensaban los embajadores Charles-Roux de Francia y Osborne de Gran Bretaña. 
Este cónclave fue el más rápido de los últimos tiempos. Al tercer escrutinio, esa misma tarde, hubo fumata bianca. El cardenal Eugenio Pacelli asumió el nombre de Pío XII. Cuando el cardenal decano le preguntó qué nombre deseaba tener, respondió: 
–Pío XII, porque toda mi vida espiritual y mi carrera han transcurrido bajo papas con este nombre; y en particular, por gratitud a Pío XI, que me ha demostrado siempre su afecto. 
Un poco después de las seis de la tarde de ese jueves 2 de marzo, el decano de los cardenales diáconos, Camillo Caccia Dominioni, anunció desde la logia central, con su voz musical que resonaba en los veinte altavoces repartidos por la Plaza de San Pedro, a la muchedumbre que aguardaba expectante: 
Nuntio vobis gaudium magnum: habemus papam. Eminentissimum et Reverendissimum Dominum Eugenium Pacelli, quis sibi nomen imposuit Pium XII.  
Un aplauso estruendoso acompañó a este anuncio. Era un papa romano, nacido en Roma. Las monjas de Pacelli, asomadas a las ventanas de su apartamento, contemplaban gozosas las expresiones de júbilo del pueblo romano. Resonaban sus voces en la plaza: 
Viva il Papa! Viva, viva il Papa Romano di Roma! 
Felices porque uno de los suyos, después de muchos años, un romano de nacimiento y de familia, haya sido encumbrado a la cátedra de San Pedro. 
Las campanas de la basílica y de toda Roma repicaron de júbilo. Apenas elegido, en el interior mismo del cónclave, se acercó a la cabecera del cardenal Marchetti Selvagiani, vicario de Roma, que se hallaba enfermo. Al verlo vestido de blanco, el cardenal Marchetti le dijo: 
–¡Qué bien le sienta esa sotana blanca! 
Y Pío XII le respondió: 
–Significa que ya no podré viajar y ello me disgusta. 
Diez días después, 12 de marzo, tuvo lugar la coronación papal. Se dieron cita delegaciones de 35 naciones. Hitler no envió representación. Se conformó con la presencia de su embajador. Tampoco estuvieron México y Uruguay. Y por supuesto, Rusia. Francia envió una delegación de ministros y senadores, en la que sobresalía el ilustre escritor católico Paul Claudel. Suiza envió dos coroneles, uno de ellos había sido comandante de la guardia pontificia. Inglaterra mandó al duque de Norfort, católico, en representación del rey Jorge y del Gobierno británico. El primer ministro de Irlanda, Edmon De Valera, estuvo presente. Checoslovaquia envió a su ministro de Agricultura en representación del presidente de la República y del Gobierno. China y Japón se hallaban también representadas. Estados Unidos, que no tenía relaciones diplomáticas con el Vaticano, envió a Joseph Kennedy, católico, embajador en Londres. Italia, a su príncipe heredero Umberto y al ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano. 
La coronación brilló por su magnificencia. Era además la primera coronación después de los Pactos de Letrán. Pero al conde Ciano, yerno de Mussolini, la ceremonia le pareció desordenada. Cuenta en su diario: 
–Coronación del Santo Padre. Asisto a la ceremonia a la cabeza de la delegación italiana. Hace mucho frío, y el desorden reina sobremanera en la organización del protocolo pontificio. El Papa está solemne, como una estatua. Recuerdo que hace un mes era cardenal; era entonces un hombre entre los hombres. Hoy parece, en verdad, tocado por un soplo divino que lo espiritualiza y lo eleva. 
La queja de Ciano tiene una humana explicación. Se ofendió porque el puesto que le asignaron se hallaba detrás del duque de Norfort, representante inglés. 
Después del solemne pontifical en la basílica, Pío XII fue coronado en la logia externa de San Pedro. El cardenal Camilo Caccia Dominioni le impuso la tiara de las tres coronas mientras pronunciaba la siguiente oración: 
–Recibe la tiara adornada de las tres coronas y sepa que eres el padre de los príncipes y de los reyes, regidor del orbe, vicario del Salvador nuestro Jesucristo, de quien es el honor y la gloria por los siglos de los siglos. 
Poco antes había sido quemado en la basílica un puñado de estopa para recordarle al electo que «sic transit gloria mundi», así pasa la gloria del mundo. 
La tiara era pesada. Antes de la ceremonia, en su apartamento, Pío XII se la probó y sor María Konrada Gradmair, una de sus monjas, mostró su satisfacción. Pero el Papa le dijo con gesto serio: 
–No entiendo cómo le gusta tanto, cuando debo soportar una tal responsabilidad.
Al terminar la ceremonia, Pío XII formuló nuevos votos por la paz: 
–No confiando en Nuestros méritos y capacidades, sino en la gracia de Dios, tomamos en Nuestras manos el timón de la barca de Pedro con la intención de guiarla, a través de tantos vientos y tempestades, hasta el puerto de la paz.
Tres días después de la entronización de Pío XII, los tambores de guerra resuenan de nuevo en Europa. El 15 de marzo, las tropas alemanas entran en Praga y Hitler se apresuró a proclamar el protectorado de Bohemia y Moravia.

viernes, 8 de marzo de 2019

La Torre del Oro


Existe una referencia árabe (Ibn Abi Zar, Rawd al-Quirtas) que afirma que la Torre del Oro fue construida en el año 617 de la era musulmana, que corresponde al período comprendido entre el 8 de marzo de 1220 al 24 de febrero de 1221. Haciendo cuentas, vemos que la Torre del Oro fue poquísimos años mora, veinticuatro exactamente, ya que pasó a poder de los cristianos en 1248 al ser conquistada Sevilla por Fernando III.
La misma referencia árabe dice que Abu-l-Ula, gobernador almohade de Sevilla y califa desde 1227, la mandó construir cuando gobernaba esta ciudad, con un marcado carácter defensivo del puerto. Se hallaba unida por un lienzo de muralla con la Torre de la Plata y con el Alcázar.


¿Por qué su nombre?
Una bonita teoría afirma que en sus inicios tenía unos azulejos dorados que brillaban al sol, y de ahí el nombre. Gestoso, que recoge el parecer de Peraza y Zúñiga, cuenta que esta torre «es labrada por fuera de azulejos, en los cuales dando el sol reverbera con agradable resplandor y tiene otras pinturas coloradas por fuera». Pero me inclino más bien por la opinión que sostiene Julio González en su magnífico libro Repartimiento de Sevilla. Aclara que «desde un principio se dice ‘Torre del Oro’ (Borg-Al-dsayeb), con lo cual se excluye la gratuita afirmación de que ese nombre se impuso por un hipotético revestimiento de reflejos dorados, pues en este caso mejor se hubiera dicho ‘de Oro’ o ‘Dorada’. Decir ‘del Oro’ parece lógico que se refiere en realidad al metal encerrado en ella. Consta que los castellanos la llamaban ‘torre del Oro’ en el libro del Repartimiento y en diplomas, al menos desde el 29 de diciembre de 1253. No debe sorprender esta solución porque en esa época era costumbre depositar los tesoros y documentos valiosos del señor en torres fuertes, que generalmente eran albarranas respecto al castillo o palacio de que dependían; así se ve la torre del tesoro en Lisboa y en otros sitios. Es más, durante la época cristiana hay constancia de haber sido la Torre del Oro la del tesoro, incluso con ese metal, como se ve en los días de Pedro I».
La Torre, hoy Museo Naval (desde 1944), ha servido a lo largo de su existencia de múltiples usos: baluarte defensivo, destino primero desde su construcción, almacén, depósito, bastimento, capilla, embarcadero, faro...
Tras el terremoto de Lisboa (1755) hay un intento de demolición, pero la torre se salvó con una restauración llevada a cabo en 1760, agregándose un tercer cuerpo con claraboya y cupulinos con azulejos amarillos. En 1821 fue demolido el lienzo de muralla que lo unía al Alcázar, pasando desde entonces a llevar una existencia solitaria, como mástil enhiesto a la orilla del Guadalquivir.
El 5 de junio de 1931 fue declarada la Torre del Oro Monumento nacional.
El rey don Pedro el Cruel, cuyos restos reposan en la cripta de la Capilla de los Reyes, en la catedral de Sevilla, utilizaba la Torre del Oro para sus menesteres. Y la heroína sevillana doña María Coronel, que se quemó el rostro con aceite hirviendo para huir de la lascivia del monarca, bien pudo considerar esta torre como lugar maldito.
En ella, según el analista Zúñiga, fue traído prisionero don Juan de la Cerda, esposo de doña María Coronel, y decapitado. En ella, jugaba Pedro I a la tabla, una de sus grandes aficiones, y guardaba parte de su tesoro, custodiado por el judío Samuel Leví. Y en ella tuvo uno de sus amores. Dice Ayala en su Crónica que, «maguer que al comienzo a ella non placía», allí tuvo, y esto es lo chocante y triste, a doña Aldonza, hermana de doña María Coronel. La cosa no duró mucho. Ninguno de los amores de Pedro I duró gran cosa sino el tiempo de probar la fruta, salvo el permanente amor, el más sentido, de doña María de Padilla. «Es la historia de una pobre mujer que fue débil, fue mujer y fue piadosa en aquel mismo trance», como la describe Chaves en su fino análisis de la ciudad de Sevilla. Y continúa: «¡Larga y porfiada lucha la de esta mujer, en la que al fin venció lo que era más humano entre aquella concreción de inhumanidades del medievo!... Doña Aldonza Coronel está mucho más cerca de nosotros que su hermana. Si aún se admitiera el símbolo, nosotros pretenderíamos hacer simbólica la figura de esta querida de don Pedro que en la Torre del Oro sucumbió dolorida llorando ella sola la infelicidad de todas las sevillanas que fatalmente han ido sucumbiendo».
Como cantó otra poetisa sevillana, Isabel Cheix Martínez:

María, flor de los cielos,
Aldonza, flor de la tierra.

sábado, 2 de marzo de 2019

Sor Ángela de la Cruz quiso ser carmelita


Hoy, 2 de marzo, aniversario de la muerte en Sevilla de sor Ángela de la Cruz (87 años ya), quiero recordar un momento de su vida. Su primer intento de entrar en religión.
A Angelita Guerrero le ha venido el deseo de recluirse en un con­vento. El Padre Torres Padilla, su confesor, no aprecia una vocación surgida tan de re­pente, pero accede y le da carta de recomendación para las Carmeli­tas Teresas, en pleno corazón del barrio de Santa Cruz, necesitadas de una lega.


 Habrá que remontarse cuatro siglos para apreciar los orígenes de este convento. El 26 de mayo de 1575 llega a Sevilla Teresa de Jesús en una comitiva de cuatro carros. Le va mal el clima de Sevilla a esta castellana madura, entrada ya en los sesenta. El camino le resultó terriblemente mortificante y vino a Sevilla, más que por voluntad, por expresa obediencia de fundar un Carmelo de la reforma. «Haveis de mirar que (este sol) no es como el de Castilla, sino muy más impor­tuno», escribió en una de sus cartas.
Se establece con sus monjas en una casa arrendada «bien pequeña y húmeda» de la calle de Armas (actual Alfonso XII). Y comienza una nueva faceta de la sin par figura de esta mística caminante.
Malos comienzos. Hay dificultades. Las vocaciones no llegan. El ca­rácter de la mujer sevillana no se aviene con la adustez de estas mon­jas castellanas. No, Teresa: Sevilla tiene su encanto propio y la mujer sevillana un embrujo que emana de ese mismo clima y calor que a ti te atosiga tanto. «Ninguna mujer de Sevilla –decía Morgado– cubre manto de paño. Usan mucho en el vestido la seda, telas, colchados, recamados y telillas. Précianse de andar muy derechas y menudo paso, y así las hace el buen donaire y gallardía conocidas por todo el reino, en especial por la gracia con que se lozanean y se atapan los rostros con los mantos y mirar de un ojo. Y en especial se precian de muy olorosas, de mucha limpieza y de toda pulicía y galantería de oro y perlas».
Hermosa Sevilla, pícara Sevilla, puerta grande de España abierta a las Indias, que cobija en sus patios a los más notables mercaderes, clérigos, misioneros, poetas... y buena chusma de pícaros y ganapa­nes. Sevilla acoge también a Teresa.
Permaneció con sus monjas durante un año en la casa arrendada de la calle de Armas. No tenían nada, no habían traído nada. El P. Mariano, carmelita del convento de Los Remedios, les pro­porcionó algunos colchones y los vecinos les prestaron algunas co­sas: una mesita, una estera, una sartén, un candil o dos, un almirez, un caldero, algunos jarros y platos y cosas así. Pero «comenzaron los vecinos a enviar uno por la sartén, otro por el caldero y mesa; de suerte que ninguna cosa nos quedó, ni sartén ni almirez, ni aún la soga del pozo».
Por fin llegan las primeras novicias sevillanas, y el arzobispo don Cristóbal de Rojas, al principio reacio a autorizar un nuevo convento, accede complacido cuando visita a la santa. Sufre también Teresa la visita de la Inquisición por la denuncia tonta de una novicia cuarentona y criticona que salió del convento. Se esclareció la verdad y Teresa y sus monjas salieron del examen inquisitorial fortalecidas y aclamadas por el pueblo de Sevilla. Siguen las penas: en diciembre reciben la orden de retirarse a un convento de Castilla y cese de fun­dar otros nuevos. Hay en la mirada de Teresa, cansada de tanta vida interior, como un parpadeo relampagueante de crepúsculo. Pero debe al menos concluir la fundación de Sevilla. Tiene que conseguir una casa. El P. Gracián, visitador, le concede demorar su estancia. Por fin consigue una casa en la calle Pajerías (actual Zaragoza), muy cerca del arenal y el río.
El traslado a la nueva casa se realizó el 3 de junio de 1576. Ellas, que pensaron hacerlo sin ruido, se encontraron con el clamor de la ciudad. Dio la alarma el viejo varón fray Hernando de Pantoja, prior de la Cartuja, herido por los desdenes que habían sufrido las descalzas. Y el arzobispo fue el primero que se sumó a rendirles honores. La ciudad se puso en fiestas. «La gente que vino es cosa ecesiva con tanta solemnidad y las calles tan aderezadas y con tanta música y me­nestriles». Teresa ganó la ciudad y la ciudad ganó a Teresa. Aquella misma noche, ya 4 de junio, salió de Sevilla, de puntillas, ca­mino de un convento de Castilla.
Las carmelitas descalzas se trasladaron posteriormente al barrio de Santa Cruz y en su secular convento quedan los recuerdos primoro­sos de Teresa de Ávila: el manuscrito de Las Moradas y el retrato que días antes de partir realizó del natural fray Juan de la Miseria.
Un buen tiempo la tuvo el pintor sin mover la cabeza ni alzar los ojos. Cuando Teresa vio el retrato, le dijo al pintor con mucha gracia:
—Dios te lo perdone, fray Juan, que, ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa.
Tres siglos más tarde, una jovencita de 19 años llama al torno de las Teresas solicitando ser recibida de lega.
No estaba de Dios.
Su menudito aspecto y su poca salud aconsejaron a las carmelitas no admitirla.
Angelita Guerrero siguió en el taller de costura de doña Antonia Maldonado.

domingo, 24 de febrero de 2019

Asesinato de Juan Serrano, arzobispo electo de Sevilla


Se hallaba en Valladolid Enrique III, cuando se enteró de la muerte del arzobispo de Sevilla don Gonzalo de Mena, acae­cida el 21 de abril de 1401. Inmediatamente envió una carta al cabildo sevillano proponiendo la candidatura de don Juan Serrano, obispo de Sigüenza, «por ser Prelado de buena vida, y de virtuosas y buenas costumbres». Puntualiza el rey que cumpliendo su mandato le harán «gran placer» y no ha­ciéndolo «gran enojo», y además, «non saldría de ello ningún buen efecto, e vosotros sabedes bien que el Papa, a quien yo obedeciere non querrá proveer de esa Dignidad a otro alguno, sino aquel por quien le yo suplicase».


Sepulcro de don Juan Serrano, prior del monasterio de Guadalupe y en él enterrado.

Se refiere a Benedicto XIII, el Papa Luna, que se había reservado esa diócesis para su sobrino Pedro de Luna. Pero Benedicto XIII no se halla en esos momentos en situación de imponer su propio candidato ni de negociar el candidato del rey a la sede de Sevilla. Cercado por tropas francesas en su castillo de Aviñón, Francia y Castilla le han negado la obe­diencia, en un intento de ambas naciones por resolver el cisma que se cierne sobre la Iglesia con un Papa en Roma y otro en Aviñón. Cuando el Papa Luna logró evadirse de su cercado castillo (12 marzo 1403), los acontecimientos se precipitan. Castilla vuelve a su obediencia y lo mismo hace después Francia. Pero al plantearse de nuevo el problema de la sede vacante de Sevilla, el candidato del rey habrá muerto un año antes de forma misteriosa. A Sevilla envía Be­nedicto XIII, el Papa Luna, a Alonso de Egea, hombre que le es fiel, y a su sobrino lo lleva a la arzobispal de Toledo.
¿Qué fue entonces del obispo de Sigüenza nominado para Sevilla?
Juan Serrano, candidato del rey, natural de Ávila, ha­bía sido prior de Guadalupe, cuando el monasterio era habi­tado por clérigos seglares. Piadoso y honrado, fue él quien entregó el monasterio a los jerónimos en 1389 al ser nom­brado obispo de Segovia. Inmediatamente después pasó a la diócesis de Sigüenza, que la regentó hasta su muerte.
Esta sucedió en Sevilla el 24 de febrero de 1402, hoy hace 617 años. Y no murió en Sevilla por encontrarse en ella como obispo electo de la diócesis, sino porque formaba parte de la corte de En­rique III, que en esos momentos se hallaba en la ciu­dad his­palense.
Aquel 24 de febrero, «estando el Sr. Obispo echado en una cama doliente de dolencia e quando parescía en su per­fecto conocimiento», hizo testamento ante Alfonso Fernández, es­cribano del rey y notario público en su corte y reinos. Este documento se conserva en el archivo del monasterio de Guada­lupe. Las respuestas del obispo son muy lacónicas, lo que indica que se encontraba en una suma postración, apenas sin habla. Diego Sánchez, clérigo beneficiado de la parro­quia de San Pedro de Sevilla, le oyó en confesión, y al pre­guntarle si deseaba ser enterrado en Sigüenza, su diócesis, contestó: «En Guadalupe». Y al inquirirle a quién dejaba he­redero uni­versal de sus bienes, musitó: «Al Papa». Se refe­ría natural­mente al Papa Luna, el de Aviñón, a quien había prometido fidelidad; no al de Roma.
Enseguida corrió la voz por Sevilla de que había sido en­venenado. Enrique III encomendó a los doctores Pedro Yáñez y Alfonso Yáñez averiguasen la causa de su muerte. Y los doc­tores dieron este dictamen: muerto de hierbas y ponzoña y «es fama que algunas personas eclesiásticas fueron en fabla e en consejo de le dar las dichas yerbas malas». Al saber el rey que elementos eclesiásticos se hallaban en la conjura de la muerte de su consejero el obispo de Sigüenza, que él ha­bía nominado para la sede de Sevilla, llamó a Diego Fernán­dez, arcediano de Jerez, bachiller in utroque iure, canónigo de la Iglesia de Sevilla sede vacante, y oficial general por el deán y cabildo de esta metrópoli, y le pidió que investi­gara la muerte del obispo de Sigüenza, «fynado que murió de yerbas e ponzoña, de la qual es publica voz y fama e disen que le fueron dadas las dichas yerbas en esta cibdat e en otras partes, e por quanto el dicho don Johan obispo de Si­guença era uno de los de mi consejo e uno de los de quien yo mucho fiava». Y concluye el albalá real, firmado el 23 de marzo, por el que da poderes al arcediano, que el encon­trarse clérigos en este asunto es un hecho «muy malo e muy feo e muy escandaloso».
El arcediano de Jerez mostró al cabildo el mandamiento real y recibió de éste carta-comisión para cumplir lo orde­nado por el rey. Enseguida llamó a comparecer a una serie de testigos: Bartolomé Fernández, deán de Zamora; Maestre An­drea y Maestre Pedro, físicos; Antón Gómez y Diego Alfonso, canónigos de Sevilla; Antón Pérez, boticario; y especial­mente a Juan Gómez, cocinero del obispo fallecido. «Todas las declaraciones convienen en que murió violentamente y sin calenturas, atestiguando el boticario y los físicos que le asistían que fue producida su muerte por envenenamiento, se­gún el examen de los síntomas y el análisis de la sangre». Y la acusación más directa: «Quien mandó darle la ponzoña fue don Gutierre, porque así lo confesaron ambos cocineros, el de don Gutierre que los dio al de D. Juan Serrano y el del Obispo que se los dio en la comida porque le habían prome­tido bastantes florines, una mula y otras cosas para más adelante».
Citado don Gutierre, misterioso personaje del que no po­seemos más referencias, compareció por procuradores. Los testigos y cocineros se ratificaron en sus primeras declara­ciones. Pero aquí se interrumpe esta historia, que más pa­rece policiaca, acaecida en Sevilla y en torno a la sucesión de su sede, sin que sepamos el final de la trama. El cadáver de don Juan Serrano fue llevado a Guadalupe y enterrado en la capilla de San Gregorio, donde le fue la­brado un suntuoso mausoleo.

miércoles, 20 de febrero de 2019

María de la Purísima padece cáncer


Verano de 1994. Sor María de la Purísima lleva 17 años de Madre General de las Hermanas de la Cruz. Y con el ajetreo de siempre. De aquí para allá. Visitas canónicas a las Hermanas, las de cerca y las de lejos. A las casas de Argentina, y a Roma y a Reggio Calabria, fundación realizada en 1984 durante su gobierno, en el sur de Italia, en la punta de la bota, donde contemplando el mapa parece que quisiera dar un puntapié a la isla de Sicilia.


Poco después, ese mismo verano de 1994, María de la Purísima vuelve de una visita a la casa de Valladolid. Y se notó un bulto en el pecho izquierdo. No dijo nada a su compañera, Hermana María Sofía, hasta llegar a Sevilla.
–¿Por qué su caridad no me lo ha dicho antes? –se quejó María Sofía.
Y María de la Purísima le contestó con sencillez:
–Yo necesitaba prepararme con la oración, y así en estos días la he intensificado. Sólo quiero lo que el Señor quiera y como el Señor lo quiera.
María de la Purísima tiene 68 años. Hasta ese momento no se había manifestado en ella enfermedad alguna. Siempre había gozado de buena salud. Pero lo de ahora es preocupante. Acude al médico. Y el médico le dijo que había que extirpar el pecho. Cáncer. Cuanto antes.
María de la Purísima se apresta psicológicamente a una operación cruel. Y escribe a las Hermanas el 2 de agosto, fiesta de la Compañía de la Cruz, aniversario de la fundación. Días antes les había escrito para que preparasen su espíritu en ese día, practicando principalmente dos virtudes: el silencio y la caridad.
Amadísimas hijas mías en el Señor: Les extrañará que les escriba tan pronto, pero como sé que a todas por igual les interesa y pueden ayudarme con su oración, he querido ser yo misma la que les comunique lo que ahora nos pide el Señor. Como saben, he estado haciendo la visita en Valladolid. Durante ella me di cuenta de que tenía un bulto en el pecho y al llegar aquí fui al médico, a don Antonio Gallardo, que es el que no estaba de vacaciones de los que nosotras conocemos. Me ha dicho que lo mejor es quitarlo y qui­zás sea a principios de la semana que viene cuando cree él que podrá hacérmelo. Cuando sepamos el día fijo se les dirá. Les pido por amor de Dios que esto no lo comuni­quen a sacerdotes, religiosos, seglares o familiares. Ya sé que no tengo que decirles que pidan, sé que lo harán; de verdad lo necesito para portarme como verda­dera Hermana de la Cruz, pues como he tenido poca experiencia en mi vida del dolor físico, me hacen mucha falta sus oraciones para que el Señor me dé su gracia… y saber aceptar la cruz con paz.
El 10 de agosto, víspera de la intervención quirúrgica, recibió la unción de enfermos en una solemne celebración comunitaria con otras hermanas muy mayores, en Los Dolores, antigua capilla de la Casa Madre, con asistencia de toda la Comunidad, incluso las novicias. Después ingresó en el Pabellón Vasco (Hospital de Oncología de la Seguridad Social) como una más, en la habitación 303, para ser intervenida al día siguiente.
Hoy se llama Hospital Duques del Infantado y está dedicado a la especialidad de Cardiología, pero en aquel entonces, decir en Sevilla que un familiar estaba ingresado en el Pabellón Vasco era confesar claramente que tenía cáncer.
El 11 de agosto, antes de ir al quirófano, recibió la comunión. Le dijo al capellán:
Todo lo ofrezco por la Iglesia y el Instituto.
Intervenida por el doctor Gallardo, se confirmó la malignidad de la tumoración y la extensión de la enfermedad, lo que obligó, además de practicarle una mastectomía, con la extirpación del pecho izquierdo, hacer posteriormente tratamiento de quimioterapia.
Una semana después, 19 de agosto, le dieron el alta hospitalaria. Y comenzó con la rutina del trabajo diario como si nada hubiera ocurrido. Lo primero que hizo fue escribir de nuevo a las Hermanas, 20 de agosto:
–Hoy les escribo con el único deseo de darles las más expresivas gracias por sus muchas oraciones, sacrificios y demás que han ofrecido con tanto cariño por mí. Lo he notado mucho en la gracia y la fuerza que el Señor me ha dado en todo momento. Siempre pensaba: «ésas son las oraciones de las Hermanas» y me sentía respaldada por todas sus caridades, que me ayudaban a llevar con paz las ocasiones difíciles. Que el Señor se lo premie a todas, como se lo pido, haciéndolas cada día más santas.
El doctor Gallardo puso a la enferma en manos del doctor Enrique Murillo, que a partir de este momento será su médico hasta su muerte. El doctor Murillo declaró en la causa de beatificación:
–Fue sometida a un tratamiento de quimioterapia y radioterapia; ambos tratamientos se caracterizan por su toxicidad; al menos durante seis meses estuvo sometida a este tratamiento, que produce una sintomatología de vómitos, pérdida de fuerzas…
Pero ella seguía su vida ordinaria de trabajo con una actitud de sencillez y naturalidad, como si nada hubiera sucedido.
–Nunca la vi decaída –cuenta el médico–, siempre decía que podía seguir haciendo su vida normal. Jamás consintió que se le prescribiera un régimen especial de comidas o de descanso.
Cuenta una Hermana:
–Ni una queja por las reacciones que ocasionan estos tratamientos en el organismo; ni quejas tampoco por las eternas esperas en el hospital cada vez que iba para aplicarse los tratamientos.
Cuenta la Hermana María Sofía:
–Su actitud en la enfermedad, además de su entrega amorosa y hasta alegre en las manos del Padre, fue de una decisión auténtica de vivirla como los enfermos más pobres, en el hospital de la Seguridad Social, sin excepciones de clínicas particulares ni consultas de otros médicos. Yo, que la acompañé siempre, puedo afirmar que gozaba, cuando en la espera de las consultas, radioterapia, quimioterapia y todo lo que conlleva una operación así, nos trataban como a una de tantas, haciéndonos esperar o teniendo que volver otro día, y me decía: «Esto es lo que nos corresponde si de verdad nos hemos hecho pobres con los pobres para llevarlos a Cristo».
Con su fuerza de voluntad y su espíritu de sacrificio siguió gobernando el Instituto sin rendirse hasta que la enfermedad, agazapada durante cuatro años, la abatió.
En la primera Semana Santa después de la operación, llegado el Jueves Santo, sirvió la comida a las Hermanas y después se arrodilló y besó los pies de todas, como todos los años. Al terminar se puso a fregar los platos y la Hermana cocinera le dijo:
–Madre, quítese y haga otra cosa, no esfuerce tanto el brazo.
Pero María de la Purísima le respondió:
–Este ejercicio me viene muy bien.