jueves, 21 de abril de 2016

Cervantes en la cárcel de Sevilla

Miguel de Cervantes conocía ya la cárcel del pueblo cordobés de Castro del Río, otoño de 1592, por la enajenación de ciertas fanegas de trigo del pósito de Écija, sin referirnos a sus cinco años de cautiverio en Orán cuando fue rescatado por un fraile trinitario.
De nuevo topará con la cárcel, ahora en Sevilla, sólo unos meses, entre finales de 1597 y principios de 1598. La tradición cuenta que en ella comenzó a escribir el Quijote, «el libro más humano, más suavemente irónico y de lectura más deleitosa que la fantasía pudiera imaginar», al decir de Rodríguez Marín.
  

El cargo de Cervantes consistía en cobrar impuestos impagados o atrasados. Oficio que venía de unos años atrás. En 1587 apareció por Sevilla como comisario real de abastos, requisando trigo y aceite para abastecer la flota que Felipe II preparaba contra Inglaterra, la célebre y desgraciada «Armada Invencible». Un oficio que le daba no pocos quebraderos de cabeza, alguna que otra excomunión por requisar el trigo de los clérigos, chapuzón en las albercas y otras bromas pesadas que padeció Cervantes por esos pueblos de Andalucía. En cierto momento, cansado de este oficio de requisidor, escribió al Consejo de Indias solicitando «un oficio en las Indias, de los tres o cuatro que al presente están vacos, que es el uno la contaduría del nuevo reino de Granada; o la gobernación de la provincia de Soconusco, en Guatemala; o contador de las galeras de Cartagena; o corregidor de la ciudad de la Paz». La respuesta fue contundente y lacónica: «Busque por acá en qué se le haga merced».
Y siguió con su oficio de recaudador. Pasó a un cargo superior: recaudador de impuestos en el reino de Granada. Con el dinero recaudado se dispone a volver a Madrid, pero por no pasar por Despeñaperros con una cantidad tal de dinero, lo entregó, mediante una cédula cobrable en la corte, al comerciante sevillano Simón Freire.
Cuando Cervantes llega a Madrid, recibe la fatal noticia: Freire ha quebrado y su representante en Madrid, el portugués Gabriel Rodríguez, no tiene fondos para pagarle.
Laboriosas gestiones, pleitos, apuros, angustias... El 6 de septiembre de 1597, estando en Sevilla, se ordenó al licenciado Vallejo, juez de las Gradas, que requiriese a Cervantes la fianza por las cuentas de las alcabalas, todavía sin justificar; de lo contrario, que le mandase prender y conducir preso a Madrid.
El juez Gaspar de Vallejo no le mandó a Madrid. Le confinó en la Cárcel Real de Sevilla, «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación», como dice en el prólogo del Quijote.
La cárcel que conoció Cervantes fue labrada en 1569, habiendo intervenido en ella el arquitecto Hernán Ruiz, el de la Giralda, y el napolitano Benvenuto Tortello. En la fachada existía un retablo dedicado a la Visitación de la Virgen, perteneciente a una hermandad instituida en 1585 y dedicada al alivio y soltura de los presos pobres.
Esta hermandad había sido fundada por el «carcelero» –léase capellán– jesuita Pedro León, que ejerció su función pastoral en la cárcel durante casi cuarenta años (1578-1616), atendiendo en este espacio de tiempo a 309 ajusticiados, que acompañó hasta el suplicio.
 Pedro de León nos ha legado unos manuscritos que resaltan minuciosamente sus vivencias carceleras, con noticias sabrosísimas de la vida picaresca de la cárcel, el ambiente moral, los ajusticiados e itinerario por las calles de Sevilla hasta el lugar de suplicio, el edificio que los albergaba, la administración fullera de sus alcaides... De ellos se decía que eran «los mayores delincuentes de puertas adentro».
Los presos pasaban de mil, según el padre León, de todas las clases sociales, incluso «muy nobles y de grandes linajes».
Los manuscritos del Padre León serán la mejor referencia para conocer aquel mundo de la trena, que tenía tres puertas, de Oro, Hierro y Plata. «Tiene esta cárcel tres puestas; a la primera llaman del Oro, por lo que ha de tener, y no poco, el que ha de quedarse en la casa pública o aposentos del alcaide, que están antes de la primera reja de arriba a mano derecha, como subimos por la escalera, porque para contentar al alcaide y los porteros de la puerta de la calle es menester todo eso y más». La puerta siguiente es la de Hierro, llamada así «porque hasta los que entran por allí es necesario que tengan dinero de cobre y vellón». La tercera puerta, «reja, que era también de hierro, que sale a los corredores, llaman de Plata, porque ha menester tener plata el que ha de quedar allí sin grillos, o mucho favor que no le cueste menos, sino mucho más, que todo lo allana y hace fácil la plata y el favor».
Ya en el interior, un gran patio con una fuente en el centro, era el escenario de la vida diaria de los presos. Alrededor del patio había catorce calabozos y «cuatro tabernas y bodegones –cuenta el padre León–, arrendados a catorce y quince reales cada día, y suele ser el vino del alcaide, y el agua del tabernero, porque nunca faltan baptismos prohibidos en toda ley».
En el piso alto, sobre los calabozos de la parte norte, se hallaba la Galera Nueva, dormitorio de los presos de grandes delitos y de los galeotes rematados para el rey. Dividida en siete ranchos, «el primero es el de los blasfemos y jugadores de ventaja, que les sirven mil vidas de tantos. El segundo es el de la campaña, a donde se refieren sus tretas los que arañan y hurtan. El tercero llaman Goz, a donde los rufianes cuentan a lo grotesco sus hazañas y desventuras. Al cuarto llaman Crujía, a donde están los galeotes. El quinto se llama Feria, a donde se vende lo mal ganado por marañas y pendencias habidas en mala guerra. Al sexto llaman Gula, y sirve para las meriendas, a donde echan y truecan y anda el trago cruel. El séptimo y último se llama Laberinto, de toda gente revuelta, como cochinos de diezmos, de todos delitos».
En la parte de Levante se situaba la Galera Vieja, con cuatro ranchos, «el rancho que llaman Traidor, porque está oculto y escondido a la entrada, a mano derecha, y desde allí hacen sus traiciones. Más adentro en la misma galera, hay otros tres ranchos, divididos con mantas viejas. El primero es el de los Bravos; el segundo la Tragedia, a donde está la Crujía. El tercero llaman Venta, a donde pagan el escote todos los presos nuevos».
Y están los entresuelos, con cuatro ranchos. «Al primero llaman Pestilencia, y al que está a su lado Miserable, y al tercero llaman Ginebra, y al cuarto llaman Lima Sorda o Chupadera, y antes de entrar en estos ranchos hay un aposentillo pequeño que llaman Casa de Meca».
Describe también la Gran Cámara de Hierro, de grandes dimensiones, «tan nombrada e insigne, así por los moradores como por el sitio y disposición de ella. En esta cámara están los bravos y tres ranchos. El primero es de matantes, a donde echan mil por vida, y todo su trato es de cuestiones y no de metafísica; no de moral, sino contra todas las buenas costumbres, de heridas y resistencias, de el otro que huyó con estoque y rodela, del que hizo mil buenas suertes, alabándose cada uno de lo que no ha hecho. El segundo rancho es de delitos; el tercero de malas lenguas, a donde no hay honra enhiesta».
Y así otras dependencias menores, habitación del capellán, enfermería vieja, capilla, cárcel de mujeres, etc. Imaginad las pendencias, juegos, robos, heridas, incluso muertes, dentro de la cárcel. Y el griterío infernal entre aquellas paredes.
Llegaba un preso nuevo, cosa que ocurría seis o siete veces a la hora, y el sotoalcaide gritaba al guardián de la puerta de Hierro:
–¡Holaaa!
Y el portero respondía:
–¡Holaaa!
Gritaba el sotoalcaide:
–¡Allá va un preso!
Y respondía el portero:
–¿Por qué?
Y gritaba el delito, según la relación de los documentos entregados por la justicia.
Llegada la noche:
–¡Ah del patio! ¡Arriba los de la Galera Nueva! ¡Acá los de la Galera Vieja!
Ya los presos, encerrados en sus ranchos, rezaban de rodillas la salve a la Virgen, con igual espantable ruido, y se hacía la noche en la cárcel, no siempre solos los presos, que de rondón habían penetrado mujerzuelas que se repartían por los ranchos en la oscuridad de la noche.
Nunca mejor resumido el ambiente de aquel antro de reclusión y de vicios repugnantes que la pincelada de Cervantes, que lo padeció: «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación».

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