lunes, 8 de junio de 2015

Consolación de Utrera vs Rocío de Almonte

Me escribe un amigo, tras el escrito sobre el Corpus de hace unos días:
–Veo que buena parte de ese Corpus profano con el que acabó Carlos III se mantiene en Granada. Ahora que veo más TV, me llamó la atención toda la parafernalia que rodea allí la fiesta... Y puestos a divagar, si en tiempos de Carlos III los almonteños hubieran montado el espectáculo que ahora montan con la Virgen, dentro y fuera del templo, ¿no se habría cargado el rey  también el Rocío?
Lo que en el reinado de Carlos III se cargó el Supremo Consejo de Castilla no fue el Rocío sino la romería de Consolación de Utrera.
En el siglo XVIII, importante en la Baja Andalucía era el santuario de Consolación de Utrera. La ermita del Rocío –con perdón de los almonteños– no tuvo significación especial hasta finales del XIX y siglo XX.
Al Santuario de Consolación de Utrera se daban cita en la fiesta principal las siguientes Hermandades: La primera y principal, la de Utrera, única que perdura en la actualidad. Y filiales de ésta por orden de antigüedad: Campillos, Osuna, Écija, Puebla de Cazalla, Paradas, Los Molares, Alcalá de Guadaira, Arahal, Morón de la Frontera, El Coronil, Coria, Hinojos, Gines, Mairena del Alcor, Los Palacios, Castilleja de la Cuesta, Fuentes de Andalucía, Castilleja del Campo, Dos Hermanas, La Rinconada, Albaida, Olivares, Chucena, Paterna del Campo, Escacena, Camas, Gelves, La Algaba, Alcalá de la Alameda y Mairena del Aljarafe.
En la gran explanada que se abre ante el Santuario, rodeado de olivos que se pierden en el horizonte, se iban concentrando los días anteriores a la gran fiesta de la Virgen las muchas Hermandades filiales que con la principal de Utrera iban a pasear en andas a la Virgen de Consolación. Los tenderetes de buñuelos y frituras y de toda clase de mercaderías que se daban cita en aquellos momentos ante tanta afluencia de peregrinos, dio origen a la feria de Consolación, que duraba diez días y llenaba de colorido y bullicio los días inmediatos a la gran fiesta.
Llegan las Hermandades con sus cofrades vestidos de blanco y «muy galanes a su modo», según refiere Rodrigo Caro, y pasan a saludar a la Señora y tocar sus vestiduras con los de la Virgen. Para esta piadosa ceremonia se encontraban junto al altar tres religiosos mínimos con vestidos de la Virgen en la mano con los que rozarán el suyo los cofrades.
La víspera de la festividad, los cofrades hacían segunda estación ante su Virgen, cantando el rosario por la tarde en el Santuario.
Y llega el día grande: 8 de septiembre.
Los padres mínimos sacan a la Virgen a la puerta del Santuario. Viene preciosa la Virgen de Consolación en sus andas de plata, regalo de tantos devotos de acá y allende los mares. Las Hermandades han clavado en el suelo sus respectivos estandartes para indicar el trecho que toca a cada una portar la imagen. Son las ocho de la mañana, cuando despunta el sol. El delirio es ensordecedor al ver aparecer a la Virgen. Le toca recibir a la Hermandad de Utrera, que la pasará a la de Campillos, y así sucesivamente por orden de antigüedad, con los zarandeos propios de la imagen como hoy se ve en el Rocío.
Se necesitaban más de veinte hombres para mover las andas de la Virgen, cercadas por unas barandillas donde se colocaban los niños enfermos que pedían a la Señora la curación de sus dolencias.
Concluida la procesión, se celebraba misa solemne y sermón que predicaba uno de los padres más afamados de la Orden de los Mínimos. El cronista de la Orden resume la fe y celebridad de esta romería en aquellos tiempos:
–Es tanto el concurso de gente que acude de toda Andalucía y Portugal, que testifican personas de mucho crédito, que ningún Santuario de España lleva en esto ventaja como tampoco en los milagros; y algunos curiosos que han querido contar los coches y carros certifican que pasan de mil y quinientos los más años.
Pero a tanto llegó el bullicio que la devoción decayó y vicios seculares se filtraron hasta degenerar el fervor popular de los años anteriores.
Denunciado el hecho por fray Juan Prieto, general de la Orden de los Mínimos y conventual de aquella casa, el Supremo Consejo de Castilla arbitró una orden en 1770 prohibiendo la procesión. La Virgen no había de ser movida de su altar.
Orden tan rigurosa creó un vacío de entusiasmo. Las Hermandades dejaron de asistir y la devoción popular decayó.
Después vino la ocupación francesa, ya en el siglo XIX, y en 1835 la exclaustración, que obligó a los mínimos a dejar el Santuario. La romería se redujo a la visita a la Virgen de los vecinos de Utrera y los devotos de los lugares cercanos con una pequeña feria que se montaba en la explanada en la que prácticamente sólo vendían juguetes para niños.
En el siglo XX, como se sabe, eclipsada la devoción popular a la Virgen de Consolación, emerge la devoción a la Virgen del Rocío, y en ello tuvo gran parte un canónigo de Sevilla, magnífico escritor costumbrista, que se llamó Juan Francisco Muñoz y Pabón.
Pero esta es otra historia.

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