viernes, 4 de octubre de 2019

Francisco de Asís, el amigo de Dios


Hoy, 4 de octubre, es la festividad de san Francisco de Asís, el gran amigo de Dios. Ya decía Renan, que no fue precisamente un santo, que «se puede decir que, después de Jesús, Francisco de Asís es el único perfecto cristiano». Relatemos los últimos momentos de su vida.
El cardenal Hugolino pide a Francisco que atenúe la rigidez de la estricta pobreza de la Segunda Regla. Francisco se retira con fray Elías a Fonte Colombo, donde redacta la Regla definitiva, la tercera, que será aprobada por el Papa a finales de 1223. Esa Navidad, festeja plásticamente el nacimiento de Cristo en la gruta de Greccio, cercano a Rieti. Pobres campesinos y pastores de las tierras de alrededor acudieron, algunos con sus rebaños, a dar colorido a esta representación del nacimiento de Cristo. Fue el primer belén o nacimiento, bellísima tradición que perdura hasta hoy.


 Minado por la fatiga y las enfermedades, Francisco se retira al monte Alvenia. Comienza allí «la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del arcángel San Miguel». Y el 14 de septiembre de 1224, fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, recibió la visión de Cristo crucificado y la impresión en su cuerpo de los estigmas de la pasión, que llevó hasta su muerte. La primera vez en la historia de la Iglesia que se verificó el milagro de los estigmas.
Enfermo de los ojos –enfermedad que había adquirido en Oriente–, atacado de dolores de estómago y de hígado, Francisco, a la grupa de un asnillo, recorre la Umbría y la Marca, en su última predicación misionera. El verano de 1225, enfermo, casi ciego, señalado por los estigmas, lo pasó en el jardín de San Damián, donde compuso con Santa Clara el célebre Cántico de las Criaturas o Cántico al Sol, el himno más elevado de acción de gracias y de alabanza. Por consejo del cardenal Hugolino, acude a Rieti, donde se halla la corte pontificia, y es acogido en el palacio del obispo. Los médicos pontificios le someten a una operación en los ojos, con resultados negativos.
En la primavera de 1226 es llevado a Siena para recibir otros cuidados médicos. En el viaje de vuelta, en Cortona, redactó su célebre Testamento. Y como empeoraba, conducido a Asís, fue acogido en el palacio del obispo. A fines de septiembre, cuando vio que se acercaba el fin, hizo ser llevado por sus hermanos a la Porciúncula, porque quería morir en la sede de la Fraternidad. Al llegar a la planicie, bendijo a la ciudad de Asís. Y cuando se sintió morir, pidió que lo pusieran en el suelo, desnudo sobre la desnuda tierra de la Porciúncula de Santa María la Mayor. Y así, privado de toda cosa terrena, murió en la tarde noche del 3 de octubre de 1226, a los 44 años, cantando el salmo 142: «A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor». Se cuenta que una bandada de alondras revoloteó el tejado de su cabaña y le ofrecieron el más bello recital de despedida.
En marzo de 1227, el cardenal Hugolino, que hasta entonces había sido protector de Francisco y de la Fraternidad, fue elegido Papa con el nombre de Gregorio IX. Al año siguiente, emitió la bula Recolentes, en la que animaba a la cristiandad a recoger ofrendas para la construcción de una gran basílica en honor de Francisco de Asís. Dos meses más tarde, llegó a Asís y el 19 de julio de 1228 canonizó a Francisco. Poco después comisionaba a Tomás de Celano escribir una biografía del santo.
El 25 de marzo de 1230, los restos de San Francisco fueron trasladados a la cripta de la nueva basílica. Y el 28 de septiembre emitió la bula Quo elongati, por la que negaba la obligatoriedad, a los componentes de la orden franciscana, del Testamento de San Francisco, e interpretaba más moderadamente el paso de la Regla definitiva de 1223, en la que se prescribía para la Orden la pobreza absoluta.
Su primer biógrafo, Tomás de Celano, ante la personalidad misteriosa de Francisco de Asís, dejó la pluma para decir: «Es mejor que calle», porque ninguna palabra logrará repetir «el misterio original y genial encerrado en San Francisco».
En 1939, Pío XII le tributó un reconocimiento oficial al «más italiano de los santos y al más santo de los italianos», proclamándolo patrono principal de Italia. Y en 1979, Juan Pablo II lo proclamó patrono celestial de los ecologistas.  

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