martes, 8 de diciembre de 2015

Declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción

En Roma, el viernes 8 de diciembre de 1854 llovió toda la madrugada. Pero un sol primaveral saludó aquella mañana de invierno. La muchedumbre se encamina hacia la plaza de San Pedro. Peregrinos de toda Europa, fieles de todo el mundo se han dado cita en la Ciudad Eterna. Han sido invitados solamente unos doscientos obispos, varios por cada nación, la tercera parte de los que había en el mundo por aquel entonces.
España estuvo representada por el cardenal Gar­cía Cuesta, arzobispo de Santiago, La Puente y Primo de Rivera, obispo de Salamanca, y el primado de Toledo cardenal Bonel y Orbe. Sevilla no tuvo representación oficial. Aunque sí una presencia indirecta. El cardenal Wiseman, arzobispo de Westminster, se hallaba en Roma. Wiseman es un hijo preclaro de Sevilla, nacido en 1802 en la calle Fabiola, nombre de una de sus célebres novelas, de unos comerciantes irlandeses establecidos en Sevilla.


A las ocho y media de la mañana, los cardenales, arzobispos, obispos se hallan reunidos en la Capilla Sixtina. Pío IX se reviste de ornamentos blancos. Momentos después se forma la procesión que se dirige por la Escala Regia a la basílica Vaticana, cantando las letanías. Abre la marcha el predicador apostólico y el confesor de la Familia Pontificia, seguidos de los procuradores generales de las Órdenes religiosas, de los capellanes, cursores pontificios y de los ayuda de Cámara. Siguen los clérigos y los capellanes secretos de honor, los abogados consistoriales, los camareros de honor y los cantores pontificios. Detrás, los clérigos de Cámara, los auditores de la Rota, y el maestro de la Sacra Hospedería. A continuación siete prelados con velas encendidas sobre candelabros de plata acompañaban la Cruz llevada por un auditor de la Rota. Luego, un subdiácono latino, un diácono y subdiácono griegos y los penitenciarios de San Pedro. Después, los 93 obispos, 42 arzobispos, el patriarca de Alejandría y 54 cardenales, venidos de todas las partes del mundo. Detrás, la magistratura romana, el vicecamarlengo de la Santa Romana Iglesia, los dos cardenales asistentes, y el cardenal diácono que había de ser en la misa solemne ministro del romano pontífice. Pío IX aparecía bajo baldaquino. Cerraba la procesión el decano de la Rota, el auditor de Cámara, el maestro de Cámara, el regente de la Cancillería y los protonotarios apostólicos.
En la basílica, ya sobre el altar, en un trono al lado de la Epístola, el Papa recibió la obediencia de los cardenales, arzobispos, obispos y penitenciarios. Se cantó tercia y, comenzada la misa, después del Evangelio semitonado en latín y griego, para indicar la concordia de las dos Iglesias, oriental y latina, el cardenal Macchi, decano del sacro Colegio, junto con los decanos de los arzobispos y obispos presentes, con un arzobispo de rito griego y otro latino, se dirigió al trono pontificio y elevó la siguiente súplica en latín:
–Lo que tanto tiempo ha deseado y reiteradamente implorado la religión cristiana, a saber, que para mayor alabanza, veneración y gloria de la Santísima Virgen María, sea definida con tu supremo e infalible juicio la Concepción Inmaculada de la misma Virgen; esto mismo Nos, en nombre del sagrado Colegio cardenalicio, de los obispos católicos y todos los fieles de Cristo, humilde y encarecidamente te suplicamos y te pedimos quieras cumplir los votos públicos en la presente festividad de la Concepción de la beatísima Virgen. Por tanto, en esta augusta celebración del sacrificio incruento de Cristo, en este templo dedicado al príncipe de los apóstoles, en medio de esta solemne concurrencia del amplísimo Senado de la Iglesia, de los sagrados Obispos, y numeroso pueblo, dignaos, beatísimo Padre, elevar tu apostólica voz y pronunciar el decreto dogmático de la Concepción Inmaculada de la Virgen Madre de Dios; por lo que habrá gozo en el cielo y todo el mundo esparcido por la redondez del orbe se regocijará en gran manera.
El Papa dijo sí, naturalmente. Con sumo gusto acogía la súplica del Colegio cardenalicio, del episcopado y del pueblo fiel. Pero antes convenía implorar al Espíritu Santo.
Los cantores pontificios entonaron el Veni Creator, que fue seguido por la muchedumbre de fieles.
Acabada la imploración, se hizo silencio absoluto en el templo vaticano. Pío IX, revestido de blanco y oro, subió al trono pontificio y desde la cátedra de San Pedro, como cabeza infalible de la Iglesia, con voz profunda y entrecortada, leyó el decreto que definía la doctrina piadosa, tanto tiempo esperada: que «la beatísima Virgen María en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de los méritos de Jesucristo salvador del linaje humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original, es revelada por Dios, y por lo mismo ha de ser firme y constantemente creída por todos los fieles».
Eran las once y cuarto de la mañana. Cuando el Papa acabó de pronunciar la proclamación dogmática, un rayo de sol entró por el ventanal sobre el altar de Santa Maria della Colonna, y alumbró por un instante el rostro del pontífice. Este fenómeno ha sido inmortalizado por el pintor Francesco Podesti en la Sala de la Inmaculada de los Museos Vaticanos.
A continuación, el cardenal decano se prosternó de nuevo ante el Papa, le agradeció la ale­gría que había proporcionado a toda la cristiandad con la promulgación del decreto dogmático y le pidió que lo hiciera público con la expedición de un decreto pontificio: la bula Ineffabilis Deus.
Al terminar la misa papal, se entonó el tedéum en acción de gracias. El cañón del castillo de Sant'Angelo disparó salvas, todas las campanas de Roma repicaron de gozo, y las plazas, las calles y las casas se cubrieron de guirnaldas y flores.
El Papa salió de la basílica en silla gestatoria y, entre las aclamaciones de los fieles, fue llevado a la capilla de Sixto IV –aquel Papa franciscano que se significó tanto por este misterio–, donde colocó una corona de oro recamada en piedras preciosas sobre la imagen de una Inmaculada.
Tres años más tarde, en 1857, Pío IX visita el convento del Buen Pastor de Angers en Imola. La superiora general se atrevió a preguntarle qué sentimientos le habían embargado al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción. Y el Papa le respondió:
–¿Crees, hija mía, que el Papa ha sido arrebatado en éxtasis y que María se le ha aparecido en aquel momento?... Pues bien, no tuve éxtasis ni visión alguna, pero lo que yo sentí, lo que experimenté al definir aquel dogma fue tal que la lengua humana no lo puede expresar. Cuando comencé a pronunciar el decreto dogmático sentía mi voz impotente de hacerse oír a la inmensa multitud que se encontraba en la basílica vaticana. Pero cuando llegué a la fórmula de la definición, Dios dio a la voz de su Vicario tal fuerza y tan sobrenatural vigor, que resonó en toda la basílica. Yo, impresionado por tal socorro divino, me vi obligado a suspender por un instante la palabra para dar libre desahogo a mis lágrimas… mientras Dios proclamaba el dogma por la boca de su Vicario, Dios mismo dio a mi espíritu un conocimiento tan claro y tan amplio de la incomparable pureza de la Santísima Virgen, que, hundido en la profundidad de este conocimiento al que ningún lenguaje podrá describir, mi alma permaneció inundada de delicias inenarrables, de delicias que no son terrenas ni podrán experimentarse sino en el cielo.

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