domingo, 20 de septiembre de 2015

Archidiócesis de Barcelona, difícil solución

No hay tertulia en la radio o televisión que mañana, tarde y noche no nos atosigue con el tema de Cataluña ni prensa que no arranque sus titulares sobre lo mismo. Pues hablemos de ello, de lo que habla todo el mundo. Pero yo incidiré en lo mío, en mis temas, en lo que algo sé.
Ya que la sucesión en el arzobispado de Barcelona no tiene visos de producirse, tras tres años y medio de la renuncia obligada de su actual arzobispo, el cardenal Martínez Sistach, al cumplir los setenta y cinco años, me temo que ello sea así porque Roma no encuentra, en la actual situación, quién le pueda sustituir con ciertas garantías de acogida y en paz.
La archidiócesis de Barcelona tiene en estos tiempos la importancia que en épocas anteriores tenía el arzobispado de Tarragona, que se gloriaba de llamarse primada de las Españas en competencia con Toledo. Hoy, tras el ascenso en 1964 de Madrid y Barcelona de sedes sufragáneas de Toledo y Tarragona a arzobispados con obediencia directa de la Santa Sede, se vieron desligadas respectivamente de Toledo y Tarragona y adquirieron tal relevancia que hoy no se conciben sin un cardenal al frente de ellas.
Un siglo atrás, y me adentro en la historia, Tarragona estaba regida por el cardenal Vidal y Barraquer. En 1923, el entonces capital general de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, dio un golpe de Estado y trajo la Dictadura. Entre sus muchos problemas, consideraba él uno primordial arreglar el tema separatista de Cataluña. Y un deseo suyo fue presionar al nuncio y a la Santa Sede para que el cardenal Vidal y Barraquer, arzobispo de Tarragona, fuese alejado de Cataluña y enviado a una diócesis distante de su tierra, para sustraerlo «de las dificultades que le ofrece el gobierno de la Sede tarraconense por su origen catalán y amistad personal, y aun parentesco, con significados políticos de marcada nota catalanista».
En su primer año de Dictadura pretendió que trasladaran a Vidal y Barraquer a Zaragoza, vacante la sede maña tras el asesinato de su arzobispo, cardenal Soldevila. Y lo quiso llevar igualmente a Burgos en 1926, para el que había sido nombrado el obispo de Coria, Pedro Segura y Sáenz. Fue esta una batalla diplomática que duró varios meses. Incluso Primo de Rivera envió a Roma nuevo embajador con la misión de presionar sobre ello a la Santa Sede.
Esta, en un deseo de contentar, respondió que se resolvería el caso cuando llegara el momento y con anuencia del propio Vidal y Barraquer. La propuesta de Primo de Rivera era que Segura fuera a Tarragona y Vidal y Barraquer a Burgos. Pero el nuncio Tedeschini escribió al secretario de Estado, cardenal Gasparri, proponiendo una solución intermedia ante las insistentes presiones del Gobierno.
Segura no puede ir a Tarragona –manifestaba Tedeschini– porque, «de hecho, ha vivido siempre en Castilla y no sabe una palabra de catalán ni conoce los usos y el ambiente de Tarragona. En cambio, el arzobispo de Valencia, no diré que conoce a la perfección la lengua y costumbres de Tarragona, siendo él también de Castilla; pero por lo menos vive desde hace tres años en Valencia, donde se habla una lengua muy afín a la catalana, tan afines que, como bien sabe la Santa Sede, sea por el pasado, sea mucho más en estos últimos tiempos, son escogidos de Valencia los candidatos para las diócesis catalanas, como un término medio impuesto por la utilidad y la prudencia. El arzobispo de Valencia por lo tanto debe entender algo del valenciano y es persona pacífica que no conoce impetuosidad de carácter y precipitación de acción, y es amable en el trato más de lo que se pueda decir. A Valencia se podría enviar al cardenal Vidal, lo que es lícito esperar, sería acogido bien por el clero y los fieles. Valencia, por otra parte, considerada en sí misma, no debería desagradar al cardenal Vidal, ya porque es una archidiócesis importante por extensión y por número de fieles (1.058.000, mientras Burgos cuenta 324.600 y Tarragona 210.000) y por la abundancia de obras católicas; deseable también por el clima y por la riqueza del terreno, y no hablemos de las finanzas, puesto que el Concordato asigna al arzobispo de Valencia un honorario de 37.500 pesetas, mientras que da a Burgos y a Tarragona apenas 32.500. Pero me apresuro a declarar que también esta combinación tiene sus inconvenientes y no menos importante es que el arzobispo de Valencia es de presumir que cambiaría a regañadientes y solo por obediencia su sede actual con Tarragona, harta ahora de dificultades por el delicadísimo problema que es causa de esta propuesta. Por último, no debo soslayar que la presentación y aceptación del obispo de Coria para la archidiócesis de Burgos es ya conocida, no solo por el obispo de Coria sino también por todos los metropolitanos de España, y creo que por otros elementos del clero y del laicado. El Gobierno, que tiene en su mano la censura, ha tratado de impedir que se hable de ello en los periódicos, pero ello no ha impedido que los periódicos de provincia hayan ya hablado de la promoción del obispo de Coria como arzobispo de Burgos. Un cambio por tanto de la Santa Sede no podría impedir los comentarios».
Esto ocurría en 1926. Me gustaría leer los mensajes cifrados que el actual nuncio envía a Roma y las respuestas que el secretario de Estado le devuelve sobre el espinoso tema de la sucesión del actual arzobispo de Barcelona. Pero cuando estos papeles salgan a la luz de los Archivos Secretos Vaticanos estaremos todos calvos.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Madre María de la Purísima

Se llama María de la Purísima de la Cruz y el próximo 18 de octubre de 2015, domingo del Domund, será canonizada en Roma por el papa Francisco. Segunda Hermana de la Cruz, después de santa Ángela, fundadora de la Compañía de la Cruz en 1875, y nueva gloria y honor para la Iglesia de Sevilla al contar con una santa más.
¿Cómo es posible que haya ascendido en tan corto espacio de tiempo a la gloria de los altares? Han transcurrido tan solo diecisiete años –desde su muerte en Sevilla en 1998– para alcanzar el último peldaño del coro de los santos. Porque subir a los altares ya lo hizo en el año 2010 al ser beatificada en el Estadio Olímpico de Sevilla, siendo testigos de ello la Virgen de la Esperanza Macarena, cardenales, obispos, curas, una legión de Hermanas de la Cruz y el pueblo soberano de Sevilla.


Y me pregunto:
—¿Cómo es posible tanta rapidez?
Porque todos sabemos que Roma no gusta de las prisas y las cosas de palacio van despacio.
Se lo he preguntado a María del Redentor, que vive en el convento de las Hermanas de la Cruz en Roma. ¿Qué digo convento? Es un piso en la cuarta planta de un viejo caserón de la Via Pellegrino de Roma, propiedad de la Embajada de España. Allá llegó una patrulla de monjitas en 1966, todas jóvenes con la madre Loreto al frente, estupenda mujer, para agilizar el proceso de beatificación de su santa fundadora Ángela de la Cruz.
Las conocí un año después, yo estudiante en Roma, y todavía quedan de aquella pa-trulla primera dos Hermanas, entre ellas la siempre animosa María del Redentor.
Le pregunto:
–¿Cómo es posible que se haya logrado bullir las posaderas de los monseñores ro-manos para que esta causa de canonización discurra a velocidades de vértigo? ¿Qué bula tenéis? ¿Quién os ampara? ¿Tenéis padrino?
Y María del Redentor me contesta:
–Nadie, ella sola, ella sola desde el cielo.
Pues séase.
Porque en verdad esta sencilla Hermana de la Cruz, María de la Purísima, ha pasado en el corto espacio de doce años de su muerte a la beatificación y cinco años después a la canonización.
¡Todo un récord!

viernes, 11 de septiembre de 2015

Luis y Celia Martin, padres de Teresa de Lisieux

Me acaba de llegar una nueva criatura y os la tengo que mostrar. Es un nuevo libro, pero enseguida, espero que en esta semana o en la próxima, me llegará otro. Por ahora es el benjamín de una larga lista de hermanos que podéis ver en esta página web. Se titula: o «La tierra no es nuestra patria. Vida de Luis y Celia Martin, padres de Teresa de Lisieux», publicado en la Editorial Monte Carmelo. Si conectáis con la Editorial [ http://www.montecarmelo.com/santa-teresa-de-lisieux/1171-la-tierra-no-es-nuestra-patria.html ] podéis incluso leer algunas páginas del mismo. Creo que en la semana próxima ya estará en las librerías. Si alguno tiene la tentación de leerlo, pídalo a su librería para que lo encargue al distribuidor de la Editorial. Aquí recojo la leyenda que aparece en la contraportada del libro:


 Luis y Celia Martin, padres de santa Teresa de Lisieux, se muestran unos santos cercanos al común de los mortales. No son consagrados, ni célibes, no han hecho voto de castidad, sus vidas están tejidas por el trabajo –él de relojero, ella de encajera–, vida de familia numerosa, pertenecientes a asociaciones parroquiales, vecinos de sus vecinos. Vivieron con todas sus consecuencias y circunstancias la espiritualidad propia de su tiempo en una Francia del XIX aún convulsa por las secuelas de la revolución, el anticlericalismo, y cierto jansenismo espiritual que vislumbra un Dios de Justicia frente a un Dios del Amor, con peligro de convertir las almas buenas en escrupulosas.
Luis y Celia han sido santos en la humilde realidad de sus vidas, con una sencilla fe sustentada en la oración en familia, educación de sus hijas, la misa diaria, lecturas piadosas al atardecer, el mes de María, el amor a Dios y al prójimo y fidelidad a la Iglesia…
Estuvieron siempre en perfecto acuerdo de corazón y de pensamiento. Él se refería a ella ante sus hijas como nuestra «santa madre». Y Celia escribía a su hermano Isidoro refiriéndose a Luis: «¡Qué hombre más santo es mi marido! Me gustaría que tuvieran uno parecido todas las mujeres».
Sus cinco hijas –cuatro carmelitas descalzas, una salesa– son su corona. Tras la canonización de la más pequeña, santa Teresita del Niño Jesús, y ahora la de los padres, se anuncia el comienzo de la causa de beatificación de Leonia, la monjita salesa. Pero yo, que he hecho un largo recorrido describiendo las vidas santas de esta familia, tengo que reconocer que las otras hermanas dejaron tras de sí igualmente una viva impresión de santidad y ejemplaridad en sus vidas. ¡Qué bueno sería que un día toda la familia, al alimón, los padres y las cinco hijas religiosas, se vieran en los altares como juntos están ya en el reino de los cielos!

sábado, 5 de septiembre de 2015

Ocurrió antes de que yo fuese considerado infalible

Recuerdo que hace unos años, cuando Rodríguez Zapatero asumió la secretaría general del partido socialista, era para mí un personaje desconocido. Comencé a observarlo en sus apariciones en la televisión y me di cuenta enseguida que le faltaba un hervor a este individuo simplón de escasas lecturas. Vino por entonces a Sevilla un conocido mío, en aquel entonces en lides políticas, y en comida distendida en Casa Modesto–donde se come muy bien, para los que no son de Sevilla–, hablamos del momento político y se me ocurrió aventurar:
–España es un país demasiado grande y de luenga historia para que pueda ser regido por un simplón como ese Rodríguez Zapatero.
No mucho después, subió a la presidencia del Gobierno, gobernó durante siete años y nos dejó el país hecho unos zorros. Y yo, confundido en mi análisis. Ciertamente, me dije: no soy profeta.
Por eso no aventuro nada para las próximas elecciones y me reservo qué opino sobre ciertos personajes políticos tanto de derecha como de izquierda. Pero apunto como entonces sentí del señor Zapatero: a muchos les falta un hervor y están faltos de lecturas. Y los hay que, además de tontos, son malos.


Esto me lleva a un tiempo atrás donde otro personaje que he historiado, Eugenio Pacelli, siendo nuncio en Munich, vivió la llegada a la política de un personaje estrafalario por nombre Adolf Hitler. Y se dijo poco más o menos como yo:
–No subirá al poder. No volveremos a escuchar más su nombre.
Años más tarde, Pacelli subió al trono pontificio con el nombre de Pío XII y meses más tarde el estrafalario Hitler inició la locura de la II Guerra Mundial y el Holocausto.
Pero vean cómo fue la historia.
La figura de Adolf Hitler asoma en 1923 con un intento de golpe de Estado en Baviera para implantar, por la fuerza, un Estado nacionalsocialista. Conocido como Putsch de Munich o Putsch de la Cervecería, en la noche del 8 al 9 de noviembre de 1923, fue provocado por miembros del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) y reprimido por la policía con una docena de muertos. Hitler se fracturó un brazo y fue arrestado y condenado a cinco años de cárcel, de los que cumplió solo unos meses.
En Munich se hallaba de nuncio Eugenio Pacelli y el 9 de noviembre, al día siguiente del Putsch, telegrafió un mensaje al cardenal Gasparri, secretario de Estado de la Santa Sede:
–En la noche pasada, Hitler con bandas armadas declaró cesado el gobierno bávaro, arrestado ministro presidente y proclamado nuevo gobierno nacional alemán con Ludendorff como jefe del ejército… Se cree en breve tiempo orden podrá ser restablecido, probablemente no sin derramamiento de sangre.
Un día después, informa que la situación es «todavía bastante crítica» y se prevé «graves agitaciones» en el caso de que el ejército del Reich, que está marchando sobre Munich, se una a las SA, la banda armada de Hitler.
Finalmente, el 12 de noviembre, Pacelli comunica a Roma:
–Hitler arrestado. Tranquilidad restablecida.
Bob Murphy, vicecónsul norteamericano en Munich, se entrevistó con Pacelli, del que es amigo, y le pidió su opinión sobre Hitler. Pacelli le contestó:
–Nunca más volveremos a escuchar ese nombre.
Y añadió: 
–Está liquidado. 
Pacelli no era el único que pensaba que la carrera política de Hitler era ya historia. El Putsch de la Cervecería fue una chapuza de despropósitos y los periódicos del momento lo calificaron de «minirrevolución de cervecería» y «travesura de escolares que jugaban a los pieles rojas». El New York Times estimó que «el Putsch de Munich elimina definitivamente a Hitler y sus seguidores nacionalsocialistas». 
Veintiún años después, en junio de 1944, Bob Murphy entró en Roma con el V Ejército americano del general Clark, recuperando la Ciudad Eterna de los nazis. Acudió al Vaticano a visitar a su viejo amigo Pacelli, que ya es papa Pío XII, y le recordó su juicio errado sobre Hitler. El Papa, sonriendo, le respondió: 
–Recuerde, Bob, que eso ocurrió antes de que yo fuese considerado infalible.
Diez años después del Putsch, en 1933, no solo no se había dejado de escuchar el nombre de Hitler sino que se había encaramado al puesto de canciller del Reich. 
Nombrado el 30 de enero, se convirtió en el más joven regidor de una república todavía formalmente democrática. Esa tarde, los camisas pardas desfilaron por la Wilhelmstrasse de Berlín, marchando al canto del Horst Wessel Lied, el himno del partido, mientras Hitler elaboraba en la Cancillería un programa que quedó resumido en esta frase del dictador, recordada por Emmy Goering, esposa del lugarteniente de Hitler y comandante supremo de la Luftwaffe, Hermann Goering:
–Ha dado comienzo la máxima revolución racial alemana de la Historia universal. 

domingo, 30 de agosto de 2015

San Ramón Nonato, protector de las parturientas

He aquí un santo que goza de gran devoción popular, pregonado por el pueblo como muy milagrero. Nacido en Portell (Lérida) a finales del siglo XII, se llamaba Ramón Salón Surrons o Solanis, pero se le conoce con el sobrenombre de Nonato (no nacido), por el peculiar modo de su nacimiento. Su madre murió en el parto y él fue extraído del seno materno por intervención quirúrgica. De ahí le viene su protección especial de las parturientas y también de las matronas y comadronas.
Se cuenta que quien encontró a la madre muerta y sacó al niño de su vientre con un cuchillo de monte fue Guillén Folch, vizconde de Cardona, que se hallaba cazando por aquellos parajes. Apadrinado por su salvador, tal vez de ahí le venga el nombre de Ramón, tan usual en la estirpe de la familia Folch. Los herederos del vizconde, Ramón V y Ramón VI, se llamaron como el santo, y lo trataron en vida íntimamente.


Los padres de Ramón Nonato eran humildes, o tal vez nobles, pero venidos a menos. El santo dedicó su juventud al pastoreo y se dice que, mientras el ganado pacía, Ramón se pasaba las horas del día en rezos en una ermita cercana dedicada a san Nicolás. El ganado no se distraía por descuido de su gañán: un ángel del Señor cuidaba de las ovejas mientras el joven Nonato dirigía sus súplicas a una bonita imagen de la Virgen que había en la ermita.
Fue ella, la Virgen, según cuenta la tradición, la que le impulsó a ingresar en la orden de la Merced, que había comenzado a dar sus primeros pasos en Barcelona. Vencida la resistencia de su padre y con ayuda del vizconde, Nonato se dirigió a la Ciudad Condal y se presentó a la Orden mercedaria que moraba en sus inicios en el mismo palacio de Jaime I.
En una España ocupada en buena parte por los moros, surge la necesidad imperiosa de redimir a los cautivos. Nace así en Barcelona la Orden de la Merced. Se dice que a su fundador, san Pedro Nolasco, la noche del 1 al 2 de agosto de 1218 se le apareció la Virgen y le pidió la fundación de una orden que redimiera cautivos. Con la ayuda de san Raimundo de Peñafort, que fue su confesor, y la del rey Jaime I el Conquistador, del que Pedro Nolasco había sido su preceptor, llevó adelante la empresa. En un principio, la Orden recibió diversos nombres: Orden de la limosna de los cautivos, Orden de Santa Eulalia, Orden de Santa María de la Merced o Misericordia de los cautivos. Prevaleció el de la Merced, por imposición de la curia romana. En un principio concebida como orden militar (mitad caballeresca, mitad religiosa), pasó posteriormente a incluirse entre las órdenes mendicantes. Durante los siete generalatos primeros, la Orden mercedaria fue regida por caballeros laicos. Pero los clérigos comenzaron a ser mayoría y a partir de 1317 ocuparon los cargos principales.
A Ramón Nonato le tocó vivir los orígenes de esta orden redentora, participando muy cercanamente con el fundador Pedro Nolasco, que lo estimó profundamente. Y se convirtió en uno de los más activos en la redención de cautivos. Realizó una redención al reino moro de Valencia en 1224, acompañando a fray Guillén de Bas, y otra a Argel en 1226, en compañía de Pedro Nolasco. Ordenado de sacerdote, volvió a nuevas redenciones a África, acompañado ya por fray Serapio, entrañable amigo de Nonato, con quien compartió sufrimientos y cautividad.
Fray Serapio había nacido en Londres en 1178. Era por tanto mayor que Nonato. Siendo joven, acompañó a su padre a Palestina para guerrear contra los infieles y después de no pocas aventuras y peripecias, llegó a Barcelona e ingresó en la orden mercedaria. Participó en la conquista de Mallorca (1230) y pasó a Argel, donde tuvo varias redenciones. Cautivo de los moros, sufrió martirio el 14 de noviembre de 1240.
Con fray Serapio, desembarcó Ramón Nonato en Argel en 1229, donde a punto estuvieron de perder la vida, y en Bugía en 1232. Pero será la redención de 1236 a Argel la más conocida y celebrada por los historiadores y devotos del santo. Cuando los fondos enviados por la Orden no dieron más de sí, el mismo Nonato se ofreció en cautividad en rescate de algunos prisioneros cristianos que vacilaban en su fe.
Su vida corrió serio peligro porque el santo resultaba un cautivo incómodo. Sus prédicas no sólo mantenían la fe viva de los cristianos reclusos, sino que movían el corazón de los guardianes bereberes. La forma de callarlo fue tan gráfica como cruel. Le hicieron dos agujeros en los labios y se lo sellaron con un candado, que sólo se lo quitaban para darle de comer. Pero se cuenta que ni aun así su prédica cesaba. Hasta que le llegó el rescate enviado por san Pedro Nolasco.
Ramón pudo salir por fin de aquel infierno del que había librado a tantos en sus varias redenciones. Cuando llegó a Barcelona, fue recibido triunfalmente, pero él, lleno de humildad, fue a refugiarse en el sagrario, siendo la Eucaristía el sustento de su vida junto al amor a la Virgen María.
Su fama llegó a Roma y el papa Gregorio IX —gran amigo de Francisco de Asís, a quien canonizó en 1229—, lo creó cardenal con el título de san Eustaquio. Era el año 1239. Cuando al año siguiente Ramón Nonato se dirigía a Roma para recibir el capelo, pasó por el castillo de Cardona para despedirse del vizconde Ramón VI, del que era confesor. Y en Cardona le vino la muerte, en el verano de 1240. Se cuenta que, al sentirse morir, pidió el viático y no había nadie que le pudiera sacramentar. El mismo Jesucristo se acercó a él, en medio de un cortejo de ángeles, y le dio la comunión.
Y llegó entonces la discusión. ¿Dónde enterrar un cuerpo tan venerable? El vizconde deseaba que quedara sepultado en el castillo de Cardona, donde había muerto; los mercedarios luchaban por llevárselo consigo. La decisión final —cosas de la Edad Media— quedó al arbitrio de una mula ciega. Montaron sobre ella el ataúd con el cuerpo del santo y dejaron que la acémila decidiera el camino. El animal pateó aquellos montes y no paró hasta quedar exhausta... ante la ermita de San Nicolás, de Portell, donde Ramón solía rezar en sus años jóvenes de pastor. Y allí han sido venerados secularmente los restos de san Ramón Nonato, hasta su desaparición en el año 1936 con el estallido de la guerra civil. Portell ha sido lugar de peregrinación durante siglos y testigo de los numerosos milagros y favores que el santo ha tenido para con sus devotos.
San Román Nonato, llamado en su juventud el «hijo de María», por su grande amor a la Virgen, y mártir de la caridad por su dedicación redentora hasta sufrir castigos atroces, pertenece también al núcleo de santos enamorados perdidamente del Santísimo Sacramento. Así aparece representado en todas sus imágenes: vestido de cardenal con la custodia en una mano y la palma del martirio en la otra. Su fiesta se celebra el 31 de agosto. Urbano VIII, en 1626, extendió a toda la Iglesia el culto que se le tributaba en Cataluña y en la orden mercedaria. A él han acudido en otras épocas cuando arreciaba una epidemia, pero su singular protección la han sentido las parturientas, especialmente mediante el agua bendita y la candela llamada de San Ramón, en memoria de haber venido a la luz, es decir, a este mundo, de forma tan prodigiosa.

sábado, 22 de agosto de 2015

Amigo Muñoz Seca, quede usted con Dios

Por asociación de ideas he llegado a Pedro Muñoz Seca, escritor y autor de teatro español de la primera mitad del siglo XX, con el que me reí tiempo ido con su célebre comedia «La venganza de Don Mendo», estrenada en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1918. He conocido recientemente a la Madre Victoria Lasaleta, religiosa irlandesa, simpática jerezana, que me recordó a un pariente cura suyo que fue párroco de mi pueblo en mi niñez, llamado don Manuel Lasaleta y Muñoz Seca, sobrino carnal a su vez del escritor, tan gracioso y simpático como su tío.
Pues hablemos del escritor, que con estas calores de verano bien merecéis un descanso y una sonrisa.


Pedro Muñoz Seca, nacido en El Puerto de Santa María en 1879, se fue de joven a conquistar Madrid, logrando estrenar multitud de comedias a cual más graciosa.
Contaré tan solo alguna que otra anécdota suya. Iba todas las mañanas al Café de Levante y tomaba su café con tostada mientras leía el ABC. Un día, una mujer le pidió una limosna y Muñoz Seca le dio la tostada y el ABC, para que lo revendiera. Y así todos los días. Pero ocurrió que la mujer desapareció y le llegaron poco después dos mujeres que le dijeron que había muerto y que había dejado testamento. El escritor preguntó:
–¿Tenía fortuna?
Una de ellas contestó:
–No, señor; pero a esta le ha dejado el ABC y a mí la tostada.
La siguiente anécdota es mejor. Se la contó al Caballero Audaz, seudónimo del periodista José María Carretero, que trabajaba por aquellos tiempos en el Heraldo de Madrid y en Nuevo Mundo.
El periodista le pregunta:
–¿Es usted feliz?
–¡Hombre, ya lo creo! Viven mis padres, he tenido diez hermanos y viven los diez, y son dichosos; mis hijos gozan de buena salud y son guapos. Mi mujer es un ideal de compañera; gano dinero y oigo aplausos. ¿Qué más puedo pedir?...
–Pero tendrá usted muchos enemigos, ¿no?
–Ya lo creo; como usted y como todo aquel que se destaca. A propósito: le voy a contar a usted una cosa graciosísima que me ocurrió en una visita de pésame.
Y prosiguió:
–Había muerto la tía de una compañera de colegio de mi mujer; esta compañera estaba casada con un marino, que yo no conocía… y nos plantamos en casa de los doloridos mi mujer, un cuñado mío, que es muy distraído, y yo. Al entrar, la criada se llevó a mi mujer a la sala, y a mi cuñado y a mí nos mandó al comedor con los caballeros. Allí encontramos al señor de la casa rodeado de amigos. Mi cuñado me presentó al marino de esta manera: «Mi hermano político». Y no dijo mi apellido… Se generalizó la conversación entre aquellos señores serios. Hablaban de incendios. Yo, por meter baza en la conversación, exclamé: –«Para incendio espantoso, el de la Comedia». Entonces, el señor de la casa con voz de trueno: –«¡Lástima no volviera a arder con Muñoz Seca dentro!» –«Verdad –dijeron tres o cuatro–. Y dirigiéndose a mí uno de ellos, me preguntó: –«¿Usted se ha reído alguna vez con esas gansadas?» «Hombre, yo…; pues, verá usted…» Sin dejarme terminar, exclamó: «¡Nada, no me diga usted que sí!» Pero lo gordo, lo verdaderamente gordo, fue que un caballero que tiene alta graduación en la Armada, se arrancó diciendo: «Ese Muñoz Seca es un animal. Yo le conozco». –«Y yo también –añade el señor de la casa–. Está casado con una compañera de mi mujer». Y al decir esto miró a mi cuñado, que estaba pálido como la cera y se quedó, a su vez, del color del azufre. El hombre se hizo cargo en aquel momento de que estaba metiendo la pata hasta el corvejón, y con un achaque hizo mutis, tropezando con el mobiliario. Siguieron insultándome. El uno me fusilaría; el otro se había cansado de patear mis obras, y en esto, una criada asomó la cabeza, diciendo: –«La señora de Muñoz Seca, que se marcha». Cayó como una bomba. Yo, muy tranquilo, me levanté, me tiré de los puños, miré a todos, que se habían quedado aterrados, con las bocas abiertas, y después de dirigirles una de mis mejores sonrisas, le tendí la mano a mi cuñado, que también se había puesto de pie, y le dije: –«Amigo Muñoz Seca, quede usted con Dios. Siento mucho el mal rato que le han hecho pasar esto señores. Buenas tardes, señores». Y me fui. Y aquí empezó lo gracioso. Todos aquellos señores rodearon a mi cuñado y quisieron darle la mayor cantidad de explicaciones.
Muñoz Seca acabó su vida trágicamente. Al estallar la guerra del 36, lo pillaron en Barcelona y lo trasladaron a la Cárcel Modelo de Madrid. En noviembre, cercado Madrid, trasladaron a un centenar de presos camino de Valencia. Pero no llegaron muy lejos. En Paracuellos del Jarama los fusilaron a todos el 28 de noviembre de 1936. De ello creo que sabía bastante Santiago Carrillo.
Muñoz Seca había dicho a los milicianos que le arrestaron:
–Podréis quitarme la cartera, podréis quitarme las monedas que llevo encima, podréis quitarme el reloj de mi muñeca y las llaves que llevo en el bolsillo, podéis quitarme hasta la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, por mucho empeño que pongáis: el miedo que tengo.
Pero ya ante el pelotón, dijo a sus asesinos:
–Me equivoqué al ingresar en la prisión de Madrid y deciros lo que os dije; sois tan hábiles que me habéis quitado hasta el miedo.
Genio y figura hasta la sepultura.
Un ejemplo más de la otra Memoria histórica que no está contemplada en la Ley de Memoria histórica de Zapatero. Dicen que su nombre está también en la lista de calles de Madrid a borrar por esa abuelita que rige como alcaldesa los destinos de la capital de España.
Pero si tenéis tiempo y ganas de reíros, leed «La venganza de Don Mendo», un alivio en medio de estas calores.

domingo, 16 de agosto de 2015

Un ladrón «muy devoto»

El 16 de agosto de 1810 se puede leer en el libro de actas del cabildo catedral de Sevilla: «Los cuadros que se llevó el Mariscal Soult son: La Natividad de la Virgen (llamado La Noche de Murillo), La Muerte de Abel, El descenso de la Virgen (también de Murillo) y otros dos de San Pedro y de San Pablo».
No se dice aquí que por el mismo procedimiento se llevó la famosa Concepción de Murillo, de la iglesia de los Venerables. Y El Descendimiento de Pedro de Campaña, de la parroquia de Santa Cruz, hoy en la sacristía mayor de la catedral, se hallaba almacenado en el Alcázar dispuesto a su traslado a Francia. Se salvó este maravilloso cuadro, que entusiasmaba a Murillo, por la precipitada huida de los franceses, cuando en 1812 tuvieron que salir de estampida de Sevilla. Al mariscal Soult habría que calificarlo, por su devoción a los cuadros religiosos, como un ladrón «muy devoto».


 Pero basta repasar las actas capitulares del cabildo catedral para intuir la insaciable ansia de dinero y de toda suerte de rapiña del duque de Dalmacia, gobernador y general jefe del ejército francés en Andalucía. El palacio arzobispal le sirvió de morada, donde ofrecía fiestas en su patio hasta hacer correr el vino por los surtidores de las fuentes.
Se lee en el acta del 17 de mayo: «El Mariscal Soult pide los bancos de la festividad del Corpus para el baile que prepara en su palacio para el día 15, en celebridad del cumpleaños del Emperador y de los días de la Emperatriz». Con largo tiempo prepara el mariscal Soult la fiesta. El Corpus aún no se ha celebrado y la onomástica de Napoleón es el 15 de agosto, lástima, el mismo día de la Asunción, festividad de la Virgen de los Reyes. Y le dieron los bancos. El canónigo Bucareli, comentando este hecho años después con el deán Miranda, refugiado en Cádiz durante la ocupación francesa de la ciudad, le dijo:
–Si su señoría hubiese visto los mostachos de Mr. Mayer, que vino por los bancos, habría hecho lo que nosotros: llorar, refunfuñar y... laiser faire.
Y añadió:
–Pues no es eso todo, señor deán. La bacanal estuvo suntuosa. ¡Lástima que no hubiese usted podido ver, en el jardincito de Palacio, la ingeniosa perspectiva del templo de Himeneo y unas bellísimas pirámides con estrofas de nuestros primeros poetas líricos alusivos a los goces del amor!
Meses antes, durante la estancia del rey José Napoleón en Sevilla, se habían pedido otros enseres a la catedral para adornos de la fiesta que ofreció el rey. Se lee en el acta del 13 de marzo: «El Gobierno pide al Cabildo un buen dosel, algunas arañas, blandones y alfombras, etc., con el fin de decorar el salón para la fiesta en los próximos días del rey José. Y se dio todo, menos las arañas, que no las hay en la Santa Iglesia».
Y sigue la petición de más dinero: «15 junio: El Gobierno pide otra vez dinero. Item: se acuerda reducir los gastos de culto: ha habido que vender muchas fincas para salir de compromisos». «22 de junio: El Mariscal Soult quiere cuadros, y avisa que hoy vendrá por cinco, entre ellos La Noche de Murillo». «2 de julio: Piden un millón más para el ejército...»
El expolio artístico durante la ocupación francesa fue tan manifiesto como criminal. Por eso duele leer este pasaje del acta capitular: «31 de diciembre: El Cabildo, sabiendo que Soult deseaba también el excelente cuadro de Santa Marta, que estaba en el Hospital de su nombre, se lo regala al Mariscal en prueba de su adhesión».
¡Tiene narices la cosa! ¡Al expoliador mayor de los tesoros de Sevilla se le regala un excelente cuadro en prueba de adhesión! Se llamaba tan nefasto personaje Nicolás Juan de Dios Soult, nacido en Saint-Amans-la-Bastide, en 1769 y muerto en el castillo de Soultberg (Tarn) en 1851.
Al poco de morir se vendió su magnífica colección de cuadros robados en España, alcanzando entonces la venta de la Concepción de Murillo la suma de 586.000 francos. Adquirida por el gobierno francés, fue más tarde devuelta a España, pudiéndose contemplar en el museo del Prado, ¡otra gracia!, cuando su emplazamiento justo es Sevilla, de donde no debió salir.
Otros dos soberbios Murillos se llevó el mariscal de la catedral: la Natividad de la Virgen (Museo del Louvre) y la Huida a Egipto (Museo del Ermitage). Fueron escondidos por los canónigos para librarlos de la voracidad del francés, pero recibió un soplo traidor y el mariscal «dio a entender –según cuenta el conde de Toreno– que los quería para sí y que si se los negaban, mandaría a buscarlos».
Se vanagloriaba en París el mariscal Soult con su colección de pinturas cuando se detuvo ante un Murillo y dijo:
–Aprecio muchísimo este cuadro porque salvó la vida de dos personas dignas de estima.
Y su ayudante de campo murmuró:
–Amenazó con fusilarlos si no le daban el cuadro.
Cuando el mariscal Soult salió precipitadamente de Sevilla el 27 de agosto de 1812, en huida sin retorno, dejó abandonados en el Alcázar más de mil quinientos cuadros, prueba de su amor «por la buena pintura y por el octavo mandamiento», que diría Richard Ford. Tal era su codicia.