martes, 17 de mayo de 2016

San Pascual Bailón, patrono de los Congresos Eucarísticos

Hoy, 17 de mayo, celebra la Iglesia la fiesta de un pobre lego franciscano de la reforma alcantarina. Con su humilde sayal, que oculta los cilicios con que mortifica su cuerpo, camina hacia París. En su zurrón lleva una carta del provincial de España para el padre general, que reside en la capital francesa. Es el año 1576. Francia está infestada de calvinistas, que maltratan al fraile por donde quiera que pasa. Una vez la cosa pasa a mayores; percibe en su costado un puñal y oye esta pregunta:
–¿Dónde está Dios?
–En el cielo –farfulló el frailecito al que le amenazaba con el puñal. Pero después se sintió culpable de su descuido y falta de memoria, por no haber proclamado que Dios se halla también en el Santísimo Sacramento y en todas partes.
–¡Ay de mí! No he confesado mi fe en la Eucaristía.


Es Pascual Bailón, a quien León XIII proclamó patrono de las obras eucarísticas y de los Congresos Eucarísticos Internacionales. De familia muy humilde, aragonés, nacido en Torrehermosa en 1540, hace de pastor durante su infancia y juventud. Pasa al reino de Valencia y a los 24 años, después de dura prueba, ingresa en los franciscanos de la reforma alcantarina. Durante toda su vida será un humilde hermano lego, que ejercerá los oficios de portero, hortelano, cocinero y limosnero. Un iletrado de la vida, que resulta ser un gran «teólogo» de la Eucaristía por su devoción ilimitada y sus éxtasis. Permanecía en la iglesia el mayor tiempo posible, y siempre junto al sagrario. Frecuentemente, durante la misa, entraba en éxtasis en el momento de la consagración. En todo pueblo al que acudía para pedir limosna para el convento, su primer saludo era siempre para el huésped del sagrario. Por eso, los imagineros le representan con hábito de franciscano y con un cáliz y la hostia sobrepuesta.
Nació en Pascua de Resurrección: por eso sus padres le pusieron por nombre Pascual. Y su muerte tuvo lugar el día de Pentecostés, la definitiva Pascua del cielo, poseído como se hallaba de los dones del Espíritu Santo. A punto de morir, le pregunta al hermano que lo cuida:
–¿Han dado ya la señal para la misa mayor?
–Sí –le respondió.
Y se durmió en el Señor. Era el 17 de mayo de 1592, en el convento de Villarreal (Castellón), donde pasó los últimos años de su vida y donde se veneran sus restos. Se cuenta que durante las exequias, en el mismo instante de la consagración, abrió por dos veces los ojos para contemplar la Eucaristía mostrada por el sacerdote.
Fue beatificado en 1618 por Paulo V y canonizado por Alejandro VIII en 1690. León XIII, en 1897, lo declaró patrono de las asociaciones eucarísticas, porque «había descollado entre los santos más amantes del misterio de la fe y del amor, y así no sólo las Congregaciones ya fundadas, sino todas las que en adelante se fundasen, debían tomarle por dechado ejemplar de su amor a Jesús Sacramentado».
Conocido por san Juan de Ribera, santo sevillano, patriarca de Valencia, discutía este santo con un religioso sobre la humildad de Pascual Bailón.
–Padre –decía el patriarca al religioso–, los humildes y sencillos nos dejan y se van al cielo. ¿Qué haremos nosotros? Quememos los libros y seamos humildes.
Pero el religioso contestó:
–Señor, los libros no tienen la culpa, sino nuestra soberbia. Quemémosla y seamos humildes.
–Tenéis razón, tenéis razón –exclamó el patriarca.

Exvoto mexicano: «Doy gracias a San Pascual Bailón por la gracia recibida en esta humilde cocina, era muy mala cocinera y cuando me casé mi esposo dijo que no importaba; pero después de un tiempo empezó a comer en casa de su mamá y quién sabe dónde más; y temiendo perderlo, le recé a San Pascualito para que me ayudara y me hizo el milagro de darme un buen sazón en la comida; ahora mi esposo no falta nunca a comer y hasta presume de mi buena cocina, doy gracias».


 San Pascual Bailón en patrono en México de las cocineras. Desde tiempos remotos, las mujeres mexicanas tenían a san Pascual Bailón en la cocina, y si querían que la comida estuviera buena y a tiempo, imploraban al santo. Le rezan diferentes coplas, pero son más efectivas si también se bailan:
–San Pascual San Pascualillo, tú te encargas del caldillo, mientras yo me tomo un vinillo.
O también esta otra:
–San Pascual Bailón, báilame en este fogón, tú me das el sazón, y yo te dedico un danzón (o una canción).

sábado, 14 de mayo de 2016

El Palmar de Troya (y 6) El cegado Clemente tuvo un competidor

Clemente Domínguez, papa Gregorio XVII, murió el 21 de marzo de 2005 y a la mañana siguiente fue coronado como su sucesor Manuel Alonso Corral, que hasta ese momento era secretario de Estado de la Iglesia palmariana, con el nombre de Pedro II. En el sello papal del nuevo papa aparecía la imagen del Cristo de la Sábana Santa de Turín. Lo primero que hizo fue canonizar a su predecesor Clemente llamándole «Santo Papa Gregorio XVII, El Muy Grande». Publicó una serie de cartas apostólicas, entre las cuales sobresale la que declara como infalible que el nacimiento del Anticristo ha ocurrido en Belén en el año 2000. Así que la nueva criatura ya es un mocito de dieciséis años. A saber cuándo asoma por el mundo y qué aspecto tiene…

  
Muerto Alonso Corral el 15 de julio de 2011, le sucedió Sergio Ginés, nacido en 1959 en Mula (Murcia), y tomó el nombre de Gregorio XVIII. Fue seminarista en la diócesis de Toledo e ingresó después en el ejército antes de integrarse en la Iglesia palmariana. Fue ordenado sacerdote y consagrado obispo el 2 de diciembre de 1984 y fue secretario de Estado durante el pontificado de Pedro II. Su primer acto después de su coronación papal fue canonizar a su predecesor Pedro II y proclamar el Tercer Santo, Grande y Dogmático Concilio Palmariano, que tuvo lugar en El Palmar de Troya en 2012, en el que se trató de la terminación de la basílica, que fue acabada en 2014. Por cierto, que en la fachada colocaron entre otras estatuas la figura de Franco con su aureola de santo. Pero provocó tales rechazos, que tuvieron que meterla dentro de la basílica.
Gregorio XVIII acaba de colgar los hábitos papales. Según su propia confesión, «por pérdida de la fe» y el enamoramiento de un palmariana, la animadora cultural Nieves Triviño Girela de su pueblo de Monachil (Granada), donde la pareja ha puesto su nido.
Me gustaría saber si esa «pérdida de la fe» de Sergio Ginés, alias Gregorio XVIII, que él ha confesado, se refiere solo al tinglado de El Palmar o se extiende también a una pérdida de fe total en Dios… Él sabrá.
Al parecer, no ha sido mal acogida su salida de la comunidad de El Palmar, compuesta por unas 80 personas, entre obispos y monjas –encerrados en un recinto pequeño que puede explotar cualquier día–, por la rigidez de sus normas y de su carácter cuartelero que no dejaba que pudieran hablar siquiera con los vecinos del pueblo.
Le ha sustituido el cuarto Papa palmariano, el suizo Joseph Odermatt, con el nombre de Pedro III. Este, como es lógico, no podrá canonizar a su antecesor, como hizo él con Corral y Corral con Clemente, al largarse a vivir con una divorciada. Al parecer, ya está concertada la boda de Gregorio XVIII y Nieves Triviño para finales de agosto o principios de septiembre. ¿Por la Iglesia o por lo civil?
¡Jesús! ¡Qué lío…!
Y lío de competencias entre los pequeños Vaticanos que hay por el mundo. Porque, además del pequeño Vaticano de El Palmar de Troya, existen otros dos, uno en Francia y otro en Canadá, que también han surgido por inspiración divina. Es más, cuando Clemente Domínguez se autoproclamó papa en Colombia a la muerte de Pablo VI y se colocó el nombre de Gregorio XVII, ya existía otro papa del mismo nombre en Canadá.
El Gregorio XVII canadiense, que ha tenido un pontificado mayor que el español, se llamaba Gaston Tremblay, nacido en Rimouski, en Québec, el 8 de septiembre de 1928. Era Hermano de San Juan de Dios y salió de la Orden en 1952 para fundar su propia comunidad, a la que llamó Congregación de Jesús y María, que, después de ir de ciudad en ciudad, se estableció definitivamente en 1958 en St. Jovite, en Mont-Tremblant, Quebec.
En 1961, Tremblay se reunió con Michel Collin (1905-1974), líder de la Iglesia Renovada de Cristo, que se había proclamado papa con el título de Clemente XV, a la muerte de Juan XXIII y montó su propio Vaticano en Lorena, en Francia. Collin, según decía, había sido consagrado obispo en una misa presidida por el propio Jesucristo.
Las aficiones ufológicas del papa francés hicieron apartar poco a poco al canadiense, quien en 1971 fue elegido papa por ocho obispos, cuando aún no había muerto el papa Collin, y formó un colegio cardenalicio con doce hermanos de su comunidad.
Así que hubo un Gregorio XVII anterior al papa Clemente, que le precedió por inspiración divina en el papado y le sobrevivió, ya que murió el 31 de diciembre de 2011 en un hospital de Quebec.
¡Y lo gordo es que estos tres pequeños Vaticanos tienen sus seguidores!
Como diría aquel torero:
–¡Hay gente pa to!

jueves, 12 de mayo de 2016

El Palmar de Troya (5) Cuatro Papas, cuatro

Después de las consagraciones episcopales al por mayor, acudí de nuevo a El Palmar de Troya, pero esta vez no pude entrar en el recinto cerrado. Logré sí ser recibido en la Hospedería del Peregrino, instalada en una casa del poblado comprada al jefe de la Policía Municipal. Y allí conocí y saludé a un obispillo de 17 años, irlandés, rubio e imberbe de cara. ¡Vamos, tan solo un niño, y ya de obispo!
Me dio una pena infinita. Y pensé en su madre. Porque ese niño, para ser obispo con tan pocos años, no ha tenido más remedio que pasar por la piedra… Y a buen entendedor, pocas palabras bastan.
Acudí después a la cercana población de Guadalema de los Quinteros, para saber de su párroco, que tenía también la atención pastoral de El Palmar, qué se cocía en esos momentos en el tinglado palmariano. Y me contó una anécdota que todavía recuerdo.

 Clemente Domínguez (Gregorio XVII), Manuel Alonso Corral (Pedro II),
Sergio Ginés, (Gregorio XVIII) y Joseph Odermatt (Pedro III). (Foto ABC).

Venían por El Palmar no pocos extranjeros, y entre ellos, bastantes irlandeses. Algunos comenzaron a comprar casas para estar cerca de los hechos prodigiosos que allí se sucedían. Los dueños de las casas contrataban a algún que otro joven que, en el momento de la puja, se ponía en éxtasis ante el ingenuo extranjero, lo que significaba que subía el precio de la casa porque en ese lugar se acababa de aparecer la Virgen.
Y la anécdota de un joven del pueblo de Grazalema. Decía en el bar:
–¡Mira ese! ¡Le han dado diez mil pesetas por hacer el éxtasis y yo lo hago mejor que él por cinco mil!
En este submundo surrealista se venía desarrollando todo este tinglado de El Palmar de Troya.
Pero queda la guinda de la tarta.
Durante un viaje en automóvil por la autopista Bilbao-Behovia, Clemente Domínguez sufrió un grave accidente que le hizo perder la vista el 29 de mayo de 1976. Trabajaba yo entonces en la revista «Tierras del Sur», que dirigía José María Javierre. Me entero del accidente, me comunico con un periódico de San Sebastián y me pongo en contacto con un sacerdote, colaborador del periódico. Le cuento el caso y le pido el favor de acercarse por la clínica donde estaba hospitalizado Clemente Domínguez. La noticia que me transmitió fue la siguiente:
—Iban cuatro en un coche, Clemente Domínguez de copiloto, por la autopista Bilbao-Behovia. Derrapó el vehículo y dio varias vueltas de campana. Todos salieron ilesos, Clemente también, salvo una astilla del cristal del parabrisas que le entró por un ojo y pasó al otro. En la operación, el médico se los ha tenido que extirpar. Y ha quedado con las cuencas vacías.
Me puse a reflexionar. Es curioso. En un accidente de estas características, lo más probable es que se salga magullado y con las costillas o la crisma rotas. ¡Pero que el «vidente» de El Palmar sólo haya sufrido la oquedad de sus dos ojos y que ninguno, ni él mismo, sufriera otra lesión...!
En enero de 1988 consiguieron la legalización e inscripción en el Registro de Asociaciones Religiosas con el nombre de Iglesia Cristiana Palmariana, no Católica como pretendían: porque la Iglesia Católica ya existía en España antes de que Clemente diera sus primeros vagidos.
Pero en su fuero particular ellos siguen llamándose Iglesia Católica, la verdadera, no la Romana, que —dicen— «ha apostatado de la verdadera fe y se ha convertido en una secta protestante». Copio ésta y las siguientes citas de un folleto editado por la «Sede Apostólica del Palmar de Troya», que, con sus preguntas y respuestas, viene a convertirse en una especie de catecismo como los de antes.
Transcribo diversos párrafos de este singular panfleto, para que veáis hasta qué grado de estupidez puede llegar la mente humana:
—El último Papa legítimo en Roma y auténtico Vicario de Cristo fue San Pablo VI, mártir del Vaticano. Él fue asesinado por el masón cardenal Villot el 6-8-78. Mucho tiempo antes ya había sido sometido a drogas, con el fin de anular su personalidad. En el Cónclave fueron elegidos: 1.- Juan Pablo I, falso Papa; 2.- Juan Pablo II, igualmente falso. Ambos no cuentan ante Dios.
Entonces, ¿dónde está el verdadero papa?
La respuesta es clarificadora:
—El mismo día en que murió San Pablo VI, sólo pocas horas después de su muerte, apareció Nuestro Señor Jesucristo, acompañado por los Apóstoles San Pedro y San Pablo, al Obispo Fernando (nombre religioso de Clemente Domínguez Gómez), el vidente más grande de El Palmar de Troya, en España, que estaba de viaje apostólico en Santa Fe de Bogotá, Colombia, y le hizo sucesor de San Pablo VI con el nombre de Gregorio XVII y el lema «De Gloria Olivae», según las profecías de San Malaquías, como jefe del pequeño resto de católicos que se han mantenido fieles a la fe católica. El mismo día se retiró el Espíritu Santo de la Iglesia apóstata Romana.
¿Qué decisión debe tomar todo buen católico?
Clemente lo tiene muy claro.
—La decisión está bien clara, pues es imposible permanecer en la Iglesia Romana apóstata, protestante. El único camino es romper con la Roma apóstata y adherirse a la Iglesia que guarda la fe de nuestros antepasados. Di: «Yo soy católico y quiero conservar mi fe católica; por esto creo en la Iglesia Palmariana y en el Papa Gregorio XVII, a quien me someto plenamente. No hay otro camino para salvar mi fe católica».
Y se refocila el muy granuja:
—Cayó, cayó Babilonia la grande (se refiere a Roma) y ha quedado hecha morada de demonios y guarida de todo espíritu inmundo y de todo pájaro inmundo y detestable (masones, comunistas, sectas).
A Juan Pablo II lo pone de chupa dómine: «masón», «comunista infiltrado», «actor comunista», «alabado por todos los enemigos de Cristo y de la Iglesia», «favorecedor del nefasto ecumenismo y del nefasto Concilio Vaticano II y también del movimiento carismático protestante», «defensor de la teología marxista de liberación», etc.
Han sido canonizados por la Iglesia Palmariana: Pablo VI (olvidando Clemente que fue excomulgado bajo su pontificado), Francisco Franco, Luis Carrero Blanco, José Antonio Primo de Rivera, mártir, Josemaría Escrivá de Balaguer (antes que la propia Roma. Que se pregunten los del Opus el porqué de esa predilección del papa Clemente por su fundador), José Calvo Sotelo, mártir, cardenal Cisneros, don Pelayo...
La canonización de Franco merece ser detallada. El octubre de 1978, el Papa Clemente dicta el siguiente decreto:
–Nos, como Doctor Universal de la Iglesia, asistido por el Espíritu Santo, y con pleno conocimiento de causa, encabezamos esta lista con la egregia figura de Francisco Franco, elevándole a la gloria de los altares. Y continuamos esta hermosa lista con José Antonio Primo de Rivera, asesinado por los comunistas el 20-XI-1936, en la cárcel de Alicante. Y seguimos esta lista con el gran Almirante Carrero Blanco…
Creo que llegó a canonizar a unos setenta santos, a los que haría también doctores de la Iglesia. En la Iglesia Palmariana todo es a lo grande: no hay curas, todos son obispos; y los santos, ya ven los primeros de la lista…
También hay una serie de excomulgados: rey Juan Carlos I y Familia Real, Iglesia Católica, los sacerdotes obreros, los comunistas y socialistas, los espectadores que hayan visto la película Jesucristo Superstar, Juan Pablo II… y aquellos obispos palmarianos que se han largado o han sido expulsados, que no son pocos.
Clemente Domínguez, Papa Gregorio XVII, murió en 2005. Su sucesor, Manuel Alonso Corral, con el nombre de Pedro II, canonizó a Clemente llamándole «Santo Papa Gregorio XVII, El Muy Grande». Muerto Alonso Corral en 2011, le sucedió Sergio Ginés, de Mula (Murcia), con el nombre de Gregorio XVIII. Acaba de colgar los hábitos papales y le ha sustituido el cuarto Papa palmariano, el suizo Joseph Odermatt, con el nombre de Pedro III.
Este último suceso esperpéntico de un papa palmariano que cuelga los hábitos, anunciando que ya no cree en ello y largándose con una señora, nos ha hecho recordar la vieja canción de Carlos Cano que ha vuelto a resonar en estos días:
—¡Clemente, no te quedes con la gente!

martes, 10 de mayo de 2016

El Palmar de Troya (4) El arzobispo vietnamita y los obispos de El Palmar

Y llegaron donaciones generosas. Mucho dinero. Y un Clemente con mensajes de la Virgen venenosos contra la Iglesia católica y sus pastores que quieren acabar con ella.
–Roma se ha prostituido. Roma se abraza a los enemigos de la Iglesia… Al Papa no le dejan gobernar. La masonería y el comunismo están bien infiltrados en el Vaticano…
Y mensajes parecidos, apocalípticos, de una Santa Virgen María que solo anuncia a Clemente catástrofes y calamidades.
En 1972 se compró la finca de La Alcaparrosa, lugar de las apariciones, y comenzaron a vallar el lugar.


Clemente y Corral, ya de obispos

En la tarde del 22 de diciembre de 1975, un mensaje, esta vez de Jesucristo, ordena a Clemente la fundación de la Orden de Carmelitas de la Santa Faz, en doble rama para hombres y mujeres.
–Mis queridos hijos: en estos momentos se funda la orden de los Carmelitas de la Santa Faz. Este es el momento. Ahora. Mas con la fecha del treinta del pasado mes ha quedado constituida. Hi­jitos queridísimos: Desde hoy comienza para vos­otros esta orden, que se preparara para la segunda venida de éste que os habla, que es Jesús. Sois vosotros, aquéllos que permanezcáis firmes, los que me acompañarán en mi retorno a la tierra. Vosotros, aquellos que seáis fieles a las reglas, brillaréis más que muchos, porque sois los car­melitas de la Santa Faz, la luz especial para la Iglesia que vendrá de esta orden, así que desde este momento queda constituida la orden de los carmelitas de la Santa Faz… No os podéis imaginar la grandiosidad que tendrá esta orden religiosa en medio del mundo. Una orden llamada a preparar los caminos para mi retorno. Esta orden es tan grande como este Palmar de Troya, la antorcha de la humanidad...  
En días sucesivos le irá especificando las normas de la Orden: hábito, régimen alimenticio, obligatoriedad de no fumar (que posteriormente desaparecerá al no cumplirse), oraciones, procesiones claustrales, misas tridentinas en latín, comunión de rodillas y en la lengua, mujeres con velo en la iglesia, etc… Todo ello por revelaciones a Clemente.
En la navidad de ese año 1975 aparece por El Palmar el arzobispo vietnamita Martin Ngô Dinh Thuc, de 78 años, residente en Roma y hermano del asesinado presidente Diem. No sé si era el tío más tonto del mundo o cayó seducido por el dinero que le untaron. Se hablaba de dos millones de pesetas. Llevado Clemente de otro éxtasis, el arzobispo recibió mandato celestial de ordenar, en la noche de fin de año, a cuatro sacerdotes: Clemente Domínguez, Alonso Corral, el francés Louis Henrique Moulins y los irlandeses Francis Coll y Pablo Gerardo Fox. Y así lo hizo, ordenando de sacerdotes a cuatro currantes que no tenían ni la más mínima preparación teológica, en presencia esa noche de unas trescientas cincuenta personas adictas a la causa.
Esta noticia explosiva suscitó de nuevo el tema de El Palmar en la prensa. Estaba yo entonces en la revista «Tierras del Sur», y acudí con un fotógrafo a noticiar esta nueva, que supuso la inmediata nota del Arzobispado reprobando este hecho y haciendo recaer «sobre sus autores… las penas canónicas que establece la legislación de la Iglesia para semejantes casos».
Llegamos al atardecer, Julio el fotógrafo y yo. Me tuve que identificar en la puerta. Me recibió Camilo Estévez, un cura de Orense a quien su obispo monseñor Temiño había puesto como modelo sacerdotal en su diócesis. Pero le salió rana. El tal Camilo había acudido a El Palmar y Clemente le contó que la Virgen le había dicho que se quedara con él. Y se quedó, el muy estúpido.
El tal Camilo no sabía de mi condición de sacerdote. Acudía como periodista. Mientras me acompañaba hacia el final de una larga senda donde se hallaban tres altares bajo un cobertizo me fue informando de su vocación palmeriana y de los males de la Iglesia.
–El papa Pablo VI está secuestrado en el Vaticano. Se lo ha dicho la Virgen a Clemente. Le ha dicho además que no hagan caso de lo que diga el Papa públicamente porque está drogado por los cardenales y no sabe lo que dice…
Estupideces así me vino a confesar por el camino.
Llegamos a los altares. Tres sacerdotes –pienso que eran extranjeros– estaban diciendo misa, cada uno en su altar y en latín. Noté que el ambiente se enrarecía cuando empiezan a rodearnos gente y a decir:
–Son periodistas.
Cuando Julio alzó su máquina de fotos para sacar unas instantáneas de los curas diciendo misa, un energúmeno le dio un manotazo y le tiró la máquina. Yo, en ese momento, temiendo que nos agredieran, pensé que la mejor defensa era un buen ataque. Me subí al altar de la derecha y pegué sobre el mismo un puñetazo, con asombro del cura que oficiaba, al tiempo que gritaba:
–Esto lo va a saber mañana la prensa.
Y con Julio me fui retirando hacia la puerta, que estaba bien lejos, esperando que no nos agredieran.
Esta fue mi tercera, y última vez, que pisaba la finca La Alcaparrosa, lugar de las apariciones.
Días más tarde, 10 de enero, Clemente tendrá una nueva revelación: la Virgen le ha anunciado, entre otras cosas, lo que sigue:
–Es necesaria la consagración episcopal de Clemente Domínguez, Manuel Alonso, Camilo Estévez, Miguel Tomás Donnelly (irlandés) y Francisco Bernardo Slander (estadounidense).
Y el arzobispo vietnamita Ngô Dinh Thuc los consagró.
Les vino inmediatamente la excomunión de Roma, al vietnamita y a ellos, pero les daba igual. Cuando el periodista Joaquín Gómez Burón preguntó a Manuel Alonso Corral si les había afectado la excomunión, contestó:
–En absoluto. No puede afectarnos una excomunión que nos llega de unos señores obispos, arzobispos y leguleyos eclesiásticos que estaban previamente desde hace mucho tiempo, y repetidamente, excomulgados por Dios de una manera directa y rotunda… De modo que la excomunión de ellos no puede afectarnos a nosotros, porque no tienen facultad para llevarla a cabo.
Este Alonso Corral era aquel que en 1970 me topé en la taberna de El Palmar, llevando el portafolio del lasaliano hermano Nectario. ¡Cómo se asciende en la vida! De abogado muerto de hambre a obispo de El Palmar y cerebro de todo este tinglado pseudo-místico. Y diciendo misa sin saber latín, que eso es lo gordo de Clemente y Corral.
El arzobispo vietnamita fue despedido –ya había cumplido el objetivo deseado– y comenzó Clemente a consagrar obispos de una manera desaforada. En El Palmar no habrá curas rasos, todos serán obispos, y algunos hasta cardenales, cuando Clemente se proclame Papa, que todo se andará.
A mediados de febrero de 1976, un mes después, ya habían sido consagrados 19 nuevos obispos. El corresponsal de Utrera del diario ABC dirá:
–Pienso que la noticia sensacional estará cuando con grandes titulares podamos anunciar: «En esta semana no se consagró obispo alguno en El Palmar».
(Continuará).

sábado, 7 de mayo de 2016

El Palmar de Troya (3) Clemente, no te quedes con la gente…

La manifestación del 15 de mayo de 1970 me hizo ver que el asunto tomaba vuelos insospechados. Lo comenté con José María Javierre, director de El Correo de Andalucía, y nos fuimos a ver al cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla. La Iglesia aún no se había pronunciado y la autoridad eclesiástica de la diócesis no podía seguir callada, como si nada ocurriera. Era la tarde del 18 de mayo. El cardenal nos dijo que aguardásemos un rato, se puso a la máquina de escribir y poco después, con su estilo jurídico, emitió un decreto, que fue la primera comunicación pastoral sobre El Palmar de Troya:


Clemente y sus estigmas. Se los hacía con una
cuchilla de afeitar en la pensión de Sevilla donde vivía.

—Desde hace aproximadamente un año venimos siguiendo con la obligada atención las informaciones y referencias que nos llegan acerca de unos supuestos fenómenos sobrenaturales que se dicen ocurrió en el lugar denominado El Palmar de Troya, finca de «La Alcaparrosa», consistentes en apariciones del Padre Eterno, de Jesucristo Nuestro Señor, de la Santísima Virgen, de diversos santos y del fallecido P. Pío de Pietralcina a numerosas personas, a las que dan muy variados mensajes. En repetidas ocasiones han sido anunciados por los que a sí mismos se dicen «videntes» inminentes hechos prodigiosos; se han enviado, no sabemos por quién —con una organización costosa y cuidada—, invitaciones a las familias que tienen enfermos, anunciando curaciones; se han presentado algunos casos de pretendidas estigmatizaciones de los clavos de la pasión del Señor, etc. etc. Queremos manifestar que, estudiados todos los elementos que han llegado a nuestro conocimiento sobre estos fenómenos, no solamente no aparece en ellos nada que presente caracteres probables de intervención sobrenatural, sino que, por el contrario, existen muy serios motivos para estimar que se está produciendo una verdadera histeria colectiva, de tipo supersticioso, muy ajena a la verdadera devoción y religiosidad, que puede confundir a muchísimas personas y causar estragos en la fe. En consecuencia, prohibimos la celebración de todo rito público religioso en el mencionado lugar; pedimos a los sacerdotes, religiosos y religiosas, tanto de la diócesis como de fuera de la misma, que no hagan acto de presencia en ninguna de aquellas manifestaciones, mientras no fueren expresamente autorizadas, y exhortamos, asimismo, a los fieles a que se afirmen en la fe en la Palabra de Dios, según el magisterio auténtico de la Iglesia, y procuren vivirla en un sincero compromiso de vida cristiana en la comunión con la Santa Madre Iglesia, en caridad, sencillez y sacrificio, y no en exhibiciones extrañas que no están aprobadas por la Iglesia ni conducen al honor de Dios ni a la salud de las almas. Dado en Sevilla, a 18 de mayo de 1970. + José María, cardenal arzobispo de Sevilla.
Pasarán los días y años, y el fenómeno de El Palmar de Troya será apropiado en exclusividad por Clemente Domínguez y su mentor, verdadero cerebro de la trama, Manuel Alonso Corral. Ya han desaparecido las niñas primeras: Ana García, Rafaela Gordo, Josefa Guzmán y Ana Aguilera, que vete a saber qué ha sido de ellas. Y lo mismo, todos aquellos a los que también se aparecía, incluida la mesonera, que vio su negocio acrecentarse con la llegada de peregrinos.
El «vidente» Clemente Domínguez, con sus éxtasis esperpénticos y estigmas –que se los hacía con una cuchilla de afeitar en la pensión donde vivía–, pronto eclipsó a los demás videntes y se apropió en exclusiva de un negocio que él –y más que él, su amigo Alonso Corral– intuyeron que les daría rédito suficiente de por vida.
Los dos estaban empleados con los Hermanos de San Juan de Dios en Sevilla. Clemente, de contable en la revista Nuestra Ciudad, y Alonso Corral, de gerente de la Compañía de Seguros San Rafael.
Ambos de tendencias homosexuales, Clemente tenía además afición por la electricidad. De ahí el apelativo que le pusieron en los ambientes nocturnos de Sevilla: «La Voltio». De jovencito se escapó de casa y quiso hacerse fraile y en 1967, a sus veinte años, fue declarado inútil para el servicio militar por epiléptico.
Pronto se hicieron con el control de las revelaciones de El Palmar de Troya: Clemente como vidente y Corral como su asesor, el verdadero cerebro. Cuando el padre Serafín Madrid, de San Juan de Dios, supo de los apaños de ambos en El Palmar, los echó de la Obra.
Clemente confesará después qué le dijo fray Serafín Madrid al despedirlo:
–Ya que ve a la Virgen, que la Virgen le dé de comer; ¡márchese!
Clemente tuvo su primera estigmatización el 13 de abril de 1970, poco antes de la concentración del 15 de mayo en La Alcaparrosa, lugar de las apariciones. Se lo hizo en la pensión y contó que se le apareció el padre Pío de Pietrelcina, que llevaba una cruz en la mano izquierda y un punzón en la derecha.
–Sufre esto por el Santo Padre, lo tendrás por breve tiempo –le dijo el capuchino.
Posteriormente, tendrá otras estigmatizaciones, de las que existen fotografías. Algunas, incluso en la frente y en el costado.
Y así se hizo el rey del mambo; perdón, se hizo en exclusiva con El Palmar de Troya. Como diría aquel, en El Palmar se montó «la de Troya». Y se oirá esa canción de Carlos Cano:
–Clemente, no te quedes con la gente…
(Continuará).

jueves, 5 de mayo de 2016

El Palmar de Troya (2) ¡El sol no se mueve, señora!

Mi segundo encuentro con el fenómeno de El Palmar de Troya tuvo lugar el 15 de mayo de 1970. Se había anunciado una aparición singular de la Virgen con posible movimiento del sol como en Fátima. Al Palmar de Troya han llegado gentes de todos los lugares de España, miles de personas. Aún El Palmar no era coto exclusivo de Clemente Domínguez y Alonso Corral. Había múltiples visionarios. A las visiones se apuntaba todo el que quería. Era una tarde de intenso sol primaveral. La propaganda desplegada por los organizadores había dado resultado positivo. Una España muy «typical» se había dado cita en El Palmar para presenciar la aparición de la Virgen y sus mensajes. Vi matrículas de coches de bastantes puntos de la geografía española. Pero hasta que no llegué a El Palmar no pude calibrar la magnitud de la empresa montada por sus organizadores. Tres kilómetros de coches aparcados –¿cinco, diez mil personas?– bordeaban la carretera que da al lugar de las apariciones.


 Bajo del coche. Me presento a un guardia de tráfico:
–Por favor, ¿qué número de gente calcula usted?
–No sé, mucha. Unas ochenta mil personas.
¡Un guardia de tráfico bien exagerado! Quitémosle un cero y dejémoslo en ocho mil, cifra más concorde con la realidad.
Comienzo a cruzarme con enfermos, gente y más gente, ancianos con la tez mustia por falta de un buen sol campero... y el lugar del acontecimiento. Realmente estaba todo programado. Un altar aderezado con el gusto dulzón de nuestra Andalucía baja; y sus buenos altavoces.
Topé con amigos de la Universidad, profesores que, mezclados entre el público, habían acudido para calibrar este fenómeno de masas. Me encontré también con una señora conocida, esposa de un ginecólogo sevillano, que llevaba ratos y ratos mirando fijamente al sol tórrido de Andalucía a las cinco de la tarde.
De pronto, al verme, exaltada e histérica, comenzó a gritar:
–¡El sol se mueve! ¡El sol se mueve!
Y yo le respondí.
–Claro, señora, lleva usted un cuarto de hora mirando al sol… ¡No se le va a mover! Está usted deslumbrada.
Por no decirle:
–Está usted histérica.
Ella me contestó:
–Usted es ateo, padre.
Y yo le contesté:
–Muchas gracias, señora –y me fui de su lado.
¿Y bien? Pues, señores, aburrimiento desesperante hasta el momento previsto. Dos horas aguanté un altavoz con voz atronadora de un anciano sacerdote –de Zaragoza, creo recordar– que hablaba y peroraba sin descanso. Confieso en verdad que hacía tiempo que no escuchaba sermones de este calibre. La vieja retórica de nuestros púlpitos daba fuerza a este buen cura bajo el sol impertérrito de Andalucía. Lo cual tiene su mérito. Avemaría va, y avemaría viene. Finalizado el rosario a la caída de la tarde, llegó el momento. Solicitaron silencio. Miré el reloj y eran exactamente las ocho y veinte de la tarde. Se descorre el telón. Los videntes, unos diez o doce, entre ellos Clemente Domínguez, forman un corro de rodillas y entrelazadas sus manos. Todos ponen ojos vidriosos mirando hacia el cielo.
–¡Silencio, todos! –truena el altavoz.
E hicimos silencio. Lástima que los organizadores no contaban con una vidente «contestataria», catalana ella, según decían, que había comenzado mucho antes, allá por las cuatro de la tarde, una extensa revelación que iba transcribiendo en un cuaderno. Iba vestida un poco a lo «hippy» y alejada del núcleo central. Cuando se marchaba, la seguían dos jóvenes de El Palmar con afán de desacreditarla:
–Esta no es del Palmar ni ná. Está vestida de máscara; el demonio siempre tiene que meterse en estas cosas.
Pero vayamos al escenario central.
–¡Silencio, todos! La Virgen está aquí presente en medio de nosotros...
Ocho y media: «La Virgen va a bendecir el agua, en la mano de cada uno». Botellas de agua por los aires y el anuncio inmediato de que quedaban bendecidas por la Virgen. «Le pido a todos mis hijos enfermos que desde este momento me pidan con fe, porque si no hay fe, no podré curarlos».
Comenzó el anuncio a todo gas de las revelaciones de la Virgen. Yo creía que los enfermos no tenían por qué comenzar a pedir desde ese momento con fe: su presencia allí testificaba una buena fe religiosa. ¿Vendría el milagro? Oigo un grito. Por los altavoces piden de nuevo silencio y que nadie se mueva.
Continúa la revelación. Esta vez va para los paralíticos: «El que desconfía, es que no tiene fe». Intentan hacer caminar a un niño poliomielítico de unos tres años y a una niña de siete. Los angelitos sufren. Por esta vez no hay milagro. Se viven momentos de sugestión. El altavoz sigue tintineando. Los momentos de histerismo colectivo se suceden. Hay escenas para todos los gustos. Me acuerdo de muchas cosas: de los enfermos que sufren, de la buena fe, de esa mujer, pobre anawim de Israel, que cuentan Lucas y Mateo y que se llama María, madre de Jesús y nuestra.
Sigue el mensaje. Me espabilo para no perderme palabra: «A los ciegos les pido que abran sus ojos, pero antes abran sus corazones y me metan en ellos. Esto bastará para curarlos. El cielo obra prodigios, pero antes quiero una confesión de pecados ante los sacerdotes presentes...»
–Yo me marcho– y veo que un sacerdote se fue.
–Ahora los ciegos: que se den con agua bendita en los ojos. (Contraorden): Que sean los sacerdotes los que den con agua en los ojos a los ciegos.
Oigo gritos. Y noto la voz que lee otro trozo de mensaje: «En nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se levanten los que tengan fe. La Virgen lo puede todo. Es la omnipotencia suplicante».
El histerismo sigue. Grupos que corren para un lado y otro. Nada. La cosa decae. La gente marcha. Comentarios y comentarios. Pregunto qué tanto por ciento ha venido por curiosidad. Creo que es elevado y que la decepción ha sido profunda. Pero queda el epílogo. ¡Ya tenemos un milagro! La gente corre hacia un lado de la loma. Corro yo también, me abro paso y entrevisto a una señora con un niño descompuesto.
–El niño es sordomudo desde los seis meses, y ahora habla.
–¿Cuántos años tiene?
–Quince años. Se llama Luis Fernando.
–¿Y usted?
–Fernanda Fernández de Morales, y soy de Avilés.
Pongo la grabadora en la boca del niño.
–Luis Fernando, di algo…–le digo al niño.
Y el niño responde:
–¡Humm…!
–Es que está nervioso, pero habla –confiesa la madre.
–A ver, Luis Fernando, tranquilízate, di alguna cosa.
–¡Humm…!
Confieso que escuché a la madre, conmocionada, pero ni una palabra del niño.
–Está aturdido. No sabe hablar, pero oye.
Dejé mi condición de periodista y me salió la de un sacerdote enojado. Y le espeté a la señora:
–¡Eres una mala madre! ¡Usted es una histérica! ¡Esto no se hace con un hijo!
Y volví a Sevilla. Esa tarde primaveral, contemplé todo un espectáculo digno de los buenos tiempos iluministas. Al volver al periódico para hacer la crónica, pinchó el coche. Era un citroën dos caballos, el primer coche que tuve. Y pensé:
–¿Será la Virgen, que castiga mi incredulidad?
(Continuará).

lunes, 2 de mayo de 2016

Perdida está España, pero tú y yo moriremos por ella

Luis Daóiz confesó a su compañero Pedro Velarde –oficiales de artillería del cuartel de Monteleón que se sumaron al levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas francesas–esta frase que hoy a muchos jóvenes españoles les resultará extraña:
–Perdida está España, pero tú y yo moriremos por ella.
En 1885, el Ayuntamiento de Sevilla propuso la erección de un monumento a Daóiz, uno de los héroes del Dos de Mayo. La estatua, obra de Antonio Susillo, fue vaciada en la Fundición de Bronce de Artillería de Sevilla y colocada en 1889 en la plaza de la Gavidia, donde se contempla hasta el presente.


Arrogante, con el sable empuñado en una mano y arrugando la orden recibida en la otra, aparece un Daóiz fuerte y vigoroso, la pierna derecha adelantada, asomando del pedestal un enorme zapatón popularmente celebrado.
No fue Luis Daóiz y Torres un hombre alto, aunque bien proporcionado y de facciones nobles y atractivas. Nació el héroe de la resistencia contra los franceses en Sevilla, en la calle Hornos, el 10 de febrero de 1767, junto a la plaza de la Gavidia, que en el siglo pasado era más recoleta, con perfiles románticos. Tenía, por tanto, 41 años cuando arrostró el drama heroico de su muerte.
Nacido en el seno de una familia noble, fueron sus padres Martín Daóiz y Francisca de Torres Ponce de León, hija de los condes de Miraflores. Estudió en el Colegio de San Hermenegildo, pero ya no con los jesuitas, que fueron expulsados por Carlos III el año del nacimiento de Daóiz. Pasó a la milicia en 1782, hechas las pruebas de nobleza que se exigían en aquel entonces, e ingresó de cadete en el Real Colegio de Artillería de Segovia. Terminados los estudios, estuvo en la defensa de Ceuta contra Muley Yezid en 1787 y al año siguiente en Orán. Declarada la guerra a la República francesa tras el regicidio de Luis XVI, pasó al Rosellón donde intervino en la desafortunada campaña de 1794. Prisionero durante un año hasta que se firmó la paz, pudo regresar a España. Lo vemos después en la defensa de Cádiz contra los ingleses, hizo un par de viajes a América en el navío San Ildefonso y a su regreso, en 1800, es destinado a Sevilla, al tercer regimiento de artillería. En enero de 1808 pasa a Madrid al mando de la tercera compañía a la Jefatura de Detall de Artillería y allí le pilló los acontecimientos de ese aciago año.
El descontento popular estalló en Madrid el 1 de mayo con silbidos y agresiones aisladas contra soldados franceses. Esa misma noche, unos oficiales galos comentaban en la fonda de Genieys los acontecimientos del día con expresiones injuriosas para los españoles. Daóiz, que compartía una mesa contigua con otros oficiales, les increpó y de la violenta discusión surgió un duelo que había de celebrarse al día siguiente entre tres oficiales de cada bando.
Pero el día siguiente estaba marcado por el destino. Las primeras descargas de los franceses contra el pueblo de Madrid desencadenó la tragedia. Los madrileños quieren armas y acuden al Parque de Artillería. Daóiz les abre las puertas. Un batallón de Wesfalia avanza por la calle Fuencarral hasta las puertas del Parque. Se entabla la lucha. Tres horas de combate sangriento. Muchas bajas. La defensa se hace desesperada. Los franceses reciben refuerzos. El general Lagrange se suma al combate con sus granaderos. Se presiente el final de aquellos heroicos defensores. Daóiz, herido en una pierna, se sostiene penosamente apoyado en un cañón. Lagrange se le acerca. Se increpan mutuamente. Daóiz quiere repelerlo con su sable. Pero unos oficiales y soldados franceses se le echaron encima y lo cosieron a bayonetazos.
Rafael Arango, testigo de estos hechos, cuenta los últimos momentos de nuestro héroe en su libro El 2 de mayo de 1808 (Madrid 1837):
–De este modo villano fue como lograron los franceses teñir sus aceros con la sangre del más valiente de los valientes, que pelearon aquel día por la más justa de las causas. Por fortuna, su cuerpo no fue profanado: todavía respiraba cuando llegaron a socorrerle; lo cargamos y condujimos a un cuarto inmediato a la puerta y, teniéndole yo recostado sobre mi pecho, corrió su sangre espiritosa por mi vestido. Su aspecto era allí el de un héroe moribundo a quien no solamente rodeaban nuestros suspiros, nuestra admiración, nuestro respeto, sino que algunos de los franceses, con recogimiento sentimental, se acercaron a contemplarle y a ofrecer sus servicios con tal solicitud que uno de los cirujanos posponiendo sus propios heridos se ocupó de curar a Daóiz y hasta mandó a la botica por una bebida que le hizo tomar a cucharadas. Todo fue infructuoso. El alma del hombre del Dos de Mayo se desenredaba ya de su envoltura terrenal; la amarillez sombría de la efusión de sangre había reemplazado el calor de su brío, nunca amortiguado en los peligros; movía poquísimo y sin muestra de congoja aquellos miembros, muy ágiles en el combate; de cuando en cuando abría entero los ojos... ¡únicos enjutos en aquella luctuosa escena!... En tal extremidad lo llevaron a su casa, donde exhaló el último aliento de su perseverancia en la lealtad española.
Amortajado con su propio uniforme, el cuerpo de Daóiz recibió sepultura en el convento de San Martín. Exhumados sus restos el 2 de mayo de 1814, fueron depositados junto con los de Velarde en San Isidro el Real y más tarde, en 1841, trasladados al monumento que se elevó en el Paseo del Prado a las víctimas del 2 de mayo.