jueves, 15 de agosto de 2019

Coronación canónica de la Virgen de los Reyes


La Virgen de los Reyes es la primera imagen de Andalucía coronada canónicamente. Para su coronación, el arzobispo Marcelo Spínola constituyó una Comisión de fiestas de la Inmaculada, cuyo secretario era el canónigo Muñoz y Pabón. Y constaría de dos actos: un certamen literario con discurso de una personalidad relevante y la coronación propiamente dicha.
La coronación tuvo lugar el domingo 4 de diciembre de 1904 y el certamen literario al día siguiente, ofrecido por Menéndez y Pelayo. Para el día 4 estaba también prevista en Sevilla la pena capital de un reo. El alcalde, aterrado de que una celebración tan bella para la ciudad coincidiese con el desagradable hecho de una ejecución capital, decidió convocar reunión extraordinaria del Ayuntamiento para estudiar la situación. Don Marcelo pidió asistir y propuso:
–Vayamos a Madrid.
Y fueron el arzobispo, el alcalde y el presidente de la Diputación.
Marchan a Madrid el 24 de noviembre. Al día siguiente son recibidos por el joven rey Alfonso XIII y la reina madre. Don Marcelo es contundente:
–Majestad, cuando un rey es coronado, se conceden indultos. Ahora lo pedimos en honor de la coronación de Nuestra Señora de los Reyes.


Volvieron a Sevilla con el interrogante de si lograrían su propósito. Se acerca el día de la coronación. ¿Llegará el indulto? A la fiesta han acudido el cardenal Ciriaco María Sancha, arzobispo de Toledo, que tendrá el honor de coronar a la Virgen de los Reyes, y el nuncio Aristide Rinaldini. La víspera, ya de tarde, cuando las bandas de música recorrían las calles anunciando el acontecimiento del día siguiente, los balcones engalanados con bellas colgaduras y la Giralda en una explosión de luz, un telegrama de Madrid llenó de ternura el corazón del santo arzobispo Spínola: «Para gloria de la Virgen de los Reyes, cuya coronación celebra mañana Sevilla entera, y con íntima satisfacción de mi alma, de la que participará esa noble ciudad, he indultado de la pena de muerte a Miguel Molina Moreno. Alfonso».
Esa misma noche, don Marcelo respondió con otro telegrama: «Mayordomo Mayor de S. M. - Palacio Real. - Madrid. La gratitud del pueblo de Sevilla es inmensa: bendice con efusión a S. M., y yo, lleno de júbilo, me atrevo a asegurarle que la Virgen de los Reyes le colmará de sus dones. Arzobispo de Sevilla».
Esa noche –él mismo lo confiesa–, don Marcelo Spínola no pudo pegar un ojo, de gratitud. El día amaneció brillante. Muy de mañana, las campanas de todas las iglesias de la ciudad repicaban y las dianas recorrían las calles. La Catedral, a las nueve, era ya una invasión de gente. En el trascoro aparecía la Virgen de los Reyes en su paso, libre de su baldaquino para verse mejor por los fieles.
A las 11 comenzó la liturgia jubilar. Un canónigo leyó las bulas pontificias que autorizaban el acto. Seguidamente, la bendición de las coronas, de la Virgen y del Niño, por el primado cardenal Sancha, y la misa pontifical, oficiada por el nuncio Rinaldini. Tras la misa, el cardenal Sancha procedió al rito de la coronación. Sube por una escalerilla de detrás del paso y coloca primero la corona del Niño. Después, la corona grande de la Virgen, preciosa corona costeada por la gente de Sevilla. Y el pueblo, que se había contenido hasta entonces, prorrumpió en aplausos y vivas a la Virgen de los Reyes.
Después de la coronación, se cantó la copla de Miguel Cid «Todo el mundo en general», con música del maestro Eslava. Y los Seises danzaron delante de la Virgen coronada, mientras enfilaba la procesión hacia la calle. La Virgen de los Reyes paseó por las calles de Sevilla, sin palio, para ser vista desde los balcones engalanados, y rodeada por los estandartes, banderas y simpecados de las hermandades sevillanas.
Una curiosidad. El indultado Miguel Molina huyó del penal de Santander, donde cumplía cadena perpetua, 20 de mayo de 1908, pero su fuga no duró mucho. A los cinco días fue entregado a la policía por el encargado de una obra donde se presentó buscando trabajo.
Y prosigamos con los festejos de la coronación. Al día siguiente, tuvo lugar en el salón de Murillo del Museo provincial, el Certamen literario. Presidió el acto el primado cardenal Sancha y a uno y otro lado, el nuncio Rinaldini y don Marcelo Spínola. En la tribuna, don Marcelino Menéndez y Pelayo disertó sobre la Inmaculada y recibió el obsequio de dos bandejas de plata repujada, como recuerdo de su intervención en la fiesta. Don Modesto Abín y Pineda, presidente de la Junta directiva del certamen, y Muñoz y Pabón, como secretario, fueron a entregársela a la casa del catedrático don Joaquín Hazañas y La Rúa, que tenía la honra de hospedarlo. Don Modesto Abín le dijo:
–Señor: la Junta directiva del certamen ruega a usted que se digne aceptar este humilde recuerdo de su estada en Sevilla.
Y «como chiquillo con zapatos nuevos» –cuenta Muñoz y Pabón–, don Marcelino vio las bandejas repujadas y todo lo que se le ocurrió decir, casi con lágrimas en los ojos, fue:
–¡Lo contenta que se va a poner mi madre cuando se las lleve!...

martes, 13 de agosto de 2019

El tren de la muerte


En mi libro “Los Fantasmas de las Catedrales de España”, publicado en 1999, en el capítulo 23 dedicado a la catedral de Jaén, reseñé un tema del que se está hablando actualmente en las redes sociales: “El tren de la muerte”. Digo en él:

Don Manuel Basulto y 328 fantasmas más
En el suelo de la Cripta de la Catedral de Jaén, una gran cruz de mármol rojo cubre los restos de los allí enterrados: 328 personas, entre ellas 127 sacerdotes y la hermana del obispo. Don Manuel Basulto y Jiménez, obispo de Jaén, ocupa su lugar a los pies del altar en tumba exenta. En la lápida de mármol negro que cubre su sepultura está grabada esta leyenda: «A la buena memoria del excelentísimo y reverendísimo señor don Manuel Basulto y Jiménez que, apresado en su casa por los marxistas y conducido a Madrid en un tren de presos, antes de llegar a la capital postrándose de rodillas y bendiciendo a sus impíos ejecutores fue inicuamente fusilado. Piadoso, afable, sabio, elocuente, vivió 67 años, desde su consagración 27, recibió público y solemne homenaje fúnebre en la ciudad de su título episcopal el día 10 de marzo de 1940. Sus restos fueron depositados en esta cripta de su iglesia en espera de la resurrección de la carne».
Es una cripta repleta de fantasmas que evocan momentos doloridos y tristes de aquella guerra civil –mejor dicho, incivil– de 1936. Una buena porción de ellos, con el obispo Basulto y su hermana, proviene de aquel «tren de la muerte» que salió hacia la prisión de Alcalá de Henares el 11 de agosto de 1936, cargado con presos de la prisión provincial y de la catedral, repleta en aquellos momentos con más de 1.200 detenidos. Pero no llegaron a su destino. En la estación de Santa Catalina, inmediata a la de Atocha, llegó el tren hacia el mediodía del día 12. Un grupo de mozalbetes armados pidieron que les entregaran los prisioneros. Y aquello fue una masacre. El que mató al obispo Basulto confesó que lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo a una distancia de metro y medio. El obispo de rodillas imploró esta oración:
–Perdona, Señor, mis pecados y perdona también a mis asesinos.
La hermana del obispo gritaba:
–Esto es una infamia, soy una pobre mujer.
Y le contestaron:
–No te apures, a ti te matará una mujer.
Se llamaba Josefa Coso la miliciana que disparó a sangre fría a la única mujer de la expedición.
Enterrados en una inmensa fosa, fueron exhumados en marzo de 1940 y, tras laboriosa identificación, traídos a la Cripta de la catedral de Jaén, que sirvió de panteón un siglo antes para los caídos de la guerra de la Independencia.
Junto a ellos están enterrados también los fusilados en el cementerio de Mancha Real, sacados de la prisión el 2 de abril de 1938 como represalia por el bombardeo de Jaén del día anterior.

sábado, 10 de agosto de 2019

La primera vuelta al mundo: 500 años


Sevilla, 10 de agosto de 1519, hace exactamente 500 años. Cinco navíos despliegan sus velas y, río abajo, surcan las aguas del Guadalquivir para desembocar en el mar y tratar de lograr una loca aven­tura: hallar un estrecho que conduzca al Océano Pacífico descubierto por Balboa y encontrar por el Oeste la ruta que lleva a las Molucas.
Aquella noche, en el convento de Santa María de la Victo­ria –cuyos muros, desde Triana, daban al río– Fernando de Magallanes, jefe de la expedición, rendía, de rodillas ante la Virgen marinera, juramento de fidelidad de toda la tripu­lación reunida y recibía el estandarte real de manos del asistente de la ciudad, Sancho Martínez de Leyva. En su tes­tamento, Magallanes había dispuesto que «cuando esta vida actual acabare y empezare la eterna», deseaba «que lo entie­rren con preferencia en Sevilla, en el convento de Santa Ma­ría de la Victoria, en su tumba de propiedad». Pero añade que, si no fuese posible, «den el último descanso a mi cuerpo en la iglesia más próxima dedicada a la Madre de Dios». Y deja también algunas mandas y legados para el mo­nasterio que le ha visto partir.


 Concluida la misa, salieron en procesión de la iglesia. Iban delante las hermandades con sus guiones y oriflamas, seguían los marineros en doble hilera con su jefe en el centro y cerraba la procesión la comunidad de frailes mínimos de la Victoria cantando las letanías de los santos. Al llegar al Guadalquivir, en el puerto Cameronero, aguardaban las naos empavesadas con gallardetes. Rociadas con agua bendita y bendecidas por el preste, hechas las despedidas, enfilaron las naves río abajo hacia el mar perdiéndose de vista por el torno del río llamado de los Gordales.
Todos sabemos lo que ocurrió después. Magallanes logró su gran objetivo de descubrir un paso que condujera del Atlán­tico al Pacífico, pero murió el 21 de abril de 1521 en una tonta batalla con nati­vos, súbditos del rey de Cebú, cuando sus metas casi ha­bían sido alcanzadas.
El 9 de septiembre de 1522, tres años después de la par­tida, cuando en Sevilla se había dado ya a la expedición por perdida, atraca en los muelles cercanos a los muros del convento de Santa María de la Victoria un barco desvenci­jado, el Victoria, del que desciende una mermada tripula­ción de dieciocho supervivientes, mandada por Juan Sebastián Elcano. Descalzos, en mangas de camisa y con velas en las manos, se dirigieron a la Virgen de la Victoria para darle gracias y, seguidamente, acudieron a venerar a la Virgen de la Antigua en la catedral. Habían realizado una de las ges­tas marineras más importantes de la historia, comparable a la de Colón: dar la primera vuelta al mundo –Primus circum­dedisti me– y demostrar así la redondez de la Tierra.
A los pocos años, en el convento de la Victoria de Triana se levantó un modesto túmulo en honor de Magallanes, que no pudo culminar la gesta. La leyenda decía:

A Fernando de Magallanes,
Insigne navegante:
Valeroso Descubridor del Estrecho
que lleva su nombre,
Muerto en una isla desconocida,
La Comunidad de Mínimos de Nuestra Señora de la Victoria
de Triana,
Llora su mala suerte,
Pide a Dios por su descanso
Y le erige este sencillo monumento.

martes, 6 de agosto de 2019

¿Tendremos un cardenal sevillano?


La noticia la ofrece Religión Digital, que afirma haberla obtenido de «fuentes consultadas». Dice:
–Con una posibilidad no confirmada de un Consistorio para febrero de 2020, entre los principales candidatos a hacerse con el birrete rojo están el español Miguel Ángel Ayuso, el italiano Matteo Zuppi y el estadounidense Wilton Gregory.
Resulta que Miguel Ángel Ayuso Guixot, obispo titular de la diócesis de Luperciana, es sevillano, del barrio de Heliopólis, estudiante del Colegio Claret, misionero y profesor durante años en Egipto y Sudán, arabista e islamólogo, nombrado por el papa Francisco este mayo pasado presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso.


 ¿Se cumplirá en este sevillano de 67 años la obtención del capelo cardenalicio? Así lo deseo, que la Santa Sede a lo largo de la historia no ha sido muy generosa en el nombramiento de cardenales de origen sevillano.
Esta noticia, a la espera de que se cumpla, me lleva a señalar cuántos cardenales ha habido nacidos en Sevilla o diócesis. De Sevilla capital tan sólo puedo citar a cuatro ciertos y uno dudoso. De los ciertos:
Fray Juan Laso, nacido en Sevilla a principios del siglo XIV. Hijo de García Laso, embajador del rey castellano ante el aragonés, al pasar a Zaragoza en compañía de su padre, tomó el hábito mercedario en el convento de San Lázaro. Pasó a Aviñón, donde el papa Inocencio VI (1352-1362) le hizo cardenal presbítero con el título de Santa María Transtiberina. Estuvo presente en la elección del papa Urbano V (1362-1370) y murió en Aviñón en el año 1366.
Pedro de Deza, nacido en Sevilla en 1520, hijo de Antonio de Deza Tavera y Beatriz de Guzmán. Emparentado, por tanto, con fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla, y Juan Tavera, cardenal arzobispo de Toledo. El 21 de febrero de 1578 fue creado cardenal por Gregorio XIII. Pasó a la curia de Roma en 1580 y en la Ciudad Eterna asistió al cónclave de siete papas, y si él no llegó a serlo, «fue por obstarle el pecado de ser español», según expresión de un contemporáneo. Murió en Roma el 26 de agosto de 1600. Su cuerpo, trasladado a España, reposaba en el convento de carmelitas descalzos de Toro, desaparecido durante la desamortización.
Juan de Lugo, jesuita, canónigo y maestrescuela de Sevilla, teólogo, nació en Sevilla el 25 de noviembre de 1583, posiblemente en Triana donde residían sus padres, y no en Madrid, como equivocadamente afirman Zúñiga y Varflora, según demostró Matute en su «Adiciones y correcciones a los Hijos de Sevilla». Niño precoz, a los tres años leía perfectamente y a los trece defendía con brillantez tesis de lógica. Ingresó el 6 de julio de 1603 en la Compañía de Jesús, contra la voluntad de su padre que lo quería dedicar a la jurisprudencia, siguiendo los pasos de su hermano Francisco, también teólogo jesuita. Llamado a Roma, impartió Teología durante veintiún años en el Colegio Romano. Nombrado cardenal con el título de Santa Balbina por Urbano VIII en 1643, dejó la enseñanza y se dedicó a los trabajos de las congregaciones romanas del Santo Oficio, del Concilio Tridentino y de los Obispos. Siendo ya cardenal, fue nombrado canónigo y maestrescuela de la catedral de Sevilla, de la que tomó posesión por poderes el 11 de mayo de 1650. Murió en Roma el 20 de agosto de 1660.
Nicolás Wiseman, primer arzobispo de Westminster e hijo preclaro de Sevilla, nacido en esta ciudad, calle Fabiola, el 2 de agosto de 1802, hijo de unos comerciantes irlandeses establecidos en Sevilla.
Y un cardenal dudoso:
Juan de Cervantes, del siglo XV, que unos lo hacen nacido en Sevilla y otros en Lora del Río. Fue arzobispo de Sevilla de 1449 a 1453 y estuvo en el concilio de Basilea. Figura importante en la Iglesia de su tiempo, tiene una calle dedicada en la ciudad.
De cardenales nacidos en la diócesis de Sevilla, he podido recoger los dos siguientes:
Francisco Javier Delgado y Venegas, obispo de Canarias y arzobispo de Sevilla (1776-1781), nació en Villanueva del Ariscal (Sevilla) el 18 de diciembre de 1714. Pío VI, en consistorio de 1 de junio de 1778, lo creó cardenal. Murió en Madrid el 11 de diciembre de 1781 y fue enterrado en la iglesia de Ntra. Sra. de Copacabana, de agustinos recoletos, mientras se tramitaba su traslado definitivo a la catedral de Sevilla, donde a la entrada del coro se le estaba preparando un magnífico mausoleo. Pero el traslado no se efectuó y los franceses, en 1808, profanaron su tumba y desaparecieron sus restos.
Sebastián Herrero y Espinosa de los Monteros, oratoriano, nacido en Jerez de la Frontera el 20 de enero de 1822. Obispo de Cuenca, Vitoria, Oviedo, y arzobispo de Valencia, fue elevado al cardenalato el 22 de junio de 1903 con el título de San Pedro in Montorio. Murió en Valencia el 9 de diciembre de 1903.
Ahora que se ha roto la cadena secular del cardenalato en el arzobispado de Sevilla, bueno sería que tuviéramos un cardenal sevillano, que no tenemos uno desde el siglo XIX. Y así será, y pronto. Tengo esa intuición.

viernes, 2 de agosto de 2019

Un banco que no quiebra: Hermanas de la Cruz

El arzobispo de Sevilla fray Zeferino González no deja de instar a Sor Ángela la compra de un buen caserón para Casa Madre. La Comunidad ha aumentado como un cam­po de flores en primavera. Necesita casa amplia, espaciosa, donde quepan las novicias, las niñas acogidas y la misma Comunidad.
La Compañía de la Cruz ha pasado por las calles de San Luis, Hombre de Piedra, Lerena... La casa de la calle Cervantes, donde están, sigue siendo es­trecha y húmeda.
El arzobispo apremia, pero ¿y el dinero?
El marqués de San Gil pone en venta su casa-palacio en la calle Al­cázares. Es lo ideal, con amplios terrenos por detrás que llegan hasta la calle de Doña María Coronel.
Su precio: cuarenta mil duros.
Sor Ángela pone el asunto en manos de San José. Precisamente en su día, el 19 de marzo de 1887, termina el plazo de demora dado por el marqués.
Hay un buen puñado de duros ofrecidos por el arzobispo y otras almas caritativas, pero falta la cantidad suculenta que permita el trato.


  
Emilia Riquelme está en cama aquejada de una dolencia. Ha envia­do recado para que acuda una Hermana de la Cruz a su domicilio: «Asunto ur­gente».
Cuando llegan las Hermanas reciben de ésta un sobre con nueve mil duros contantes y sonantes. Y que los gastos de la capilla corren de su cuenta...
Emilia Riquelme, hija del capitán general de Sevilla, ha sufrido la pérdida de su padre un par de años antes. Después se embarcó en la aventura de las Esclavas del Divino Corazón, instituto que acababa de fundar en Coria el obispo Marcelo Spínola. Pero no le fue bien y volvió a Sevilla. Le vienen ganas de ser Hermana de la Cruz, pero Sor Ángela, que la recibe siempre con un trato maternal, le dijo:
–Piénsalo; yo te quiero, pero no es eso lo que Dios quiere de ti.
Como insistía, llegó a formalizarse la entrada, pero en ese momento se puso tan enferma, que Sor Ángela le dijo:
–¿Ves? Yo sabía que esto no es para ti.
Pasado el tiempo, Emilia Riquelme, fundadora de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, reflexionó sobre ello, y escribió: «En esto vi la luz tan grande que Sor Ángela tenía de Dios». (El próximo 9 de noviembre, Emilia Riquelme seré beatificada en la catedral de Granada).
Los nueve mil duros vinieron de perlas para firmar el trato. Se con­vino con el marqués en la entrega de veinte mil duros en el momen­to de la firma de la escritura y los veinte mil restantes en dos plazos anuales.
Se portó bien San José con las Hermanas de la Cruz. Hecho el trato la víspera de su día, un señor esperaba en la puerta para llegar a un acuerdo con el marqués.
Se logró la casa por los pelos.
Es la Casa-Madre actual, tan bonita, tan limpia, tan sevillana.
Cuando a Emilia Riquelme voces familiares le recriminaban su cuantioso donativo, ella contestaba sonriendo:
–No apurarse, nada he perdido: lo he depositado en un banco que no quiebra.

miércoles, 24 de julio de 2019

Tabaco y chocolate en las iglesias

En los primeros días de noviembre de 1492, Cristóbal Colón envió a dos de sus hombres, Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, a explorar el interior de la isla de Cuba. A su vuelta contaron que habían visto a los indígenas «mujeres y hombres, con un tizón en la mano e hierbas para tomar sus sahumerios», es decir, que llevaban en sus manos un tizón encendido por un extremo mientras lo chupaban por el otro, aspirando y exhalando el humo. Al tizón llamaban tabaco, formado por hojas secas, enrolladas, del cojibá ó cohivá, nombre indio de la planta del tabaco.
Hoy se tiene por el primer fumador de tabaco de nuestro mundo occidental a Rodrigo de Jerez, natural de Ayamonte (Huelva), marino en la expedición de Colón. Y a América por la cuna del tabaco. Cuando vieron por acá cómo Rodrigo de Jerez echaba humo por la boca y las narices le acusaron de mantener relaciones con el diablo y tuvo que habérselas con la Inquisición.


Pero el tabaco se hará pronto popular en Europa. Se dice que fray Romano Pane, en 1518, remitió a Carlos V semilla del tabaco que el emperador ordenó cultivar. Es posible que este cultivo sea el inicio del tabaco en nuestra tierra. En Francia fue conocido en 1560 por Juan Nicot, embajador francés en Lisboa, que lo obtuvo de un flamenco venido de la Florida. Nicot, que ha dado nombre a la nicotina, presentó la planta y el producto en polvo a Francisco II, rey de Francia. Su madre, Catalina de Médicis, que padecía de fuertes jaquecas, lo usó en polvo y resultó remedio milagroso que recomendó y divulgó por su reino.
A finales del siglo XVI el uso del tabaco, especialmente en polvo, estaba extendido por Europa. El cardenal Santa Cruz lo introdujo en Italia; el cardenal Tornabona, en Roma; el rey de las Dos Sicilias, en Calabria y Cerdeña; Walter Raleigh lo trajo de Virginia a Inglaterra.
Y con su uso vinieron las censuras. Se dice que en Rusia se llegó a castigar el consumo del tabaco con la amputación de la nariz. Y el papa Urbano VIII prohibió su uso en polvo o rapé en las iglesias, costumbre que se había extendido entre los fieles e incluso entre los sacerdotes celebrantes. Recogida esta bula por el cardenal Borja, éste ordenó su publicación y cumplimiento en la diócesis de Sevilla. Y así, el domingo 27 de julio de 1642 se leyó entre los dos coros de la catedral la bula del Papa en la que prohibía bajo pena de excomunión latae sententiae que «ninguna persona, eclesiástica, regular, ni seglar, así hombres como mujeres, de cualquier estado, grado, condición, dignidad, calidad, orden o estatuto, exención etiam del Hospital de San Juan de Jerusalén o de otro cualquier privilegio que sean, puedan tomar, ni tomen tabaco en hoja, ni en polvo, ni en humo, por boca o narices, en ninguna de las iglesias de Sevilla, ni de todo su Arzobispado, ni en su ámbito, ni patio de ellas».
Pero hacía algún tiempo que al tabaco se atribuían virtudes terapéuticas aprendidas de los indios. Nicolás Monardes (+1588), médico sevillano, fue el primero que lo cultivó en Europa como medicina curativa. En su libro Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales y que sirven en la medicina, trata extensamente del tabaco y ofrece unas curiosas observaciones para su aplicación médica. Por ejemplo, recomienda calentar la hoja seca para su aplicación en la parte enferma o el frotamiento de los dientes con un cepillo embebido en jugo del tabaco.
El chocolate, también venido de América, fue igualmente motivo de censuras. Los hombres de Hernán Cortés fueron los primeros que apreciaron el cacao que los indios mexicanos utilizaban como moneda de transacción y el suculento manjar, sólido o líquido, llamado chocolate, que de él sale. En España fueron los franciscanos o quizá los cistercienses los que primero apreciaron el valor del cacao y propagaron la exquisita bebida caliente y nutritiva del chocolate, que satisfacía el paladar y quitaba el hambre. Y de España pasó a Europa. Grandes discusiones se alzaron por aquel entonces sobre si el chocolate rompía el ayuno o no. El padre Escobar hacía el siguiente silogismo: «Liquidum non fragit ieiunium» (el líquido no rompe el ayuno); es así que el chocolate es un líquido; luego no rompe el ayuno. A este argumento se acogió entre otros el cardenal Richelieu, ministro de Luis XIII de Francia, que lo tomaba a diario. Pero a otros mo­ralistas no convencía tal argumento. «Yo veo –decía Solórzano Pereira– que todos los ingredientes de que se compone son comestibles y muy sustanciales, y que esta bebida da gran fuerza, calor y sustento y quita la hambre por mucho tiempo, y así tiene todos los requisitos de todas las bebidas que por semejantes causas resuelven que quebrantan el ayuno los doctos padres Esteban Fagúndez y Antonio Diana, que citan otros... A lo cual añado lo que notablemente dice Bernal Díez del Castillo, conviene a saber que Moctezuma, emperador de México, después de comer, solía tomar esta bebida del chocolate con vasos de oro, para estar más apto para entregarse luego a sus concubinas. Con quien parece que conviene el padre Eusebio de Nieremberg, enseñando que la fuerza de esta bebida, si se toma simple, es refrigerar y causar mucho nutrimento; pero si se toma compuesta, excitar para el uso venéreo. Por donde se podrá entender si es a propósito para el ayuno, que se hizo principalmente para mitigar estos lascivos deseos, y así lo llamó con razón san Ambrosio muerte de la culpa, destrucción de los delitos, sujeción y maceración de la carne, remedio de la salud, raíz de la gracia y fundamento de la castidad».
En Sevilla, esta polémica del chocolate y el ayuno llegó a los papeles con la publicación del prestigioso médico Gaspar Caldera titulada Tribunal Medicum, Magicum et Politicum y la controversia epistolar que posteriormente sostuvo con el cardenal Francisco María Brancacio.
Enzarzados en estas disputas de escuela sobre si el chocolate rompía o no el ayuno, esta bebida se hizo costumbre tal que había señoras que en mitad de las largas funciones de iglesia eran servidas por sus criadas. Ello propició que Inocencio XI escribiese al nuncio en Madrid para que solicitara de los prelados de estos reinos de España remediasen ciertos abusos que habían llegado a su noticia, como es el tomar chocolate en los templos. Y así, recogiendo el sentir de Roma, el arzobispo Ambrosio Spínola formuló el 6 de agosto de 1681 excomunión mayor contra aquellos que tomasen chocolate en las iglesias de Sevilla.
Ocurría que, llevados de la moda, tanto el tabaco como el chocolate, o lo que fuera, se llevaban a las iglesias, donde la gente fumaba, comía o bebía a placer. Si no hacía cosa de peor educación, como escupir.
Fray Juan Álvarez de Sepúlveda, que escribió un curioso libro sobre la Historia de la imagen de Nuestra Señora de Aguas-Santas, patrona de Villaverde del Río, se queja en él de estas irreverencias en los templos, cosa que no se dan en otras repúblicas de Europa, como es, según señala, el pasearse, reír, escupir o hablar. Y se lamenta: «El dolor es que, habiendo fabricado la Lonja para desterrar el comercio de este santuario [la catedral], comienzan ya a llorar los escritores que el remedio no aprovecha. Puédese temer que el brazo de Dios que levantó el azote en Jerusalén, vuelva a descargar el golpe en los sevillanos comerciantes para que aprendan, la boca por el suelo, a respetar lo sagrado».

viernes, 19 de julio de 2019

Don Oppas, el arzobispo traidor


La figura de este arzobispo de Sevilla está envuelta en las leyendas que florecieron con la invasión de los árabes. De hecho, su nombre aparece en el Códice Emilianense, y según el Cronicón del Pacense era hermano del rey Witiza y por tanto hijo del rey Egica. Debe prevalecer este parentesco por provenir de documento más antiguo frente a la afirmación de la Crónica de Alfonso III, que lo califica como hijo de Witiza. Existe un Oppas, obispo de Tuy, que suscribió las actas del Concilio XIII de Toledo (683). ¿Se trata de la misma persona? Las crónicas cristianas consideran a Don Op­pas como uno de los principales witicianos que traiciona­ron al rey Don Rodrigo en la batalla de Guadalete (711). «El principio de su prelacía (en Sevilla) fue reinando Witiza, esto es, después del 702...; por otro lado debemos recono­cerle en Sevilla antes del reinado de Don Rodrigo (esto es, antes del 711), pues el arzobispo Don Rodrigo dice que Wi­tiza dio a Oppas la Iglesia de Toledo juntamente con la de Sevilla, que ya tenía; y si Witiza le dio la segunda Igle­sia, es preciso reconocerle en ambas antes del reinado de Don Rodrigo, en tiempo de Witiza» (P. Flórez). Sin embargo, no aparece en la lista de los arzobispos de Toledo.


 En la batalla decisiva (19 a 26 de julio de 711), que en­frentó junto al río Guadalete a los dos ejércitos godo y mu­sulmán, Don Rodrigo entregó el mando de las alas de sus tro­pas a los dos hermanos de Witiza, Sisberto y Oppas, quie­nes, entablada la batalla, abandonaron la lucha (19 ó 23 de julio). La Crónica de Alfonso III atribuye la ruina de la monarquía goda a la traición de Don Oppas: Per... Oppanem Spalensis Sedis Metro­politanum Episcopum ob cuius fraudem Gothi perierunt.
También las crónicas cristianas nos hablan de su inter­vención en la batalla de Covadonga, que dio inicio al reino de Asturias. Se cuenta que el valí envió un ejército al mando de Alqama para sofocar la rebelión asturiana y con ellos iba el arzobispo rebelde Don Oppas. La Crónica des­cribe un curioso parlamento novelado entre Dos Oppas y Pe­layo:

«El predicho obispo subió a un montículo situado ante la cueva de la Señora y habló así a Pelayo: ‘Pelayo, Pelayo, ¿dónde estás?’. El interpelado se asomó a la ventana y res­pondió: ‘Aquí estoy’. El obispo dijo entonces: ‘Juzgo, her­mano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que sin embargo reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas, ¿podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi con­sejo: vuelve de tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y dis­frutarás de la amistad de los caldeos’. Pelayo respondió en­tonces: ‘¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la Igle­sia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?’. El obispo con­testó: ‘Verdaderamente así está escrito’. Pelayo dijo: ‘Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los go­dos. Confío en que cumplirá en nosotros la promesa del Se­ñor, porque David ha dicho: ‘¡Castigaré con mi vara sus ini­quidades y con azotes sus pecados, pero no les faltará mi misericordia!’. Así, pues, confiando en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a nuestro Señor Jesucristo, que puede librarnos de estos paga­nos’. El obispo, vuelto entonces al ejército, dijo: ‘Acercaos y pelead’.»

El combate fue una victoria para las huestes de Don Pe­layo, pero este diálogo novelado no tiene visos de realidad. Las crónicas musulmanas minimizan este encuentro, que dio origen al reino astur y no mencionan siquiera a Don Oppas, que desaparece así de las crónicas y ha permanecido en las páginas de la Historia como la figura despreciable del arzo­bispo traidor.