viernes, 14 de septiembre de 2018

La cruz, el símbolo más grandioso de la historia


Hoy, 14 de septiembre, es la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, sin duda el símbolo más grandioso de la historia del mundo. Es extraño que, siendo un instrumento de suplicio, el más ignominioso en el Imperio romano, se haya convertido en signo de victoria. En tiempos de san Pablo, la cruz era objeto de escándalo y locura para muchos. Dice en Corintios 1, 22-25:
–Dios tuvo bien salvar a los que creen con esa locura que predicamos. Pues mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres.


 Hoy, en Jerusalén, las campanas de la Anástasis, es decir, la Basílica de la Resurrección, llamada también del Santo Sepulcro, voltean invitando a los cristianos y peregrinos a la celebración de «la universal exaltación de la preciosa y vivificante cruz», denominación ortodoxa de esta fiesta. En el transcurso de los Oficios santos, el celebrante, en medio de nubes de incienso, y delante de las puertas reales del iconostasio (pared que separa las naves del santuario del coro en las iglesias ortodoxas) eleva la cruz lo más alto que puede para bendecir al pueblo, primero al mediodía, después a occidente, al norte y finalmente al sur.
Fue Macario, patriarca de Jerusalén, al momento de la Invención de la Santa Cruz, quien dio esta bendición en presencia de santa Elena, madre del emperador Constantino.
A santa Elena, cuenta la tradición, se debe el descubrimiento o invención de la cruz en la que murió Jesús. Hay que descender a las profundidades de la Basílica y bajar los viejos escalones que llevan a la capilla de la Invención de la cruz, sin duda, uno de los sitios más entrañables y más fascinantes del Santo Sepulcro, tal vez una vieja cisterna del tiempo de Jesús.
En el año 135, en la segunda revuelta de los judíos, el emperador Adriano (sevillano por más señas, nacido en Itálica), reedificó Jerusalén al estilo romano. Y enterraron los lugares santos para levantar sobre ellos un foro. Lo cuenta san Jerónimo en carta a Paulino:
–Desde la época de Adriano hasta el reinado de Constantino, durante unos ciento ochenta años, los paganos pusieron la imagen de Júpiter en el lugar de la Resurrección, la estatua de Venus en mármol sobre la Roca de la cruz, y les rendían culto.
Fue Macario, patriarca de Jerusalén, quien convenció al emperador Constantino que destruyera el foro y restituyera los lugares santos a los cristianos y también que se construyera una basílica que por siempre los protegiera.
Santa Elena, la madre de Constantino, llegó a Jerusalén en el año 326. Hizo de arqueóloga y excavando en una cisterna vecina al Calvario y al Sepulcro encontró la cruz de Cristo.
Lo cuentan Ambrosio de Milán, Paulino de Nola y otros... Cirilo de Jerusalén, en carta al emperador Constancio, le dirá de esta invención:
–En tiempos de vuestro viejo padre Constantino, de dichosa memoria, la madera salutífera de la cruz fue encontrada en Jerusalén.
Sócrates de Constantinopla, en su Historia eclesiástica, cuenta los detalles de las excavaciones y la emoción que produjo en santa Elena cuando aparecieron, no una, sino tres cruces. Y dice:
–Se encontró la tablilla de Pilato en la que proclamaba en diferentes caracteres rey de los judíos a Cristo crucificado.
San Juan Crisóstomo, por su parte, en una homilía sobre san Juan, confirma este hecho:
–Estando enterradas las tres cruces en el mismo lugar, se reconoció la del Salvador al hecho de que se encontraba en medio, y por el título, ya que las cruces de los ladrones no lo tenían.
La invención de la Santa Cruz y su recorrido posterior en reliquias dispersas por el mundo cristiano se ha alimentado de bonitas leyendas y narraciones piadosas. Nos basta, al venerar la cruz, que ella es a la vez «sufrimiento y triunfo de Dios», y el solo «signo de gloria» (Ga 6, 14) que los cristianos tienen para seguir el camino del Señor, llevando en nosotros la cruz para pasar un día con Él de la muerte a la vida.
Postdata: Hay estúpidos en esta sufrida tierra nuestra que aúllan pidiendo que se eche abajo la más grande cruz levantada en el mundo: la del Valle de los Caídos.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Peregrinos de verano


¡He visto por televisión este verano tantas veces la bella ciudad de Santiago de Compostela y los peregrinos que llegan a ella tras largas caminatas…! Contaré el caso de un chico holandés, agnóstico y anticlerical, que se lanzó a la aventura de hacer el recorrido francés del Camino de Santiago al no poder escalar las altas montañas de los Pirineos. Iniciado con espíritu deportivo, descubrió el silencio en su caminar paso a paso y la escucha de sí mismo. «No se puede marchar durante horas y días sin plantearse preguntas sobre Dios y sobre sí mismo». «Llamar incesante a las puertas del camino para pedir agua o albergue da lecciones de humildad».


Al año siguiente realizó el camino como peregrino. Un peregrino «a su aire», visitando todas las pequeñas iglesias que se encontraba por el camino, pero hostil a la misa y distanciado de toda expresión jerárquica de la fe. En su reflexión llegó un momento en que se llegó a decir: «He comprendido que ocupándome de los representantes de Dios en la tierra me olvidaba de lo fundamental». Y por el camino hacia Santiago llegó a la conversión.
Pero ahí queda esa profunda reflexión de este joven holandés aplicable a tantos de nosotros. Cuántas veces, en nuestra crítica estéril, nos quedamos en la corteza sin catar la sustancia del interior.
Es la posición del teólogo que, desde su gabinete, imparte lecciones de cómo debe llevar las riendas de la Iglesia el Papa y le planta el ejemplo de San Pablo, no sé bien por qué, porque si San Pablo estuviera en estos momentos redivivo, no sé cómo actuaría, pero seguro estoy de que no lo haría a semejanza del teólogo. Es la postura del cura que, cargado de sus filacterias, se las quiere colgar a todos los pacientes feligreses. O la inmadurez del laico que pende toda su fe en la fragilidad del sacerdote cercano. Llevamos tanto tiempo en la Iglesia: unos y otros, dando vueltas a la noria de lo circunstancial, que se nos olvida lo fundamental: el encuentro con Jesucristo que, como dice el Evangelio, es «camino, verdad y vida».
Os invito a peregrinar. Para mí, ya es pura añoranza que me recuerda aquellos años scouts con sus buenas caminatas mochila a la espalda. Pero es un magnífico ejercicio espiritual para el verano. Clarifica las ideas y nos acerca a lo esencial de nuestra fe, el encuentro con Dios.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Azaña, ¿se convirtió a la fe católica?


Si la figura de Manuel Azaña, el que fuera jefe de Gobierno (1931-1933) y presidente de la Segunda República (1936-1939), relevante intelectual, liberal y burgués, como él se definió, fue polémica en vida, lo es aún a la distancia de los años.


 En Montauban (Francia), donde murió el 3 de noviembre de 1940, se celebró en 1990, al cumplirse los 50 años de su muerte, un homenaje en su honor. Y la prensa de esos días fue profusa en artículos dedicados a su memoria. Pero no se reseñó un dato que dio que hablar en su tiempo y que, en la hora de los homenajes, se intentó soslayar: su conversión postrera en la hora de su muerte. Tan sólo un atisbo de rechazo en Juan Marichal, escritor ligado al partido republicano canario y exiliado tras la guerra, el cual, tras su ponencia leída en Montauban, comunicó su desacuerdo con la versión dada por Televisión española sobre la muerte de Azaña: «Debemos protestar (sí, protestar) porque TVE ha escogido la versión oficial franquista y que podemos caracterizar también de versión oficial católica». Es decir, que Azaña murió reconciliado con Dios en el seno de la Iglesia católica. Y añadió: «¿Cuándo la Iglesia española se aplicará el precepto dado tan noblemente por el presidente Azaña el 18 de julio de 1938: «Paz, piedad, perdón»? Porque... ha sido la mayor difusora de las imágenes falsas que hemos visto. No es tampoco la ocasión para considerar lo que ha sido en nuestra tragedia nacional la «pesca de almas» en sus últimos momentos».
Pues, aunque le pese a Juan Marichal, no fue ningún miembro del clero español el que intervino en los últimos momentos de la vida de Azaña. Fue un francés, y precisamente el propio obispo de Montauban, monseñor Théas, quien fue llamado a su lecho y quien lo reveló años después en un sermón con motivo del jubileo del Año Santo de 1950.
Monseñor Pierre-Marie Théas acababa de llegar a la diócesis de Montauban, cuando fue requerido por un español para que acudiera a asistir al presidente Azaña, que vivía en el Gran Hotel du Midi.
En ese encuentro, Azaña le confesó que quería morir en el seno de la Iglesia católica. «Estas palabras –confesó el obispo– fueron pronunciadas con tal acento de sinceridad, que saqué mi crucifijo y se lo di al enfermo. Entonces el presidente Azaña, en sus manos, comenzó a besar las llagas del Salvador, diciendo: ¡Jesús, piedad, misericordia!». Entonces el presidente Azaña se confesó.
Cuando el obispo volvió para llevarle el viático y administrarle la unción de enfermos, alguien le impidió la entrada: «El presidente está cardíaco y eso le puede hacer daño». Sin embargo, en confesión del mismo obispo, en otro momento pudo darle los últimos sacramentos, aunque su entrada fue impedida en cinco ocasiones.
–Algunos días después –confesó el obispo– tuvo lugar el entierro civil; pero yo sabía muy bien el retorno del pródigo a la Casa del Padre de las misericordias.
El entierro civil fue dispuesto por el cónsul de México sin el conocimiento de la esposa de Azaña, que fue quien llamó al obispo. «La viuda no se atrevió a protestar, porque México pagaba todos los gastos del hotel del presidente y de los que le acompañaban».
Quien desee más información, podría consultar el Bulletin Catholique de Montauban de la época, y creer, si lo desea, las palabras del obispo Théas, posteriormente obispo de Tarbes-Lourdes. Nada de esto se dice en el libro de Santos Juliá «Vida y tiempo de Manuel Azaña (1880-1940)». Santos Juliá, excura sevillano y en tiempos ha amigo, escribe que el obispo «se presentó en el hotel para informarse por el estado del enfermo. Pasó a la habitación y charló un rato con Azaña que, muy complacido y sonriente, le habló de todo, de Cipriano [su cuñado, condenado en Madrid a la última pena en esos días, por el que intercedió monseñor Théas, enviando dos cables, uno a Franco y otro a Roma], de los niños, de su juventud en El Escorial. Notando que se cansaba, el obispo les dejó enseguida y no le vieron más hasta que, enterado de la extrema gravedad en que había caído en los últimos días de octubre, volvió de nuevo acompañado de un cura español, que pretendió entrar a verle. No accedió su mujer, que dejó pasar al obispo, a quien tantas veces Azaña había reclamado. En fin, y siempre según el relato de Dolores de Rivas [su esposa] a su hermano, pasadas las diez de la noche del día 3 de noviembre, viéndole morir y angustiada por su soledad en aquel dolor, encargó a Antonio Lot que llamara a Saravia y a la monja, soeur Ignace, que cumpliendo sus deseos volvió un poco más tarde acompañando al obispo. Y así, en el momento de su muerte, el 3 de noviembre de 1940 a las doce menos cuarto de la noche, rodeaban a Manuel Azaña, en su habitación del Hotel du Midi, su mujer, Dolores de Rivas Cherif, el general Juan Hernández Saravia, el pintor Francisco Galicia, el mayordomo Antonio Lot, el obispo Pierre-Marie Théas y la monja Ignace».
Al parecer resulta feo para una biografía laica contar que Azaña –aquel que dijo: «España ha dejado de ser católica»– se confesó con el obispo, recibió los últimos sacramentos y se convirtió en sus momentos finales.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Manuel Machado, el poeta olvidado


Nació Manuel Machado en Sevilla el 29 de agosto de 1874 en la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de la Magdalena, primer fruto del matrimonio de Antonio Machado Alvarez, Demófilo, y Ana Ruiz, hija de un pastelero de Triana. Pronto cambiaron de residencia y pasaron a vivir al palacio de las Dueñas, de los duques de Alba, ya que en 1875 nace ahí su hermano Antonio.
La obra poética de Manuel Machado se ve condicionada un tanto por la de su hermano Antonio. Como si Manuel pareciese solamente el hermano de su hermano. Pero el tiempo justipreciará su poesía como en los momentos actuales se valora la de Antonio. Para mí he de decir que tanto monta la poesía de Antonio como la de Manuel.


Si en la juventud les unió en las calaveradas y amoríos, que pinta Manuel, al final de sus días los separó la maldita guerra civil. Manuel en un bando y Antonio en el otro. Los dos hubieron de plegarse a las exigencias del momento y poesías hay de ambos que bien hubieran querido se borrasen de las antologías. Antonio murió en el exilio. Pasada la frontera francesa, cae enfermo en Colliure, pueblecito de la costa mediterránea cercano a España, donde muere envejecido y agotado el 22 de febrero de 1939. Tres días más tarde, muere en el mismo lugar su madre, que es enterrada junto al poeta. Manuel muere en Madrid en enero de 1947.
Recojo un manojo de sus poesías: su retrato, Andalucía y cantares.

Su retrato:

Esta es mi cara y esta es mi alma. Leed:
Unos ojos de hastío y una boca de sed...
Lo demás... Nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe...

Calaveradas, amoríos... Nada grave.
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía...

¿Vicios? Todos. Ninguno... Jugador, no lo he sido:
no gozo lo ganado ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla.
Las mujeres... sin ser un Tenorio –¡eso, no!–
tengo una que me quiere, y otra a quien quiero yo.

***

Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente...
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza;
más que la voluntad, la fuerza y la grandeza...
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero,
a lo helénico y puro, lo chic y lo torero.
Un destello de sol y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna.
Medio gitano y medio parisién –dice el vulgo–,
con Montmartre y con la Macarena comulgo...
Y, antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.

***

Es tarde... voy de prisa por la vida.
Y mi risa es alegre, aunque no niego que llevo prisa.

Andalucía:

Cádiz, salada claridad. Granada,
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada,
Málaga cantaora.
Almería, dorada.
Plateado, Jaén. Huelva, la orilla
de las tres carabelas.
                                                  Y Sevilla.

Cantares:

       Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía...
Cantares...
Quien dice cantares, dice Andalucía.
       A la sombra fresca de la vieja parra
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Cantares...
Algo que acaricia y algo que desgarra.
       La prima que canta y el bordón que llora...
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares...
Son dejos fatales de la raza mora.
       No importa la vida, que ya está perdida;
y después de todo, ¿qué es eso, la vida?...
Cantares...
Cantando la pena, la pena se olvida.
       Madre, pena suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra la suerte...
Cantares...
En ellos el alma del alma se vierte.
       Cantares. Cantares de la patria mía...
Cantares son sólo los de Andalucía.
Cantares...
No tiene más notas la guitarra mía.

domingo, 26 de agosto de 2018

Papa Albino Luciani, 40 aniversario


Plaza de San Pedro 26 de agosto de 1978. Sobre las seis de la tarde, la multitud que llena la plaza –y yo en ella– mira ansiosa la chimenea del cónclave a la espera de que lance “fumata bianca o nera”. Y lo que salió por esa chimenea fue un humo tan dudoso que nadie sabía decir si era blanco o negro.
Era la cuarta votación y segunda fumata; no parecía posible que hubiese ya Papa en un cónclave que se había encerrado la tarde anterior y donde ningún cardenal entró con vitola de papable. Los periodistas españoles, con los que conversaba, pensaron que el humo era negro y hubo cierta dispersión de la gente. Yo decidí acompañar a mi viejo párroco de San Pedro de Sevilla, don Francisco Cruces, que se había acercado por primera vez a Roma, para enseñarle algo de la ciudad. Lo llevé a la Piazza Navona, no lejos del Vaticano. Estando ya en ella, oímos el sonar de las campanas del Vaticano y a una señora que con una radio en mano nos dijo que ya había Papa. Corrimos hacia San Pedro, pero al llegar ya se había cerrado el balcón de la logia central de la basílica desde donde el nuevo Papa saludó al pueblo de Roma. No lo vería hasta el día siguiente, domingo, a las 12 del mediodía.


 Se llamaba Albino Luciani, patriarca de Venecia. Tan nuevo su nombre que los periodistas no italianos tenían que rastrear algo de su vida para llenar la primera crónica de sus periódicos. Acudí a la Sala Stampa, sala de prensa del Vaticano, y ayudé a José María Javierre, en ese momento enviado especial del diario “Ya” de Madrid. A su lado, José Luis Martín Descalzo escribía para “ABC”.
Supimos que el nuevo Papa, por nombre Juan Pablo I, tenía escrito un libro reciente titulado: “Illustrissimi”. Había que encontrarlo. Corrí al Colegio Español y supe que lo tenía Cipriano Calderón, que con el tiempo llegaría a ser director de “L’Osservatore Romano” en español y arzobispo titular de Tagora y vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina. Volví con el libro a la Sala Stampa y mientras Javierre escribía su crónica, yo traduje ciertos párrafos del libro, para que acompañase en recuadro la crónica de José María. Al lado, Martín Descalzo se nos quejaba de que en “ABC” no disponía de tanto espacio para su crónica como Javierre disponía de la suya en el “Ya”.
Aquella noche, después de la cena en el Colegio Español, paseamos por el jardín frontero del edificio con los cardenales Tarancón y Bueno Monreal, que acababan de salir del cónclave. Tratábamos de sonsacarles algo, pero no hubo manera. Uno y otro guardaban un mutismo sepulcral de lo acontecido en las veintiséis horas que duró el cónclave. Quien se despidió primero fue Tarancón, con habitación a la fachada del Colegio, y se dio al teclado de su máquina de escribir, costumbre de llevar siempre un diario de los acontecimientos del día. He ojeado ahora su libro póstumo “Confesiones”, por ver si recogía algo de ese momento. Pero ni siquiera cita a Juan Pablo I.
A pesar de su silencio, Tarancón tuvo un papel especial en la elección de Luciani. Tras la segunda votación y ante el peligro de que saliera el cardenal Siri, integrista, reunió tras la comida a varios cardenales en su habitación –entre ellos Suenens, Alfrink, Koenig, Cordeiro…– y les propuso la figura del patriarca de Venecia, al que solo achacaban que era “un hombre tímido”. Esperaban conseguirlo al tercer día, después de sucesivas votaciones. Resultó elegido, sin embargo, esa misma tarde.
33 días después, ya en Sevilla, encendí la radio muy de mañana y oí que el Papa Luciani había muerto. Consternación. Habrá nuevo cónclave. Y se dio el caso insólito en solo tres meses de tres Papas en el Vaticano: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.
El Papa Luciani pasó su breve pontificado con el apelativo de “Papa de la sonrisa”. Y desgraciadamente, con la secuela de una muerte extraña, levantada por el escritor británico David Yallop en un libro escandaloso, que tituló “En nombre de Dios. Investigación sobre el asesinato de Juan Pablo I”.
Ahora, a los cuarenta años del breve papado de Albino Luciani, las librerías de Roma se han llenado de nuevos libros sobre su figura. He contado hasta diecisiete, aparecidos recientemente en italiano sobre la figura de este “Papa de la eterna sonrisa”. Tan solo he leído el de Stefana Falasca, “Papa Luciani. Cronaca di una morte”, con prólogo del secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin.
Stefana Falasca, vicepostuladora de la Causa de beatificación y canonización de Albino Luciani, muestra una serie de documentos inéditos hasta ahora sobre la muerte del Papa, con testimonios de los médicos y de los propios familiares del pontífice, que no estaban al alcance público hasta ahora. Luciani sintió la misma noche de su muerte, poco antes de la cena, una indisposición. En un informe de Renato Buzzonetti, primer médico que acudió al lecho de muerte del Papa, se habla del «episodio de dolor localizado en la parte superior de la región esternal, sufrido por el Santo Padre hacia las 19:30 del día de la muerte, prolongado durante más de cinco minutos, que se verificó mientras el Papa estaba sentado y preparado para rezar con el padre Magee y retrocedió sin ninguna terapia». Ante la desaparición del dolor, síntoma del problema coronario que esa misma noche le paró el corazón, no fue abierta la farmacia del Vaticano, no fue advertida sor Vincenza, enfermera del Papa, y no se alertó al médico del Pontífice, Antonio Da Ros. Fue el padre Magee quien ha contado ahora que fue el mismo Santo Padre el que no quiso advertir al doctor.
Lo del asesinato es muy novelesco y vende libros, pero habrá que ser serios y creer a los médicos que diagnosticaron la muerte como una “cardiopatía isquémica de arteroesclerosis coronaria”. En el comunicado de la Sala Stampa se dijo: “morte improvvisa riferibile a infarto miocardico acuto”.

martes, 14 de agosto de 2018

Asunción de la Virgen María


En la proclamación del dogma de la Asunción el 1 de noviembre de 1950, Pío XII fue el escultor que dio el último golpe de cincel en el tímpano que se venía cincelando desde siglos en las catedrales del mundo.
Representado está el misterio de la Asunción en la portada de la catedral de Senlis, en Francia. La Virgen María despierta de su «Dormición» del «Sueño de la muerte». Dos ángeles la ayudan a levantarse de su tumba funeraria mientras que otros cuatro, con sus alas desplegadas, la invitan a seguirles al cielo.


 Así, cincelada en piedra en la catedral de Senlis, se recoge desde el siglo XII la creencia ya generalizada en la Iglesia de siglos atrás de la Asunción de la Virgen María. Un dogma que, recogido en la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, dice así:
–Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser confirmada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte.
Esta fiesta, celebrada el 15 de agosto, está íntimamente unida a la fiesta del 8 de diciembre, Inmaculada Concepción. Principio y final de la vida. Para la Iglesia católica, María fue preservada, desde su concepción, de toda huella de pecado original y por tanto de sus consecuencias, entre otras de la muerte.
El Nuevo Testamento no cuenta nada de la muerte de la madre de Jesús. La última referencia se encuentra en los Hechos de los Apóstoles (1, 12-14). Están los discípulos reunidos en el Cenáculo después de la Ascensión de Jesús:
–Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado. Y cuando llegaron subieron al Cenáculo donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos».
San Pablo no menciona a María en ninguna de sus cartas. En la época patrística, no hay una preocupación especial por el fin de la vida terrena de la Virgen María. Sólo hay una alusión de Epifanio de Salamina (315-403), obispo bizantino, que afirma en su Carta a los cristianos de Arabia no haber oído hablar nunca de una tumba de María en Jerusalén ni después de su muerte. Invitando a sus lectores a volcarse en las Escrituras, afirma: «No encontrarán nada sobre la muerte de María: si ha muerto o no ha muerto; si ha sido enterrada o no lo ha sido».
La preocupación primera en la época patrística era precisar bien que Jesús era verdaderamente Dios. Reunidos 300 obispos en el Concilio de Nicea (325), hicieron frente a Arrio, sacerdote de Alejandría, que pretendía que el Hijo no era Dios y no tenía su misma naturaleza. Se definió que el Hijo, verdadero Dios, es consustancial al Padre. En el Concilio de Constantinopla (381) se proclamó que el Espíritu Santo procede del Padre y recibe con el Padre y el Hijo una misma adoración y gloria. Será en el Concilio de Éfeso (431) cuando se afirme que María es la «Theotokos», es decir, la Madre Dios. También en los concilios de Calcedonia (451) y II de Constantinopla (553), celebran a la Virgen María como Madre de Dios.
En el de Constantinopla se dice:
–Si alguno llama a la santa gloriosa siempre Virgen María madre de Dios, en sentido figurado y no en sentido propio... ese tal sea anatema.
La «Memoria de la Theotokos», celebrada en oriente, se convertirá en la «Fiesta de la Dormición» y en la «Asunción de María», celebrada el 15 de agosto ya en Jerusalén a principios del siglo VI.
En Roma, el papa Sergio I, a finales del siglo VII, en su «Liber Pontificalis» menciona la «Dormición de María», especificando las cuatro fiestas marianas celebradas en una procesión en Roma. Y en el «Sacramentario» del papa Adriano I (772-795), ya aparece la palabra «Asunción».
Una fiesta, como se ve, que aparece tanto en Oriente como en Occidente. María no ha sufrido la corrupción de su cuerpo y es la primera entre los mortales, en definitiva, que ha llegado al término del peregrinaje de la fe: asunta en cuerpo y alma.

sábado, 4 de agosto de 2018

La Niña del Milagro


Ana María Rodríguez Casado, natural de La Palma del Condado, con 18 años cumplidos el pasado 13 de marzo, conocida como la «Niña del Milagro» por el que fue beatificada la Madre María de la Purísima, acaba de ingresar en las Hermanas de la Cruz.
Al nacer tuvo una malformación de corazón compleja que exigió intervención quirúrgica para ponerle una fístula de 4 mm. Durante el postoperatorio, tuvo varias complicaciones porque la fístula no funcionaba bien. A los 13 meses, 16 de abril de 2001, le realizaron una nueva intervención quirúrgica que consistió –copio del informe médico– «el cierre de CIV y tubo valvulado de VI (pulmonar) a arteria pulmonar». Dos meses después, 11 de mayo de 2001, le colocaron un marcapasos definitivo.


 Ya en casa, su madre tenía que llevarla a control todos los meses para corazón y marcapasos y después cada seis meses. Aunque se resfriaba con frecuencia y a veces con bronquitis, la niña parecía crecer con normalidad. Pero el 24 de enero de 2004 –Ana María aún no había cumplido los cuatro años– le dijo a su madre esa noche:
–Mamá, me encuentro muy mal, muy mareada.
Y cayó hacia atrás, sin conocimiento, y sus ojos se pusieron en blanco y se cerraron.
–Me di cuenta que no respiraba –cuenta su madre.
La llevó al ambulatorio del pueblo…
–Mi hija llegó completamente morada. Creo que intentaron reanimarla, pero la niña no volvía en sí. El médico me dijo que aún tenía vida, que estaba muy grave y había que trasladarla urgentemente al Hospital Virgen del Rocío de Sevilla… 51 kilómetros que se me hicieron eternos.
Tras una exploración, le dijeron que la niña había sufrido un paro respiratorio debido a que el marcapaso no funcionaba. Intervenida de nuevo, le hicieron un cateterismo para ponerle un marcapaso provisional, hasta que la niña mejorara y entonces verían si le podían poner el suyo. Al día siguiente, 26 de enero, le pusieron el marcapasos definitivo.
La madre preguntó al neurólogo:
–¿Mi hija volverá a ser como antes?
–Secuelas le van a quedar –contestó el médico–, pero aún es pronto para diagnosticar, vamos a esperar a la próxima semana.
El 10 de febrero, antes de darle el alta, le hicieron unas pruebas de audición y visión.
La madre pregunta al médico:
–Si mi hija ve y oye, ¿cómo es que no sabe que yo soy su madre?
El médico le contesta:
–No te conoce porque, aunque ve, no sabe lo que está viendo.
Así, en estas condiciones, en brazos de su madre, la pequeña Ana María volvió a su casa. La madre se quejaba:
–Mi hija lloraba sin parar y no podía consolarla porque no me conocía, me ignoraba por completo.
A los dos días, una pareja de Hermanas de la Cruz llega a su puerta. La madre les cuenta su desconsuelo y ellas le dieron una estampa de Madre María de la Purísima, para que se encomendara a ella, pues quería mucho a los niños pobres y enfermos, y estaba haciendo muchos favores. La madre tomó la estampa y en un arrebato de nerviosismo se la pasaba a la niña por sus ojos diciendo:
–Tú eres la que tienes que curar a mi hija, si es verdad que eres Santa.
Pasaron solamente unos minutos, ya las Hermanas de la Cruz se habían marchado, cuando de repente, oyó la madre que la niña decía:
–¡Mamá Paloma!
La madre se volvió hacia su hija sin dar crédito a lo que había oído, y empezó a gritar:
–¡Ana María, hija!
La abuela creyó que su hija se había vuelto loca. Pero la madre comenzó a preguntar a la niña:
–¿Quién es esta?
–Abuela Dolores.
–¿Y esta?
–La tita Marita.
Conocía a todos los presentes. La niña dijo a su madre:
–Mamá, ponme de pie que quiero andar.
La bajó del carrito y comenzó a andar ante el asombro de todos. Abrazándose a su hija, mamá Paloma decía:
–Yo solo le había pedido que mi hija me conociera y ella me ha dado mucho más, no sólo ve, sino que anda y habla.
El padre, al volver del trabajo, se llevó la impresión de su vida y besaba la estampa de María de la Purísima con lágrimas en los ojos.
Este milagro, aprobado por Roma, sirvió para la beatificación de Madre María de la Purísima. El 27 de marzo de 2010, el papa Benedicto XVI promulgó el decreto de aprobación del milagro. La celebración tuvo lugar el 18 de septiembre de 2010 en el Estadio Olímpico de la Cartuja de Sevilla. Y en esta ceremonia de beatificación, hizo su primera comunión la «Niña del milagro», que ahora ha entrado de postulante, a sus 18 años, para ser Hermana de la Cruz.