lunes, 9 de octubre de 2017

Padre Leonardo Castillo, «Costalero para un Cristo Vivo»

Leonardo Castillo ha sido en su vida un cirineo que ha llevado sobre sus hombros tantas desventuras… Pero en Sevilla, al cirineo se le llama costalero. Y eso ha sido Leonardo, un «Costalero para un Cristo Vivo».
La idea de esta imagen se le ocurrió al canónigo Francisco Gil Delgado, en un artículo en ABC, de abril de 1989, donde dice:
–¡Qué cosas se le ocurren al Padre Leonardo Castillo! No para esa imaginación calenturienta de obras de solidaridad. Ahora anda buscando costaleros, mas no para soportar el peso de las imágenes de Semana Santa, sino para transportar la imagen viva de Dios en sus hijos enfermos.


 Se trataba de una peregrinación a Lourdes… con enfermos y personas con discapacidad. Ya venía haciéndolas desde 1984…
–Costaleros para llevar a Cristo vivo desde Sevilla a Lourdes. Una nueva dimensión de la Semana Santa sevillana, trasladada más allá de nuestras fronteras. ¡Qué cosas se le ocurren al Padre Leonardo Castillo!
Y se creó la Fundación «Padre Leonardo Castillo, Costaleros para un Cristo Vivo». Aunque el canónigo Gil Delgado quiso dejar bien claro que la autoría del lema se le ocurrió a él y la acuñó en el diario ABC:
–Se me ocurrió a mí lo de «Costalero para un Cristo Vivo»… Se había creado una cofradía nueva en Sevilla, que no necesitaba pasar por la Campana, ni desfilar por la carrera oficial, ni llevar imágenes de madera sobre canastillas doradas o bajo palios de terciopelo. Cristos vivos los enfermos y minusválidos, tras la cruz de guía de su fe, con la papeleta de sitio de la esperanza, sostenidos sobre los hombros de la caridad.
Desde entonces, 33 ediciones ya, se organiza todos los años la peregrinación a Lourdes con enfermos y personas con discapacidad, acompañados de voluntarios costaleros. A los que se une desde 2008 un grupo de reclusos del Centro Penitenciario Sevilla I con permiso especial, que acuden acompañados por sus monitores. En Lourdes les aguarda todos los años para oficiarles la misa el cardenal Amigo Vallejo, que se ha convertido en el capellán más emblemático de la Fundación «Padre Leonardo Castillo, Costaleros para un Cristo Vivo».
El mismo año de su muerte en 2005, en el Centro Penitenciario Sevilla I, que tanto visitara Leonardo Castillo, se rotuló el 17 de diciembre el paseo de entrada a la cárcel como «Avenida de la Libertad del Padre Leonardo». Es una avenida de entrada, pero sobre todo para los presos es una avenida de salida, que conduce a la calle, a la libertad. El rótulo, confeccionado en el taller de cerámica de la prisión, se descubrió tras la misa que ofició el cardenal Amigo Vallejo en la Unidad de Cumplimiento. A ella asistieron unos cien internos e internas seleccionados. Y también unos cien «costaleros», toreros y numerosos representantes de las cofradías.
Homenaje perdurable a este cura sevillano, que no solo traía sonrisas y alegrías a los presos, sino que en el recuerdo de sus tiempos de «cura de los toreros» llegó a montar en la cárcel una corrida de toros, teniendo que meter los toros con una grúa.
Emocionante fue la entrega de un retrato del Padre Leonardo, pintado por un recluso inglés, James Taylor, a la hermana del sacerdote, Lupe Castillo. Los otros dos retratos hechos por el artista, quedó uno en la prisión y otro fue entregado a Manuel Ramírez Fernández de Córdoba, primer presidente de la Fundación «Padre Leonardo Castillo, Costaleros para un Cristo Vivo», periodista y escritor, exdirector de ABC de Sevilla, desgraciadamente fallecido dos años después, 23 de marzo de 2007, al sufrir un infarto mientras pronunciaba el Pregón de la Semana Santa de Talavera de la Reina. A él han seguido en la presidencia de la Fundación el doctor oftalmólogo Isacio Siguero Zurdo y el torero Eduardo Dávila Miura, que la preside actualmente.
Este año, sábado 27 de mayo de 2017, han sido trasladados los restos mortales de Leonardo Castillo desde el cementerio de Algar a la iglesia parroquial de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe del municipio gaditano que le vio nacer. Y depositados en la capilla de bautismo.
La exhumación y el traslado de sus restos se realizó en un acto íntimo y familiar. A continuación, a las doce y media de la mañana, se celebró una Eucaristía oficiada por el cardenal Amigo Vallejo, arzobispo emérito de Sevilla, y el obispo de Jerez, José Mazuelo.
El cardenal Amigo Vallejo elogió en su homilía la figura del insigne sacerdote, para concluir diciendo:
–«La caridad no se discute, se vive». ¡Cuántas veces se lo oía decir al Padre Leonardo! Así era Leonardo Castillo: un corazón repleto de misericordia y tan grande tan grande que cabían en él cuantos necesitaban de su ayuda. Un sacerdote para servir a Dios en lo que Dios quería ser servido.

viernes, 6 de octubre de 2017

La Giralda, octava maravilla

Tú, maravilla octava, maravillas
a las pasadas siete Maravillas.

La Giralda, octava maravilla, supera –dice el autor de estos versos que copio de un manuscrito de la Biblioteca Colombina– a las Siete Maravillas del Mundo, numeradas en el tratado De septem orbis miraculis, texto traducido del griego al latín por León Allatius y atribuido falsamente a Filón de Bizancio, ingeniero que vivió en el siglo II antes de Cristo. Para memoria de los lectores recuerdo las siete maravillas del mundo antiguo, que eran: 1. Las pirámides de Egipto. 2. Los jardines colgantes de Semíramis. 3. Las murallas de Babilonia. 4. La estatua de Júpiter Olímpico, de Fidias. 5. El coloso de Rodas. 6. El templo de Diana en Éfeso. Y 7. El sepulcro del rey Mausolo, en Halicarnaso.


Ser la octava maravilla se ha convertido en proverbial, en cosa maravillosa que sobrepasa las siete maravillas de la antigüedad. Pues esa maravilla octava es para el autor de esos versos primeros y para todos los sevillanos la Giralda, llamada así por una figura de mujer, de bronce, que gira como una veleta en el remate de la torre, vestida al estilo romano, con una palma en la mano izquierda y un lábaro en la derecha. Representa la Fe victoriosa y mide 3,48 metros. La estatua de bronce pesa algo más de una tonelada. Es hueca, realizada en Triana, fundida en bronce por el artillero (así se llamaba entonces a los fundidores) Bartolomé Morell.
Desde que en 1356 las cuatro bolas relucientes que coronaban la torre mora cayeron por efecto de un terremoto, esta se hallaba como despeinada, sin un no sé qué que la hiciera garbosa y bella. Ese adorno se lo hizo Hernán Ruiz «el Mozo», cordobés, nombrado maestro mayor de la catedral en 1556 a la muerte de Martín Gainza. El 17 de diciembre de 1557 presentó su proyecto de reforma de la torre. El 5 de enero siguiente, el cabildo aprobó el trazado por él diseñado. Comenzaron las obras en 1560 y terminaron en 1568 con la colocación de la estatua del Giraldillo el 14 de agosto.
En el epitafio que se acordó dos meses después, 6 de octubre de 1568 –hace hoy 449 años–, se la denominó «Coloso de la Fe Victoriosa». En el muro de la torre frontero a la calle Placentines, debajo de unas borrosas pinturas atribuidas a Luis de Vargas, hay una lápida con una inscripción latina debida al canónigo Francisco Pacheco. Traducida al castellano por el poeta sevillano Francisco de Rioja, dice así: «Consagrado a la eternidad. A la gran Madre libertadora, a los Santos Pontífices Isidoro y Leandro, a Hermenegildo, Príncipe pío, feliz, a las Vírgenes Justa y Rufina, de no tocada castidad, de varonil constancia, Santos tutelares, esta torre de fábrica africana y de admirable pesadumbre, levantada antes doscientos y cincuenta pies, cuidó el Cabildo de la Iglesia de Sevilla, que se reparase a gran costa en el favor y aliento de don Fernando de Valdés, piísimo Prelado; hiciéronla de más augusto parecer, sobreponiéndole costosísimo remate, alto cien pies de labor y ornato más ilustre; en él mandaron poner el coloso de la Fe vencedora, noble a las regiones del cielo, para mostrar los tiempos por la seguridad que tenían las cosas de la piedad cristiana, vencidos y muertos los enemigos de la Iglesia de Roma. Acabóse en el año de la restauración de nuestra salud 1568, siendo Pío V Pontífice óptimo máximo y Felipe II augusto, católico, pío, feliz vencedor, Padres de la patria y Señores del gobierno de las cosas».
Cervantes, que conoció la Giralda antes y después del airoso remate de Hernán Ruiz, la rememora en el Quijote al narrar el episodio del caballero del Bosque: «Una vez me mandó (Casildea de Vandalia) que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla, llamada Giralda, que es tan valiente y fuerte como hecha de bronce, y sin mudarse de un lugar, es la más movible y voltaria mujer del mundo». Y el ecijano Vélez de Guevara, en El Diablo Cojuelo, califica a la Giralda torre «tan hija de vecino de los aires, que parece que se descalabra en las estrellas».

lunes, 2 de octubre de 2017

San Juan de Aznalfarache debe al cardenal Segura el Monumento a los Sagrados Corazones

En San Juan de Aznalfarache se halla el Monumento a los Sagrados Corazones, donde está enterrado el cardenal Segura, que lo ideó e inauguró. Ahora el municipio de San Juan, amparado en la Ley de Memoria Histórica, ha borrado «Calle Cardenal Segura» y cambiado por el de «Paseo de las nueve aceituneras», asesinadas el 24 de octubre de 1936, en plena guerra civil.
Creo que suprimir del callejero del pueblo al cardenal Segura se deba a que el municipio piensa que, a tenor de la Ley de Memoria Histórica, hay que hacer desaparecer todo vestigio del franquismo y personajes adictos al Caudillo. Pero da la casualidad de que el cardenal Segura, aun siendo un purpurado muy polémico, ciertamente no fue franquista. Y el pueblo de San Juan de Aznalfarache le debe estar agradecido, porque el Monumento levantado en su cerro se debe a la voluntad férrea del cardenal.


A raíz de las Misiones celebradas en 1940, el cardenal Segura vio la necesidad de tener en la diócesis una Casa de Ejercicios y también un Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, como ya lo hiciera en Cáceres y proyectara en Toledo.
No había Casa de Ejercicios Espirituales en la diócesis. Se aprovechaba el Seminario de San Telmo para los sacerdotes y casas religiosas para los fieles. Había en Marchena, de iniciativa particular, en Valverde del Camino, diocesana, y en Chipiona, de propiedad particular. Pero la lejanía y otros inconvenientes...
Y se fijó en el Cerro de San Juan de Aznalfarache, al otro lado del Guadalquivir, donde hubo en la época medieval un castillo moro y en el siglo XV se asentó un convento franciscano de Terceros Descalzos, que acabó en ruinas tras la exclaustración del XIX.
Levantada la iglesia y añadida una Casa de Ejercicios sobre el antiguo convento, el complejo fue inaugurado y bendecido por el cardenal Segura en la tarde del 14 de diciembre de 1941 con función eucarística y tedeum.
El Monumento al Sagrado Corazón lo piensa a lo grande. Y estamos en tiempos de penurias, postguerra, 1941… Pero aquel alcor, que se alza como una cornisa que divisa Sevilla, era propiedad del Ministerio del Aire. Y Segura, sin pudor, después de sus desavenencias con el Gobierno de Franco (en una Sabatina de 1940 había identificado la palabra Caudillo con el demonio, citando una frase de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, lo que provocó el furor de Franco, que a punto estuvo de expulsarlo de España), le escribe una carta al general Vigón, ministro del Aire, fechada el 8 de enero de 1942, solicitando ese terreno para erigir el Monumento junto a la Casa de Ejercicios.
El 28 de marzo de 1942, el Boletín Oficial del Estado publicó el decreto de cesión al Arzobispado de Sevilla de una parcela de terreno destinada al emplazamiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de San Juan de Aznalfarache, propiedad del Ministerio del Aire. Segura puede comenzar las obras. El Monumento, diseñado por él, fue realizado por el arquitecto Aurelio Gómez Millán. De forma semicircular es un gran patio porticado con balconada hacia Sevilla, en cuyo centro se levanta la estatua del Sagrado Corazón. En la ladera anterior, en camino serpenteante, discurre un Viacrucis y el monumento al Sagrado Corazón de María. Por ello, a partir de su inauguración, se llamará: Cerro de los Sagrados Corazones.
El domingo 24 de mayo de 1942, Pascua de Pentecostés, tuvo lugar la bendición y colocación de la primera piedra de la capilla votiva del Monumento oficiando de pontifical el cardenal Segura, asistido por el Cabildo metropolitano, con gran asistencia de fieles.
Hay un problema. En los aledaños al Monumento está el cementerio del pueblo de San Juan, contiguo a la Casa Diocesana de Ejercicios y en medio de la barriada que pretende construir el Ministerio del Aire. El cementerio será clausurado el 24 de junio y trasladado a otro lugar, obligado el vecindario a remover los restos de sus mayores por cuenta propia y construcción y embellecimiento de los nuevos panteones.
El eco de las quejas de los vecinos se ha perdido en el espacio infinito del tiempo. No hay constancia gráfica del malestar que suscitó en la población. Porque eran tiempos de ordeno y mando y de una censura imperante. Como tampoco queda constancia escrita de la avidez faraónica del cardenal Segura con esa obra colosalista que pretende llevar adelante.
En noviembre de 1942, en la festividad de Cristo Rey, será la inauguración de la Capilla Votiva, y el 31 de diciembre, solemne bendición e inauguración de la estatua del Sagrado Corazón de Jesús.
En años sucesivos, hasta su terminación en 1948, Segura no dejará de inaugurar las distintas fases de un Monumento que sigue en persona casi día a día. Es su paseo de tarde. Con su chofer y su secretario, toma su Mercedes y se planta en el Cerro a contemplar cómo discurren las obras de un Monumento construido a la mayor gloria del cardenal Segura. Perdón, de los Sagrados Corazones. Con el tiempo, pícaramente llamarán al Monumento el «Valle de los Caídos del cardenal Segura». En realidad, tal Monumento se convirtió en el gran mausoleo donde yacen junto al cardenal Segura los restos de sus padres y hermanos y costará sudores y lágrimas en aquellos tiempos de penurias tras la guerra.
El Monumento se inauguró solemnemente el domingo 10 de octubre de 1948, con misa en la puerta de la capilla votiva del Monumento y asistencia de Franco y señora, el Gobierno en pleno, autoridades y ejército, los obispos de Badajoz y Canarias, el arzobispo de Methynne, el cabildo catedral y fieles.
Terminada la misa, estaba programada una comida… que no se llegó a tener.
En los días previos, llegó de Madrid el jefe de protocolos del Gobierno para programar con Segura los actos del Monumento. Y se llegó al momento de la comida, en la que Segura era el anfitrión, puesto que se daba en la Casa de Ejercicios del Cerro.
El jefe de protocolos le dice que la mesa será presidida por el Generalísimo y por la señora de Franco, frente a él, y que Su Eminencia se sentará a la derecha del Jefe del Estado.
–Eso no puede ser –contestó Segura–. He jurado al recibir la púrpura los estatutos por los que se rige el Sacro Colegio y los Cardenales no ceden puesto más que al Rey, Reina, Jefe del Estado y Príncipe heredero. La señora del Jefe del Estado, por muy respetable que sea, no ocupa ninguno de estos cargos.
–Pero mire Vuestra Eminencia que hemos traído el protocolo de Madrid…
–Por mí se lo pueden llevar. Yo no tengo más protocolo que las leyes de la Iglesia.
–¡Ay, Señor! ¡En qué conflicto sin salida nos pone! No vemos solución.
–Pues yo veo tres, por lo menos. Primera: que la señora del Jefe del Estado no asista al banquete. Segunda: que no asista yo. Tercera: que el banquete no se celebre.
Y el banquete no se celebró.
No se verán más las caras Franco y Segura. Cuando Franco vuelva a Sevilla en abril de 1953, Segura se hallará en el Cerro dando Ejercicios espirituales. Y el distanciamiento y ruptura será total.
Dicho lo cual, no veo motivo para que el Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache se haya amparado en la Ley de Memoria Histórica para borrar de un plumazo a quien le debe el monumento más colosal del que puede gloriarse el pueblo. Porque Segura será lo que sea, pero no fue franquista. Y un año más tarde, en 1954, cuando lo destituya de su diócesis la Santa Sede, escribirá una carta a Domenico Tardini, prosecretario de Estado, en la que le dice:
–Estoy solo, Franco me ha aislado.

viernes, 29 de septiembre de 2017

San Miguel arcángel, con su espada flamígera

En el año 590, una terrible epidemia de peste asola la ciudad de Roma. El papa Pelagio II es una de sus víctimas. La dramática situación exigía la elección inmediata de un nuevo papa. Y recayó en el monje Gregorio, que pasará a la historia con el apelativo de el Grande. El nuevo papa exhortó al pueblo a elevar plegarias a Dios y organizó una gran procesión de tres días, que es recordada por Gregorovius, basado en crónicas de Paolo Diácono y Gregorio de Tours:
–La procesión fue ordenada del modo siguiente: el pueblo fue dividido por edades y por condición social en siete grupos. Cada uno de ellos debía reunirse en una iglesia distinta y de ella dirigirse solemnemente a Santa María la Mayor. Los clérigos, en San Cosme y Damián, junto con los sacerdotes del sexto distrito; los abades con sus monjes, en San Gervasio y Protasio, junto con los del cuarto; y las abadesas y sus monjas, con los párrocos del primer distrito, en San Marcelino y San Pedro. Los niños partían de San Juan y San Pablo con los sacerdotes del segundo distrito; los laicos, con los del séptimo, desde San Esteban de Celio; las viudas, con los del quinto, desde Santa Eufemia; y, por último, todas las mujeres desposadas, junto con los sacerdotes del tercer distrito, desde San Clemente.


 En medio de aquella terrible peste, una serpenteante procesión fúnebre recorría las calles de Roma. De pronto, cuando el papa Gregorio atravesaba el puente que conduce a San Pedro al frente de la procesión, el pueblo asombrado contempló en el cielo sobre el mausoleo de Adriano al arcángel san Miguel en actitud de enfundar su espada flamígera, como indicando que la terrible epidemia de peste había terminado.
En recuerdo de aquel milagroso suceso, en el mausoleo de Adriano se levantó una capilla en honor del arcángel y desde entonces se conoció aquel lugar como Castel Sant’Angelo (Castillo del Santo Ángel). Hoy día, quien visite Roma, contemplará en la cúpula del monumento, cercano al Vaticano, el ángel de bronce esculpido en 1763 por Verschaffelt, que sustituyó al anterior en piedra de Guillermo de la Porta.
El nuevo calendario de la Iglesia ha agrupado en este día 29 de septiembre, festividad de san Miguel, la celebración de los otros dos arcángeles Gabriel y Rafael, cuyas fiestas recaían respectivamente el 24 de marzo y el 24 de octubre. Pero es san Miguel el que, desde muy antiguo, recibió un culto popular superado por muy pocos santos, tanto en la Iglesia griega como en la latina. El emperador Constantino le erigió un santuario a orillas del Bósforo, en tierra europea. Una leyenda cuenta que había sido visitado y curado milagrosamente por san Miguel. Y el emperador Justiniano le levantó otra en la orilla opuesta. San Miguel es el gran patrono del pueblo alemán. Carlomagno dispuso que este día fuese declarado fiesta nacional en Alemania. Los lombardos grabaron su efigie en las monedas y en sus estandartes, y prestaban juramento ante su imagen. Este día, como en los demás santos, no se trata de recordar su dies natalis, es decir el nacimiento a la vida eterna, ya que es un espíritu puro. Recuerda esta fecha la consagración de la basílica dedicada al arcángel san Miguel en Roma, construida en el siglo V en la via Salaria.
San Miguel es el protector de los protectores. Su nombre significa «¿quién como Dios?» y es un grito de guerra contra aquél que presuma hacerse igual a Dios.
Es el arcángel guerrero, el príncipe de las milicias celestes, el adversario de Satanás. Se encuentra —aunque sin nombre— ya en las primeras páginas de la Biblia, guardián de la puerta del paraíso terrestre. Y su última y definitiva victoria contra Satanás tendrá lugar al fin de los tiempos, descrito por san Juan en la visión del Apocalipsis.
En la Biblia, se habla expresamente de él en cuatro pasajes: dos en el libro de Daniel, uno en la carta de san Judas y otro en el Apocalipsis. El profeta Daniel (10, 13 y 21) lo describe como príncipe protector del pueblo de Israel contra los persas y anuncia el final de la cautividad de los judíos: «Miguel, uno de los príncipes supremos, vino en mi auxilio... Nadie me ayuda en mis luchas, si no es vuestro príncipe Miguel». En la carta de san Judas (v. 9) se alude a la lucha sostenida por el cuerpo de Moisés entre san Miguel y el diablo, pasaje inspirado en el libro apócrifo La Ascensión de Moisés: «El arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándole el cuerpo de Moisés...». Y el Apocalipsis (12, 7ss.) describe la guerra sostenida por san Miguel y sus ángeles contra el dragón. «En el cielo se trabó una batalla. Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no vencieron y desaparecieron del cielo definitivamente; al gran dragón, a la serpiente primordial que se llama diablo y Satanás y extravía a la tierra entera, lo precipitaron a la tierra y precipitaron a sus ángeles con él».
Vencedor del mal, la piedad popular le considera nuestro guardián en el momento de la muerte. Estará a nuestro lado en el Juicio. A él están dedicadas numerosas capillas y cementerios en toda la cristiandad. Motivo de inspiración del arte cristiano, es representado primordialmente vestido como ángel guerrero con la espada en una mano y el estandarte en la otra y a sus plantas el dragón infernal hollado por sus pies. También aparece, con una balanza para pesar el bien y el mal. Y por ello ha sido elegido como patrono de los comerciantes, drogueros y especieros, que han de hacer uso de la balanza en su trabajo.
La leyenda no sólo cuenta de la aparición de san Miguel a san Gregorio en Roma. Dos sucesos más dan colorido en la época medieval a la presencia y culto de este arcángel.
En el monte Gárgano, junto a Manfredonia, en la costa italiana del Adriático, se cuenta de un toro refugiado en una cueva para defenderse de las flechas que le venían para abatirlo. Estas cambiaron su trayectoria, como un bumerán, e hirieron de muerte a los que la habían tirado. Intrigó esto al obispo del lugar, que ordenó un ayuno de tres días para esclarecer el misterio. Concluido el ayuno, se le apareció el arcángel san Miguel y manifestó al obispo que se le dedicase aquella cueva, en otro tiempo destinada a la adoración del hijo de Esculapio. Desde entonces, aquel monte se llamó del Santo Ángel y los cruzados venían a aquella cueva a rezar antes de embarcarse para la aventura de Tierra Santa.
En el siglo VIII, en la costa normanda, el arcángel san Miguel se apareció en sueños al obispo de Abranches, san Auberto, y le ordenó que edificara en su honor un santuario en el monte Tombe, junto al mar. Como el obispo mostrara sus reticencias, el arcángel le dejó grabado en su cráneo la impronta de su dedo. Construido un monasterio, en él se instalaron los benedictinos en el 966, y fue conocido como Saint-Michel au péril de la mer (San Miguel en peligro de mar), lugar de peregrinación y de bellas leyendas normandas. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Cristóbal Colón por los suelos

–EE.UU. borra a Cristóbal Colón –leo en ABC del 11 de septiembre–. Gobernantes demócratas retiran los homenajes al descubridor de América por «genocida», mientras los radicales de izquierdas derriban sus estatuas.
Y cuenta cómo el 30 de agosto, en el neoyorquino parque de Yonkers, aparece decapitada la estatua de color de bronce de Colón, de dos pies de altura. Porque la estatua original de bronce que estaba en ese parque fue robada hace 12 años y sustituida posteriormente por una réplica de yeso, que ahora ha sido decapitada. Y en el barrio de Queens, pintadas donde podía leerse: «Abajo el genocida», en otra estatua de Colón.

  
Decapitado el busto de Cristóbal Colón en el parque neoyorkino de Yonkers.

En Buffalo, Boston y Houston, entre otras muchas ciudades, las estatuas de Cristóbal Colón han aparecido cubiertas de pintura. En Baltimore, un activista dañó considerablemente con un martillo un obelisco considerado el monumento más antiguo dedicado a Colón en el país y narró su acto vandálico por Internet.
Más recientemente, el 15 de septiembre, en la ciudad californiana de Santa Bárbara veo, también en ABC, decapitada la estatua de fray Junípero Serra, franciscano mallorquín, que fundó nueve misiones españolas en la Alta California y presidió otras quince. Un fray Junípero, que enseño a los indios a cultivar la tierra además de llevarles a Cristo, fue canonizado por el papa Francisco el 23 de septiembre de 2015.
Hace unos años, en 1992, celebramos el quinto centenario de esa hermosa aventura hacia lo desconocido que se inició en el puerto de Palos (Huelva). Tres cascarones de madera se dieron a la mar océano, adentrándose en las tenebrosas aguas más allá del Finisterre, al socaire de la loca idea de un marino genovés. La empresa estaba financiada por la reina de Castilla, Isabel la Católica. Y la tripulación, gente bragada de Andalucía.
Pues resultó, para los historiadores revisionistas norteamericanos, que Colón fue un invasor, genocida y esclavista. (¡Y lo dicen ellos, precisamente ellos que aniquilaron a millones de indios, cuando eran colonia inglesa y después cuando ya era Estados Unidos!). Lo de Colón no fue una «proeza», fue una «barbaridad» y la celebración del Quinto Centenario una «farsa». ¿Dónde queda el Columbus Day o Día de Colón? Mitch O'Farrell, activista del lobby LGTBI y concejal en Los Ángeles, ha conseguido que la ciudad deje de celebrar el tradicional Columbus Day, que en Estados Unidos se conmemora el segundo lunes de octubre. En su lugar, se celebrará el Día de los Pueblos Indígenas, sustitución que ya han hecho otras ciudades norteamericanas. 
Colón dio inicio al colonialismo moderno, según Ricardo Levins, y se convierte en un monstruo que arruinó el paraíso perdido, según el historiador Kirpatrick Sale, que escribió La conquista del paraíso, aprovechando la coyuntura del tema con un contenido escandaloso que le ha proporcionado sus buenos dólares. Él parte de una interpretación «ecológica» de la Historia. Ahora que la interpretación «marxista» se encuentra en el cubo de la basura, nos viene este nuevo enfoque ecológico que desea interpretar con mentalidad de hoy los sucesos acaecidos hace quinientos años. «América —nos dice— estaría hoy mucho mejor sin la intervención europea. Con Colón no sólo se destruyó el mundo y la naturaleza de los indios sino también la relación cuidadosa y respetuosa que existía entre ellos y su entorno». El Consejo Nacional de Iglesias de los Estados Unidos se unió a esta orquesta y calificó la llegada de Colón como una «invasión». A esta nota no se unieron los obispos católicos norteamericanos, que redactaron un documento más sensato.
¡Pobre Colón, la de tortas que le han venido encima! ¿No les parece que la historia de este hombre es más sencilla? Tuvo una genial idea y logró un sponsor (ahora se dice así) en la reina Isabel la Católica y un pueblo que lo realizó. Barbaridades hubo, claro que sí, y ahí están, entre otras, las denuncias de ese sevillano que se llamó Bartolomé de las Casas. Pero no echen las culpas a Colón, que fue sencillamente un navegante avezado, y le inculpen aviesamente de invasor, como si hubiera programado sádicamente esta incursión continental desde la Casa Blanca de hace quinientos años.
Francia, cómo no, se unió también a esta orquesta. Y por ahí apareció el diario Le Figaro con un amplio dossier, donde la malevolencia se unió a la ignorancia. Franceses y norteamericanos se podrían mirar su propio ombligo, que debe andar bastante lleno de pelusas históricas. Y aplicarse la interpretación «ecológica» a ellos mismos. El corazón de Europa no latía en 1492 en Italia, Francia o Inglaterra, sino en España, dicen estos franceses. Por ello no se sienten responsables de esta «tragedia»...
Ni falta que hace. Porque no fue una tragedia. Fue una gran hazaña histórica. Sería apasionante colarse en el túnel del tiempo y recoger las primeras emociones de un Colón que ha vuelto de su primer viaje. Cuando llegó a Palos, de donde partiera, el 23 de marzo de 1493. O cuando unos días después, el 31 de marzo, domingo de Ramos, entró en Sevilla «donde le fue fecho buen recibimiento», según cuenta el Cura de los Palacios, testigo presencial de este momento. «Trujo diez indios, de los quales dejó en Sevilla quatro y llevó a Barcelona a enseñar a la Reyna y al Rey seis, donde fue muy bien recibido, y el Rey y la Reyna le dieron gran crédito y le mandaron aderezar otra armada mayor y volver con ella, y le dieron título de Almirante mayor de la mar Océano, de las Indias, y le mandaron llamar Don Cristóbal Colón, por honra de su dignidad...».
Ese domingo de Ramos en Sevilla se supo que existía un mundo desconocido, al fondo mismo de ese océano impenetrable. La historia cambia de página en ese momento y comienza una nueva era. Sevilla lo sabe antes que nadie. Pero no hay perspectiva histórica para calibrar entonces la trascendencia de ese retorno de Colón y de esa exótica muestra de indios que pasean por las calles de Sevilla.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Pablo VI, dos cartas de renuncia al papado

Pronto, en octubre, se van a cumplir 50 años de mi primera estancia en Roma. A la llegada de los alumnos españoles a la Estación Termini nos recogió el bus del Colegio Español y camino del Colegio se pasó por la Plaza de San Pedro, para que tuviéramos una vista del Vaticano. Era de noche y la fachada de San Pedro estaba iluminada. Fue emocionante para el joven clérigo que yo era entonces. Sin embargo, al papa reinante, Pablo VI, no pude verlo hasta ya entrado diciembre porque poco después, en noviembre, sería sometido a una operación de próstata. Un papa que ha pasado a la historia reciente como el hombre sufriente. Lo dijo él cuando ya no se pudo sustraer en el cónclave a la voluntad de los cardenales:
–Tal vez el Señor me ha llamado a este servicio, no porque tenga cierta aptitud, sino porque sufra algo por la Iglesia.


Durante todo el cónclave no dejaba de repetir a los cardenales:
–¡No tiene necesidad de mí la Iglesia!
Pablo VI era un tímido. Un hamletiano. «Hamlet-Montini», le llamaban en el Vaticano cuando él dirigía una de las dos secretarías de Estado con Pío XII. Y, sin embargo, se dijo de él que «en este siglo (el XX) era el hombre más adaptado para convertirse en papa».
Juan XXIII decía de él:
–Nuestro Eminentísimo Hamlet.
Y el cardenal Spellman, arzobispo de Nueva York:
–Un enigma viviente.
«Papa de la duda», lo fue menos por la irresolución con que se le acusaba, cuanto por la complejidad de los nuevos problemas surgidos en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. La duda entre ser «Pedro», con la tarea de conservar el pasado, y ser «Pablo», para encontrar caminos nuevos que forjar la tradición del mañana.
En su alabanza, su amigo Jean Guitton dirá de él:
–Es un alma especialmente receptiva y sensible; conviene aplicarle el epíteto que damos a ciertas flores cuyos pétalos parecen órganos de los sentidos: sensitiva es su conciencia, su manera de escuchar, de comprender, de percibir, de callarse… Una calma que se mueve de manera magnética.
Después de su operación de próstata, entramos en el año 1968. Parece físicamente cambiado. Una mirada demacrada. Una marcha más lenta. Apenas come y duerme menos. Y sin embargo sigue con su actividad.
Pero entre los periodistas ha corrido un rumor. El papa ha pensado en dimitir. Hoy sabemos de una renuncia al papado por el caso Benedicto XVI, papa emérito. Pero en aquel entonces se hablaba de que en la historia de la Iglesia tan solo había habido un caso, el del piadoso ermitaño Pierre de Morrone, que subió al trono pontificio con el nombre de Celestino V, elegido en 1294, después de dos años de votaciones, porque los Orsini no querían que un Colonna fuera papa y los Colonna pensaban lo mismo de los Orsini… Eligieron a un ermitaño que entró en Roma a lomos de un burro y reinó cinco meses antes de declararse impropio para dirigir los destinos de la Iglesia. Se retiró cerca de Agnani donde murió en olor de santidad en 1296, a los 81 años.
Lo que entonces se rumoreaba –la renuncia al papado de Pablo VI– y que no lo realizó tal vez por su timidez o más bien disuadido por sus colaboradores inmediatos, se ha confirmado en estos días. El cardenal Re, prefecto emérito de la Congregación de los Obispos, ha dado a conocer hace unos días en una revista de Bérgamo, recogida por el cotidiano Avvenire, que Pablo VI tenía preparadas dos cartas de renuncia.
–Me las mostró san Juan Pablo II –ha revelado el purpurado.
Pablo VI tenía en un cajón de su mesa de despacho dos cartas listas con su renuncia, en caso de que quedara inconsciente por alguna enfermedad o por algún evento inesperado. El Código de derecho canónico, vigente en esa época, contemplaba que el Papa no podía renunciar sin la aceptación del Colegio Cardenalicio. La segunda carta invitaba al secretario de Estado de la Santa Sede para que convenciera a los cardenales a aceptar su dimisión.
El cardenal Re, cuyo sueño era «ser párroco» aunque llegó a cardenal, hace un repaso a sus «seis papas».
–Para abrir el Concilio fue necesario Juan XXIII, quien tenía gran confianza en Dios y en los hombres. Pablo VI fue el papa que simplificó la curia y quería simplificación e internacionalización de los cargos. El papa Luciani me dijo que el papado era un peso demasiado grande para sus espaldas. Juan Pablo II, un gran hombre y un gran santo. Benedicto XVI, un gran teólogo, una persona suave, con la fama de ser duro pero no es así. Es bueno y bondadoso, tiene una inteligencia extraordinaria. Y Francisco, el papa justo en el momento justo.
Ya no estoy en situación de viajes, por mi salud. Pero siempre que he acudido a Roma, al llegar a la Ciudad Eterna, he visitado la basílica de San Pedro y en ella una especial oración ante la tumba de san Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y ante la sencilla lápida sin monumento alguno que oculta bajo ella los restos de Pablo VI. Un papa sufriente al que tengo especial afecto. Pienso que, si su vida hubiera transcurrido por otros derroteros, hubiera sido un gran escritor en lengua italiana. Tan elegante era su estilo.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Juan Pablo I, el «Papa de la Sonrisa»

El cardenal Parolin, secretario de Estado del Vaticano, ha invitado estos días pasados a rezar por la beatificación de Juan Pablo I, el «Papa de la Sonrisa». Así lo hizo saber el 29 de agosto en la edición en italiano de L'Osservatore Romano.
–Una vez que el decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes cristianas sea aprobado, si hay un milagro, creo que no faltará demasiado para concluir la causa –ha manifestado el cardenal Parolin.


 Albino Luciani, patriarca de Venecia, fue elegido papa en un cónclave ultrabreve, después de cuatro escrutinios, el 26 de agosto de 1978. Yo me hallaba esa tarde en la Plaza de San Pedro aguardando la fumata, que resultó ser ni negra ni blanca. Ante el desconcierto general, la opinión común se inclinaba porque era fumata nera y habría que volver al día siguiente. En los medios periodísticos en que me movía, se decía:
–Es pronto para la elección del papa.
Marché de la Plaza de San Pedro a enseñar la Piazza Navona a un viejo cura sevillano que me encontré y era la primera vez que venía a Roma. Y estando allí, oímos el repique de campanas del Vaticano y una señora que nos anunció que ya había papa. Corrimos hacia San Pedro, pero ya solo pude atisbar desde lejos el cierre de la balconada principal.
Marché a la Sala Stampa. Allí encontré a José María Javierre, que escribía para el diario «Ya», y a José Luis Martín Descalzo y Joaquín Navarro-Valls, para el «ABC». El problema era que Albino Luciani no era una figura muy conocida. No había entrado en el cónclave como papabile. ¿Qué decir de él? Yo sabía que tenía escrito un librito titulado «Ilustrísimos señores», en aquel entonces solo en italiano, que lo tenía un sacerdote del Colegio Español. Acudí al Colegio, rescaté el libro, volví a la Sala Stampa y mientras Javierre escribía su crónica, yo traducía ciertos pasajes del libro del nuevo papa, que salieron al día siguiente en el diario «Ya», con envidia de Martín Descalzo, que se quejaba de que tenía poco espacio en el «ABC» y no podía gozar de los únicos textos originales en ese momento del nuevo papa Luciani.
Al día siguiente, domingo, pude conocer al «Papa de la Sonrisa» en el Angelus del mediodía.
Era el primer cónclave postconciliar. El Colegio Cardenalicio, formado por ciento once electores, se decidió por Luciani, elegido por cardenales europeos y del tercer mundo, frente al núcleo duro curial, que hubiera preferido al conservador cardenal Siri, arzobispo de Génova.
Luciani no tenía experiencia curial como su antecesor, Pablo VI. Se sentía como «un novicio en el Vaticano». Y declaró:
–No sé nada del engranaje de esta especie de reloj. La primera cosa que haré será hojear el Anuario Pontificio para saber el «Who’s who» de cada uno y ver cómo funciona la máquina.
En el Vaticano se dieron cuenta enseguida que el papa sabía bien poco de diplomacia y que se había puesto a aprender el inglés. Fue un papa original en el escaso tiempo que vivió. El 20 de septiembre, lanzó esta curiosa advertencia:
–Es falso afirmar que la liberación política, económica y social, coincida con la salvación en Jesucristo; es falso afirmar que el reino de Dios se identifica con el reino del hombre, que «Ubi Lénine, ibi Jérusalem» (Donde está Lenin, allí está Jerusalén).
Luciani no tenía buena salud. En los días previos a su muerte, había tenido trastornos circulatorios. Al cardenal Villot, secretario de Estado, que lo encontró fatigado, le habló de sus piernas y pies hinchados.  Pero le dijo tranquilamente:
–Cuando un papa muere, ponen a otro.
El médico le había prescrito largos paseos por los jardines vaticanos. Y así, la primera audiencia diaria, que era con el cardenal Villot, la hacía paseando por los jardines.
Pero el 29 de septiembre, treinta y dos días después de su elección, el secretario particular del papa, monseñor John Magee, lo encontró al amanecer muerto en su cama. Tenía la luz encendida. El médico diagnosticó un infarto e indicó la hora aproximada de la muerte: sobre las 23 horas de la noche anterior.
Pronto circularon siniestros rumores, que serán recogidos por David Yallop en su panfleto In God’s Name. El papa habría sido envenenado con la complicidad tácita del secretario de Estado Villot y el presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), monseñor Paul Marcinkus. Un morbo que vende libros, pero no estábamos en la Edad Media.
Estos rumores podían desviar lo que realmente sucede: que el papado es una losa muy pesada para un solo hombre, sobre todo si llega enfermo. El arzobispo de Viena, cardenal Koening, conocido como el «cardenal rojo»,  declarará a este respecto:
–Es necesario reducir, aunque no se ha hecho hasta el presente, la sobrecarga física y psíquica a la que está sometido el papa, el peso que la función implica, delegando ciertas funciones pontificias en otros, de modo que no sobrepase los límites de la fatiga que puede tolerar un ser humano.
«Albino el Breve», el «Papa de la Sonrisa», concluyó la fase diocesana de su causa de beatificación en mayo de 2009 en la diócesis de Altamura Gravina-Acquaviva. Tras un breve tiempo de pausa, la causa ha sido retomada en julio de 2016, siendo su postulador el prefecto de la Congregación para el Clero, el cardenal Beniamino Stella. El actual secretario de Estado, cardenal Parolin pide que se rece para que la causa tenga un final feliz.