miércoles, 3 de diciembre de 2014

El Cristo sonriente del castillo de Javier

He visitado varias veces en Navarra la patria chica de san Francisco Javier. Es un castillo coqueto, bien cuidado, la casa solariega del santo, lejos de aquel castillo que él conociera en su edad infantil, cuando otro Francisco, el cardenal Cisneros, desmochó sus almenas después de la anexión de Navarra a Castilla. En mi primera visita, hace unos años, me lo enseñó un jesuita, bien documentado, voz fácil, sabelotodo del santo, el «Fantasma» le llamaban, tal vez porque se movía por aquellos muros con su figura hierática con la facilidad de estos seres imaginarios en los castillos medievales. A la entrada de la mansión –umbrales gastados, las mismas piedras que pisara Francisco Javier, me señala el Fantasma–, aparece la imagen de un Santo Cristo impresionante, talla de nogal del siglo XIV o tal vez del XV, que, con los brazos en cruz, mantiene en su agonía la sonrisa en los labios. Fue una sorpresa y un gesto desconocido para mí hallarme ante un crucificado sonriente, pero el Fantasma me contó la gesta de un jesuita que ha defendido toda una tesis doctoral sobre los Cristos sonrientes que se encuentran por el ancho mundo.


–¿Este es el Cristo de la leyenda que sudó sangre cuando Francisco Javier moría en Goa? –le dije.
Y el Fantasma me espetó raudo:
–Nada de leyendas, documentos, documentos... Todo está  documentado.
Y conmigo traje un tomo grande que cuenta las aventuras pormenorizadas de san Francisco Javier, que he leído en ratos de ocio. Y también las referencias documentales de este prodigio.
Frente al castillo, la iglesia de Santa María de Javier, regentada por monjas contemplativas, las Oblatas de Cristo Sacerdote, que fundara el que fuera obispo de Huelva, monseñor García Lahiguera, conserva la pila donde el santo fue bautizado.
Pasé mis manos varias veces por la piedra gastada de esta pila bautismal en forma de tazón octogonal que debe remontar su existencia al siglo XIII. Y se me vinieron a las mientes dos cosas: primera, que esa piedra es una referencia palpable del sacramento del bautismo. Existe ahora la costumbre, la moda o lo que sea, de poner sobre el altar mayor una bandeja plateada y realizar sobre tan sutil y movible recipiente el sagrado sacramento del bautismo. Imposible será el día de mañana pasar la mano, como yo hice en la pila de Javier, o mostrar unos padres a sus hijos, cuando llega la hora de la catequesis y se preparan para la primera comunión, la pila de piedra, más o menos hermosa, más o menos histórica, pero inamovible, en la que han sido bautizados.
Y segundo: he pensado en Francisco Javier, el misionero de la India y el Japón. Aquel que escribía a Occidente –en aquellos tiempos en que no existía televisión, teléfono o internet– y sus cartas eran leídas en todos los púlpitos de Europa. Ese hombre, «completamente solo, pequeño, moreno y sucio, y agarrando fuertemente la cruz», que describiera Paul Claudel, bautizó más de treinta mil indios. Sin papeles, sin burocracia, ni grandes escrúpulos a la hora de derramar sobre ellos el agua bautismal. Eran otros tiempos, es verdad, pero la pila de Javier me ha hecho reflexionar sobre estas cosas. Hoy, 3 de diciembre, es su festividad, y yo me acojo en mis oraciones al gran santo misionero jesuita.

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