viernes, 16 de mayo de 2014

La Macarena, de luto

Salía la afición de la Monumental de Sevilla (plaza de toros que ya no existe) después de una corrida sosa y aburrida aquel domingo 16 de mayo de 1920. Se hizo noche en las tertulias y casinos cuando una voz, como un reguero, corre por las calles de la ciudad: Joselito el Gallo ha sido cogido por un toro en Talavera de la Reina... cogida grave... Joselito ha muerto.
–En Joselito se condensaba todo el proceso de la fiesta de los toros... Nació para su arte, vivió para él y para él ha muerto. En Talavera de la Reina ha quedado enterrada la página más brillante de los Anales del Toreo –se lee en El Correo de Andalucía del día siguiente.


Fue el quinto de la tarde. Un toro burriciego, manso, de pelo negro, zaíno, por nombre Bailaor, pequeño de tamaño, hijo de una vaca de Veragua y un toro de la vacada de Santa Coloma. Le pilló por el muslo derecho y, caído en el suelo, le asestó una cornada seca en el vientre. Ya en la enfermería, le dio la extremaunción el capellán de la ermita de Nuestra Señora del Prado. En los ojos del moribundo torero brotaron dos gruesas lágrimas. Minutos después, expiró.
Eran las siete de la tarde.
Trasladado el cadáver a Madrid, es expuesto en su casa de la calle Arrieta. La caja es toda de ébano guarnecida de plata con un magnífico crucifijo de oro. Sevilla aguarda a su ídolo y a Sevilla llegó, por tren, la mañana del miércoles 19. Toda Sevilla se dio cita para acompañar el cortejo fúnebre. Los aficionados de la Alameda, por suscripción popular, han comprado unos lazos de crespones y los han colocado a los dos Hércules en señal de duelo. Pasa por San Gil, donde está su Virgen de la Esperanza Macarena, vestida de luto, de la que era cofrade devoto. Lo entierran en el cementerio de San Fernando, donde yace en un majestuoso sepulcro, obra del insigne escultor Mariano Benlliure.
El viernes, 21 de mayo, es el funeral en la catedral. A las diez de la mañana. Un soberbio catafalco ha sido levantado ante el altar mayor rodeado de doble fila de blandones de plata y presidido por la cruz patriarcal. Terminada la misa, los canónigos, con velas encendidas, rodean el túmulo mientras se entonan responsos por el alma de José Gómez Ortega.
Que el funeral fuera en la catedral, con tanta pompa, se debe al canónigo Muñoz y Pabón, tan macareno como gallista. Lo cuenta en un artículo que publicó en El Correo de Andalucía, que suscitó tanto entusiasmo como polémica y escándalo en ciertos estamentos nobles de la ciudad.
–La muerte de Joselito –escribe Muñoz y Pabón– ha sido toda una tragedia. En la plenitud de la vida –25 años–, en el apogeo de la fama y en lo alto de la cátedra de la sabiduría taurina, Joselito ha sido regado en flor por el asta de un marrajo... Por cierto que Joselito no podrá estar quejoso de Sevilla. Sevilla ha hecho por él, como torero, lo que ninguna tierra taurina ha hecho con sus héroes de muleta y estoque: no ya sólo ufanarse y enorgullecerse de él como de una de sus glorias más legítimas, sino amarlo en vida y en muerte, con ternura realmente maternal. Empezando por llamarle «Joselito» a secas, como pudiera llamarlo su propia familia en el sagrario del hogar doméstico, y acabando por ungirlo rey de la tauromaquia, concediéndole la primera oreja que en la plaza de la Real Maestranza se había otorgado en el transcurso de los siglos. Sevilla hizo de su nombre el apodo de torero con que el glorioso espada conquistó laureles en uno y otro continente... Los Hércules de la Alameda están de luto y la Giralda llora. ¿Cabe expresión de dolor más sevillana?... Sevilla quería para la enormidad de la tragedia de su ídolo, exequias de Canónigo..., de Grande de España..., de Ministro de la Corona..., de Príncipe de la sangre..., de Rey..., de Pontífice!... Por cierto que no ha faltado títulos de Castilla –asistentes al acto– que ha sentido escándalo de que todo un Cabildo Catedral haga exequias por un torero... Pero ¿qué? ¿No sois vosotros los que aplaudís a los toreros y los jaleáis; los que aduláis... formándoles corte hasta las mismas gradas del trono...; los que os disputáis sus saludos como una honra; tenéis en más su autógrafo, que los de cualquier intelectual consagrado, y juzgáis sus reliquias –a las veces las más íntimas– como las de un confesor de Jesucristo? Cualquiera os entiende, piadosísimos varones. Llegáis en vuestra demanda a rendir parias a la memoria del torero muerto, asistiendo a su funeral, y ponéis como chupa de dómine al Cabildo, porque es tan «demócrata» que hace sufragios por un fiel que ha pasado a mejor vida en comunión con la Iglesia. Ahora, si Joselito no ha sido tan funesto para la nación y para la Iglesia como lo son los políticos –aquí entran también los locales–, nadie tiene la culpa. El pobrecito puede decirse que no ha hecho mal a nadie. ¡Ojalá que de todos los que mueren pueda decirse otro tanto! ¿Será por esto por lo que en los funerales de los políticos no suele haber más que «la música y acá», y en las honras por Joselito ha estado «toda Sevilla», empezando por vosotros, los títulos y los grandes, y acabando por los pobres y los humildes? ¿Es que os duele el contraste?... El remedio no está en Roma: mereced ser queridos en vida y llorados en muerte. El pueblo hará lo demás.
Una distinguida dama le escribió una carta recriminando el funeral. Muñoz y Pavón le contestó con su gracejo de siempre. En la postdata, porque Muñoz y Pabón no quiere ahondar más en la polémica, nos deleita con esta curiosa anécdota:
–Para el pueblo Joselito no podía morir en cualquier parte y de cualquier manera. Y –misté, don Juan:– me decía la mujer del pueblo, que me daba la noticia: –fue una corná tan regrande, que lo vació enteramente. Le jicieron la cura (lo cuá que dicen que fue un horró) y le dieron el Santolio ar pobrecito. Y ar verlo tan malito al infelí, po fueron y lo arrecogieron entre cuatro, y lo llevaron a morí... ¡a la vera de la Reina!

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