sábado, 17 de noviembre de 2018

El milagro de las rosas


Hoy, 17 de noviembre, festividad de santa Isabel de Hungría, quiero reseñar el milagro de las rosas, suceso prodigioso que le sucedió a ella y que leyendas de santos refieren también de otros santificados, como Isabel de Portugal, Casilda de Toledo, Diego de Alcalá, indio Juan Diego, y otros casos parecidos.
Isabel de Hungría nació en 1207, hija del rey Andrés II de Hungría y de la reina Gertrudis de Merano. Cuando contaba cuatro años, fue prometida con Luis, hijo del landgrave Hermán I de Turingia, en Alemania. Y lo que era costumbre entonces, la niña fue separada de sus padres y llevada en un largo camino de quinientos kilómetros desde su Hungría natal al castillo de Wartburgo en Alemania. Isabel dejaba su tierra y su familia. En el séquito, con algunas damas de compañía y dos eclesiásticos, una leyenda del siglo XIV refiere que su madre, la reina Gertrudis, añadió un músico de viola llamado Adeleido para que calmase con su canto a la pequeña Isabel cuando llorase.


En el castillo de Wartburg, cerca de Eisenach, centro de la naciente literatura alemana medieval, creció Isabel a la espera de madurar en mujer. Podemos decir que Alemania, más que Hungría, será propiamente su país. Su prometido, Luis, le llevaba siete años, nacido en el 1200. Regía la Iglesia Inocencio III, y corrían por esos mundos Francisco de Asís y Domingo de Guzmán.
En 1217, a la muerte de Hermán I, Luis heredó el landgraviato de Turingia con el nombre de Luis IV. En 1221, al cumplir Isabel catorce años, casó con su apuesto prometido. No había sido fácil la infancia de Isabel entre los fastos de aquel castillo, pero se sintió compensada por un matrimonio feliz, sintiéndose querida tiernamente por su marido.
Su primer hijo nació en marzo de 1222 y se le impuso el nombre de Hermán, por el abuelo paterno. En la primavera de 1224 tuvo un segundo hijo: una niña por nombre Sofía, que llegaría a ser duquesa de Brabante. Por este tiempo han llegado a Turingia los primeros franciscanos. Al conocerlos y saber de las cosas que hablaban de su fundador, nació en Isabel un sentimiento franciscano de amor a la pobreza que se hará realidad tras la muerte de su esposo haciendo sus votos e ingresando en las Penitentes de San Francisco, una orden tercera.
En 1226, cuando tiene tan sólo diecinueve años y su esposo se halla ausente por tierras de Italia en la preparación de una cruzada, Isabel asume la regencia. El invierno ha sido tan riguroso que ella vende hasta sus joyas para paliar el hambre de sus súbditos. Lo que era visto con malos ojos por los magnates de la corte. Cuando Luis IV llegó y le hablaron de las locuras de su esposa, ella simplemente le dijo:
—He devuelto a Dios lo que le pertenece y Dios nos ha guardado al uno del otro.
Una escena legendaria que aparece en todas las biografías de la santa cuenta cómo un cierto día, estando en el castillo de Neuenbuerg, se presentó un leproso, que ella acostó en el lecho matrimonial. La landgravia Sofía lo contó escandalizada a su hijo y cuando Luis IV acudió al lecho encontró… ¡no un leproso sino Cristo crucificado!
Y está la leyenda de las rosas. Descendió del castillo de Wartburg con algunas de sus sirvientas al pueblo de Eisenach con el manto cargado de carne, huevos y pan. Se encontró inesperadamente con su marido, que le preguntó qué llevaba en su regazo. Ella, apenada, no dijo nada. Él abrió el manto de su esposa y aparecieron rosas.
Santa Isabel de Portugal (Zaragoza, 1271 - Estremoz, Portugal 1336) fue reina de Portugal entre 1282 y 1325. Casó en 1282 con el rey Dionisio I de Portugal. Dedicada a atender a enfermos, ancianos y mendigos, ante un marido libertino que un día la sorprendió, cuenta la leyenda, con panes transformados milagrosamente en rosas.
Tal sucedió también a la princesa mora santa Casilda de Toledo, hija de Al-Mamún, rey de la Taifa de Toledo entre 1043 y 1075. Ella, caritativa y apiadada de los cristianos cautivos en las mazmorras del palacio, bajaba para darles consuelo y alimentos. Sorprendida un día por su padre, de su manto aparecieron rosas en vez de panes. Convertida al cristianismo, una ermita en la Bureba burgalesa mantiene viva su memoria. Zurbarán la ha inmortalizado en uno de sus cuadros.
También se cuenta que san Diego de Alcalá tomaba el pan de la mesa del convento para llevarlo a los pobres. Sorprendido por el prior, extendió su capa y los panes se habían convertido en rosas. Zurbarán recoge también este momento.
Un día de diciembre de 1531 se le apareció al indio mexicano Juan Diego una bella Señora en el cerro de Tepeyac. La Virgen le manifestó: «Deseo vivamente y me agradaría mucho que en este lugar se me erigiera una capilla. En ella mostraré y otorgaré a todos los hombres todo mi amor, mi misericordia, mi ayuda y protección. Pues yo soy la Madre misericordiosa, la tuya y la de todos los pueblos que moran en este mundo, de aquellos que me aman, que me invocan, que me buscan y que confían en mí». Y lo envía al obispo. El obispo Juan de Zumárraga no le creyó. Era necesaria una prueba. Y la Virgen se la dio. «Sube, tú que eres el más pequeño de mis hijos, hasta la cumbre del cerro, donde me has visto y yo te di mis instrucciones. Allí encontrarás diversas flores; córtalas y recógelas». Era diciembre y sin embargo el indio Juan Diego contempló un campo esponjado de rosas. Las envolvió en su capa y las llevó al obispo. Cuando extendió la capa, el rostro del obispo se llenó de sorpresa y admiración. La imagen de la Virgen ha quedado impresa en el sencillo manto del indio. Y el obispo la colgó en su capilla. En lengua Náhuatl, se le llamó Tlecuauhlapcupeuh (la que viene de la luz como el águila de fuego) o tal vez Coatlaxopeuh (aplasté con mis pies la serpiente), pero a los españoles estos nombres le sonaban a Guadalupe, como la Virgen extremeña. Y así se la veneró, como a Nuestra Señora de Guadalupe.

martes, 13 de noviembre de 2018

Rossini y «El barbero de Sevilla»


El 13 de noviembre de 1868 –de ello hace hoy 150 años– moría Gioachino Rossini en Passy, cerca de París, autor de la célebre ópera El barbero de Sevilla, que se estrenó en Roma el 20 de febrero de 1816. La efeméride de su muerte me da ocasión de hablar de la celebridad de esa figura barberil, anterior en el tiempo al propio Rossini. Se debe a la fantasía del francés Pierre Augustin Caron de Beaumarchais, que escribió una comedia en 1772 en forma de ópera cómica, con diálogos hablados y números musicales sueltos, compuestos también por él. En 1773 la convirtió en cuatro actos, y finalmente, en 1775, fue estrenada en París sin ningún éxito. Retocada la comedia, con nuevos lances, esta vez sí tuvo éxito sonoro que ya no abandonó a esta figura legendaria de la ópera del que todo turista desearía conocer en qué lugar de Sevilla tenía su barbería. 



 En ningún sitio, puesto que el rapabarbas por nombre Fígaro, protagonista de la conocida ópera El barbero de Sevilla, fue un producto de la imaginación de Beaumarchais, que jamás estuvo en Sevilla, aunque sí en Madrid, donde vivían dos hermanas suyas. Una de ellas, la menor, llamó en su ayuda al hermano para que intercediera en su favor ante la burla de un caballero llamado Clavijo que por dos veces había faltado a su palabra de casamiento. La larga estancia de Beaumarchais en Madrid le familiarizó con las costumbres de España. El que situara el lance de su comedia en Sevilla, y no concretamente en Madrid, nos sugiere la fuerza mágica y el embrujo que Sevilla ha ejercido siempre en todos los escritores.
El barbero de Sevilla fue en un principio comedia en cuatro actos y en prosa, estrenada en el teatro Francés de París el 23 de febrero de 1775. Diez años más tarde, en 1785, tuvo la satisfacción su autor de ver representada su comedia en el teatro del Trianón, interpretando María Antonieta el papel de Rosina y el conde de Artois el de Fígaro.
Esta comedia se convirtió después en ópera, primero con música de Paisiello y después de Rossini. La ópera de Paisiello, tomada la letra de la comedia de Beaumarchais, fue representada por primera vez en San Petersburgo en 1780. Tuvo mucho éxito, pero años después quedó eclipsada por la ópera de Rossini. Esta, con letra de Sterbini, tomada de la obra de Beaumarchais, fue estrenada el 20 de febrero de 1816 en el Teatro Torre Argentina de Roma. Entre los intérpretes de la ópera se hallaba el tenor sevillano García, muy apreciado en su época. Los partidarios de Paisiello la silbaron y el estreno fue un fracaso monumental. Pero a las pocas representaciones tuvieron que rendirse ante la sonoridad y encanto de una ópera que fue escrita por Rossini en trece días y a la edad de veinticuatro años. Y ha resultado ser su mejor obra, la ópera que más representaciones ha tenido hasta nuestros días.
El argumento es el siguiente. En una plaza de Sevilla, Fiorello, criado del conde Almaviva, ofrece con un grupo de músicos una serenata a Rosina, una joven de la que está enamorada el conde, y que vive en casa de Bartolo, un viejo médico que la tiene de pupila y con la que sueña casarse algún día para quedarse con su herencia. Poco después aparece Almaviva, que canta otra serenata. El balcón no se abre, parece que la serenata no ha surtido efecto. Almaviva entrega unas monedas a los músicos, los despide y queda rondando el balcón. Oye cantar a Fígaro, que ha sido criado suyo, y Almaviva le cuenta sus penas amorosas. Fígaro promete ayudar al conde, aprovechando la coyuntura de que Bartolo es parroquiano de su barbería.
Rosina aparece en el balcón con un papel en la mano que finge se le cae al suelo. Es un romance que espera sea recogido por su rondador y le responda cantando su nombre. Almaviva le canta Yo soy Lindoro... mientras Fígaro, pensando en la recompensa, prepara un plan para introducir al conde en la casa de Rosina. Almaviva se disfraza de soldado y después de profesor de música, que sustituye al clérigo Basilio que se hallaba indispuesto. El doctor Bartolo se muestra receloso de estas apariciones, pero después de no pocos embrollos e intrigas, en los que juega papel principal el barbero Fígaro, se rinde a la evidencia, cede en sus pretensiones matrimoniales y deja que el conde Almaviva se case con su esclavizada Rosina. La ópera termina con el canto jubiloso de los amantes.
Sevilla, ciudad de leyendas, también inspiró la figura de Don Juan Tenorio y en su cárcel estuvo Miguel de Cervantes, quien según la leyenda aquí se inspiró y comenzó su genial novela de El Quijote.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Noche de los cristales rotos, 80 años


En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 –se cumplen hoy 80 años–, estalló en la Alemania de Hitler el odio antisemita en lo que se llamó «Noche de los cristales rotos». Días antes, el joven judío polaco de origen alemán Herschel Grynszpan, que ha visto cómo sus padres han sido deportados de Alemania a Polonia, asesina en París al tercer secretario de la Embajada nazi Ernst von Rath.
Este asesinato sirvió de pretexto para lanzar unos pogromos contra los judíos en toda Alemania y Austria. Un ataque pensado para que pareciera espontáneo, pero que estuvo orquestado por el partido nazi. La brutal agresión alcanzó no solo a las personas, también a las casas, negocios y sinagogas.


 Al día siguiente, Heydrich, jefe de la Gestapo, presentó este balance a Goering:
—A esta fecha, la magnitud de la devastación de comercios y apartamentos judíos no se puede cifrar todavía. Las cifras ya conocidas: 815 comercios demolidos, 29 almacenes incendiados, 171 casas incendiadas, no representan más que una parte de los alborotos. Vista la urgencia, la gran mayoría de relaciones que nos han llegado se limitan a datos generales como «destrucción de la mayoría de los almacenes» o «destrucción de la mayoría de los comercios». 191 sinagogas han sido incendiadas y 76 han sido completamente destruidas. 20.000 judíos han sido arrestados, lo mismo que 7 arios y 3 extranjeros. 36 judíos han sido asesinados, 36 gravemente heridos…
Léon Poliakov, gran estudioso del tema, ofrece estos datos escalofriantes. Y añade:
–Al día siguiente, en una conferencia convocada por Goering, Heydrich habló ya de 7.500 comercios destruidos. Los archivos del campo de Buchenwald indican que este solo campo recibió entre el 10 y el 13 de noviembre la entrega de 10.454 judíos, que fueron recibidos y tratados con sádicos refinamientos al uso, acostados al pleno aire invernal, golpeados y torturados a lo largo del día mientras que un altavoz proclamaba: «Todo judío que quiera colgarse tenga la amabilidad de poner un pedazo de papel con su nombre en la boca para saber de quién se trata». Esta orgía devastadora emocionó sin medida al pueblo alemán, que era el testigo global. Ella se desarrolló ante una indiferencia casi general.
Tras la «Noche de los cristales rotos», comienza en Alemania la caza abierta del judío. La prensa nazi es una soflama continua de improperios antisemitas. Valga un ejemplo. El periódico de las SS Das Schwarze Korps publicó el 24 de noviembre:
–El programa es claro. Hele aquí: eliminación total, segregación completa. ¿Qué significa esto? Esto significa no sólo la eliminación de los judíos de la economía alemana, –eliminación que ellos han merecido por sus crueldades y por sus incitaciones a la guerra y al asesinato–. ¡Esto significa mucho más! No se puede consentir que el alemán viva bajo el mismo techo que los judíos, raza marcada de asesinos, de criminales, de enemigos mortales del pueblo alemán.  Por consiguiente, los judíos deben ser expulsados de nuestras casas y de nuestros barrios y deben estar alojados en calles y en casas donde estén juntos y tengan el menor contacto posible con los alemanes. Es preciso estigmatizarles y quitarles el derecho de poseer en Alemania casas e inmuebles, pues no es conveniente que un alemán dependa de un propietario judío y que le alimente con su trabajo…
Y comienza el éxodo de miles y miles de familias judías, despavoridas de miedo, que tratan de encontrar refugio donde buenamente se pueda. Dolor provocado por un odio irracional difícil de describir sobre el papel. Y llegará la guerra mundial, campos de concentración, Auschwitz…

lunes, 5 de noviembre de 2018

Casa natal de Sor Ángela de la Cruz


Hoy, 5 de noviembre, festividad de Santa Ángela de la Cruz, quiero situarme en su casa natal, que las Hermanas de la Cruz mantienen como oro en paño, pequeñita y recoleta, conver­tida ahora en pequeño santuario, y recorrer sucintamente los primeros años de su vida en aquel barrio de Sevilla, lejano entonces, cerca de la Macarena.
En la casita número 5 de la plaza de Santa Lucía, frente al Beaterio de la Trinidad, sencilla de una sola planta y con olor a jazmines y arriates, Josefa González, sevillana, hija de padres venidos de Arahal y Zafra, dio a luz el 30 de enero de 1846 a una niña fruto de su matrimonio con Francisco Guerrero, cardador de lanas y oriundo de Grazalema. Tres días más tarde, 2 de febrero, fue bautizada en la parroquia de Santa Lucía y le pusieron por nombre María de los Ángeles Martina de la Santísima Trinidad. Desacralizado este templo en 1868, la pila bautismal en la que se bautizó Sor Ángela se conserva actualmente en la casa donde nació.


Sor Ángela de la Cruz será por ahora Angelita, vive con sus padres y hermanos (fueron catorce, llegando a mayores tres varones, José, Antonio y Francisco; y tres chicas, Joaquina, Ángela y Dolores) y es una niña de la que se cuentan cosas como las que siguen.
El padre murió pronto. Aficionado a leer libros devotos, hombre serio y de recta conciencia, había sido además de su viejo oficio de cardador de lanas cocinero del convento de los Trinitarios, ex­tramuros de la Puerta del Sol, a un tiro de piedra de su propia casa. Josefa, la madre, y Joaquina, la hija mayor, lavaban y cosían la ropa de dicho convento. Pero eso era mucho antes de nacer Sor Ángela: la ex­claustración de 1835 dispersó a los religiosos y el convento se convir­tió en cuartel.
Pasado el tiempo, Angelita recuerda cómo acompañó a su hermana Joaquina que recogió del cementerio los restos de su padre y los trasladó a una capilla lateral de la iglesia de la Trinidad. Allí, en el viejo convento que tan fielmente había servido. La cal de muchos años ha borrado la lápida que filialmente le pusieron.
Así que la familia toda, desde la más tierna infancia de Angelita, gira en torno a su madre Josefa.
«Abuelita» le decían las primeras Hermanas de la Cruz, cuando iban a visitarla, ya muy anciana, a esta su casita. Si su hija era Madre del Instituto, su madre será la «Abuelita».
Pues «Abuelita» tenía esa gracia de la mujer sevillana de barrio, y era bondadosa, inteligente, imaginativa, limpia dentro de su pobreza, y una estupenda cristiana. En su casa, durante el mes de mayo, se ponía un altar a la Virgen y se rezaba el rosario. Tenía una imagen de la Asunción y otra de la Virgen de los Dolores, pero sus preferencias, como buena sevillana, iban por la Virgen de los Reyes. Y, ¡oh providencia!, en un día de la Virgen de los Reyes, 15 de agosto de 1882, murió la «Abuelita».
Angelita, ya de Sor Ángela, ve cómo su madre lleva uno de esos pañolones llamados de sandía, que cubren la espalda, hombros y talle y deja libre el escote. Sor Ángela se acercó a ponerle disimuladamente un alfiler que le cerrase el escote. Y surgió el gracejo de «Abuelita»:
—Mira, hija, tú sé todo lo buena y santa que quieras; pero no me ahogues, que con esto no ofendo a Dios.
Sin embargo, Angelita era su debilidad. Esto lo sabían los demás hermanos: Francisco, por ejemplo, llevó un día un nido de pájaros a casa. Temiendo que Angelita se encaprichara con los pajarillos y pi­diera el nido a su madre, Francisco le susurró al oído:
—Angelita, como pidas el nido te ahogo.
Y Angelita rio la ocurrencia de su hermano.
Ya veis las cosas que le ocurrían. Nada de extraordinario. Una fa­milia como otra cualquiera, con sus estrecheces y sus alegrías. Una familia pobre, como tantas en aquel entonces. José murió en Buenos Aires. Antonio contrajo matrimonio y puso una tienda de cuadros en la calle Cerrajería. Francisco tuvo tres hijos: Antonio, José María y Conchita. De las hermanas, Joaquina quedó viuda muy joven y vivía en su casa como una religiosa; de su hijo Antonio, nació Manuela, que fue también Hermana de la Cruz. Dolores, la menor, murió sol­tera antes que Angelita.
Dolores nació en Viernes Santo y vaya usted a saber por qué no tomó el pecho hasta el domingo de Resurrección. Lo contaba con gracia Sor Ángela, que luego vienen los biógrafos y husmean prodi­gios de los Fundadores desde la más tierna infancia. Sor Ángela dice que no, que eso ocurrió a su hermana Dolores.
–Quieren achacármelo a mí; pero yo sé bien que quien no tomó el pecho fue mi hermana Dolores.
Y llega la anécdota de aquel carrero malhablado que tuvo la mala fortuna de echar rayos y centellas, o séase, picardías y algu­na que otra blasfemia, a la puerta de la casa de Angelita. El ca­rro se le había encallado en un hoyo y las mulas, con la carga, no po­dían seguir adelante. Angelita se está peinando en esos momentos en la ventana. Oye las palabrotas del carrero y se echa a llorar. Su hermana Joaquina acude a consolarla. Y le sugiere una mentira piadosa:
–¿Por qué te apuras? No ha dicho lo que tú crees. El hombre ha dicho: «Dios quiera que salga pronto».
Y Angelita, como movida por un resorte, sale disparada hacia la puerta, encuentra al carrero, se arroja a sus pies y le dice humilde­mente:
–Perdóneme el mal juicio que he hecho de usted.
El carrero no salía de su asombro. Salió Joaquina y al oído explicó al carrero lo sucedido.
Fue poco tiempo a la escuela. Su madre la quitó pronto porque la necesitaba en las labores de la casa. Ni si­quiera sabemos en qué escuela estuvo. De aquella escuela salió escribiendo, con bastantes faltas de orto­grafía, unas mínimas nociones de aritmética y un poco más de Catecismo. Su letra, menuda y endeble, sin apenas utilizar los signos de puntuación, indicaba la escasa instrucción que recibió Angelita. Y con esas escasas letras, llegó a ser una santa… descomunal.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Festividad de Todos los Santos


Esta mañana, las campanas de las iglesias repican una vez más en la festividad de Todos los Santos, esa fiesta democrática de la Iglesia, entre caídas de hojas de árboles de un grisáceo otoño, en la que caben los pequeños, los humildes, los pobres, los que no tienen sus nombres inscritos en letras de gloria en los calendarios, los millones y millones de anónimos santificados sobre la tierra oscura.
Todos los Santos es la fiesta de los que son santificados, sin gloria individual, en su pequeña vida gris de cada día.
Todos los Santos es la fiesta de todas esas flores del campo, de una variedad y de una belleza casi infinita. El profeta lo ha visto, esa multitud innombrable de santos reunidos ante el trono del Cordero: de todas las naciones, de todas las lenguas, de todas las razas. 



Todos los Santos es la fiesta de un Dios que abre sus brazos al pueblo y murmura con su voz dulce pero más fuerte que la de los corifeos de este mundo:
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
–Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
–Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
–Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
–Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
–Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
–Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
–Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
O con las Bienaventuranzas del Papa Francisco:
Ser pobre en el corazón, esto es santidad.
Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.
Saber llorar con los demás, esto es santidad.
Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.
Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.
Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad.
Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.
Aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas, esto es santidad.
Fiesta también del mañana, de los que aún luchamos en la vida terrena, a la espera de ir hacia el más allá, todos, unos antes y otros después. «Si yo parto antes que tú… ¡ruega por mí!», «Si tú partes antes que yo… ¡no me olvides en el seno de Dios!».
Mientras tanto, procuremos vivir por Dios y para Dios.
Mañana, 2 de noviembre, es como el reverso de la misma Fiesta: la Fiesta de Todos los Difuntos. Día de muertos, día de recuerdos, día de visita al cementerio, día de flores en las tumbas de los seres queridos… Cuando los cristianos vamos a rezar a una tumba encontramos un consuelo inexpresable que desconocen los no creyentes sin esperanza.
¡Bienaventurados los que viven y mueren en Cristo! Son los que han entendido la palabra de Cristo Salvador:
–A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos. (Mt 10, 32-33).

miércoles, 31 de octubre de 2018

Hoy, 20 años de la muerte de santa María de la Purísima


Tenía 72 años. Sábado 31 de octubre de 1998. En la Casa Madre de las Hermanas de la Cruz moría en olor de santidad la Madre María de la Purísima. Hoy, 20 años después, ya es venerada en los altares esta madrileña alumna de las Irlandesas que un día, en la festividad de la Inmaculada, 8 de diciembre de 1944, vino a Sevilla para entrar de postulante como Hermana de la Cruz. Con santa Ángela forma ese dúo por ahora de santidad de la Compañía de la Cruz.


¿Cómo es posible que haya ascendido en tan corto espacio de tiempo a la gloria de los altares esta Hermana, tan silenciosa ella, a la que conocí? Porque subir a los altares lo hizo en 2010, a los doce años de su muerte, al ser beatificada en el Estadio Olímpico de Sevilla. Y cinco años después, en 2015, fue canonizada en Roma por el papa Francisco. ¡Todo un récord de esta Hermana de la Cruz que ni siquiera ha logrado la mundialmente conocida santa Teresa de Calcuta, que murió un año antes, en 1997, y fue canonizada un año después, en 2016!
Le han detectado a sus 68 años un cáncer del pecho izquierdo que será operado. Y sometida a tratamiento de quimioterapia y radioterapia. Tiene dolores, y muchos. Solo su fuerza de voluntad y el dominio de sí, esa gracia sobrenatural que la sostiene, hace el milagro de aparecer ante las Hermanas como si nada ocurriera. Pasará un tiempo y un TAC revelará que tenía un hígado metastático con ascitis perihepática, cálculos en la vesícula biliar, tocado el pulmón. Cáncer extendido al cuerpo.
En la Casa Madre hay unas 80 Hermanas que han venido de distintos puntos para hacer ejercicios espirituales y serán testigos presenciales de que Madre no está bien, a pesar de que quiere sobreponerse.
Un día, tras la venida del hospital, fue a la capilla y al refectorio. Durante la recreación, la Vicaria general comunicó a las Hermanas que Madre se encontraba mal. El médico había dicho que tenía el hígado muy inflamado. Los rostros compungidos de todas se tornaron en asombro cuando poco después se presentó, como todos los días, para la lectura espiritual.
Sentada como siempre en su silla de enea, y con gran esfuerzo –se asfixiaba un poco y se le notaba ronca–, comentó la carta de la pobreza, última que había enviado a las Hermanas del Instituto con fecha 3 de octubre. Fue la última vez que habló a la Comunidad reunida. Las Hermanas, ante el entusiasmo y alegría que mostró, pensaron que no era grave lo que tenía y que pronto estaría bien. Una Hermana, que había venido de la casa de Morón, la saludó al llegar en la enfermería y, al abrazarla, le dijo María de la Purísima:
–¡Me voy al cielo!
Y ella le contestó:
–No puede ser, su caridad no se puede ir todavía.
–No tengo apego a nada. Lo único que me preocupa es que van a sufrir sus caridades.
Esa noche, a pesar de su inapetencia total, fue al refectorio, última cena que hizo con la Comunidad.
Pasó la noche en la enfermería.
Una Hermana le preguntó qué le había dicho el médico. Ella le respondió:
–El doctor me ha dicho que me queda poco tiempo de vida.
Al día siguiente, viernes 30 de octubre, oyó la misa de la Comunidad y, como es habitual en las Hermanas de la Cruz, estuvo sentada en el suelo.
Después de la misa, salió con María Sofía camino del hospital para ponerse el tratamiento.
–Fue el último día que la vi con vida –confiesa el doctor Murillo.
La aplicación del tratamiento le hizo fuerte reacción; pasó el día entero entre vómitos y grandes fatigas, pero no la vieron quejarse ni un momento. A las seis y media de la tarde, tomó un poquito de caldo con una yema y unas cucharadas de yogurt. Después dijo:
–Es conveniente descansar.
Y se acostó. Besó la tarima, como es costumbre, y se santiguó sonriente. Ya en la tarima, le entró mucho frío y una asfixia muy grande. Así pasó la tarde y la entrada de la noche. La asfixia era cada vez mayor. Pero su semblante, lleno de paz, no profería queja alguna.
Al amanecer, ya 31 de octubre, llamaron al capellán don José Polo para que le administrara la unción de enfermos. Llamaron también al médico, don Antonio Gallardo, el cirujano que la operó. Y volviéndose hacia las Hermanas, les dijo:
–La Madre ya hace tiempo que vive en el Cielo.
Aún con vida, las Hermanas fueron pasando en silencio y llorosas a besarle la mano. Aún tenía vida, pero aparentemente ya no tenía conciencia de nada. A las nueve y media de la mañana expiró. Sábado 31 de octubre de 1998.
Su muerte ha sido algo inesperado para las Hermanas que de muchos pueblos han venido para hacer ejercicios espirituales. ¿Es posible que tan de repente haya muerto cuando dos días antes les había hablado en la lectura espiritual y hecho el rezo en cruz y de rodillas en la capilla?
Es un silencio lleno de lágrimas el que corre por la Casa Madre.
El lunes día 2, conmemoración de los fieles difuntos, se celebraron las exequias. Presidió la Eucaristía el arzobispo Carlos Amigo Vallejo, acompañado de cuarenta y nueve sacerdotes. La iglesia, llena, y multitud de gente en la calle. Unas Hermanas de la Cruz llevan el féretro con los restos mortales de María de la Purísima. Una de ellas, con una mano en el rostro quiere tapar su dolor y sus lágrimas.
–¡Se nos fue al cielo! –exclamó.

sábado, 27 de octubre de 2018

Robo en la Catedral de Sevilla


No, no ha sido ahora. La noticia apareció en El Liberal, 27 de octubre de 1906: «De la Catedral de Sevilla se han robado gran número de miniaturas que figuraban en los pergaminos de los libros de coro y en los libros de rezo, y que eran una excelente prueba de la pericia de los antiguos iluminadores y de los pintores que en nuestra ciudad florecieron en los siglos XV y XVI».
La cosa venía de tiempo atrás. Cuando se descubrió, se pretendió llevar las averiguaciones con el mayor sigilo. Pero llegó a la prensa, y el escándalo estalló.


 «Manos criminales –continúa el periódico– han cortado y arrancado bellísimas miniaturas, que han pasado a poder de anticuarios y negociantes de Sevilla, Madrid y Barcelona. Según nuestros informes, un comendador del coro llamado Baltasar es el autor de los robos… Este individuo, a cuyo alcance estaban tales riquezas, parece que se servía para venderlas de un corredor conocido por Tirado y el cual enajenó algunas a precio muy inferior al que tienen. Más de cuarenta preciosas miniaturas en pergamino con letras, imágenes y adornos del mejor gusto, fueron a parar a poder de chamarileros y anticuarios, de Sevilla algunos, y cuyos nombres es necesario que salgan a la vergüenza pública».
El empleado Baltasar fue detenido por la policía como autor de tales desafueros. Hacía meses que venía vendiendo estas miniaturas de los libros de coro a anticuarios y personas particulares. Incluso un cuadro de Alonso Cano había ido a parar a un anticuario de la calle Placentines y un retrato de Argote de Molina había sido encontrado en el domicilio del tal Baltasar.
Las miniaturas, que en aquel entonces podrían tener un valor de unas 4.000 pesetas, llegaron a ser malvendidas al precio de catorce duros.
Al día siguiente, 28 de octubre, el mismo periódico recogió sendas cartas de anticuarios de Sevilla, donde confesaban su participación ignorante en este suceso. Firmadas por Ricardo Barrón y Agustín Tirado, muestran haber sido sorprendidos en su buena fe. Otras personas que han adquirido hojas sueltas miniadas de los libros de coro de la Catedral comienzan a aflorar. Pero son solamente algunos nombres, dispuestos a devolver lo adquirido a su lugar de origen. Otras muchas miniaturas han volado más lejos, Madrid, Barcelona, incluso París, y será imposible de recuperar.
Encargados por el Cabildo Catedral para entender del asunto del robo se hallaban los canónigos González Merchant y Flaviano Sánchez.
El lunes, 29 de octubre, aparece en el periódico la carta de otro aludido. Se trata de don Francisco Palomares, pastor de la iglesia protestante de la calle Relator. Cuenta que se ha presentado en casa del anticuario Ricardo Barrón, «manifestándole que los pergaminos que había comprado los ponía a disposición de dicho señor, para ser entregados sin retribución alguna a los señores que estuvieren encargados por el Cabildo Catedral de recogerlos».
El martes 3 de noviembre, la carta del corredor de una casa de antigüedades de París, que no quiere dar a conocer su nombre, revela otras pistas inquietantes. «Con motivo del affaire del robo de la Catedral, puedo añadir algo al asunto, manifestando que ciertos documentos y pergaminos se vendieron en un hotel de la calle Méndez Núñez a un corredor de una importante casa de Madrid por un corredor muy conocido en esta plaza por Rata blanca, el cual sabe también el nombre de una señora francesa, la cual adquirió también algunos. El citado corredor puede aclararlo todo, puesto que con el Baltasar andaba siempre, y la mayor parte de los pergaminos se vendieron por tal sujeto y un francés corredor, que intervinieron en ciertas ventas a extranjeros sirviendo de mediadores».
El miércoles 7 de noviembre aparece en el diario El Liberal la última de las cartas sobre este engorroso asunto. Es de José Calvo y Ramos, aludido en el periódico en los días anteriores. «En el año de 1886 el que tiene el honor de dirigirse a usted compró a un conocido librero, establecido en esta ciudad, siete preciosísimos libros antiguos y de extraordinaria rareza, por los que abonó una muy respetable cantidad en varias veces y partidas. Transcurrido algún tiempo, se enteró de que aquellos libros se habían sustraído de la Biblioteca Colombina, y se apresuró, sin perder un instante, a devolverlos a tan preciado depósito… Ahora, como entonces, ha tenido lugar un desgraciado accidente, y aludido en las cartas dirigidas a usted, por dos anticuarios con motivo de la adquisición de las hojas de libros corales, debo hacerle presente que compré algunas hará dos meses próximamente a don Manuel de la Oliva y Carmona y a don Federico Alonso, honrados industriales, el primero de los cuales tiene un establecimiento de ventas públicas, y el segundo un acreditado establecimiento de ultramarinos en esta capital. Ausente yo de ella después, en el momento de mi regreso he entregado las seis hojas que tenía al canónigo don Juan Flaviano, representante del Cabildo Catedral, espontáneamente también y sin querer percibir ninguna cantidad por ellas, y tendré la satisfacción más completa en conseguir que alguna otra hoja, del mismo modo que los que indica don Ricardo Barrón, sean recuperadas por el Cabildo Catedral».
Y aquí termina la información del periódico sobre este notable robo de la Catedral de Sevilla.
¿Qué sucedió después? ¿Qué proceso se siguió? ¿Qué condena recibió el tal Baltasar?
Los libros miniados del coro de la Catedral de Sevilla, notable colección de más de 200 libros, de ellos 106 con ornamentación preciosista desde el siglo XIV al XVIII, estaban siendo fraudulentamente deshojados y diseminados entre coleccionistas espabilados.