martes, 15 de octubre de 2019

Teresa de Jesús: Una velada histórica


Hoy, 15 de octubre, es la festividad de Santa Teresa de Jesús. Recojo aquí un pasaje de su vida. En el otoño de 1560, se celebró en la celda de Teresa de Ahumada en el monasterio de la Encarnación una tertulia memorable. Lo forma un grupo de unas seis personas, entre monjas y doncellas de piso o escolares, así llamadas por las constituciones de la Encarnación. Entre éstas, María de Ocampo, aquella sobrinita de cinco o seis años que Teresa encontró en Puebla de Montalbán cuando venía de la peregrinación de Guadalupe. Ahora se halla en situación de doncella de piso con su tía Teresa y, ya de monja, se llamará María Bautista, priora de Valladolid durante muchos años. Su hermana Isabel también se hará monja con el nombre de María de San Pablo.


De las monjas de la Encarnación sabemos que asisten Ana de los Ángeles, que será la primera supriora de San José de Ávila, María de San Pablo, más tarde en las descalzas de Segovia, y Juana Suárez, la monja amiga de Teresa antes de su ingreso en la Encarnación.
Una tertulia animada de temas espirituales. En su celda, Teresa de anfitriona, no se habla de otra cosa.
Ese día, la tertulia fue especial.
Y con el tiempo se dirá que fue una velada histórica.
Vino a centrarse la conversación en las soledades de los santos anacoretas del desierto, tan lejos del barullo del monasterio de la Encarnación, que en esos momentos sobrepasaba las 130 monjas.
–Comenzaron a hablar en burlas que era vida penada la que en aquella casa se pasaba, por haber tanta gente– cuenta el biógrafo Ribera.
Y la charla discurrió en el modo de imitarlos. Ya que no podían ir al yermo, concluyeron, que se haga un monasterio pequeño donde se junten pocas monjas para hacer penitencia.
Fue María de Ocampo, la sobrina de Teresa, la que dijo espontáneamente desde la candidez de sus diecisiete años:
–Pues vayamos las que estamos aquí a otra forma de vida más solitaria a manera de ermitañas.
Y la discusión recayó en lo práctico: cómo sería un monasterio con pocas monjas que obren como los anacoretas del desierto y cuánto podría costar.
Teresa se siente alborozada por esta conversación. Le parece maravillosa. Y más aún cuando su sobrina María de Ocampo lanzó esta afirmación:
–Daría para ello mil ducados de mi legítima.
Surgieron risas burlonas. María protestó que lo tomasen a broma. Lo está diciendo muy en serio.
Y en serio lo tomó su tía Teresa, que «holgóse mucho de ello –cuenta Ribera– y guardólo en su corazón».
Y más viniendo de su sobrina, sin pizca de vocación en esos momentos, aficionada a los libros de caballerías y a las galas de toda joven. A Teresa no le importaba el comportamiento de su sobrina y mantenía la esperanza de que quien lee libros de caballerías terminará por leer libros buenos. Y lo dice por experiencia.
Apareció en la tertulia doña Guiomar de Ulloa –amiga de Teresa y futura promotora de la reforma teresiana–, y Teresa, con cierto desenfado, le dijo:
–Estas doncellas están tratando de que hagamos un pequeño monasterio a manera de las descalzas de San Francisco. Qué le parece.
Y doña Guiomar contestó:
–Yo también ayudaré con lo que pudiere a esa obra santa.
Y la semilla cayó en tierra buena.
Embelesada en este momento de su vida por grandes gracias espirituales, Teresa tiene la sensación de sentirse al mismo tiempo atada en sus ansias infinitas de hacer algo nuevo por la Iglesia. Hay en ella una fuerza interior que no puede soterrarse en la plácida vida del monasterio. Por un lado, ansias de encerramiento y de soledad. Por otro, ansias de echar una mano a este mundo sumido en la herejía y las guerras de religión.
Bueno, ya está en marcha la idea de un monasterio donde se practique la regla primitiva del Carmen. Todavía es un embrión, una criatura incipiente en su mente. A Teresa le vienen sus temores. Los desasosiegos y trabajos que le habían de costar. Lo feliz y contenta que se halla en su celda… ¿Y qué decir de sus enfermedades? ¿La edad tal vez? Tiene 45 años. No es consciente de ello, pero Teresa no cabe en su celda, el mundo que quiere salvar la llama.
Surgen así su nueva fundación de Carmelitas Descalzas y Teresa se convierte en una monja andariega.

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