domingo, 4 de febrero de 2018

Maldición gallega

Después de misa mayor, el lunes 5 de febrero de 1624, repicó la Giralda por la elección para el arzobispado de Sevilla de don Luis Fernández de Córdoba, arzobispo de Santiago. El 23 de mayo tomó posesión en su nombre el deán don Francisco Monsalve e hizo su entrada solemne por la puerta de la Macarena donde fue recibido por los dos cabildos, eclesiástico y secular, el viernes 5 de julio.
El Abad Gordillo, testigo de esta época sevillana, afirmó que este arzobispo «no tuvo tiempo para conocer su esposa», es de­cir, su diócesis, puesto que murió al año de su llegada. Y confiesa que «en Madrid se sintió de su venida conforme a un pronóstico o proverbio muy antiguo asentado con que afirma que el Prelado que deja la Iglesia de Santiago no se logra donde quiera que vaya, y que de esto se han visto ejemplos infinitos».
A los gallegos no les hacía ni chispa de gracia que sus prela­dos, que guardaban el depósito sagrado del cuerpo de San­tiago, pudieran apetecer una diócesis por encima de la suya. Y sus canónigos maldecían a todo aquel pretencioso prelado que así hiciera.
Curiosamente, la maldición tuvo efecto con el primero que se atrevió a tal cambio. Se llamaba Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, que pasó de la arzobispal de Santiago a la de Sevilla en 1569. Y aunque su vida se prolongó hasta 1571, no logró entrar en la capital hispalense sino después de muerto. Enterrado está en la capilla de la Antigua, en la peana del altar. Con la maldición cumplida de los gallegos.
En 1569 sobrevino sobre Santiago una peste terrible que produjo gran mortandad, lo que causó en «la complexión delicada» del arzobispo una fuerte impresión. Solicitó con urgencia la sede de Sevilla, vacante desde diciembre, y le fue concedida con inusitada prontitud (22 junio 1569). El 13 de octubre tomó posesión en su nombre Alonso de Revenga, ar­cediano de Santiago, quedando de gobernador de la diócesis.
En Santiago no fue bien visto que solicitase su tras­lado a Sevilla, por ese viejo litigio de considerarse San­tiago más importante que la archidiócesis hispalense, al ex­tremo de que se lee en un viejo papel del cabildo composte­lano que «los viejos de Santiago dixeron luego que no lo go­zaría mucho, porque nunca se dexara Santiago por Sevilla». Y así fue: no llegó a Sevilla sino después de muerto.
Fue creado cardenal por Pío V el 7 de mayo de 1570. Curiosa­mente, mientras Felipe II acude a visitar Andalucía a la es­pera de la llegada de Alemania de su cuarta esposa, su so­brina Ana de Austria, y llega a Sevilla en abril de 1570, el arzobispo de Sevilla aún no ha pisado tierra andaluza. Comi­sionado por el rey acude a Santander a esperar la lle­gada de la nueva soberana. Esta desembarcó el 3 de octubre y, lle­gada a Segovia, se desposó el 12 de noviembre.
Tras estos acontecimientos, Gaspar de Zúñiga decide vi­sitar por primera vez su nueva diócesis, pero puesto en ca­mino enfermó en Jaén, muriendo el 2 de enero de 1571. En su testa­mento disponía que «me lleven a Sevilla, a aquella Santa Iglesia, et pedimos a los señores Deán y Cabildo, nos fagan merced et limosna de darnos enterramiento junto a la pos­trera grada de la puerta, por do habíamos de entrar en aque­lla Iglesia, et allí se nos ponga una losa rasa, sin que pueda ocupar nada y diga: Aquí yace el Arzobispo Cardenal de Sevilla D. Gaspar de Zúñiga, que murió antes que entrase en esta Iglesia y se mandó enterrar en ella de limosna». Pero, por disposición del cabildo, fue enterrado en la capilla de Ntra. Sra. de la Antigua.
Esta maldición gallega tuvo efecto, al decir de los gallegos, en don Luis Fernández de Córdoba al morir poco después de su entrada y no poder gozar de tan pingüe diócesis.
Pero a pesar de esta maldición, los prelados, cuando podían, solían solicitar Sevilla como un paso grande en su promoción episcopal. Y parece ser que la maldición dejó de cumplirse, porque el cardenal Agustín Spínola fue arzobispo de Sevilla de 1645 a 1649 y murió, no por la maldición, sino por esa maldita peste que se propagó en Sevilla y dejó diezmada la ciudad. Su sobrino Ambrosio Spínola, que también pasó por Santiago, rigió la sede hispalense de 1669 a 1684. Y en nada se cumplió tampoco con don Luis de Salcedo y Azcona, arzobispo de Sevilla de 1722 a 1741, cuyo sepulcro puede contemplarse en la capilla de la Antigua frente al del carde­nal Mendoza, en un deseo de réplica trabajado por Duque Cor­nejo.
Salcedo dejó buena memoria en Santiago, visitando per­sonalmente toda la diócesis, cosa que no se hacía desde el tiempo del arzobispo Sanclemente, que rigió la diócesis com­postelana de 1587 a 1602. Pero su imagen quedó empañada por su aceptación de la mitra hispalense. Salcedo escribió a su cabildo notificándole que había sido presen­tado para la sede de Sevilla, noticia que había recibido del rey «tan no espe­rada de la complacencia y superior consuelo con que me ha­llaba sirviendo a Ntro. Sto. Apóstol e igual deseo de mere­cer la sepultura a vista de su Sagrado Cuerpo». A saber hasta qué punto estas palabras no dejan de ser una floritura estilística. Así lo debieron entender los canóni­gos compos­telanos. Su cabildo nombró una comisión para ex­presar al prelado «la estimación que hace de las expresiones en su carta de su amor a esta Sta. Iglesia y juntamente ex­presan a Su Illma. el sentimiento de el Cabildo por dejar ésta por otra Silla por las circunstancias que su Illma. tendrá bien presente así de el amor de el Cabildo a su per­sona, como las demás tan privilegiadas que concurren en esta Sta. Iglesia y Casa Apostólica de nro. Patrón Santiago, las que haciendo siempre dolorosas estas mutaciones de sus Pre­lados, no podrá ser menos sensible en la de su Illma., y que solo el que en este tránsito pueda algún motivo grande par­ticular que sea de la conveniencia de su Illma. haberle em­peñado a esta re­solución, podrá servir al Cabildo de algún consuelo...».         
Salcedo se ausentó a Soria, lugar de su familia, a es­perar las bulas de Roma y el cabildo le despidió con evi­dente frialdad y despego.
Salcedo había vivido en Sevilla unos años de joven es­tudiante, al ser nombrado su padre Asistente de la ciudad de 1683 a 1685. Estudió gramática y filosofía en el Colegio Ma­yor de Santo Tomás y leyes y cánones en Santa Ma­ría de Je­sús. En ese tiempo optó a una canonjía en la cate­dral, pero el ca­bildo le rechazó aduciendo su corta edad. Cuando años des­pués tomó posesión del arzobis­pado, surgió en él aquel re­cuerdo de juventud que se tradujo en la siguiente anéc­dota.
El 17 de marzo de 1723 hizo su en­trada en la ciu­dad como arzobispo de Sevilla y el 19, fiesta de San José, tomó posesión de su asiento en el coro de la catedral, puesto que no había podido lograr en su juventud. El arzo­bispo, mali­ciosamente, exclamó aquella sentencia bí­blica: Lapidem quem reprobaverunt aedificantes, hic factus est ca­put anguli (La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra an­gular). Y el deán, muy atento y sin in­mutarse, continuó el versículo bíblico: A Domino factum est istud, et est mira­bile in oculis nostris (La ha puesto el Señor: ¡qué maravi­lla para nosotros!).

martes, 30 de enero de 2018

Santa Ángela de la Cruz, oficiala de calzado

Ya saben mis lectores antiguos la debilidad que siento por esta santita sevillana. De ella tengo escritos dos libros y no sé cuántos artículos. Por eso, cuando llega este día, 30 de enero, fecha de su nacimiento, no puedo por menos que escribir algo de ella.
Pero este cariño no es solo mío. Todo el mundo en Sevilla conoce su nombre, lo venera y lo respeta. Que le pregunten a un sevillano quién es Sor Ángela de la Cruz, que así la seguimos llamando a pesar de encontrarse ya en los altares.
–Sor Ángela de la Cruz es Sor Ángela de la Cruz, y basta.
Que una voz forastera trate siquiera de empañar su nombre, y verá.
Amigos, en lo tocante a Sor Ángela, en Sevilla no existen montes­cos y capuletos, o séase, béticos y sevillistas, o si me apuran, y con perdón, de la Esperanza Macarena o de la Esperanza de Triana.
Aquí todo el mundo en general es de Sor Ángela de la Cruz.


 Un día, «llegada a la edad competente», según he leído, es decir, cuando ya era una buena moza, su madre la colocó en un taller de calzados sito en la calle del Huevo, a la sombra misma del Orato­rio de San Felipe Neri. Un enjambre de chavalas cosía y recosía las botas lustrosas que luego lucían lo mejor de la ciudad, incluida ca­nonjía y clerecía. Estaba regido por doña Antonia Maldonado, mujer honesta y piadosa que no toleraba murmuración ni chismes en su ta­ller.
Ella misma, ya anciana, al ser atendida por Hermanas de la Cruz que cariñosamente Sor Ángela le enviaba, contaba a éstas las peripe­cias de su Madre Fundadora en aquellos años de oficiala de calzado.
Doña Antonia guarda muy presente, a pesar de los años, los re­cuerdos de la mejor alumna que pasó por su taller. Es como un mimo barajar los recuerdos de aquellos años felices. Y se deleita con­tándolos a las Hermanas...
Por ejemplo, les cuenta cómo Angelita daba todos los viernes su comida a los pobres y cómo, llegada la hora del mediodía, se ponía de rodillas delante de sus compañeras y de doña Antonia Maldonado y les pedía, por caridad, unos mendrugos de pan que añadir a su li­mosna.
Doña Antonia le reñía cariñosamente:
–Angelita, hija, yo te doy todo lo que quieras, pero ¿por qué haces esto?
Pero ella repetía siempre la misma escena.
A fe que esto que cuento está ratificado por el testimonio de doña Antonia Maldonado y sus compañeras de taller. Si nos hallamos ante una vida sencillamente prodigiosa, no es extraño que de vez en cuan­do asome la perla de un prodigio.
Ocurrió en el taller de doña Antonia. Angelita, como arrobada, en puro éxtasis, está suspensa en el aire. Como todas las tardes, doña Antonia dirige el rosario en la parte alta del taller. Se suceden monótonamente las avemarías cuando una especie de grito exclamativo re­corre la habitación.
Todas las chicas miran a Angelita que, con rostro sereno y sonrien­te, permanece estática elevada del suelo.
Doña Antonia, inteligente y discreta, ordena a las chicas que bajen al despacho de abajo y prosigan su tarea.
Bajan en silencio.
Pasó el tiempo... Una hora más tarde bajó Angelita.
Y ante las miradas ansiosas y sorprendidas de sus compañeras, sólo supo decir con el máximo candor:
–¡Me dejaron ustedes dormida!
Esto del arrobamiento lo aprendió Angelita, es un decir, de San Francisco de Asís. Ella misma contó años más tarde que por aquel entonces asistió a una función de la Orden Tercera en la capillita de la calle Cervantes. Del sermón del fraile, que habló del seráfico santo, sacó Angelita la siguiente conclusión:
–Al oír que el santo parecía no posar los pies en el suelo, sentí gran deseo de vivir desprendida de todo y pisar la tierra sin pisarla.
Y se puso a cavilar de qué podía ella desprenderse para acercarse a la vida ejemplar del santo. Encontró un pañolito de talle, muy bonito, y se lo regaló a su hermana Dolores.
Podéis imaginar que la madre de Angelita reciba todos estos he­chos prodigiosos de su hija con no poca satisfacción. Se le podría aplicar lo que los Evangelios cuentan de la Virgen María: «Su madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello».
Pero hay una cosa que la madre de Angelita no pudo guardar en su interior. Y es una exclamación de sensatez frente a las cosas de su hija.
A Angelita le daba por las penitencias. Cuando notaba que en las comidas algo le apetecía especialmente por lo delica­do y sabroso, le echaba de hurtadillas un poquito de ceniza para res­tarle sabor.
Y su madre, que ponía sumo esmero en condimentar la comida, la sorprendió un buen día. Su reacción fue inmediata, y lógica:
–Angelita: tú haces todas las penitencias que quieras; pero no me estropees con porquerías la comida.

miércoles, 24 de enero de 2018

San Francisco de Sales, patrono de los periodistas

Hoy, 24 de enero, es la festividad de san Francisco de Sales. Si nos preguntamos por qué ha sido escogido como patrono de los periodistas, habremos de contestar: porque distribuía casa por casa y colaba bajo las puertas hojillas impresas en sus controversias con los protestantes calvinistas. Inventó lo que se llama la hoja parroquial, al poner en la camilla de todas las casas un resumen escrito de sus sermones cotidianos que la familia leía a la luz de la lumbre. Sabía muy bien que muchas de sus hojillas irían a parar al fuego y que la mayoría caería en manos de gente que no sabía leer; pero no se arredraba. Se dirigía a Dios y le decía con fervor: «Dios mío, bendecid mi semilla». Y observaba, en un mundo hostil impregnado de calvinismo, cómo de vez en cuando alguien, a su paso, inclinaba la cabeza.


Tiene Francisco de Sales, el que fuera obispo de Ginebra en el exilio, la talla humana de aquellos que se adelantan a su tiempo, y en esto hemos de alegrarnos los periodistas. Tenemos un santo patrono que no se ha hecho viejo, su pensamiento reflejado en sus escritos sigue aún palpitante y conserva toda su vigencia en el convulsionado mundo de nuestros días. Si quisiéramos nos podría ser de utilidad el seguir sus buenos consejos, su inspiración, o incluso su devoción. «Intercede por nosotros, santo patrono», podría ser un modelo de jaculatoria. Pero me temo que el gremio periodístico en su conjunto no está por la labor. Y eso le pierde. San Francisco de Sales fue un hombre excepcional, y sería bueno que los periodistas supieran de sus andanzas.
Obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia, san Francisco de Sales nació en 1567 en el castillo solariego de la familia de Sales, en la Alta Saboya. Realizó sus estudios en Annecy (no lejos de Ginebra, y a 110 kilómetros de Lyon donde se halla enterrado), en París y en la Universidad de Padua. Espíritu abierto, acogió con serenidad positiva todas las novedades de su tiempo. Valgan estos ejemplos: sostuvo las tesis de Galileo, dio su cuerpo a la medicina, propuso una espiritualidad en medio del mundo, mantuvo correspondencia cordial con muchos hombres y mujeres a los que abrió los caminos de una vida cristiana optimista y amable. Fue un sacerdote y obispo postconciliar, con todas las connotaciones que esta palabra ha adquirido en nuestro tiempo: nacido cuatro años después de la clausura del concilio de Trento (1563), se esforzó con firme dulzura en aplicar sus enseñanzas en sus visitas a las parroquias de Saboya y lograr, con sus predicaciones y sus escritos, una auténtica renovación religiosa.
Juan Pablo II lo describió muy bien cuando, en octubre de 1986, en su visita a Francia, veneró los restos del santo, y expresó:
–Entre los santos que han llevado el mensaje evangélico a sus contemporáneos de tantas maneras, Francisco forma parte de los que supieron encontrar un lenguaje adaptado. Diríamos hoy que es un hombre de comunicación. En sus cartas y en sus libros llama la atención por su estilo, en el que resplandece su experiencia espiritual, al mismo tiempo que su profundo conocimiento de los hombres. Patrono de los periodistas, ojalá les inspire en su trabajo para un conocimiento lúcido de aquéllos a los que se dirigen, con un respeto fraternal por aquéllos que comparten la verdad.
Era un hombre de carácter, como lo fue su padre, el señor de Boisy, que con cierto dejo de ironía solía decir: «¿Cómo voy a creer en una religión que tiene doce años menos que yo?», refiriéndose naturalmente al calvinismo. Pero Francisco de Sales es también el hombre de la dulzura y de la fina sensibilidad. Ha pasado a la historia como el santo de la dulzura, del humanismo devoto y de la dirección espiritual. Descubrió la espiritualidad laical –vivir en el mundo y ser un cristiano devoto– que no se plasmaría hasta nuestros días en el Concilio Vaticano II. Y en la dirección espiritual, sostuvo imperiosamente la libertad de conciencia. Díganme ustedes, ante ciertas espiritualidades de hoy día, si esto no es actual. Ved esta regla de oro de la espiritualidad salesiana: «Si os ocurre el dejar de cumplir algo de lo que os mando, no tengáis escrúpulos, porque la regla general de vuestra obediencia es ésta, escrita con letras capitales: HAY QUE HACERLO TODO POR AMOR Y NADA POR LA FUERZA». A su amigo Rolland le amonestó una vez, en el mismo sentido: «Mi querido amigo Rolland, hacemos lo que debemos como podemos; no nos debemos preocupar de lo demás». A mí me suenan estas palabras como pan tierno recién salido del horno. Su lema era: «Ni más ni menos». Un hombre práctico, asentado en la tierra, con sentido común.
Su oratoria –porque predicó mucho, y vaya esto para los predicadores– estaba adornada de un fino humor y de un lenguaje sencillo y familiar. Huía de la erudición y de los gestos ampulosos. En 1604, el joven obispo de Bourg le pidió consejo de cómo había que predicar. Y Francisco de Sales le confeccionó un directorio del predicador que, como buen periodista que era, lo resumió en las preguntas claves que todo reportero se hace: qué, quién, cómo, cuándo... Y le respondió al obispo desarrollando estas preguntas: «¿Quién debe predicar? ¿para qué? ¿qué se debe predicar? ¿cómo se predica?».
Huyó de la tentación cortesana y palaciega del París del siglo XVII, cuando el rey le propuso pasar a esa diócesis. Prefirió quedarse en la suya, entregado pastoralmente a su pueblo, viviendo en una casa pequeña y sencilla, vistiendo sotana de sarga morada con un atuendo pobre pero limpio. «Me disgusta –decía, en rasgo de honradez– no ser pobre; con frecuencia he deseado serlo, y sin embargo nunca he podido conseguir este deseo ya que nunca me ha faltado de nada». Y solía decir: «El dinero es como una escalera: si la lleváis sobre los hombros, os aplasta; si la ponéis a vuestros pies, os eleva».
Fundador de las Hijas de la Visitación, las Salesas, se encontró en París con otro fundador, san Vicente de Paúl, el de las Hijas de la Caridad. Y surgió la amistad entre ambos. Los dos santos «se entendieron fácilmente sobre dos puntos fundamentales: Dios lo es todo y en el mundo hay muchos pobres». Y Vicente de Paúl pronunció de Francisco de Sales este bonito elogio: «¡Dios mío, si es tan bueno el obispo de Ginebra, cuán bueno debes ser Tú!».

viernes, 19 de enero de 2018

Don Marcelo Spínola, el beato mendigo

En aquel cuerpo tan flaco, ascético y sencillo, ocultaba el buen arzobispo don Marcelo Spínola una madera recia de santo. Luis Montoto, contemporáneo suyo y que trabajó en el palacio arzobispal de Sevilla, cono­ciendo hasta los tosidos del clero, lo retrató así:
–Algo ha­bía en su gesto y en su figura que delataba al noble de ra­za... Señoril gravedad, distin­ción exquisita. ¿Quién puede olvidar el perfil elegante de aquel anciano de aniñado rostro y dulce mirada? A los que sepan leer en las fisonomías, aquellos ojos francos y efusivos, aquella frente despejada y aquel perfil de asceta, dirán más de cuanto se puede escri­bir... ¡Qué alma tan fina debió animar su cuerpo de tan deli­cados trazos! De él se ha escri­to «era hombre ante el cual no tenía puesto la indiferencia: había que amarle o adorar­le»... Era la amabilidad, la atención, la benevolencia, la cortés ayuda lo que se cifraba en su actitud... Apenas se com­prende cómo alentaba en cuer­po tan endeble un corazón tan esforzado.


Siendo obispo auxiliar de Sevilla hubo de padecer la chochera de su arzobispo el cardenal Lluch, que tenía algo reblandecido el cerebro, y los malos modos de su secretario parti­cular, un tal Bernabé, que trajo de Barcelona y acabó de canónigo de Sevilla, no preci­samente por sus méritos ni buenos modales. Yo digo que aquí se muestra la madera de santo, en saber aguantar estoi­camente con humildad y en silencio, los muchos agravios que le llegaron de la cúpula arzobispal.
Tachado de carlista por su mismo arzobispo Lluch, que era liberal, hubo de soportar este sambenito durante toda su vida. Hasta hubo de escribir una vez una carta a la reina regente donde exclamó aque­llo de que «el arzobispo de Sevilla, Señora, no es hombre de partido; es sólo un prelado de la Iglesia católica».
En 1905 Sevilla sufre una terrible sequía. En agosto la situación es desesperante. Don Marcelo reúne una junta en su palacio para que ingenie la recogida de dinero y organice cocinas económicas que palíen el hambre de la gente. No contento con ello, sale a la calle, y puerta a puerta, como un mendigo, pide limosnas pa­ra los pobres. Ese mismo año, 11 de diciembre, Pío X le creó cardenal. ¡Al fin, después de vencidos los mil obstáculos de la política reinante! A los pocos días llegó a Sevilla el legado pontificio que le impu­so el solideo. El 31 de di­ciembre, en Madrid, el rey le colocó la birreta. Don Marcelo, flaco y decaído, sufre de este vaivén de ir y venir en tren a Madrid. El 12 de enero debe volver a la corte: se casa la hermana del rey, infanta María Teresa, y resultaría feo que el nuevo cardenal de Sevilla no estuviera presente. Que no se le pueda achacar una vez más de carlista. De vuelta a Sevilla el 13 de enero, don Marcelo acude al santuario de la Virgen de Regla en Chipiona para la bendición de la nueva iglesia. No se le puede convencer de que permanezca en Sevilla. A la vuelta de Chi­piona se echó a morir. Falleció el 19 de enero de 1906, rodeado de los suyos y con el clamor en los labios de los sevillanos de que había muerto un prelado santo.
Las Esclavas Concepcionistas, congregación fundada por don Marcelo, no sólo celebran este día de su fundador sino toda esta semana, que para ellas, sus hijas, es la «Semana de don Marcelo». Y tienen razón por la feliz coincidencia de estas fechas significativas: 14 de enero de 1835, nacimiento en San Fernando (Cádiz); 15 de enero del mismo año, su bautismo; 16 de enero (san Marcelo), su onomástica, y 19 de enero de 1906, como hemos visto, su muerte santa. A estas fechas han añadido otra: 29 de marzo (1987), día en que el papa Juan Pablo II lo beatificó elevándolo a la gloria de los altares. El único cardenal del siglo XX –¡ya es mérito!– que logró tan bienaventurado puesto. Sus restos mortales se hallan en la capilla de los Dolores de la catedral hispalense.

sábado, 13 de enero de 2018

Auschwitz. ¿Por qué, Señor, callaste?

Desde el 1 de diciembre de 2017 hasta el 16 de junio de 2018 está abierto en Madrid la «Exposición Auschwitz», una emotiva y rigurosa muestra sobre el mayor campo nazi alemán, con más de 600 objetos originales. Se encuentra en el Centro de Exposiciones Arte Canal, Plaza de Castilla, Paseo de la Castellana, 214. Ocasión propicia para recordar una vez más la barbarie humana que supuso el Holocausto, cuyo lugar más emblemático de tanto odio y horror es precisamente el campo de exterminio Auschwitz-Birkenau.


Los tres últimos Papas han visitado este tétrico lugar. Juan Pablo II lo visitó el 7 de junio de 1979 y lo llamó «Gólgota del mundo moderno»:
–Vengo pues y me arrodillo en este Gólgota del mundo moderno, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas de Birkenau, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Auschwitz en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano. En particular, me detengo junto con vosotros, queridos participantes de este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abrahán, que es padre de nuestra fe (cf. Rom 4, 12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de «no matar», ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia. Quiero detenerme, además, delante de otra lápida: la que está en lengua rusa. No añado ningún comentario. Sabemos de qué nación habla. Sabemos qué parte ha tenido esta nación, durante la última guerra por la libertad de los pueblos. Tampoco ante esta lápida se puede pasar con indiferencia. Finalmente, la última lapida: la que está en lengua polaca. Son seis millones de polacos los que perdieron la vida durante la segunda guerra mundial: la quinta parte de la nación. Una etapa más de las luchas seculares de esta nación, de mi nación, por sus derechos fundamentales entre los pueblos de Europa. Un nuevo alto grito por el derecho a un puesto propio en el mapa de Europa. Una dolorosa cuenta con la conciencia de la humanidad. He elegido tres lápidas. Sería necesario detenerse ante cada una de ellas, y así lo haremos…
Benedicto XVI visitó Auschwitz-Birkenau el domingo 28 de mayo de 2006. Comenzó su discurso diciendo:
–Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?
El Papa Francisco lo visitó el 28 de julio de 2016, tercer día de su visita apostólica a Polonia, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud Cracovia 2016. Ingresó al campo de concentración a pie, pasando por el portal en el que los nazis escribieron «Arbeit macht frei» (el trabajo te hace libre). Rezó en soledad durante un largo rato para besar después uno de los postes del complejo carcelario. Tuvo un encuentro con sobrevivientes de Auschwitz y oró ante el «muro de la muerte», donde fueron asesinados, con un disparo en la nuca, muchos prisioneros. Visitó también la «celda del hambre», en la que falleció San Maximiliano Kolbe. Escribió en el cuaderno de recuerdos del Museo de Auschwitz un mensaje de piedad y perdón: «Señor, perdona tanta crueldad». Y con una oración en silencio frente al monumento en Auschwitz, el Papa Francisco rindió homenaje a los Justos entre las Naciones, reconocimiento judío para quienes, sin profesar esa religión, los ayudaron durante la persecución alemana en la II Guerra Mundial.
Auschwitz, a 50 kilómetros de Cracovia, en la Alta Silesia, montado sobre un antiguo campamento del ejército polaco, es el símbolo de la barbarie nazi, sinónimo de Shoah, sinónimo de Holocausto. Construido en mayo de 1940, en la línea férrea entre Katowice y Cracovia cerca de Oswiecim, fue concebido en principio como campo de concentración de prisioneros polacos, pero en 1942 se transformó, cuando se tomó la decisión de la «solución final», en un verdadero campo de exterminio, donde murieron más de un millón de personas, la mayoría de ellas judíos.
Entre ellos, también Edith Stein, filósofa judía convertida al cristianismo, ingresada en un convento de carmelitas descalzas con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y gaseada en Auschwitz el 9 de agosto de 1942. La Iglesia la ha elevado a los altares y la ha proclamado patrona de Europa.
Auschwitz era, como dejó escrito un superviviente ruso:
—Muerte, muerte, muerte: muerte por la noche, muerte por la mañana, muerte por la tarde… La muerte estaba presente en todo momento.

domingo, 7 de enero de 2018

La encíclica «perdida» de Pío XI

He leído en estos días pasados el libro del teólogo Hans Küng «Siete papas», es decir, los siete últimos Papas con los cuales él ha convivido, desde Pío XII hasta el papa Francisco. El libro me ha interesado porque me ha hecho revivir a mí también los papas que han coincidido con mi vida. Pero si tuviera que hacer una crítica del libro de Küng, sabiendo el ego subido que tiene –que parece que habla más ex cáthedra que los propios papas–, hay que tomar su libro con reserva. Salva tan solo al papa Luciani (Juan Pablo I), porque vivió 33 días papales; al papa Francisco, que llevaba tan solo dos años de papado cuando acabó su libro; y en parte a Juan XXIII. Pero es demasiado cruel con Pío XII, Juan Pablo II y Benedicto XVI, a pesar de que éste, compañeros de cátedra que fueron, le recibiera en Castelgandolfo, residencia de verano de los papas, y estuviera con él toda una tarde, más de cuatro horas entre el despacho papal, paseo por los jardines e invitación a la cena. Y a pesar de ello…


Papas Pío XI y Pío XII

El papado de Pío XII –criticado por Küng desde todos los ángulos– no me es ajeno, a pesar de que murió cuando yo tenía diecisiete años. Le he dedicado algún tiempo a estudiarlo y fruto de ello ha sido mi libro titulado «Pío XII versus Hitler y Mussolini». Creo con perdón que en la relación de Pío XII con respecto a los judíos, en concreto, sé yo algo más que el soberbio Hans Küng. Pero me voy a referir aquí a la encíclica inédita de Pío XI contra el racismo y el antisemitismo, de 1938, que quedó sobre su mesa a su muerte. Küng afirma, como muchos otros enemigos de Pío XII, que «Pacelli, ya papa, no la publicó». O sea, que la escondió.
¿Qué sucedió con el borrador de la encíclica Humani generis unitas, que así se llamaba? Pues simplemente que fue a los archivos a la muerte de Pío XI, como los demás documentos que estaban sobre su mesa de despacho.
John Cornwell, el autor de El papa de Hitler, dedica un largo espacio a tratar de este tema y lo titula: «La encíclica ‘perdida’». Llevado de su fobia hacia el papa Pacelli, no tiene rubor de afirmar, sin que aporte ninguna prueba, que «Pacelli lo ocultó» y, más adelante, «enterró el documento en los archivos secretos del Vaticano».
Dejando de lado las fantasías de Cornwell, no hay constancia de que Pío XI llegara siquiera a leerla, ni que satisficiera los sentimientos del pontífice. De hecho, la encíclica hubiera creado serios problemas al Concilio Vaticano II, cuando se promulgó la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Había en el texto de la encíclica inédita ciertas expresiones, circunstanciales del momento en que fueron escritas, pero dichas como un acto del magisterio ordinario, que no cuadrarían con el escenario posterior de encuentro religioso de la Iglesia con la religión judía.
–No quiero imaginarme –dice en una entrevista el jesuita padre Pierre Blet, profesor de Historia de la Igleisa en la Gregoriana de Roma– qué hubiera sucedido si el Papa hubiese consentido publicar un texto así.
Otros, en cambio, opinan que la promulgación de la encíclica en aquel momento hubiera ayudado a la comunidad cristiana, especialmente la alemana, a calibrar la gravedad del racismo y del antisemitismo y la sensibilización del problema judío.
De hecho, en la primera encíclica de Pío XII, Summi Pontificatus, publicada en octubre de 1939, recoge ideas de la encíclica «escondida». Siete días después de su publicación, 27 de octubre, el New York Times se hace eco de ello:
–Según fuentes de las altas esferas del Vaticano, el tema de la encíclica, en especial en lo que concierne a los estados totalitarios, podría provenir de un mensaje inédito que Pío XI, el predecesor del pontífice actual, escribió al parecer justo antes de su muerte.
La existencia de esta encíclica inédita se conocía ya desde los años cincuenta del siglo pasado en los Estados Unidos, donde vivía el jesuita John LaFarge, pero no el texto. En 1972 el National Catholic Reporter citó algunos artículos. Pero será Georges Passelecq, monje de la abadía benedictina de Maredsous, en la región de Namur, Bélgica, quien publique íntegramente «la encíclica de Pío XI que Pío XII no publicó» en 1995, en unión de Bernard Suchecky, conservador responsable de archivos en el Museo Judío de Bélgica, en Bruselas.
Se avivaron de nuevo las polémicas sobre un presunto comportamiento acomodaticio de Pacelli con relación al régimen hitleriano y este tema se unió al cúmulo de argumentos que atacaban a Pío XII, desde distintos frentes, por sus supuestos silencios.
Pío XII consideró el problema alemán como prioritario desde el mismo momento del inicio de su pontificado. Y trató de actuar con una política de distensión y diplomacia, distinta de su predecesor, que a la larga resultaría igualmente ineficaz, porque enfrente existía un ser imprevisible, llamado Hitler, que por sus acciones se mostraba como un loco y un criminal.
El jesuita Giovanni Sale confiesa que ambas posturas: a favor y en contra de su publicación «parecen plenamente compatibles y nos inducen a pensar que la Iglesia ha perdido una ocasión preciosa en ese momento para denunciar de modo solemne al mundo entero teorías abiertamente contrarias a la doctrina cristiana». Y añade:
–Se equivoca sin embargo quien sostiene que detrás de la frustrada promulgación de la Humani generis unitas hubo inconfesables intrigas curiales, oscuros complots jesuíticos, o cosas por el estilo, tratando de hacer callar al Papa o de obstaculizar su voluntad… Por desgracia, una cierta literatura histórica está más interesada en la leyenda que se ha formado en torno a la «encíclica escondida» o tránsfuga, que al dato documental y a su correcta interpretación.
Otro día, cuando crea oportuno, hablaré del supuesto no apoyo de Pío XII a los obispos holandeses, que, según Küng, «se comprometieron públicamente a favor de los judíos. Así, allí los esbirros nazis tuvieron las manos libres». Creo que Küng anda ya en los noventa y al parecer padece de alzheimer. Sea todo ello en su descargo.

martes, 2 de enero de 2018

Teresa de Lisieux nació un 2 de enero

Esperaban un «misionero» y llegó «la reinecita», «el florón de la corona», «la reina de Francia y de Navarra», como la llamará su padre.
El médico, al salir de la habitación del parto, dijo a Luis Martín, el padre, para consolarlo:
—Será misionera.
Es el 2 de enero de 1873, calle de San Blas, 36, en Alençon, una ciudad de la Baja Normandía francesa, capital del departamento de Orne, a unos 180 kilómetros al sudoeste de París, con una población en aquel entonces de unos 12.000 habitantes. Una ciudad tranquila, atravesada por el río Sarthe, donde el padre de Teresa, aficionado a la pesca, llevará las truchas capturadas al convento de clarisas, y con una industria peculiar, el punto de encaje o punto de Alençon, floreciente industria en aquel tiempo, en el que Celia, la madre, es experta y ha montado su propia industria.


 Celia escribió al día siguiente del parto a su cuñada, que vive en Lisieux:
—Mi hijita nació ayer, jueves, a las once y media de la noche. Es muy fuerte y sana. Me dicen que pesa ocho libras; aunque lo dejemos en seis, no está mal. Parece muy linda.
Y le cuenta la primera impresión de su hijita, que hace el noveno de sus partos:
—Estoy contentísima. Sin embargo, en un primer momento me quedé sorprendida, pues esperaba tener un niño. Me lo había imaginado así desde hacía dos meses, pues la notaba como mucho más fuerte que a los demás hijos que tuve.
No fue niño, fue niña, «la reinecita», como la llamará el padre por eso de ser la más pequeña de una camada de cinco hermanas, ya que otros cuatro, dos varones y dos hembras, han fallecido a muy temprana edad.
—La bautizaremos mañana, sábado —cuenta a su cuñada—: sólo faltaréis vosotros para que la fiesta sea completa. María será la madrina, y un niño más o menos de su edad el padrino.
María, la madrina, es la hermana mayor, tiene doce años. El padrino es un jovencito llamado Pablo Alberto Boul, hijo de un amigo del padre, que morirá muy joven en 1883.
La niña fue bautizada el 4 de enero, por la tarde, en la iglesia de Notre-Dame por el abate Dumaine. Se le puso de nombre María Francisca Teresa. María, porque a todas las hijas les han dado el nombre de la Virgen. Francisca, por san Francisco de Sales, en atención a sor María Dositea, hermana de la madre, monja visitandina como se dice en Francia o salesa en España, y Teresa, nombre que predominará.
Sor María Dositea es tozuda. Vive en un convento en Le Mans, a corta distancia de Alençon en tren. Como esperan un niño, quiere que se llame Francisco, como su santo fundador. Pero Celia, la madre, prefiere llamarlo José. No le gusta el nombre de Francisco, no lo aceptará.
Nació niña y el nombre que imperará será el de Teresa, como la niña que la ha precedido, nacida en 1870 y fallecida a los dos meses de edad.
Como Teresita mostrase síntomas alarmantes de una enfermedad intestinal, como los otros hijos muertos, sor María Dositea reza a san Francisco de Sales por su curación y promete al santo que si la niña se cura se llamará Francisca.
La niña se curó y la superiora de las visitandinas rogó a sor María Dositea que escribiera a su hermana para que respetara la atribución del nombre de Francisca.
—Cuando recibí la dichosa carta —cuenta Celia a su hermano—, me quedé desconcertada. Nuestra hermana me decía que había hecho esa promesa convencida de que yo la ratificaría, y que le había dicho a san Francisco de Sales que, si yo no accedía a llamar a la niña con su nombre, él quedaría libre de escucharme y en ese caso, añadía ella, a mí no me quedaba otra cosa que prepararle el ataúd.
Es duro que a una madre, que ha perdido ya cuatro hijos, se le diga que puede perder el quinto por quítame y pon un nombre. Pero Celia es porfiona y manifiesta a su hermano que no está dispuesta a cambiar de nombre a su hija.
—A fin de cuentas —le dice—, ¿qué más le da a san Francisco de Sales que se llame con un nombre o con otro? Mi negativa no puede ser una razón para hacerla morir...
Pero Celia empieza a dudar.
—¿Qué dices tú de todo esto? ¿He sido culpable?
Y le viene la inquietud por ese «ataúd que tenía que mandar que le preparasen si no quería acceder a la promesa de mi hermana».
Suplica a su hermano:
—Por favor, escríbeme a vuelta de correo, pues, si tardas, probablemente mi Teresita esté ya muerta. Prefiero llamarla Francisca o como sea a tener que hacerle un ataúd. ¡Esto me hace temblar de sólo pensarlo!
Y se sincera:
—Si alguien viese esta carta, pensaría que he perdido la cabeza.
No murió y siguió llamándose Teresa. Cosas de familia.
Santa Teresa de Lisieux, o Santa Teresita del Niño Jesús, tras su muerte en el monasterio de carmelitas descalzas de Lisieux el 30 de septiembre de 1897. Dijo ella:
–Después de mi muerte, haré descender una lluvia de rosas... cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Se lo pido a Dios y estoy segura de que me escuchará. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin cesar nunca de contemplar el rostro divino, de abismarse en el océano sin orillas del Amor? ¿Por qué no ha de permitirme Jesús imitarles?