lunes, 2 de octubre de 2017

San Juan de Aznalfarache debe al cardenal Segura el Monumento a los Sagrados Corazones

En San Juan de Aznalfarache se halla el Monumento a los Sagrados Corazones, donde está enterrado el cardenal Segura, que lo ideó e inauguró. Ahora el municipio de San Juan, amparado en la Ley de Memoria Histórica, ha borrado «Calle Cardenal Segura» y cambiado por el de «Paseo de las nueve aceituneras», asesinadas el 24 de octubre de 1936, en plena guerra civil.
Creo que suprimir del callejero del pueblo al cardenal Segura se deba a que el municipio piensa que, a tenor de la Ley de Memoria Histórica, hay que hacer desaparecer todo vestigio del franquismo y personajes adictos al Caudillo. Pero da la casualidad de que el cardenal Segura, aun siendo un purpurado muy polémico, ciertamente no fue franquista. Y el pueblo de San Juan de Aznalfarache le debe estar agradecido, porque el Monumento levantado en su cerro se debe a la voluntad férrea del cardenal.


A raíz de las Misiones celebradas en 1940, el cardenal Segura vio la necesidad de tener en la diócesis una Casa de Ejercicios y también un Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, como ya lo hiciera en Cáceres y proyectara en Toledo.
No había Casa de Ejercicios Espirituales en la diócesis. Se aprovechaba el Seminario de San Telmo para los sacerdotes y casas religiosas para los fieles. Había en Marchena, de iniciativa particular, en Valverde del Camino, diocesana, y en Chipiona, de propiedad particular. Pero la lejanía y otros inconvenientes...
Y se fijó en el Cerro de San Juan de Aznalfarache, al otro lado del Guadalquivir, donde hubo en la época medieval un castillo moro y en el siglo XV se asentó un convento franciscano de Terceros Descalzos, que acabó en ruinas tras la exclaustración del XIX.
Levantada la iglesia y añadida una Casa de Ejercicios sobre el antiguo convento, el complejo fue inaugurado y bendecido por el cardenal Segura en la tarde del 14 de diciembre de 1941 con función eucarística y tedeum.
El Monumento al Sagrado Corazón lo piensa a lo grande. Y estamos en tiempos de penurias, postguerra, 1941… Pero aquel alcor, que se alza como una cornisa que divisa Sevilla, era propiedad del Ministerio del Aire. Y Segura, sin pudor, después de sus desavenencias con el Gobierno de Franco (en una Sabatina de 1940 había identificado la palabra Caudillo con el demonio, citando una frase de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, lo que provocó el furor de Franco, que a punto estuvo de expulsarlo de España), le escribe una carta al general Vigón, ministro del Aire, fechada el 8 de enero de 1942, solicitando ese terreno para erigir el Monumento junto a la Casa de Ejercicios.
El 28 de marzo de 1942, el Boletín Oficial del Estado publicó el decreto de cesión al Arzobispado de Sevilla de una parcela de terreno destinada al emplazamiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de San Juan de Aznalfarache, propiedad del Ministerio del Aire. Segura puede comenzar las obras. El Monumento, diseñado por él, fue realizado por el arquitecto Aurelio Gómez Millán. De forma semicircular es un gran patio porticado con balconada hacia Sevilla, en cuyo centro se levanta la estatua del Sagrado Corazón. En la ladera anterior, en camino serpenteante, discurre un Viacrucis y el monumento al Sagrado Corazón de María. Por ello, a partir de su inauguración, se llamará: Cerro de los Sagrados Corazones.
El domingo 24 de mayo de 1942, Pascua de Pentecostés, tuvo lugar la bendición y colocación de la primera piedra de la capilla votiva del Monumento oficiando de pontifical el cardenal Segura, asistido por el Cabildo metropolitano, con gran asistencia de fieles.
Hay un problema. En los aledaños al Monumento está el cementerio del pueblo de San Juan, contiguo a la Casa Diocesana de Ejercicios y en medio de la barriada que pretende construir el Ministerio del Aire. El cementerio será clausurado el 24 de junio y trasladado a otro lugar, obligado el vecindario a remover los restos de sus mayores por cuenta propia y construcción y embellecimiento de los nuevos panteones.
El eco de las quejas de los vecinos se ha perdido en el espacio infinito del tiempo. No hay constancia gráfica del malestar que suscitó en la población. Porque eran tiempos de ordeno y mando y de una censura imperante. Como tampoco queda constancia escrita de la avidez faraónica del cardenal Segura con esa obra colosalista que pretende llevar adelante.
En noviembre de 1942, en la festividad de Cristo Rey, será la inauguración de la Capilla Votiva, y el 31 de diciembre, solemne bendición e inauguración de la estatua del Sagrado Corazón de Jesús.
En años sucesivos, hasta su terminación en 1948, Segura no dejará de inaugurar las distintas fases de un Monumento que sigue en persona casi día a día. Es su paseo de tarde. Con su chofer y su secretario, toma su Mercedes y se planta en el Cerro a contemplar cómo discurren las obras de un Monumento construido a la mayor gloria del cardenal Segura. Perdón, de los Sagrados Corazones. Con el tiempo, pícaramente llamarán al Monumento el «Valle de los Caídos del cardenal Segura». En realidad, tal Monumento se convirtió en el gran mausoleo donde yacen junto al cardenal Segura los restos de sus padres y hermanos y costará sudores y lágrimas en aquellos tiempos de penurias tras la guerra.
El Monumento se inauguró solemnemente el domingo 10 de octubre de 1948, con misa en la puerta de la capilla votiva del Monumento y asistencia de Franco y señora, el Gobierno en pleno, autoridades y ejército, los obispos de Badajoz y Canarias, el arzobispo de Methynne, el cabildo catedral y fieles.
Terminada la misa, estaba programada una comida… que no se llegó a tener.
En los días previos, llegó de Madrid el jefe de protocolos del Gobierno para programar con Segura los actos del Monumento. Y se llegó al momento de la comida, en la que Segura era el anfitrión, puesto que se daba en la Casa de Ejercicios del Cerro.
El jefe de protocolos le dice que la mesa será presidida por el Generalísimo y por la señora de Franco, frente a él, y que Su Eminencia se sentará a la derecha del Jefe del Estado.
–Eso no puede ser –contestó Segura–. He jurado al recibir la púrpura los estatutos por los que se rige el Sacro Colegio y los Cardenales no ceden puesto más que al Rey, Reina, Jefe del Estado y Príncipe heredero. La señora del Jefe del Estado, por muy respetable que sea, no ocupa ninguno de estos cargos.
–Pero mire Vuestra Eminencia que hemos traído el protocolo de Madrid…
–Por mí se lo pueden llevar. Yo no tengo más protocolo que las leyes de la Iglesia.
–¡Ay, Señor! ¡En qué conflicto sin salida nos pone! No vemos solución.
–Pues yo veo tres, por lo menos. Primera: que la señora del Jefe del Estado no asista al banquete. Segunda: que no asista yo. Tercera: que el banquete no se celebre.
Y el banquete no se celebró.
No se verán más las caras Franco y Segura. Cuando Franco vuelva a Sevilla en abril de 1953, Segura se hallará en el Cerro dando Ejercicios espirituales. Y el distanciamiento y ruptura será total.
Dicho lo cual, no veo motivo para que el Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache se haya amparado en la Ley de Memoria Histórica para borrar de un plumazo a quien le debe el monumento más colosal del que puede gloriarse el pueblo. Porque Segura será lo que sea, pero no fue franquista. Y un año más tarde, en 1954, cuando lo destituya de su diócesis la Santa Sede, escribirá una carta a Domenico Tardini, prosecretario de Estado, en la que le dice:
–Estoy solo, Franco me ha aislado.

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