Acabo
de ver por televisión el último adiós a Adolfo Suárez, primer presidente de la
democracia, el último inquilino enterrado en la catedral de Ávila. Junto con mi
homenaje y respeto a su figura, quisiera contaros que descansará hasta la
resurrección de la carne en una ciudad, notoria por sus murallas que le dan un
tinte medieval y por haber alumbrado a la mística Teresa de Jesús. Toda Ávila,
también su catedral, está impregnada de recuerdos de la santa andariega. En
este templo catedralicio se confesó con el austero san Pedro de Alcántara,
patrono de Extremadura. Aquí se venera la imagen de Nuestra Señora de la
Caridad, que se hallaba en lo antiguo hasta el diecinueve en la ermita de San
Lázaro, junto al río Adaja. A sus pies se postró santa Teresa con casi catorce
años cuando murió su madre doña Beatriz. Lo cuenta la santa en el libro de su Vida:
«Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuime a una imagen
de Nuestra Señora y supliquela fuese mi madre con muchas lágrimas». En este
santo templo se entrevistó con la joven hidalga de Cardeñosa, Isabel Ortega, y
la conquistó para la Reforma. Fue una de las hijas predilectas de santa Teresa
que se llamó en religión Isabel de Santo Domingo.
Miguel
de Unamuno cuenta en Andanzas y visiones españolas que «viendo Ávila se
comprende cómo y dónde se le ocurrió a santa Teresa su imagen del castillo
interior y de las moradas y del diamante. Porque Ávila es un diamante de piedra
berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles... Ávila de los
Caballeros, Ávila de santa Teresa de Jesús... Ciudad, como el alma castellana,
dérmato-esquelética, crustácea, con la osamenta —coraza— por de fuera, y dentro
de carne, ósea también a veces. Es el Castillo Interior de las Moradas de
Teresa, donde no cabe crecer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella
como la palma de la mano del Señor».
Pero
si el aura de santa Teresa rocía con su aroma toda Ávila, los que moran en la
catedral son muy otros. Y de ellos os quiero hablar.
Ávila
surge al mundo moderno tras la conquista de Toledo en 1085, repoblada por
Raimundo de Borgoña y asentada de caballeros cristianos. La catedral, iniciada
en el siglo XII y rematada en el XVI, es de estilo románico tardío y ojival.
Empotrada en los cubos de la muralla, ofrece al exterior la imagen ambigua de
templo y fortaleza. El interior está formado por tres naves cubiertas con
bóvedas góticas, un crucero y girola doble alrededor de la capilla mayor. Fue
consagrada en 1211 y está dedicada al Salvador.
En
la capilla de San Segundo, en rica urna de plata, se veneran desde comienzos
del siglo XVII las cenizas de un santo que una tradición bien reciente, no
anterior al siglo XVI, pretende remontar su existencia a los inicios del
cristianismo, identificándolo con uno de los Varones Apostólicos. Pero para mí
tengo que debe tratarse de un obispo medieval.
Más
conocido es el Tostado y su célebre alocución «escribir más que el Tostado». Se
trata de don Alonso de Madrigal, alias el Tostado, prodigiosa mente del siglo
XV encerrada en enorme cabeza sostenida en cuello corto y grueso y cuerpo
pequeño. Que asistió el Tostado al concilio de Siena y en una intervención le
dijo el presidente en latín:
–Surge (levántate).
Y
él contestó:
–Non sum plus (no soy más).
Tiene
en el trasaltar mayor, en el centro de la girola, el sepulcro más monumental de
la catedral, todo de alabastro, obra cumbre de Vasco de la Zarza. Alonso de
Madrigal aparece sentado en ademán de escribir, revestido de hábitos
pontificales y mitra, como obispo de Ávila, que lo fue en sus últimos días. Un
epitafio refiere este lema: Hic stupor est mundi, qui scibile discutit omne
(He aquí el estupor del mundo, que abarca todo el saber). Y una tabla junto al
sepulcro, dedicado por Suero del Águila, dice: Aquí yace sepultado / quien
virgen vivió y murió, / en ciencias más extremado, / el nuestro obispo Tostado,
/ que nuestra nación honró. / Es muy cierto que escribió / por cada día tres
pliegos / de los días que vivió. / Su doctrina así alumbró / que hace ver a los
ciegos.
Y yace también aquí don Claudio Sánchez Albornoz,
católico, republicano y liberal, ilustre exiliado tras la guerra civil que duerme bajo losa en el suelo del claustro
donde simplemente se lee detrás de su nombre la fecha de su nacimiento, 7 de
abril de 1893, y de su muerte, 8 de julio de 1984, con esta sentencia de san
Pablo: Ubi autem spiritus Domini, ibi
libertas (2 Cor 3, 17), donde sopla el espíritu del Señor, allí está la
libertad. Fecundo intelectual, escribió obras tan importantes como La España
Musulmana (1947) o España, un enigma histórico (1957). Y es célebre
su polémica intelectual con Américo Castro sobre la cualidad de «lo español»
antes o después de la invasión musulmana.
Otros
muchos sepulcros de obispos y nobles abulenses menudean por esta vieja
catedral, tanto en la girola como en el crucero o a los pies del altar mayor. Con
ellos, en buena tertulia, aguardará don Adolfo Suárez, y su esposa, las
trompetas de Jericó.
Esta mañana antes de ponerme a contestar correitos me encuentro con el suyo y su artículo sobre Ávila y su Catedral. A través de sus líneas ha conseguido transmitir lo que supone ese lugar. Muchas gracias.
ResponderEliminarCon sus textos nos ilustra y, a su vez, nos hace reflexionar. Un regalo.
Cuídese.
Nota: Me he tomado la libertad de difundirlo por mi cuenta de twitter.