miércoles, 24 de julio de 2019

Tabaco y chocolate en las iglesias

En los primeros días de noviembre de 1492, Cristóbal Colón envió a dos de sus hombres, Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, a explorar el interior de la isla de Cuba. A su vuelta contaron que habían visto a los indígenas «mujeres y hombres, con un tizón en la mano e hierbas para tomar sus sahumerios», es decir, que llevaban en sus manos un tizón encendido por un extremo mientras lo chupaban por el otro, aspirando y exhalando el humo. Al tizón llamaban tabaco, formado por hojas secas, enrolladas, del cojibá ó cohivá, nombre indio de la planta del tabaco.
Hoy se tiene por el primer fumador de tabaco de nuestro mundo occidental a Rodrigo de Jerez, natural de Ayamonte (Huelva), marino en la expedición de Colón. Y a América por la cuna del tabaco. Cuando vieron por acá cómo Rodrigo de Jerez echaba humo por la boca y las narices le acusaron de mantener relaciones con el diablo y tuvo que habérselas con la Inquisición.


Pero el tabaco se hará pronto popular en Europa. Se dice que fray Romano Pane, en 1518, remitió a Carlos V semilla del tabaco que el emperador ordenó cultivar. Es posible que este cultivo sea el inicio del tabaco en nuestra tierra. En Francia fue conocido en 1560 por Juan Nicot, embajador francés en Lisboa, que lo obtuvo de un flamenco venido de la Florida. Nicot, que ha dado nombre a la nicotina, presentó la planta y el producto en polvo a Francisco II, rey de Francia. Su madre, Catalina de Médicis, que padecía de fuertes jaquecas, lo usó en polvo y resultó remedio milagroso que recomendó y divulgó por su reino.
A finales del siglo XVI el uso del tabaco, especialmente en polvo, estaba extendido por Europa. El cardenal Santa Cruz lo introdujo en Italia; el cardenal Tornabona, en Roma; el rey de las Dos Sicilias, en Calabria y Cerdeña; Walter Raleigh lo trajo de Virginia a Inglaterra.
Y con su uso vinieron las censuras. Se dice que en Rusia se llegó a castigar el consumo del tabaco con la amputación de la nariz. Y el papa Urbano VIII prohibió su uso en polvo o rapé en las iglesias, costumbre que se había extendido entre los fieles e incluso entre los sacerdotes celebrantes. Recogida esta bula por el cardenal Borja, éste ordenó su publicación y cumplimiento en la diócesis de Sevilla. Y así, el domingo 27 de julio de 1642 se leyó entre los dos coros de la catedral la bula del Papa en la que prohibía bajo pena de excomunión latae sententiae que «ninguna persona, eclesiástica, regular, ni seglar, así hombres como mujeres, de cualquier estado, grado, condición, dignidad, calidad, orden o estatuto, exención etiam del Hospital de San Juan de Jerusalén o de otro cualquier privilegio que sean, puedan tomar, ni tomen tabaco en hoja, ni en polvo, ni en humo, por boca o narices, en ninguna de las iglesias de Sevilla, ni de todo su Arzobispado, ni en su ámbito, ni patio de ellas».
Pero hacía algún tiempo que al tabaco se atribuían virtudes terapéuticas aprendidas de los indios. Nicolás Monardes (+1588), médico sevillano, fue el primero que lo cultivó en Europa como medicina curativa. En su libro Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales y que sirven en la medicina, trata extensamente del tabaco y ofrece unas curiosas observaciones para su aplicación médica. Por ejemplo, recomienda calentar la hoja seca para su aplicación en la parte enferma o el frotamiento de los dientes con un cepillo embebido en jugo del tabaco.
El chocolate, también venido de América, fue igualmente motivo de censuras. Los hombres de Hernán Cortés fueron los primeros que apreciaron el cacao que los indios mexicanos utilizaban como moneda de transacción y el suculento manjar, sólido o líquido, llamado chocolate, que de él sale. En España fueron los franciscanos o quizá los cistercienses los que primero apreciaron el valor del cacao y propagaron la exquisita bebida caliente y nutritiva del chocolate, que satisfacía el paladar y quitaba el hambre. Y de España pasó a Europa. Grandes discusiones se alzaron por aquel entonces sobre si el chocolate rompía el ayuno o no. El padre Escobar hacía el siguiente silogismo: «Liquidum non fragit ieiunium» (el líquido no rompe el ayuno); es así que el chocolate es un líquido; luego no rompe el ayuno. A este argumento se acogió entre otros el cardenal Richelieu, ministro de Luis XIII de Francia, que lo tomaba a diario. Pero a otros mo­ralistas no convencía tal argumento. «Yo veo –decía Solórzano Pereira– que todos los ingredientes de que se compone son comestibles y muy sustanciales, y que esta bebida da gran fuerza, calor y sustento y quita la hambre por mucho tiempo, y así tiene todos los requisitos de todas las bebidas que por semejantes causas resuelven que quebrantan el ayuno los doctos padres Esteban Fagúndez y Antonio Diana, que citan otros... A lo cual añado lo que notablemente dice Bernal Díez del Castillo, conviene a saber que Moctezuma, emperador de México, después de comer, solía tomar esta bebida del chocolate con vasos de oro, para estar más apto para entregarse luego a sus concubinas. Con quien parece que conviene el padre Eusebio de Nieremberg, enseñando que la fuerza de esta bebida, si se toma simple, es refrigerar y causar mucho nutrimento; pero si se toma compuesta, excitar para el uso venéreo. Por donde se podrá entender si es a propósito para el ayuno, que se hizo principalmente para mitigar estos lascivos deseos, y así lo llamó con razón san Ambrosio muerte de la culpa, destrucción de los delitos, sujeción y maceración de la carne, remedio de la salud, raíz de la gracia y fundamento de la castidad».
En Sevilla, esta polémica del chocolate y el ayuno llegó a los papeles con la publicación del prestigioso médico Gaspar Caldera titulada Tribunal Medicum, Magicum et Politicum y la controversia epistolar que posteriormente sostuvo con el cardenal Francisco María Brancacio.
Enzarzados en estas disputas de escuela sobre si el chocolate rompía o no el ayuno, esta bebida se hizo costumbre tal que había señoras que en mitad de las largas funciones de iglesia eran servidas por sus criadas. Ello propició que Inocencio XI escribiese al nuncio en Madrid para que solicitara de los prelados de estos reinos de España remediasen ciertos abusos que habían llegado a su noticia, como es el tomar chocolate en los templos. Y así, recogiendo el sentir de Roma, el arzobispo Ambrosio Spínola formuló el 6 de agosto de 1681 excomunión mayor contra aquellos que tomasen chocolate en las iglesias de Sevilla.
Ocurría que, llevados de la moda, tanto el tabaco como el chocolate, o lo que fuera, se llevaban a las iglesias, donde la gente fumaba, comía o bebía a placer. Si no hacía cosa de peor educación, como escupir.
Fray Juan Álvarez de Sepúlveda, que escribió un curioso libro sobre la Historia de la imagen de Nuestra Señora de Aguas-Santas, patrona de Villaverde del Río, se queja en él de estas irreverencias en los templos, cosa que no se dan en otras repúblicas de Europa, como es, según señala, el pasearse, reír, escupir o hablar. Y se lamenta: «El dolor es que, habiendo fabricado la Lonja para desterrar el comercio de este santuario [la catedral], comienzan ya a llorar los escritores que el remedio no aprovecha. Puédese temer que el brazo de Dios que levantó el azote en Jerusalén, vuelva a descargar el golpe en los sevillanos comerciantes para que aprendan, la boca por el suelo, a respetar lo sagrado».

viernes, 19 de julio de 2019

Don Oppas, el arzobispo traidor


La figura de este arzobispo de Sevilla está envuelta en las leyendas que florecieron con la invasión de los árabes. De hecho, su nombre aparece en el Códice Emilianense, y según el Cronicón del Pacense era hermano del rey Witiza y por tanto hijo del rey Egica. Debe prevalecer este parentesco por provenir de documento más antiguo frente a la afirmación de la Crónica de Alfonso III, que lo califica como hijo de Witiza. Existe un Oppas, obispo de Tuy, que suscribió las actas del Concilio XIII de Toledo (683). ¿Se trata de la misma persona? Las crónicas cristianas consideran a Don Op­pas como uno de los principales witicianos que traiciona­ron al rey Don Rodrigo en la batalla de Guadalete (711). «El principio de su prelacía (en Sevilla) fue reinando Witiza, esto es, después del 702...; por otro lado debemos recono­cerle en Sevilla antes del reinado de Don Rodrigo (esto es, antes del 711), pues el arzobispo Don Rodrigo dice que Wi­tiza dio a Oppas la Iglesia de Toledo juntamente con la de Sevilla, que ya tenía; y si Witiza le dio la segunda Igle­sia, es preciso reconocerle en ambas antes del reinado de Don Rodrigo, en tiempo de Witiza» (P. Flórez). Sin embargo, no aparece en la lista de los arzobispos de Toledo.


 En la batalla decisiva (19 a 26 de julio de 711), que en­frentó junto al río Guadalete a los dos ejércitos godo y mu­sulmán, Don Rodrigo entregó el mando de las alas de sus tro­pas a los dos hermanos de Witiza, Sisberto y Oppas, quie­nes, entablada la batalla, abandonaron la lucha (19 ó 23 de julio). La Crónica de Alfonso III atribuye la ruina de la monarquía goda a la traición de Don Oppas: Per... Oppanem Spalensis Sedis Metro­politanum Episcopum ob cuius fraudem Gothi perierunt.
También las crónicas cristianas nos hablan de su inter­vención en la batalla de Covadonga, que dio inicio al reino de Asturias. Se cuenta que el valí envió un ejército al mando de Alqama para sofocar la rebelión asturiana y con ellos iba el arzobispo rebelde Don Oppas. La Crónica des­cribe un curioso parlamento novelado entre Dos Oppas y Pe­layo:

«El predicho obispo subió a un montículo situado ante la cueva de la Señora y habló así a Pelayo: ‘Pelayo, Pelayo, ¿dónde estás?’. El interpelado se asomó a la ventana y res­pondió: ‘Aquí estoy’. El obispo dijo entonces: ‘Juzgo, her­mano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que sin embargo reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas, ¿podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi con­sejo: vuelve de tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y dis­frutarás de la amistad de los caldeos’. Pelayo respondió en­tonces: ‘¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la Igle­sia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?’. El obispo con­testó: ‘Verdaderamente así está escrito’. Pelayo dijo: ‘Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los go­dos. Confío en que cumplirá en nosotros la promesa del Se­ñor, porque David ha dicho: ‘¡Castigaré con mi vara sus ini­quidades y con azotes sus pecados, pero no les faltará mi misericordia!’. Así, pues, confiando en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a nuestro Señor Jesucristo, que puede librarnos de estos paga­nos’. El obispo, vuelto entonces al ejército, dijo: ‘Acercaos y pelead’.»

El combate fue una victoria para las huestes de Don Pe­layo, pero este diálogo novelado no tiene visos de realidad. Las crónicas musulmanas minimizan este encuentro, que dio origen al reino astur y no mencionan siquiera a Don Oppas, que desaparece así de las crónicas y ha permanecido en las páginas de la Historia como la figura despreciable del arzo­bispo traidor.

viernes, 12 de julio de 2019

Luis y Celia Martin, padres de Teresa de Lisieux


Tras la canonización en 1925 de Teresa de Lisieux, el cardenal Antonio Vico, prefecto de la Congregación de Ritos, y por tanto responsable de las causas de beatificación, expresó:
–Bueno, ahora pediremos a Roma que se ocupe del papá.
¿Y de la mamá?
Celia, la madre, era menos conocida que Luis, porque en su Historia de un alma Teresa habla con profusión de su padre, con quien convivió toda su vida. Celia, desgraciadamente, murió cuando Teresa tenía solo cuatro años. Pero pronto, tanto uno como otro, irán llamando la atención de los devotos de la Santa, tratando de saber el tronco común de donde ha salido esa rama maravillosa de santidad. En 1941 comenzaron a publicarse en los Annales de Sainte Thérèse de Lisieux las cartas de Celia y en 1945 apareció Historia de una familia del P. Piat, que tuvo una difusión extraordinaria.


Pronto surgen peticiones de todo el mundo de apertura de las causas de beatificación de los dos esposos. A ello contribuyó también la publicación por el Carmelo de Lisieux de dos libritos escritos por Celina, sor Genoveva de la Santa Faz, sobre sus padres: Le pére de sainte Thérèse de l’Enfant-Jésus (1953) y La mère de sainte Thérèse de l’Enfant-Jésus (1954).
Dos años más tarde, el 2 de febrero de 1956, la priora del Carmelo de Lisieux pidió al obispo de Bayeux, al que pertenecía Lisieux, que se abriese las causas de beatificación de los dos esposos. Y monseñor Jacquemin, días después, con ocasión del sesenta aniversario de la profesión religiosa de Celina, la única hija que aún vivía, anunció la apertura del proceso informativo de Luis Martin. Paralelamente, se inició también la causa de Celia en la diócesis de Sées, ya que ella murió en Alençon.
Las causas se iniciaron por separado. En 1971 fueron reunidas ambas causas. Y tras un largo proceso, por fin, el 26 de marzo de 1994, Juan Pablo II firmó los decretos de heroicidad de sus virtudes, y los proclamó a ambos venerables.
Ya solo faltaba el reconocimiento de un milagro para ser proclamados beatos y otro milagro para ser coronados como santos.
Y los milagros reconocidos por la Iglesia llegaron. El primero, por la súbita e inexplicable curación de un niño en Monza por la intercesión de Luis y Celia. Pietro Schirilò es el último de una familia de cinco hermanos. Nacido en Milán el 25 de mayo de 2002, desde el primer día de su nacimiento presentaba una grave malformación pulmonar y tuvo que permanecer en el hospital y seguir una terapia intensiva para poder respirar.
Cuenta su padre:
–Nos dimos cuenta enseguida que la enfermedad era muy grave y que no había ninguna posibilidad de curación.
Sus padres, Walter y Adela, decidieron bautizar al niño en el acto. Un carmelita italiano, el P. Antonio Sangalli, le administró el sacramento del bautismo y ofreció a sus padres una estampita de los esposos Martin.
Los Schirilò no sabían casi nada de la vida de Celia y Luis Martin. Tan solo que eran los padres de Teresa de Lisieux y supieron que habían perdido cuatro niños de corta edad.
–Descubrimos así una misteriosa proximidad con los esposos Martin –cuenta Walter.
Y añade su esposa Adela:
–Fue así como pedimos al Señor lo que sentíamos de corazón: la curación de Pietro. El Señor había puesto en nuestras manos a los esposos Martin.
 Y comenzaron una novena pidiendo a Luis y Celia Martin su intercesión ante Dios para la curación de su hijo Pietro. El 26 de junio, recién cumplido un mes de edad, Pietro tuvo una grave crisis de insuficiencia respiratoria.
–Es cuestión de horas o de días, nos dijeron los médicos –cuenta Adela.
Prosiguieron con fe su novena y el 29 de junio, festividad de los santos Pedro y Pablo, Pietro comenzó a mostrar signos de mejoría. En el espacio de dos semanas, el niño podía respirar por sí mismo, sin oxígeno, y los médicos consideraron la curación como «un hecho sorprendente».
Los padres hablaron de ello al P. Antonio Sangalli, y este religioso se convirtió en el vice-postulador de la causa de beatificación de Celia y Luis. Hoy, Pietro es un joven normal. El reconocimiento de este milagro por el papa Benedicto XVI el 3 de julio 2008 abrió el camino al proceso de beatificación de Luis y Celia Martin, que tuvo lugar tres meses más tarde, 19 de octubre, domingo del Domund, en la Basílica de Lisieux, en una celebración eucarística presidida por el legado pontificio, cardenal portugués José Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación para las Causas de los Santos, y con una concurrencia de fieles de unas quince mil personas. Entre ellos el niño italiano del milagro, Pietro Schirilò, y sus padres.
El cardenal resaltó el «testimonio ejemplar de amor conyugal» de los nuevos beatos y afirmó que el ejemplo de ellos puede «estimular a los hogares cristianos en la práctica integral de las virtudes cristianas, como estimuló el deseo de santidad en Teresa».
Para la canonización, la Iglesia exige un nuevo milagro. Y este sucedió en la ciudad de Valencia en la niña Carmen, que nació cuatro días antes de la beatificación de Luis y Celia Martin, el 15 de octubre de 2008, festividad de santa Teresa de Jesús.
La niña nació a los seis meses de gestación y con graves complicaciones. La matrona le dijo a los padres:
–Hay que esperar lo peor.
La criatura presentaba un cuadro clínico alarmante: hemorragia ventricular de grado 4 (sangrado severo en el cerebro).
–Ello se complicó con los pulmones, el corazón… –recuerdan los padres.
Carmen no respondía a los tratamientos médicos, por lo que temían su muerte. Sin embargo, como la pequeña nació en la fiesta de santa Teresa de Jesús, el padre decidió pedirle a la Santa de Ávila que intercediera por ella.
Acudieron a un convento de carmelitas descalzas donde depositar sus oraciones. Las monjas les animaron a solicitar tal favor en los nuevos beatos Luis y Celia Martin, que habían curado a un niño también en trance de muerte tras su nacimiento. Las mismas monjas les acompañaron en sus rezos.
Y Carmen sanó de manera milagrosa. Los médicos certificaron que se trataba de «algo extraordinario».
Aprobado definitivamente el milagro el 18 de marzo de 2015 por el papa Francisco, la canonización de Luis y Celia Martin tuvo lugar el domingo 18 de octubre, festividad del Domund, en el marco del Sínodo de la Familia y como reconocimiento de esa hija santa de estos nuevos santos, llamada Teresa de Lisieux, a quien la Iglesia le ha dado el título de patrona de las Misiones.

viernes, 5 de julio de 2019

Los Niños Toribios de Sevilla


Los pobres no tienen otro sitio que la mendicidad de la calle. Son tantos los que merodean por las gradas de la catedral de Sevilla y a la puerta del palacio arzobispal em­pobrecidos por las secuelas de la guerra, que en el año 1717 apareció en Sevilla una curiosa orden para regu­lar la caridad pública y controlar tan lamentable espectáculo. Pero con unas disposiciones tan pintorescas que no dieron resultado alguno. Por ejemplo, todos los pobres deben llevar colgado al cuello una tablilla con las armas reales y una leyenda que rece: «Puede pedir limosna». Y debajo la firma del Asistente, don Lorenzo de Villavicencio, marqués de Valdehermoso, que lo de­cretó por orden del Consejo de Castilla.
Inútil. A los dos meses, todo igual. Nadie llevaba la tablilla humillante al cuello. Que también en los men­digos de Sevilla existe clase.
¿Y los niños?
Si son expósitos, la Casa Cuna. Los huérfanos o abandonados, prácticamente la calle.
Son quizá lo más desasistido de la sociedad sevillana. En 1725, un pobre pastor asturiano, llamado Toribio de Velasco, vende libritos de la doctrina cristiana y otros devocionarios por las calles de Sevilla. Enseguida le choca el vagabundeo por el Arenal de tantos mucha­chos perdidos, mañosos en mil raterías. Y decide reco­gerlos en su casa.
Comenzó por atraer a los más dóciles con estampas y otros regalillos. Con ellos formó una pequeña comu­nidad en su casa de la calle Peral, con los que salía a la calle a recitar la doctrina cristiana y a pedir limosna. Iban los niños ordenados de dos en dos con una cruz delante y el Hermano Toribio se acercaba a los transeúntes y les decía:
–¡Den limosna, por amor de Dios, a estos pobrecitos!
La familia infantil creció y tuvo necesidad de buscar casa más espaciosa. Pero su carácter seco y duro le juega una mala pasada. El Hospicio de Niños Toribios, así cono­cido, se convierte prácticamente en correccional. La ayuda del Asistente Conde de Ripalda, que pone a su disposición a los alguaciles del municipio, se convierte en un resorte político que se sirve del ingenuo Toribio de Velasco para limpiar la ciudad de mozalbetes ante la próxima venida de los reyes a la ciudad. Con los alguaciles al lado, más que atraer, caza a los mucha­chos.
–¡Ahí viene el hermano Toribio!– gritaba un mozalbete desde cualquier esquina. Y todos los pillastres desaparecían como tragados por la tierra.
A pesar de sus métodos expeditivos, el hermano To­ribio logró reunir más de un centenar de internados y cumplió una importante misión social. Los Niños Tori­bios, que vestían «chamarratilla corta y calzón de lienzo crudo, con un juscatón de paño pardo, que los cubre y abriga», formaron la institución más celebrada y prote­gida del siglo XVIII en Sevilla.
Toribio de Velasco murió pronto, cuando su institución comenzaba a tomar vuelo. Falleció el 30 de agosto de 1730, siendo sepultado en el convento de San Pablo, al pie de la tumba de fray Pedro de Ulloa. «Asistieron a su funeral todos los niños y las comunidades de San Pablo y del Colegio de Regina, todos con luces en la mano, y le conducían en sus hombros, desde su casa en la Inquisición Vieja, collación de San Marcos, seis mancebos hijos de la casa, a los cuales ayudaban algunos eclesiásticos y personas condecoradas» (Matute).
El día anterior había hecho testamento y dejó por albaceas al arzobispo Luis de Salcedo, al Asistente conde de Ripalda, al vicario general Antonio Fernández Rojo, a los priores de San Pablo, Regina y Cartuja y nombró por sucesor en la dirección de los Niños Toribios a Antonio Manuel Rodríguez, natural de Écija, de oficio carpintero, que convirtió el caritativo establecimiento en un verdadero correccional.
Se hallaba la institución en la casa de la Inquisición Vieja, en San Marcos, con una tropa de ciento cincuenta chavales. Había maestros de escribir y contar, e incluso de gramática latina, por si alguno se inclinaba al estado eclesiástico. Había también talleres para el aprendizaje de los oficios de zapateros, sastres, polaineros, cardadores de lana, tejedores y otros.
El 5 de julio de 1733, día de santa Filomena, se mudó a la Calzada, junto al monasterio de San Benito. «En una devota procesión se trasladaron a una casa muy capaz que con este objeto se había comprado en la Calzada de la Cruz del Campo, cerca de San Benito, habiendo aportado su valor el virtuoso arzobispo, su antiguo favorecedor, ayudado con las limosnas de otros bienhechores; y allí se dispuso oratorio decente que el mismo prelado bendijo el día 27 de diciembre, dedicándolo a la Virgen nuestra Señora en el misterio de su Concepción» (Matute).
Años después pasó al Hospicio de Indias, en San Hermenegildo. En 1802 son desalojados para colocar allí un cuartel de Artillería y trasladados al Pumarejo. En 1837 fue incorporado al hospicio que de San Nicolás fue llevado al exconvento de San Jerónimo. Fusionado con la beneficencia oficial, la obra de Toribio de Velasco, que a lo largo de un siglo tuvo sus vaivenes, desapareció.

viernes, 28 de junio de 2019

Centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús


El próximo domingo, 30 de junio, se celebrará la renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón, tenida hace un siglo en el Cerro de los Ángeles, a unos 10 km. al sur de Madrid, en el término municipal de Getafe, considerado como el centro geográfico de la península ibérica. Es una invitación del obispo de Getafe, Ginés García Beltrán, que convoca a sus diocesanos y a toda España a renovar la consagración de España al Corazón de Jesús. Al mismo tiempo, siente el obispo una cierta preocupación y pide «desvincular de cualquier lectura política o de nostalgias de épocas pasadas» la consagración de España al Corazón de Jesús.
–Un acto –dice– que está generando preocupación en la diócesis por la esperada presencia de grupos afines a la ultraderecha, que pretenden entrar con banderas preconstitucionales al acto, y que otros sectores utilizan para volver a acusar a la Iglesia de cercanía a nostálgicos de la España grande y libre.


Cerro de los Ángeles

Esta consagración de España tuvo lugar el 30 de mayo de 1919, cuando el rey Alfonso XIII inauguró en el Cerro de los Ángeles el Monumento al Sagrado Corazón. Allí se hallaban para la consagración de España al Corazón de Jesús el arzobispo de Toledo, cardenal Guisasola, el nuncio Ragonesi, 18 obispos, el último de los cuales Pedro Segura, en representación del arzobispo de Valladolid, cardenal Cos, del que era su auxiliar.
Concluida la misa y bendecido el monumento, Alfonso XIII pronunció el «Acto de Consagración de España católica al Sagrado Corazón de Jesús», en el que suplica: «…bendecid a los pobres, a los obreros, a los proletarios todos… y al Ejército y a la Marina».
En la ceremonia se leyó el himno «Trono y Altar», del jesuita Alberto Risco, expresión del más genuino nacionalismo católico, donde se evocaba a la Virgen del Pilar, Santiago de Compostela, la Virgen de Guadalupe, Ávila, Loyola, y la evangelización de América. Su argumento principal será que reine «la España que Tú has preferido», para concluir:
–¡La raza precita /que acaso te ofende, no es pueblo español! / España son estos que cercan tu trono; / son estos que llevan al pecho tu imagen bendita; / son estos que hollando secreto, diabólico encono, /te aclaman de España por centro y por sol!
En este acto, el obispo Segura era el último en el escalafón de los obispos de España y su encuentro con Alfonso XIII no tuvo significación especial, distanciados uno de otro por el protocolo. Otra cosa será cuando se vean un año después en Valladolid y en Tordesillas, a punto ya Segura de marchar de obispo a Coria. Y especialmente en esta última diócesis, cuando Alfonso XIII visite Las Hurdes y sea acompañado por Segura, quien, salido de las aulas de la Universidad Pontificia de Comillas, tendrá una devoción muy marcada hacia el Sagrado Corazón de Jesús.
Segura será entre los obispos españoles el más significado promotor de su culto en España, con consagraciones y entronizaciones en los hogares y edificios públicos. La entronización del Corazón de Jesús en el Ayuntamiento de Cáceres el 26 de abril de 1925 fue la perla de tantas otras entronizaciones en la diócesis, acordada por el pleno municipal con la sola excepción del edil socialista. Se bajó procesionalmente para la ocasión la Virgen de la Montaña, patrona de Cáceres, y en la Plaza Mayor de Cáceres ofició Segura de pontifical.
Ya maduraba Segura el proyecto de levantar al Sagrado Corazón un monumento en la misma montaña que dominaba a Cáceres y a gran parte de Extremadura. Efectivamente, allí, junto al Santuario de Nuestra Señora de la Montaña, una imagen inmensa del Corazón de Jesús extendía sus brazos hacia el horizonte desde el 14 de noviembre de 1926, cuando ya Segura estaba a punto de pasar a la archidiócesis de Burgos. El cronista del Boletín Oficial de la diócesis cuenta que ese 14 de noviembre será «una fecha gloriosa en la Historia de la capital». Por la mañana, fue entronizada la imagen del Sagrado Corazón en el Salón de Sesiones de la Diputación de Cáceres y el presidente, Gonzalo López-Montenegro, pronunció la fórmula de consagración de la Provincia de Cáceres. Y por la tarde se procedió en la Montaña a la bendición del hermoso monumento allí erigido.
Siendo ya arzobispo de Burgos, 24 de junio de 1927, tuvo lugar la entronización del Sagrado Corazón en la Diputación de Burgos. Pasó pronto a Toledo, como primado y título de cardenal. Pero aquí, el monumento al Sagrado Corazón quedó en proyecto ante la llegada de la Segunda República y su expulsión de España.
Venido en 1937 a Sevilla como su arzobispo, Segura tuvo en 1941 una Santa Misión. Y como recuerdo diocesano de esta Santa Misión, propuso un proyecto que «venimos acariciando»: Un Monumento al Sagrado Corazón en la capital diocesana, «cual corresponde a la ciudad, que tantos monumentos tiene erigidos en sus plazas y en sus jardines».
Hecho realidad, el Monumento a los Sagrados Corazones, levantado en el Cerro de San Juan de Aznalfarache y bendecido en 1948, se convertirá en el gran mausoleo donde yazcan junto al cardenal Segura los restos de sus padres y hermanos.

domingo, 23 de junio de 2019

Los Seises de Sevilla son diez


Nos hallamos en la octava del Corpus
y los Seises de Sevilla bailan todas las tardes ante el Santísimo.

El 1911 los Seises fueron invitados a bailar en el Congreso Eucarístico Internacional, que se celebraba en Madrid. A algunos canónigos de la diócesis madrileña les pareció irreverente esta invitación.
–¡Bailar delante del Santísimo Sacramento! ¡Qué profanación!
Y ofrecieron algunas dificultades, que fueron obviadas por la infanta doña Isabel, «La Chata», que deseaba que en la fiesta internacional dedicada a la Eucaristía no faltase el gustoso aperitivo de los Seises de Sevilla.


Rodríguez Marín, que escribió un artículo en ABC el 19 de junio de 1911, salió al paso de esta supuesta irreverencia:
–¿Irreverente la danza de los seises? Los que tal dicen han olvidado que representa el pasaje del Real Profeta bailando ante el Arca del Testamento. Y claro es que lo dicen porque no han presenciado jamás esa danza y la confunden, o poco menos, con los callejeros bailes de las verbenas. Pues ¿cómo, a ser irreverente, la conservara y la patrocinara, siglo tras siglo, el siempre celoso cabildo de la gran metrópoli sevillana, cuando ni por ensueño había en Madrid catedral ni obispado?
La existencia de los Seises se pierde en los siglos medievales. Lo que comenzó siendo niños de coro, que existieron desde la creación de la Iglesia de Sevilla a mediados del siglo XIII, terminó con la danza y el baile, cuando el Corpus, fiesta creada por Urbano IV para que «cante la fe, dance la esperanza y salte de gozo la caridad», arraigó en Sevilla en el siglo XV.
El 27 de junio de 1454, Nicolás V emitió la bula Votis illis, por la que concedía a la catedral de Sevilla un maestro de canto para los niños cantores independiente del maestro de gramática, puesto que «los servicios de canto del maestro y de los niños son de más inmediata y directa utilidad que los de gramática, para el culto de la Iglesia y más necesarios para aumentar su brillo y esplendor». Contaron así desde entonces los niños cantorcicos, que así se llamaba a los Seises en el siglo XV, con un maestro de capilla distinto al de gramática.
Ese año de 1454 aparece un primer apunte de la existencia de los niños cantorcicos en los libros de cuentas de la catedral:
–Seis ángeles tañendo; ocho profetas tañendo, veintisiete cantores, moços niños.
Y en 1512:
–A once moços de capilla cantorcicos desta santa iglesia que fueron cantando e baylando delante del Corpus Xti, para hacer las guirnaldas que llevaron, a real cada una, once reales.
En la bula de Eugenio IV Ad exequendum, expedida en Florencia el 24 de septiembre de 1439, se habla por primera vez de «seis niños cantores». Aunque el nombre de Seise no aparece en los papeles de la catedral hasta el año 1553, cuando se dice en un auto capitular «hacer guirnaldas para seises».
Se llaman así porque en un principio fueron seis. Pero su número ha variado a lo largo de la historia, siendo unas veces ocho, doce, hasta dieciséis en 1570 cuando entró en Sevilla el rey Felipe II. A comienzos del siglo XVII se fijó en diez su número, que perdura en la actualidad.
A finales del siglo XVII tuvieron un momento difícil durante el pontificado del arzobispo Palafox, el de los «cien pleitos». Acabó con las danzas y bailes de hombres y mujeres en la procesión del Corpus y a punto estuvo también de acabar con el baile de los Seises. Envió un dubium a la Sagrada Congregación del Concilio para que le dijese si parecía correcto a Roma que durante la octava del Corpus unos niños bailen con trajes de danzantes, dando a veces la espalda al Santísimo y con la cabeza cubierta.
El cabildo catedral, que venía soportando durante años los dubium del arzobispo, con no poco gasto de mantener un representante para defensa de sus intereses ante la corte de Madrid, cerca del nuncio, y otro en la misma Roma, no estaba dispuesto a transigir en este tema, tan secular en la Iglesia de Sevilla y de tanto arraigo popular. Un mandamiento del nuncio da en principio la razón al arzobispo y ordena «bajo censuras latae sententiae quitar el abuso de la danza de los seises», mientras el rey Carlos II, más comedido, recomienda «se procurara conciliar los pleitos». El cabildo plantó resistencia al arzobispo y al nuncio y acordó el 15 de julio de 1701 «que se defendiese su tan antigua posesión judicial y extrajudicialmente». Pero no hubo necesidad de seguir en pleitos. El arzobispo está enfermo de muerte. En diciembre de ese año muere. Su sucesor, el cardenal Arias, se apresuró a firmar una concordia con los canónigos en todos los pleitos planteados por el arzobispo anterior. Y los Seises fueron salvados.
Se forjó entonces una leyenda –Sevilla es tierra mágica de leyendas– que narra así Simón de la Rosa, autor de su renombrado libro Los Seises de la Catedral de Sevilla:
–Cuéntase que un antiguo arzobispo, cuyo nombre no ha podido averiguar la leyenda, promovió ruidoso pleito al cabildo eclesiástico y llevó a Roma la cuestión, para que la Sagrada Congregación de Cardenales decretase la supresión de la danza de seises por considerarla ofensiva a la majestad augusta del Santísimo Sacramento. Llegado el período de prueba, a Roma fueron los seises con sus borceguíes argentados, gregüescos, vaquerillos, bandas, valonas, sombreros, castañetas, y con su maestro de capilla al frente, en barco fletado por cuenta del Cabildo; y, tan prendado quedó el Pontífice de la danza censurada por el Arzobispo, cuando se hubo ejecutado a su presencia, que mandó sobreseer el proceso y proveer en adelante que nadie fuese osado a perturbar al Cabildo en la posesión de una costumbre inmemorial, sancionada por el tiempo y abonada por la licitud de la ceremonia.
Existe una leyenda añadida. El papa les dijo que pervivirían mientras les durase el traje que llevaban. Por eso, es tradición al hacerse vestimentas nuevas, rojas en el Corpus y azules en la Inmaculada, que lleven siempre un retal del viejo traje añadido al nuevo para que perdure de alguna manera el vestido primitivo. Los Seises bailan ante el Santísimo en el triduo de Carnaval, como preparación para la Cuaresma, en la fiesta del Corpus y su octava y en la fiesta de la Inmaculada y su octava.
El inglés lord Rosebery quedó tan prendado del baile de los Seises que encargó al pintor Gonzalo Bilbao un óleo con la representación de tan hermosa danza. Hoy se conserva ese cuadro, Los Seises de la catedral de Sevilla, en toda la belleza de su expresión plástica, en una colección particular de Londres.

miércoles, 19 de junio de 2019

Corpus Christi


Los orígenes de la fiesta del Corpus arañan los inicios del siglo XIII, cuando una niña belga tuvo una revelación particular para que se estableciera una fiesta en honor del Santísimo Sacramento. Esta niña ingresó en el monasterio de agustinas de Monte Cornillón, cercano a Lieja. Hoy es recordada como beata Juliana de Lieja o de Monte Cornillón. Elegida superiora, tuvo un entusiasta colaborador en el arcipreste de la catedral Jacques Pantaleón de Troyes. La fiesta del Corpus fue introducida en Lieja en 1247. Poco después, Pantaleón fue nombrado obispo de Verdún y patriarca de Jerusalén. Finalmente fue elegido Papa con el nombre de Urbano IV. Y es así como, en el recuerdo de su amiga monja, instituyó la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia por la bula Transiturus (1264). Santo Tomás de Aquino recibió el encargo de componer el oficio de esta fiesta con una serie de himnos latinos. Pero la muerte del Papa retrasó la efectiva instauración litúrgica del Corpus que no será operante hasta el Concilio de Vienne de 1311.


La fiesta del Corpus entró en España por el reino de Aragón y en Sevilla ya se tienen noticias documentales en el siglo XV. Pero será en los siglos XVI y XVII cuando adquiera todo su esplendor, entreverados en un todo lo popular con lo religioso.
«Era costumbre por aquella época [siglo XVI] –cuenta Sánchez Arjona– poner el Santísimo Sacramento en medio de la capilla mayor; y después, cuando el Ayuntamiento y Cabildo Catedral ocupaban los tablados, colocados al efecto entre los dos coros, comenzaba la representación de los autos, terminados los cuales tenían lugar los divinos oficios. Concluidos la misa y el sermón, se representaban las danzas en el mismo sitio en que se habían representado los autos, y allí permanecían bailando delante del Santísimo Sacramento hasta por la tarde que salía la procesión, de la que formaban parte. Entre tanto los Diputados, nombrados por la ciudad para el mejor orden de la fiesta, señalaban a su antojo los sitios en donde se habían de hacer las representaciones; y una vez señalados, colocaban en ellos las armas de Sevilla para que, terminada la representación que dentro de la Catedral y delante de los dos Cabildos se hacía, fuesen los comediantes en los carros a ejecutar los autos en todos aquellos lugares señalados de antemano».
Según un manuscrito conservado en la Biblioteca Colombina, este fue el orden observado en la festividad del Corpus del año 1682: primero, la Tarasca y los Gigantes; después, las cofradías. A continuación, las Religiones: capuchinos, mer­cedarios calzados, agustinos descalzos, mínimos de San Francisco de Paula, la Merced, el Carmen, San Agustín, San Francisco y Santo Domingo. Siguen las cruces de las iglesias parroquiales, la cruz de la iglesia metropolitana, el subdiácono, el juez de la Iglesia con los ministros de su tribunal, y desde aquí comienzan las danzas. Sigue la clerecía parroquial, el provisor y vicario general con los ministros de su tribunal, el diputado de las reliquias, las santas reliquias entre los capellanes del coro de la iglesia catedral, los beneficiados de la iglesia catedral, la Universidad de Beneficiados Propios de Sevilla, los canónigos de la Colegial del Salvador, el Cabildo de la iglesia metropolitana. Y, seguidamente, la custodia con el Santísimo, el arzobispo, los capellanes de la familia del arzobispo, el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición y la ciudad de Sevilla.
El Corpus, en el paso del siglo XVI al XVII, perdió progresivamente su genuino carácter religioso y se convirtió cada vez más en profano. La gente corría tras la tarasca, las mojarrillas y gigantes... de modo que el Santísimo Sacramento, que venía detrás, perdía interés y devoción.
La crisis estalló con la venida a Sevilla del arzobispo Palafox. En 1689 envió Palafox a Roma 31 dubios sobre irreverencias y abusos en cuestiones litúrgicas y de rito. Especialmente significativo era el dubio 5, por la resonancia que tuvo: «Si puede y debe el arzobispo prohibir que en la festividad y octava del Corpus Christi se celebren bailes o danzas en la catedral por mujeres y hombres enmascarados y con los sombreros puestos en presencia del Santísimo Sacramento, a pesar de hacerse por costumbre antigua». La respuesta de Roma fue: Posse et debere. Esta respuesta afirmativa quedó después un tanto paliada al encomendar Roma que esta cuestión la dilucidara el monarca español al estar implicado el cabildo secular. Pero a Palafox le sirvió para prohibir, en las próximas fiestas del Corpus a celebrar el 1 de junio de 1690, las danzas que abrían la marcha de la procesión y que incluso se introducían en la iglesia catedral bailando durante la consagración.
El cabildo secular recurrió a la Audiencia ante esta prohibición y al mismo tiempo envió diputación al Asistente, indicándole que los danzantes llevarían guirnaldas en la cabeza en vez de sombreros y los coros de hombres y mujeres irían separados. Aquel día la procesión no salió de la catedral hasta la una y media de la tarde, cuando ya casi todas las corporaciones religiosas se habían retirado a sus parroquias y conventos, ante las penas canónicas lanzadas por el arzobispo. En las calles se oían estas voces: «¡Viva la fe de Cristo! ¡Mueran los molinistas!», refiriéndose al arzobispo y los suyos. Las denuncias llegadas a Roma acusaban al arzobispo de «perturbador del orden público». Le sacaron toda clase de libelos, le recordaron sus flirteos con la doctrina de Molinos e incluso lo relacionaron maliciosamente con una tal Ana Ragusa, alias la Pavesa, extraña mujer de Palermo confesada del arzobispo durante algún tiempo y que confundía sus ataques de nervios con revelaciones místicas. La pobre Pavesa acabó sus días en un auto de fe público celebrado el 18 de mayo de 1692. Y no quedó ahí la cosa: la noche del 3 de octubre de 1692 apareció bajo el confesonario del arzobispo, a los pies de la iglesia del Sagrario, un barril de pólvora que comunicaba con la puerta de la calle con una larga cuerda untada de alquitrán. Los «cien pleitos» del arzobispo, número redondo para indicar los muchos que sostuvo, aunque no fueron tantos, no llegaron a solucionarse prácticamente ninguno y en ellos, por su carácter inflexible, malgastó Palafox no poco de su fama y salud.
Las danzas desaparecieron definitivamente un siglo después, en el reinado de Carlos III, por real decreto de 21 de junio de 1780. Dispuso el monarca que «en ninguna Iglesia de estos mis Reinos, sea Catedral, Parroquial o Regular, haya en adelante tales Danzas, ni Gigantones, sino que cese del todo esta práctica en las procesiones, y demás funciones eclesiásticas, como poco conveniente a la gravedad y decoro que en ellas se requiere».
A partir de entonces, el Corpus se parece más a lo que se vive hoy que al espectáculo popular que se vivía en el XVI y XVII.