sábado, 18 de noviembre de 2017

Virgen de la Antigua

La capilla de la Virgen de la Antigua es de las más hermosas de la catedral de Sevilla. Y con esa Virgen mural, que la preside, de tanta devoción entre los sevillanos. Llamada de la Antigua por su mucha antigüedad, del tiempo de los godos, según cuentan las viejas crónicas de Sevilla. Aunque en verdad se trata de un fresco del siglo XIV.
Una leyenda, que José Gestoso no lleva más allá de finales del siglo XVI y principios del XVII, remonta esta pintura a la época visigoda, en tiempos de san Hermenegildo. Oculta por una pared durante la ocupación musulmana, fue venerada por los mozárabes y por el mismo san Fernando que, ocultamente, venía a venerarla, durante el sitio de la ciudad.
  

Pero esto no deja de ser una bella tradición local. Proveniente de la catedral vieja, esta Virgen mural se hallaba en un principio en el lugar que ahora ocupa la verja de entrada a esta capilla, en posición invertida hacia dentro. Ubicarla en el lugar privilegiado de ahora fue todo un trabajo de ingeniería realizado en noviembre de 1578, bajo la dirección del arquitecto Asencio de Maeda, maestro mayor de la catedral. (Zúñiga y González de León dicen que ocurrió el 18 de noviembre; Juan de Loaysa, el 15 de noviembre, y otras memorias el 22 de noviembre).
Bien, sea el día que fuere, lo importante es señalar lo arriesgado de la operación. Se cortó el muro, forrado con recios tablones, todo alrededor de la imagen y, con rodillos y poleas, fue llevado suavemente al lugar que ahora ocupa. Se logró «sin que de ella ni un leve terrón se desmoronase». La operación duró dos días. El arzobispo había pedido rogativas por el éxito de este trabajo de delicada ingeniería y el cabildo catedral procesionó a esta capilla para celebrar una misa en acción de gracias, oficiada por Alonso Fajardo de Villalobos, obispo dimisionario de Esquilache, canónigo y arcediano de Sevilla. La operación fue achacada a milagro y a las muchas oraciones de los sevillanos.
La Virgen de la Antigua se muestra de pie, de tamaño natural, tal vez mayor, con el Niño en el brazo izquierdo y ofreciéndole una rosa con el derecho. El Niño sostiene en sus manos un pajarillo. A los pies de la imagen aparece una mujer rezando de rodillas. Hay quien dice que se trata de doña Leonor, esposa de Fernando de Antequera, muy devota de esta imagen. Su esposo, que fuera rey de Aragón, debió hallarse retratado al otro lado, pero con la incuria del tiempo y el traslado se debió perder.
Rezar ante la Virgen de la Antigua, antes y después de la partida hacia América, era costumbre devota de todos los marineros. Por eso, también, su devoción está tan extendida en el continente americano. Cristóbal Colón le dedicó la primera capilla en la isla de Santo Domingo; Hernán Cortés erigió iglesias dedicadas a su culto en México; la catedral de Darién, en Panamá, fue erigida bajo su advocación... Todos los misioneros de los primeros tiempos de la conquista de América llevaban la devoción de la Virgen de la Antigua por todos los rincones de las Indias.
En el siglo XVIII, el arzobispo don Luis de Salcedo adornó la capilla con altar, retablo y su propio sepulcro. Y en el siglo XX, el 24 de noviembre de 1929, esta imagen fue coronada canónicamente por el cardenal Ilundáin. Ello se refleja visiblemente en las coronas y nimbos que aparecen sobre la Virgen y el Niño, de oro y pedrería, obra del orfebre y sacerdote Granda Builla, costeada por suscripción popular.
Se celebraba ese año de 1929 las bodas de diamante de la definición del dogma de la Inmaculada. Sevilla lo celebró con el Congreso Mariano Hispano-Americano, tenido del 15 al 21 de mayo, y con la coronación canónica de la Virgen de la Antigua.
El himno del Congreso, letra del agustino fray Restituto del Valle y partitura musical del maestro Eduardo Torres, expresa en su primera frase el amor de esta tierra por María y de María por esta tierra de Sevilla:

Salve Madre, en la tierra de tus amores,
te saludan los cantos que alza el amor.

A la coronación de la Virgen de la Antigua asistió con el pueblo de Sevilla una representación de todas las naciones americanas con sus banderas a los pies de la Señora. Recuerden que se celebraba entonces en la capital hispalense la Exposición Ibero-Americana. Estaban presentes también en la catedral los infantes de España.
Por la tarde, una procesión de más de cuatro mil hombres recorrió las calles de Sevilla en forma de Rosario, con las imágenes de la Virgen de la Paz, de la parroquia de Santa Cruz (misterios gozosos), la del Rosario de Montesión (misterios dolorosos), y la de Todos los Santos (misterios gloriosos). Cerraba la procesión un lienzo de la Virgen de la Antigua sobre las andas de la custodia del Corpus y enmarcada por un fragmento del altar de plata del Salvador.
Ante ella han querido reposar eternamente no po­cos arzobispos y canónigos. Y han orado santos como san Diego de Alcalá, san Juan de Ávila, san Francisco de Borja, santa Teresa de Jesús, san Juan de Ribera... Ante ella se han postrado reyes, como Felipe II, que dio su nombre a la cofradía de Nuestra Señora de la Antigua y quiso dedicar la capilla del Alcázar sevillano con el nombre de Nuestra Señora de la Antigua, o el emperador Carlos V, que puso en sus estandartes su imagen. En el siglo XVII llegó a tener hasta veintitrés capellanes al servicio del culto de la Virgen y más de cien lámparas de plata ardían ante su imagen.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Hay gente que no soporta al papa

Leo al teólogo José María Castillo:
–Es un secreto a voces que en la Iglesia hay gente que no soporta al papa.
Y añade:
–Lo más extraño, en este desagradable asunto, es que estamos ante un fenómeno que, en buena medida, es nuevo en la Iglesia. Al menos, desde la Ilustración hasta el día de hoy. Es verdad que, ya en el pontificado de Juan XXIII, se notaron algunos síntomas que apuntaban en esta dirección. Los grupos más conservadores de aquel tiempo no estaban de acuerdo con el papa Roncalli en cuestiones de cierta importancia. Pero lo que está ocurriendo con el papa actual es distinto. No sólo por el hecho de que hay quienes se atreven a decir que Francisco es «hereje», sino por algo que, a mi manera de ver, es más significativo. Se trata de que un grupo notable de personalidades del mundo eclesiástico está en contra del papa, al tiempo que masas enormes del pueblo sencillo, incluso entre gentes que no son creyentes para nada, son quienes aclaman entusiasmados a este papa. El papa de los pobres, de los enfermos y los niños, de los ancianos y los ignorantes. Incluso el papa que seduce a gentes sin creencias religiosas o que pertenecen a culturas que poco o nada tienen que ver con el catolicismo.


 Quizás lo más resonante últimamente de oposición al papa sea esa carta de «corrección filial» firmada por 40 clérigos y académicos de 20 países, enviada al papa Francisco el pasado 11 de agosto y que no ha tenido respuesta, sobre la exhortación Amoris laetitia. Ningún cardenal ni obispo han firmado esta carta, aunque sí algún obispo lefrebviano.
La publicación de la Amoris laetitia, aparecida en abril de 2016, suscitó críticas de los cardenales Raymond Burke, Walter Brandmueller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner (los dos últimos ya fallecidos), que en septiembre de 2016 escribieron al Papa para solicitar una aclaración, las dubia.
El documento del que hoy hablamos tiene un título latino: Correctio filialis de haeresibus propagatis (literalmente: ‘Corrección filial con respecto a la propagación de herejías’), que consta de veinticinco páginas y afirma en resumen que la exhortación apostólica Amoris Laetitia de Francisco contiene siete herejías respecto a la doctrina de la Iglesia Católica sobre el matrimonio y la familia.
Creen en el carisma de la infalibilidad del papa pero niegan la existencia de este carisma papal en la Amoris laetitia, pues «ninguna de las afirmaciones que han servido para propagar las herejías que esta exhortación insinúa están protegidos por aquella garantía de verdad. Nuestra corrección es, en verdad, requerida por la fidelidad a las enseñanzas papales infalibles que son incompatibles con ciertas afirmaciones de Su Santidad».
Afirman los firmantes en la primera parte de la carta que, como creyentes católicos y practicantes, tienen el derecho y el deber de emitir dicha corrección al Sumo Pontífice.
En la segunda parte, núcleo del documento, aparece el contenido de la «corrección». Enumera los pasajes de Amoris laetitia en los que se insinúan o alientan posturas heréticas. El papa Francisco evitó responder en ella con un sí o un no rotundo a la posibilidad de que, atendiendo al caso concreto, las personas divorciadas vueltas a casar pudieran volver a comulgar. Se acusa también al papa de apoyar «la creencia de que la obediencia a la Ley de Dios puede ser imposible o indeseable, y que la Iglesia debería, a veces, aceptar el adulterio como un comportamiento compatible con la vida de un católico practicante».
En la parte final, llamada «Dilucidación», apunta dos causas de esta singular crisis. Una de ellas es el Modernismo, que defiende la creencia de que Dios no ha entregado verdades definitivas a la Iglesia, que esta debiera continuar enseñando, exactamente en el mismo sentido, hasta el final de los tiempos. Solo verdades provisionales, nunca dogmas inamovibles. El Modernismo ya fue condenado por el papa san Pío X.
La segunda causa de la crisis es la influencia de Martín Lutero en el papa Francisco. La carta refleja cómo Lutero, fundador del Protestantismo, tenía ideas sobre el matrimonio, el divorcio, el perdón y la ley divina que se corresponden con las que el papa ha promovido mediante sus palabras, actos y omisiones. Y el elogio explícito y sin precedentes que el papa Francisco ha dedicado al heresiarca alemán.
Los firmantes profesan su lealtad a la Iglesia Católica, garantizan al papa sus oraciones y solicitan su bendición apostólica. Casi, casi, como concediéndoles ellos su perdón.
Evidentemente, hay gente que no soporta al papa. Y ello se ha de buscar en teólogos integristas. «Gente importante que –como dice José María del Castillo– se preocupa más por la fidelidad al Dogma, al Derecho y a la Liturgia que al Evangelio y al «seguimiento» de Jesús.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La Inmaculada, patrona de España

En 1759 subió al trono de España Carlos III. Venía del reino de Nápoles, que gobernó desde 1734 y al que renunció para asumir la corona de España. El rey entró en Madrid el 13 de julio de 1760 y allí se hallaban las cortes para ofrecer el juramento de fidelidad. Fue ahí, donde a propuesta de Diego de Rojas y Contreras, obispo de Cartagena y presidente de las cortes, se acordó: «Se suplicase... a su majestad se digne tomar por singular Patrona y Abogada de estos Reynos y de las Indias y demás a ellos anexos e incorporados a esta Soberana Señora en el misterio de su Inmaculada Concepción... y solicitar Bula del Sumo Pontífice, con aprobación y confirmación de este Patronato, con el rezo y culto correspondiente».


El rey acogió con complacencia este deseo y se procedió a preparar la petición formal al Papa. El 31 de agosto fue enviado a Roma, al embajador Manuel de Roda y Arrieta, un expediente para ser entregado al Papa con los siguientes documentos: petición del rey y de las cortes, juramento y voto de las cortes tenidos en 1621, e informe de fray Lucas Ramírez, franciscano de la provincia de los Ángeles, residente la mayor parte de su vida en el convento de San Antonio de Padua de Sevilla. A él se encomendó el informe teológico que acompañase a la petición regia ante la curia romana.
Del estudio de fray Lucas se deducía la oportunidad de pedir el patronato de María Inmaculada para España, que no era óbice del patronato que ya ostentaba Santiago apóstol. De lo que no estaba muy de acuerdo el arzobispo de Santiago que escribió una carta al de Sevilla para que se opusiera a semejante pretensión.
En esto murió la reina María Amalia de Sajonia. El 27 de septiembre de 1760, recién llegada a España. La noticia de la muerte llegó a Roma el 18 de octubre y ese día el embajador Roda se dirigió a Castelgandolfo donde se hallaba la corte pontificia para dar cuenta al Papa de la luctuosa noticia. El Papa quiso consolar al rey de España con la petición formulada del patronato. Le dijo al embajador:
–En llegando a Roma tomaré la resolución y concederé la gracia en los términos más favorables.
El 8 de noviembre, Clemente XIII firmó la bula Quantum ornamenti y declaró a la Inmaculada Concepción patrona de España, de las Indias y de todos sus reinos.
En Sevilla, el aluvión de fiestas y procesiones fue tan numeroso como siempre. Carlos III, por carta firmada en Aranjuez a 2 de junio de 1761, da cuenta a la ciudad de Sevilla del patronato de la Virgen Inmaculada para todos los reinos de España. El correo llegó a la ciudad el domingo 14 de junio. Al día siguiente, conocida la noticia por los canónigos, hubo repique solemne de la Giralda, acompañada por los demás campanarios de Sevilla.
Y se sucedieron las fiestas. Nuevas fiestas en Sevilla en honor de la Inmaculada. Duraron seis meses. Iglesias, conventos, cofradías, unas tras otras, hasta enero de 1662, rivalizaron en el ornato de sus cultos para festejar el documento pontificio. Según Delgado Pérez de Cavañas y Sequeiros, nuestro cronista, se hicieron en Sevilla ciento cuarenta y seis funciones, sin incluir las vísperas. Y se repartieron diecisiete mil hogazas de pan, cuatro mil raciones de carne y otras limosnas en metálico y ropas. Todo ello, en el breve espacio de seis meses.
Comenzaron las jerónimas de Santa Paula el 17 de junio, con misa solemne, manifiesto y sermón. Le siguió el 27 el convento franciscano de San Antonio, con misa, sermón, procesión claustral con la imagen titulada del Primer Instante. El 28 y 29 de junio se lo reservó la Hermandad de los Nazarenos, la del Silencio, que se preciaba de ser la primera en emitir el voto inmaculista. La víspera del 28 hubo «concierto de música, trompas y clarines» y en la plaza del Duque «se quemaron unos lucidos fuegos de mano». En la misa solemne del 28, se leyó la antigua fórmula del voto y juramento concepcionista de 1616 y se le añadió el nuevo título de Patrona de los Reinos de España e Indias. Ese mismo día, la Casa Grande de San Francisco organizó una octava, que duró hasta el 5 de julio.
La Hermandad de María Santísima de la Concepción, venerada en el Postigo del Aceite, hizo un triduo en el convento de San Francisco los días 11, 12 y 13 de julio. Adornó la plazuela con vistosos tapices y colgaduras y repartió entre los pobres cuatrocientas raciones de pan.
En agosto, días 7, 8 y 9, triduo y procesión general en la catedral. El día 6 apareció la Giralda engalanada con gallardetes de tafetán celeste y blanco. Y por la noche, al canto de vísperas y toque de oración del Avemaría, se iluminó la Giganta de Sevilla, como la llamó Cervantes en el Quijote, hasta el cuerpo de campanas, continuándose por todas las azoteas del templo catedralicio, hasta un total de cuatro mil luces, acompañadas de las de la Casa Lonja, Audiencia Real, Palacio Arzobispal, Universidad y Reales Alcázares, el castillo de Triana y las naos ancladas en el río. Estas hacían sonar salvas de sus cañones, dando a la noche sevillana una visión colorista de luz y sonido.
Para ver los fuegos de artificio que saldrían de la Giralda, el cabildo secular invitó al capitular a verlo desde la balconada del Ayuntamiento. Duraron cerca de una hora y llegaron a formar letras de luces con la invocación Ave María.
Los días del triduo, se manifestó el Santísimo a las seis de la mañana. A las ocho y media, la corporación municipal se dirigía a la catedral para la asistencia a la santa misa, predicada por canónigos dignidades. En la madrugada del último día, salieron de sus respectivas capillas quince Rosarios de la Aurora, en recuerdo de los quince misterios, que confluyeron en la catedral. Por la tarde, salió la procesión portando en andas la Inmaculada de Montañés. El recorrido, adornado de altares, era el mismo del Corpus.
El 11 de agosto tocó a la Hermandad de Sacerdotes de San Pedro Advíncula. Repartieron 1.800 hogazas de pan. Los días 12 a 15, a las capuchinas del monasterio de Santa Rosalía, con jubileo de las cuarenta horas. El 13 por la tarde, expuesto el Santísimo, un pavoroso incendio prendió en la iglesia. Pero esto lo contamos en su lugar.
El 15 de agosto fue día grande para el gremio de Toneleros y su Hermandad de las Tres Necesidades, conocida hoy popularmente por la Carretería. Celebró el estreno de su nueva capilla en la calle Varflora, que lo unió con la celebración del patronazgo de la Virgen.
En Santa Ana de Triana, triduo los días 22, 23 y 24 de agosto. Los jesuitas, los días 6, 7 y 8 de septiembre. Los franciscanos terceros, del 27 al 29 de septiembre. Los dominicos de San Pablo, el 12 de octubre. Hubo misa solemne con sermón predicado por fray Tomás López, lector de Teología en cátedra de Prima. Por la tarde, procesión por el claustro del convento, con la numerosa comunidad dominicana, canónigos, nobleza sevillana y buena afluencia de pueblo. Los tiempos han cambiado, y de qué modo. La orden de Predicadores se asocia a todos los festejos inmaculistas de la ciudad.
Y siguen las fiestas en noviembre y diciembre. Y continuaron al año siguiente en distintos templos.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Sonría, por favor

En cierta ocasión, el arzobispo de Sevilla cardenal Bueno Monreal nombró para un cargo diocesano muy importante a un sacerdote, que estaba muy preparado y aparecía con un sin fin de cualidades como clérigo y como persona. Comentando poco después el cardenal con otro sacerdote qué le había parecido ese nombramiento, el cura le dijo a Su Eminencia:
–Me ha parecido muy mal.
Sorprendido el cardenal por la respuesta, le dijo:
–Señor cardenal, no lo veo nada bien porque este señor a quien le ha dado Ud. un cargo tan importante no sabe reírse.

Y es que saber reír, sonreír al menos, es una terapia de vida y en el sacerdocio un eje fundamental de apostolado. Ya decía san Ignacio de Loyola:
Ríe y hazte fuerte.
A un novicio jesuita le dijo:
–Siempre te veo sonreír y me alegro de ello.
Y hubo alguien que dijo:
–El buen humor constituye las nueve décimas partes del Cristianismo.
Si el no reír es negativo para un sacerdote, mucho más lo es para un obispo. Conozco a un arzobispo al que no se le ve sonreír. Parece que está siempre con el Código de Derecho Canónico bajo el sobaco para dar con sus cánones en la testa del más pintado. En otros tiempos, esto era oficio propio de inquisidor.
Hemos tenido santos que han sobresalido por su ingenio y humorismo. Por ejemplo, Teresa de Jesús, Cura de Ars, Felipe Neri, Francisco de Sales
De Teresa de Jesús, que dijo aquello: «De devociones bobas nos libre Dios», cuento un amplio repertorio de ocurrencias en mi biografía de la Santa de Ávila, titulada: «Teresa de Jesús, esa mujer».
El Cura de Ars poseía un gran sentido del humor. Una señora especialmente corpulenta le preguntó en cierta ocasión:
–¿Qué debo hacer para entrar en el cielo?
Y el santo Cura de Ars le contestó con sorna:
–¡Tres Cuaresmas, hija mía!
Otra dama le dijo:
–¡A mí nunca me han hecho esperar, ni siquiera en el Vaticano!
–Es posible, señora, pero aquí tendrá que esperar por primera vez.
Cuando pidieron firmas para echarlo del pueblo, el Cura de Ars firmó también:
–Ahora que ya tienen mi firma, nadie dirá que falta materia para que yo quede convicto de culpa.
Y al ser nombrado canónigo, lo primero que hizo fue vender la muceta. Escribió al obispo:
–La he vendido por cincuenta francos y estoy muy satisfecho del precio.
San Felipe Neri, como buen florentino, era chistoso y ocurrente. Decía de él el cardenal Capacelatro:
–Había en su carácter un rasgo que los jóvenes nunca dejaron de admirar: en todo momento se mostraba alegre y jovial.
Felipe Neri solía repetir:
–Un espíritu alegre llega a la perfección con mayor rapidez que cualquier otro.
Y también:
–La alegría cristiana es un don de Dios que fluye de la buena conciencia… En mi casa no quiero tristezas.
Un día de fiesta, estando a la mesa con otros comensales, dijo:
–Estoy seguro de que Baronio va a decirnos que la alegría cristiana brota de la continua meditación de la muerte.
Se refería a César Baronio, cardenal e historiador italiano.
Francisco de Sales era otro santo de un gran sentido del humor. Valga un ejemplo. Reprendió a un amigo que se había burlado de un jorobado:
Las obras de Dios son perfectas –le dijo.
Y el amigo le replicó:
–¿Cómo perfectas, si ese hombre es jorobado?
–Sí, pero puede ser un jorobado perfecto.
Y así podríamos seguir con el humor de tantos santos. Pensemos que todo lo que viene de Dios es alegre. Es la definición de Dios de Ramón Llull:
–Dios es Fiesta.
Valgan finalmente las palabras del mismo Jesús que recojo del Evangelio de san Juan:
–Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros, y vuestra alegría sea completa (Jn 15,11); ...pero vuestra tristeza se cambiará en alegría (Jn 16,20); vosotros estáis ahora tristes, pero yo os veré otra vez y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará ya vuestra alegría (Jn 16,22).

lunes, 9 de octubre de 2017

Padre Leonardo Castillo, «Costalero para un Cristo Vivo»

Leonardo Castillo ha sido en su vida un cirineo que ha llevado sobre sus hombros tantas desventuras… Pero en Sevilla, al cirineo se le llama costalero. Y eso ha sido Leonardo, un «Costalero para un Cristo Vivo».
La idea de esta imagen se le ocurrió al canónigo Francisco Gil Delgado, en un artículo en ABC, de abril de 1989, donde dice:
–¡Qué cosas se le ocurren al Padre Leonardo Castillo! No para esa imaginación calenturienta de obras de solidaridad. Ahora anda buscando costaleros, mas no para soportar el peso de las imágenes de Semana Santa, sino para transportar la imagen viva de Dios en sus hijos enfermos.


 Se trataba de una peregrinación a Lourdes… con enfermos y personas con discapacidad. Ya venía haciéndolas desde 1984…
–Costaleros para llevar a Cristo vivo desde Sevilla a Lourdes. Una nueva dimensión de la Semana Santa sevillana, trasladada más allá de nuestras fronteras. ¡Qué cosas se le ocurren al Padre Leonardo Castillo!
Y se creó la Fundación «Padre Leonardo Castillo, Costaleros para un Cristo Vivo». Aunque el canónigo Gil Delgado quiso dejar bien claro que la autoría del lema se le ocurrió a él y la acuñó en el diario ABC:
–Se me ocurrió a mí lo de «Costalero para un Cristo Vivo»… Se había creado una cofradía nueva en Sevilla, que no necesitaba pasar por la Campana, ni desfilar por la carrera oficial, ni llevar imágenes de madera sobre canastillas doradas o bajo palios de terciopelo. Cristos vivos los enfermos y minusválidos, tras la cruz de guía de su fe, con la papeleta de sitio de la esperanza, sostenidos sobre los hombros de la caridad.
Desde entonces, 33 ediciones ya, se organiza todos los años la peregrinación a Lourdes con enfermos y personas con discapacidad, acompañados de voluntarios costaleros. A los que se une desde 2008 un grupo de reclusos del Centro Penitenciario Sevilla I con permiso especial, que acuden acompañados por sus monitores. En Lourdes les aguarda todos los años para oficiarles la misa el cardenal Amigo Vallejo, que se ha convertido en el capellán más emblemático de la Fundación «Padre Leonardo Castillo, Costaleros para un Cristo Vivo».
El mismo año de su muerte en 2005, en el Centro Penitenciario Sevilla I, que tanto visitara Leonardo Castillo, se rotuló el 17 de diciembre el paseo de entrada a la cárcel como «Avenida de la Libertad del Padre Leonardo». Es una avenida de entrada, pero sobre todo para los presos es una avenida de salida, que conduce a la calle, a la libertad. El rótulo, confeccionado en el taller de cerámica de la prisión, se descubrió tras la misa que ofició el cardenal Amigo Vallejo en la Unidad de Cumplimiento. A ella asistieron unos cien internos e internas seleccionados. Y también unos cien «costaleros», toreros y numerosos representantes de las cofradías.
Homenaje perdurable a este cura sevillano, que no solo traía sonrisas y alegrías a los presos, sino que en el recuerdo de sus tiempos de «cura de los toreros» llegó a montar en la cárcel una corrida de toros, teniendo que meter los toros con una grúa.
Emocionante fue la entrega de un retrato del Padre Leonardo, pintado por un recluso inglés, James Taylor, a la hermana del sacerdote, Lupe Castillo. Los otros dos retratos hechos por el artista, quedó uno en la prisión y otro fue entregado a Manuel Ramírez Fernández de Córdoba, primer presidente de la Fundación «Padre Leonardo Castillo, Costaleros para un Cristo Vivo», periodista y escritor, exdirector de ABC de Sevilla, desgraciadamente fallecido dos años después, 23 de marzo de 2007, al sufrir un infarto mientras pronunciaba el Pregón de la Semana Santa de Talavera de la Reina. A él han seguido en la presidencia de la Fundación el doctor oftalmólogo Isacio Siguero Zurdo y el torero Eduardo Dávila Miura, que la preside actualmente.
Este año, sábado 27 de mayo de 2017, han sido trasladados los restos mortales de Leonardo Castillo desde el cementerio de Algar a la iglesia parroquial de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe del municipio gaditano que le vio nacer. Y depositados en la capilla de bautismo.
La exhumación y el traslado de sus restos se realizó en un acto íntimo y familiar. A continuación, a las doce y media de la mañana, se celebró una Eucaristía oficiada por el cardenal Amigo Vallejo, arzobispo emérito de Sevilla, y el obispo de Jerez, José Mazuelo.
El cardenal Amigo Vallejo elogió en su homilía la figura del insigne sacerdote, para concluir diciendo:
–«La caridad no se discute, se vive». ¡Cuántas veces se lo oía decir al Padre Leonardo! Así era Leonardo Castillo: un corazón repleto de misericordia y tan grande tan grande que cabían en él cuantos necesitaban de su ayuda. Un sacerdote para servir a Dios en lo que Dios quería ser servido.

viernes, 6 de octubre de 2017

La Giralda, octava maravilla

Tú, maravilla octava, maravillas
a las pasadas siete Maravillas.

La Giralda, octava maravilla, supera –dice el autor de estos versos que copio de un manuscrito de la Biblioteca Colombina– a las Siete Maravillas del Mundo, numeradas en el tratado De septem orbis miraculis, texto traducido del griego al latín por León Allatius y atribuido falsamente a Filón de Bizancio, ingeniero que vivió en el siglo II antes de Cristo. Para memoria de los lectores recuerdo las siete maravillas del mundo antiguo, que eran: 1. Las pirámides de Egipto. 2. Los jardines colgantes de Semíramis. 3. Las murallas de Babilonia. 4. La estatua de Júpiter Olímpico, de Fidias. 5. El coloso de Rodas. 6. El templo de Diana en Éfeso. Y 7. El sepulcro del rey Mausolo, en Halicarnaso.


Ser la octava maravilla se ha convertido en proverbial, en cosa maravillosa que sobrepasa las siete maravillas de la antigüedad. Pues esa maravilla octava es para el autor de esos versos primeros y para todos los sevillanos la Giralda, llamada así por una figura de mujer, de bronce, que gira como una veleta en el remate de la torre, vestida al estilo romano, con una palma en la mano izquierda y un lábaro en la derecha. Representa la Fe victoriosa y mide 3,48 metros. La estatua de bronce pesa algo más de una tonelada. Es hueca, realizada en Triana, fundida en bronce por el artillero (así se llamaba entonces a los fundidores) Bartolomé Morell.
Desde que en 1356 las cuatro bolas relucientes que coronaban la torre mora cayeron por efecto de un terremoto, esta se hallaba como despeinada, sin un no sé qué que la hiciera garbosa y bella. Ese adorno se lo hizo Hernán Ruiz «el Mozo», cordobés, nombrado maestro mayor de la catedral en 1556 a la muerte de Martín Gainza. El 17 de diciembre de 1557 presentó su proyecto de reforma de la torre. El 5 de enero siguiente, el cabildo aprobó el trazado por él diseñado. Comenzaron las obras en 1560 y terminaron en 1568 con la colocación de la estatua del Giraldillo el 14 de agosto.
En el epitafio que se acordó dos meses después, 6 de octubre de 1568 –hace hoy 449 años–, se la denominó «Coloso de la Fe Victoriosa». En el muro de la torre frontero a la calle Placentines, debajo de unas borrosas pinturas atribuidas a Luis de Vargas, hay una lápida con una inscripción latina debida al canónigo Francisco Pacheco. Traducida al castellano por el poeta sevillano Francisco de Rioja, dice así: «Consagrado a la eternidad. A la gran Madre libertadora, a los Santos Pontífices Isidoro y Leandro, a Hermenegildo, Príncipe pío, feliz, a las Vírgenes Justa y Rufina, de no tocada castidad, de varonil constancia, Santos tutelares, esta torre de fábrica africana y de admirable pesadumbre, levantada antes doscientos y cincuenta pies, cuidó el Cabildo de la Iglesia de Sevilla, que se reparase a gran costa en el favor y aliento de don Fernando de Valdés, piísimo Prelado; hiciéronla de más augusto parecer, sobreponiéndole costosísimo remate, alto cien pies de labor y ornato más ilustre; en él mandaron poner el coloso de la Fe vencedora, noble a las regiones del cielo, para mostrar los tiempos por la seguridad que tenían las cosas de la piedad cristiana, vencidos y muertos los enemigos de la Iglesia de Roma. Acabóse en el año de la restauración de nuestra salud 1568, siendo Pío V Pontífice óptimo máximo y Felipe II augusto, católico, pío, feliz vencedor, Padres de la patria y Señores del gobierno de las cosas».
Cervantes, que conoció la Giralda antes y después del airoso remate de Hernán Ruiz, la rememora en el Quijote al narrar el episodio del caballero del Bosque: «Una vez me mandó (Casildea de Vandalia) que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla, llamada Giralda, que es tan valiente y fuerte como hecha de bronce, y sin mudarse de un lugar, es la más movible y voltaria mujer del mundo». Y el ecijano Vélez de Guevara, en El Diablo Cojuelo, califica a la Giralda torre «tan hija de vecino de los aires, que parece que se descalabra en las estrellas».

lunes, 2 de octubre de 2017

San Juan de Aznalfarache debe al cardenal Segura el Monumento a los Sagrados Corazones

En San Juan de Aznalfarache se halla el Monumento a los Sagrados Corazones, donde está enterrado el cardenal Segura, que lo ideó e inauguró. Ahora el municipio de San Juan, amparado en la Ley de Memoria Histórica, ha borrado «Calle Cardenal Segura» y cambiado por el de «Paseo de las nueve aceituneras», asesinadas el 24 de octubre de 1936, en plena guerra civil.
Creo que suprimir del callejero del pueblo al cardenal Segura se deba a que el municipio piensa que, a tenor de la Ley de Memoria Histórica, hay que hacer desaparecer todo vestigio del franquismo y personajes adictos al Caudillo. Pero da la casualidad de que el cardenal Segura, aun siendo un purpurado muy polémico, ciertamente no fue franquista. Y el pueblo de San Juan de Aznalfarache le debe estar agradecido, porque el Monumento levantado en su cerro se debe a la voluntad férrea del cardenal.


A raíz de las Misiones celebradas en 1940, el cardenal Segura vio la necesidad de tener en la diócesis una Casa de Ejercicios y también un Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, como ya lo hiciera en Cáceres y proyectara en Toledo.
No había Casa de Ejercicios Espirituales en la diócesis. Se aprovechaba el Seminario de San Telmo para los sacerdotes y casas religiosas para los fieles. Había en Marchena, de iniciativa particular, en Valverde del Camino, diocesana, y en Chipiona, de propiedad particular. Pero la lejanía y otros inconvenientes...
Y se fijó en el Cerro de San Juan de Aznalfarache, al otro lado del Guadalquivir, donde hubo en la época medieval un castillo moro y en el siglo XV se asentó un convento franciscano de Terceros Descalzos, que acabó en ruinas tras la exclaustración del XIX.
Levantada la iglesia y añadida una Casa de Ejercicios sobre el antiguo convento, el complejo fue inaugurado y bendecido por el cardenal Segura en la tarde del 14 de diciembre de 1941 con función eucarística y tedeum.
El Monumento al Sagrado Corazón lo piensa a lo grande. Y estamos en tiempos de penurias, postguerra, 1941… Pero aquel alcor, que se alza como una cornisa que divisa Sevilla, era propiedad del Ministerio del Aire. Y Segura, sin pudor, después de sus desavenencias con el Gobierno de Franco (en una Sabatina de 1940 había identificado la palabra Caudillo con el demonio, citando una frase de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, lo que provocó el furor de Franco, que a punto estuvo de expulsarlo de España), le escribe una carta al general Vigón, ministro del Aire, fechada el 8 de enero de 1942, solicitando ese terreno para erigir el Monumento junto a la Casa de Ejercicios.
El 28 de marzo de 1942, el Boletín Oficial del Estado publicó el decreto de cesión al Arzobispado de Sevilla de una parcela de terreno destinada al emplazamiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de San Juan de Aznalfarache, propiedad del Ministerio del Aire. Segura puede comenzar las obras. El Monumento, diseñado por él, fue realizado por el arquitecto Aurelio Gómez Millán. De forma semicircular es un gran patio porticado con balconada hacia Sevilla, en cuyo centro se levanta la estatua del Sagrado Corazón. En la ladera anterior, en camino serpenteante, discurre un Viacrucis y el monumento al Sagrado Corazón de María. Por ello, a partir de su inauguración, se llamará: Cerro de los Sagrados Corazones.
El domingo 24 de mayo de 1942, Pascua de Pentecostés, tuvo lugar la bendición y colocación de la primera piedra de la capilla votiva del Monumento oficiando de pontifical el cardenal Segura, asistido por el Cabildo metropolitano, con gran asistencia de fieles.
Hay un problema. En los aledaños al Monumento está el cementerio del pueblo de San Juan, contiguo a la Casa Diocesana de Ejercicios y en medio de la barriada que pretende construir el Ministerio del Aire. El cementerio será clausurado el 24 de junio y trasladado a otro lugar, obligado el vecindario a remover los restos de sus mayores por cuenta propia y construcción y embellecimiento de los nuevos panteones.
El eco de las quejas de los vecinos se ha perdido en el espacio infinito del tiempo. No hay constancia gráfica del malestar que suscitó en la población. Porque eran tiempos de ordeno y mando y de una censura imperante. Como tampoco queda constancia escrita de la avidez faraónica del cardenal Segura con esa obra colosalista que pretende llevar adelante.
En noviembre de 1942, en la festividad de Cristo Rey, será la inauguración de la Capilla Votiva, y el 31 de diciembre, solemne bendición e inauguración de la estatua del Sagrado Corazón de Jesús.
En años sucesivos, hasta su terminación en 1948, Segura no dejará de inaugurar las distintas fases de un Monumento que sigue en persona casi día a día. Es su paseo de tarde. Con su chofer y su secretario, toma su Mercedes y se planta en el Cerro a contemplar cómo discurren las obras de un Monumento construido a la mayor gloria del cardenal Segura. Perdón, de los Sagrados Corazones. Con el tiempo, pícaramente llamarán al Monumento el «Valle de los Caídos del cardenal Segura». En realidad, tal Monumento se convirtió en el gran mausoleo donde yacen junto al cardenal Segura los restos de sus padres y hermanos y costará sudores y lágrimas en aquellos tiempos de penurias tras la guerra.
El Monumento se inauguró solemnemente el domingo 10 de octubre de 1948, con misa en la puerta de la capilla votiva del Monumento y asistencia de Franco y señora, el Gobierno en pleno, autoridades y ejército, los obispos de Badajoz y Canarias, el arzobispo de Methynne, el cabildo catedral y fieles.
Terminada la misa, estaba programada una comida… que no se llegó a tener.
En los días previos, llegó de Madrid el jefe de protocolos del Gobierno para programar con Segura los actos del Monumento. Y se llegó al momento de la comida, en la que Segura era el anfitrión, puesto que se daba en la Casa de Ejercicios del Cerro.
El jefe de protocolos le dice que la mesa será presidida por el Generalísimo y por la señora de Franco, frente a él, y que Su Eminencia se sentará a la derecha del Jefe del Estado.
–Eso no puede ser –contestó Segura–. He jurado al recibir la púrpura los estatutos por los que se rige el Sacro Colegio y los Cardenales no ceden puesto más que al Rey, Reina, Jefe del Estado y Príncipe heredero. La señora del Jefe del Estado, por muy respetable que sea, no ocupa ninguno de estos cargos.
–Pero mire Vuestra Eminencia que hemos traído el protocolo de Madrid…
–Por mí se lo pueden llevar. Yo no tengo más protocolo que las leyes de la Iglesia.
–¡Ay, Señor! ¡En qué conflicto sin salida nos pone! No vemos solución.
–Pues yo veo tres, por lo menos. Primera: que la señora del Jefe del Estado no asista al banquete. Segunda: que no asista yo. Tercera: que el banquete no se celebre.
Y el banquete no se celebró.
No se verán más las caras Franco y Segura. Cuando Franco vuelva a Sevilla en abril de 1953, Segura se hallará en el Cerro dando Ejercicios espirituales. Y el distanciamiento y ruptura será total.
Dicho lo cual, no veo motivo para que el Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache se haya amparado en la Ley de Memoria Histórica para borrar de un plumazo a quien le debe el monumento más colosal del que puede gloriarse el pueblo. Porque Segura será lo que sea, pero no fue franquista. Y un año más tarde, en 1954, cuando lo destituya de su diócesis la Santa Sede, escribirá una carta a Domenico Tardini, prosecretario de Estado, en la que le dice:
–Estoy solo, Franco me ha aislado.