sábado, 1 de febrero de 2014

La disidencia tiene un precio

He leído recientemente una entrevista al que fuera obispo de Málaga, don Ramón Buxarrais, que desde su renuncia en septiembre de 1991 es capellán de La Gota de Leche en Melilla, donde atiende a niños y ancianos. La periodista le hace una pregunta incisiva:
–¿Se arrepiente de haber abandonado sus privilegios de obispo?
Y Buxarrais le contesta:
–No. Me arrepiento de haber sido obispo.
No me extraña –yo que lo conocí bien y llegamos incluso a intimar– esta sincera respuesta. Recuerdo lo que decía con esa su cachaza maña el cardenal Bueno Monreal–también de gratísimo recuerdo para mí–, que su elevación al episcopado no se debía al Espíritu Santo sino a su tío, sacerdote influyente en los años 40 en la Rota de Madrid. También he conocido obispos de otro pelaje: algún carrerista de escalafón, que por ahí anda bien situado, o aquel ingenuo religioso a quien llamó el nuncio para anunciarle que lo iba a nombrar obispo.
–Piénsalo durante una semana –le dijo.
Y el buen fraile le respondió con sinceridad:
–¡Para qué vamos a esperar una semana, señor nuncio, le digo ya que sí!
O aquel que marcha a Roma y su madre, inocente, decía a la parentela:
–Mi hijo ha ido a Roma a estudiar para obispo.
No es mi caso, puedo decir que yo estudié en Comillas y en Roma y ni siquiera en mi larga vida he llegado siquiera a párroco. Tal vez porque soy un sujeto perdido. Pero volviendo a Buxarrais, recojo una carta que escribí en la Hoja «Iglesia de Sevilla» del 29 de septiembre de 1991, cuando yo era su director. La reproduzco a continuación. He de confesar que quince días después, casualidad de la vida, abandoné la dirección de la Hoja y me fui a mi casa.
Decía a don Ramón Buxarrais en esa carta:
«Ahora que vuelve a la infantería del clero, capellán de un orfanato o algo así de Melilla, le escribo esta carta, don Ramón Buxarrais, ex obispo de Málaga, con todo el corazón, que me parece no le escribo desde hace lo menos tres años cuando nuestras relaciones se enfriaron un tanto. Pero hete aquí, que no ha mucho, días antes de ese bombazo que usted acaba de dar (eso de dejar la mitra es muy serio; hace falta tener redaños para hacerlo), nos dimos el abrazo de la paz en el patio del palacio arzobispal de Sevilla. Venía su excelencia, perdón, usted, en traje de camuflaje, o séase, de paisano total, y ello me agradó, aparte de que soportar Sevilla a estas temperaturas con capisayos episcopales se las trae. Y recordé, después de nuestra rantrée, que, de los muchos obispos que he conocido, tan sólo usted me invitó un día a comer en un restaurante de Málaga, de mantel corriente y servilleta de papel, pagando religiosamente de su bolsillo. Tenía yo la impresión, y la sigo teniendo, de que los obispos, como los ministros, no llevan nunca dinero en la faja. Y ahora, mi querido Buxarrais, don Ramón, me sale con la sorprendente noticia en la prensa -todo se hace hablilla en el mundo clerical y exterior- de que deja el anillo episcopal de Málaga y se recluye como simple capellán de un sanatorio. Porque la cosa va de sorpresa. Días antes de su baculazo, el obispo de Palencia, don Nicolás Castellano, dio una espantada que le ha llevado a los altiplanos de Bolivia a experimentar la teología de la liberación.
«Andaba yo en ello, empeñado en emplear este espacio a ese hecho singular del obispo palentino cuando más hacia el sur, cercano a casa, me sale usted con un gesto similar. Estaba por llamar al nuncio y preguntarle si esto es una fiebre y hemos de aguardar nuevas sorpresas o en vosotros dos, obispos de Palencia y Málaga, se rompe el molde. Pero me parece bastante serio el nuncio y no sé si comprendería el humor con que por aquí abajo, en esta tierra nuestra, se suelen hacer estas cosas. Aparte de que ya andará meditando quién coloca en Málaga, o en Guadix, por señalar tan sólo las diócesis andaluzas ahora vacantes. Aquí, que no somos xenófobos -por algo le hemos acogido a usted que es catalán, y no le ha ido mal después de todo- no pretendemos que sea andaluz el que le sustituya. Eso, visto el panorama de nombramientos en este último siglo, sería casi un milagro. La Nunciatura los prefería vascos, ahora ya menos, y los prefiere ahora valencianos, con una veintena de obispos en el episcopado español actual, dos de ellos en Andalucía, el de Huelva y el de Jaén, que da la impresión de que en el Seminario de Valencia no estudian para curas sino para obispos. Espero que el señor nuncio, si le es posible, consuma producto andaluz, que lo hay de buena calidad; y si no le es posible, por aquello de que el Espíritu Santo le inspire otra cosa -qué le vamos a hacer, resignación- los de Málaga se tendrán que conformar con un valenciano. Aunque sería bueno que se consultara al clero malagueño y también, por qué no, al obispo dimisionario, que anda, según leo en la prensa, en una casa de las Hijas de la Caridad de Melilla.
«Don Ramón, se me acaba el papel. Adiós, hasta siempre. Me dicen que ha dimitido por falta de salud. Yo le saludé días antes de esta salida patas por alto y le vi delgado, eso sí, pero en forma. Cansa la mitra, no cabe duda, y cansa Roma. De cura a cura, ahora que vuelve de facto al pelotón de infantería, mi abrazo cordial en el Señor.»
Han pasado veintidós largos años de esto. Buxarrais marchó a Melilla como capellán y yo marché a mi casa, a mis cincuenta años, en jubilación anticipada. Desde entonces no he tenido en la diócesis de Sevilla cargo pastoral alguno. Ya decía Blanco White, también clérigo hispalense, que la disidencia tiene un precio y yo la he asumido en aras de mi libertad.

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