miércoles, 27 de enero de 2016

Trajano, emperador de Roma

Hace unas fechas –1 de enero– hablé del emperador Adriano, nacido en Itálica, a un tiro de piedra de Sevilla, la antigua Hispalis. Toca hoy, por ser la fecha significativa de ser elegido emperador, hablar de otro hijo de la vieja Hispalis.
Trajano es el primer emperador que llega a la más alta magistratura del Imperio romano viniendo de provincias, de fuera de Italia. Hijo de Marcus Ulpius Traianus, nació en Itálica el 18 de septiembre del año 53 de nuestra Era. Pertenecía a una burguesía media, familia sin abolengo. Un provinciano que llega al trono imperial a la edad de cuarenta y cinco años.


 Columna Traiana y busto de Trajano  

Su padre, proconsul de la Bética en tiempos de Nerón, tuvo el mando de la Legión X Fretensis que tomó parte en la guerra contra los judíos que destruyó Jerusalén y su famoso templo. El historiador judío Flavio Josefo lo cita varias veces. Después consiguió el Consulado, máxima distinción civil en Roma.
Es en este momento cuando comienza la memoria de su hijo. En el año 71, a los veintiún años, entra en el servicio militar. Y de ahí, en ascensión progresiva, tras 27 años de vida militar, al trono imperial obtenido –tal día como hoy– el 27 de enero del año 98, a la muerte del emperador Nerva.
En el año 75 Trajano padre es nombrado gobernador de Siria y se lleva a su hijo como ayudante suyo, que participa en la guerra contra los partos. El año 79, año del Vesubio y la destrucción de Pompeya y Herculano, el padre es nombrado procónsul de Asia, con capital en Éfeso. Inscripciones y monumentos dan cuenta de la actividad desarrollada por Trajano padre en aquella tierra. Y aquí desaparece su memoria.
A partir de este momento, Trajano, a sus veintisiete años, ha de valerse por sí mismo. Pero le ayudará el recuerdo grato que ha dejado su padre.
El 81 sube al trono el cruel y sanguinario Domiciano. Bajo su reinado, Trajano es elevado en el año 91 a la categoría de cónsul ordinario. Tenía 37 años. Su colega en el consulado, Acilius Glabrio, fue víctima de la humillación más vejatoria que podía sufrir un romano. Fue echado al circo a luchar contra los leones como un vulgar esclavo. ¿Qué hizo Trajano? ¿Por qué no se rebeló ante la humillación de su compañero? ¿Por qué toleró una crueldad más del cruel Domiciano? Se ha querido excusar su silencio en la falsa virtud de la obediencia militar, pero ésta es una página extraña en la vida de nuestro personaje que se mostrará, cuando tenga el poder absoluto, con moderación y cordura frente a la tiranía de Domiciano, que le aupó a los más altos honores.
Trajano debía estar ya casado con Plotina, no muy bella de rostro, pero sencilla, discreta, fiel compañera y más joven que su marido. Montanelli, siempre malicioso, comenta cómo Plotina «se proclamaba la más feliz de las mujeres porque sólo él la engañaba, de vez en cuando, con algún mozalbete; con otras mujeres, nunca».
En el 97 aparece como legatus de Germania. Domiciano muere asesinado y asciende al trono el anciano Nerva, que dura lo suficiente como para poner un poco de paz en la casa grande del Imperio y nombrar sucesor –no tenía hijos– al gobernador de la Germania, Trajano. «Para el bien del Imperio, del Pueblo y del mío propio, adopto como hijo y heredero a Marcus Ulpius Traianus». «Prefirió Nerva –cuenta el historiador Dion Casio– los intereses del Estado al cariño de sus parientes, y creyendo que era necesario juzgar a los hombres por el mérito de sus virtudes más que por el lugar de su nacimiento, eligió a Trajano, que era español de origen, para elevarlo al trono, en el que no se había sentado aún ninguno que no fuese de Roma o de Italia».
Trajano fue el segundo hispano que consiguió el consulado. El primero lo fue el gaditano Balbo. Pero Trajano fue el primer hispano que llegó a la más alta magistratura, emperador del gran Imperio Romano. Nerva envió a Trajano una carta credencial de su proclamación junto a un diamante, que luego heredó Adriano.
Trajano se tomó con calma la proclamación imperial. Siguió en Germania durante un año más pacificando aquellas fronteras antes de aparecer por Roma. Agradeció al senado su confianza depositada en él y les dijo que iría cuando tuviese un minuto de tiempo.
–Cuando por fin dispuso del famoso minuto de tiempo para ceñir la corona, Plinio el Joven quedó encargado de dedicarle un panegírico en el que se le recordaba cortésmente que debía su elección a los senadores y que, por lo tanto, debía dirigirse a ellos para cualquier decisión. Trajano subrayó el párrafo con un gesto aprobatorio de la cabeza, al que nadie prestó mucha fe. Pero se equivocaron, porque aquella regla Trajano la observó rígidamente. El poder no se le subió nunca a la cabeza y ni siquiera la amenaza de conjuras bastó para transformarle en un déspota suspicaz y sanguinario. Cuando descubrió la de Licinio Sura, fue a comer a casa de éste y no sólo tomó todo lo que le sirvieron en los platos, sino que después ofreció la cara al barbero del conjurado para que se la afeitase. (Montanelli).
Murió Trajano en Selimonte (Cilicia) en agosto de 117. A Roma sólo volvieron sus cenizas que fueron depositadas bajo su columna, la célebre Columna Traiana. En el nicho del interior del basamento se escondía la urna de oro con las cenizas de Trajano. Y en lo alto de la columna, compuesta de diecisiete cilindros de mármol de Carrara donde en espiral se narran las dos guerras victoriosas que sostuvo con los Dacios, se erguía la estatua del emperador, desaparecida en la Edad Media. En el siglo XVII, el papa Sixto V ordenó colocar la estatua de san Pedro, que es la que se contempla actualmente.

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